PALABRAS DE PROFES

Actividades de los profes fuera de clase

AÑO 2011

JESÚS JERÓNIMO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ

 

Catedrático de Geografía e Historia

 

Recuerdo cómo en mis años de estudiante universitario uno de los profesores de Historia nos decía que la Universidad, recién alumbrada allá en la plenitud de la Edad Media, era el lugar en el que coincidían profesores y estudiantes movidos por el ansia de aprender. De alguna manera, aunque en tono menos solemne que el de la cita utilizada por mi antiguo profesor, esa es la motivación de toda enseñanza y esos siguen siendo sus protagonistas: los que tienen ganas de aprender.

 

Adentrándose en el contenido de la enseñanza universitaria ya Ortega y Gasset señalaba en El Libro de las misiones la diferencia entre la centralidad que la transmisión de la cultura tenía en la universidad medieval y el peso que la formación técnica, lo que él llama el “profesionalismo”, y la investigación habían adquirido en la universidad europea de la primera mitad del siglo XX. Fruto de esa transmutación de objetivos habría sido el carácter residual de la transmisión de la cultura en la universidad, que, por el contrario, mantendría unidas dos tareas a su juicio “dispares”: la formación de profesionales y la investigación científica.

 

Después de la ampliación hace varias décadas de la enseñanza obligatoria de los 14 a los 16 años no parece que hayamos subsanado aquel déficit. De un lado, son todavía muchos los estudiantes de secundaria que no han adquirido una verdadera “cultura general” con la que afrontar el conocimiento del mundo en que les ha tocado vivir. De otro, en la encrucijada en la que actualmente se encuentra la institución universitaria cabe preguntarse si la concreción española del llamado “Plan Bolonia”, orientado tanto a incorporar el conjunto de las profesiones a la universidad como a preservar su función investigadora, acabará completando aquella formación para la vida que echaba de menos el filósofo español o se inclinará por asegurar la formación técnica de los profesionales seleccionando de entre ellos a los investigadores.

 

En cualquier caso la enseñanza, más que la educación que implica a los padres y a toda la sociedad, sigue siendo, en esencia, cosa de alumnos y profesores. O mejor sería decir de los profesores y sus alumnos, en la medida en que es en el ámbito más delimitado del grupo, formado por los alumnos encomendados a un profesor, en el que se produce el intercambio de conocimientos y experiencias en que consiste el aprendizaje. Y hablo de intercambio de experiencias y conocimientos, a los que habría que añadir preocupaciones e intereses de unos y otros, porque pienso, al menos así me lo confirma la experiencia, que es cuando profesores y alumnos se ven, o si se prefiere se sienten, verdaderamente implicados en lo que hacen cuando todos aprenden. Es decir, tanto quienes enseñan como quienes aprenden tienen que traer o poner algo de sí mismos, de su propia vida, en lo que hacen. Y, como en esto sus papeles son distintos, también su forma de actuar es diferente, pero de tal manera coincidente que su quehacer resulta inseparable. No se entiende la presencia de los unos sin la de los otros. Tanto es así que no faltan casos de profesores descubiertos a la luz del éxito de algún antiguo alumno ni los de prestigiosos profesionales que blasonan de sus antiguos maestros.

 

Y es que, aun en el más estricto marco académico, la relación entre el profesor y el estudiante, es una relación personal, que, aunque tiene rasgos de otras relaciones en las que profesores y alumnos pueden verse implicados, es diferente, tiene connotaciones propias.

 

De ahí la conveniencia, no exenta de dificultad, de establecer algunas de las características de la función o el papel del profesor hoy. Y digo hoy porque la figura del profesor a fuerza de reglamentaciones, sin duda necesarias, parece haber perdido su perfil, yo diría que su perfil más noble, en la medida, precisamente, en que la regulación de su trabajo acaba estrechando el margen en el que tiene que desarrollar esa peculiar, y sutil, relación con sus alumnos. Cada vez más atenazado por la marea de informes, programas de atención a la diversidad, valoración del absentismo o los partes de incidencia, al profesor no le queda en ocasiones otra alternativa que decir que aceptar el todo para salvar la parte. Para ello a veces se parapeta inútilmente tras su preparación académica, antiguo baluarte del que sobresalía su figura y hoy devaluada fortaleza, tras años de exposición de sus estribos a toda clase de inclemencias y erosiones. A veces el profesor ni siquiera encuentra refugio en el recinto del aula, donde con inusitada frecuencia tiene que reivindicar, y no siempre con éxito, tanto su función de docente como el respeto a su persona. Y qué decir fuera de ese ámbito, cuando obviamente no puede ser uno entre iguales, sus alumnos, y cuando sus iguales, sus compañeros de claustro, no siempre responden a sus señales de náufrago.

 

En esa situación de casi soledad y abandono, que por no ser general no deja de ser real, no le queda al profesor otro recurso que hacer, nunca mejor dicho, de la necesidad virtud y encarnar los valores que emanan de sus convicciones más profundas, acreditados por la experiencia. Es entonces cuando, paradójicamente, más destacan las virtudes del docente, esas cualidades que la etimología latina del término virtud atribuye al hombre y el Libro de los Proverbios ve encarnadas en la mujer fuerte.

 

Siguiendo la formulación clásica de las virtudes cardinales la de la FORTALEZA se concreta en la constancia que, como antídoto contra la tristeza de lo que se constata como fracaso en el corto plazo, proyecta hacia el futuro el resultado educativo que, por definición, no depende sólo del profesor. Y, al lado de la constancia, la paciencia, virtud que resume y concentra toda la acción educativa, neutralizando el desánimo que tantas veces acecha al docente. Como todas las virtudes, la paciencia requiere esfuerzo y hábito en una manera de obrar constante, en este caso ante la adversidad que supone el silencio e incluso el rechazo del destinatario natural a una propuesta reiterada, y con frecuencia renovada, de quien quiere ayudarle en el apasionante camino del conocimiento. Probablemente esta finalidad, siempre inacabada en el ser humano, de conocer y conocerse, explica la actitud paciente del profesor que pasa de invocarla a descubrir con el tiempo el secreto de su carácter inagotable. Y es que, como el amor, la paciencia se parece más a un pozo cuyo nivel desafía al estío que a un depósito cuyo contenido se vacía inevitablemente con el uso.

 

Y de la versión docente de la fortaleza a la humanidad de la TEMPLANZA, que en el aula se traduce en la firmeza, combinación a su vez de la humildad y la tolerancia. La humildad tiene a su vez que ver con el reconocimiento de la propia valía, necesaria para afirmar la confianza en el profesor, quien debe huir al mismo tiempo de la jactancia que arruinaría su misma credibilidad. No obstante la humildad del profesor debe estar también en guardia para no confundir pluralismo con relativismo y, así, reconocerse, como apuntaba Teresa de Ávila, en la objetividad de los hechos y defender, como dice Antonio Machado: “Tu verdad no, la verdad”, es decir, la que encontraremos si la buscamos con otros, a costa de guardarnos la nuestra. De ahí que la tolerancia, implícita en esta actitud necesite el contrapunto de la firmeza, como la que tan sabiamente ejercía aquel vocacional maestro de la película francesa Ser y tener, capaz tanto de frustrar las tretas infantiles de sus alumnos más pequeños para burlar las más elementales normas del aula como de frenar las disputas en que se manifiesta la rivalidad que empieza a surgir entre los mayores de la clase.

 

Llegamos así a la JUSTICIA, cuya invocación por las generaciones más jóvenes no deja de ser un signo de esperanza para el futuro. Al profesor le toca aplicarla a través de la ecuanimidad, atendiendo de manera diferente las diferencias y asegurando un tratamiento igual a los que se encuentran en la misma situación, difícil equilibrio entre lo que unos verán favoritismo y otros discriminación. Sin embargo, la regla de oro tampoco aquí se agota, con ser mucho, en el mínimo legal que implicaría ese trato equitativo sino que va más allá y apunta hacía la veracidad, es decir, hacia la honradez intelectual del profesor, que debe posibilitar, adecuándose a las demandas de los alumnos, su formación académica y su crecimiento personal. Tal actitud exige unas veces hablar, otras rectificar e incluso a veces callar respetando, así, las justas expectativas de quienes tienen derecho a conocer, como parte de su aprendizaje, las diferentes posibilidades con que acometer su proyecto de vida.

 

Y, como colofón, la PRUDENCIA, que gradúa la práctica de las demás virtudes. La Prudencia implica tanto anticipación como capacidad de improvisación. La anticipación no sólo implica adaptarse al marco de la normativa que regula la organización de la actividad académica sino ser conscientes de que una rigidez excesiva en ese campo puede ser tan contraproducente como una programación defectuosa. De ahí la capacidad de cambiar y modificar los planteamientos de partida que con frecuencia se le imponen al profesor, quien debe acostumbrarse no sólo a detectar, a veces sobre la marcha, las dificultades sino sobre todo a resolverlas. Todo ello, sin menoscabo de la justicia, sin ceder en firmeza, manteniendo la humildad y siempre poniendo a prueba su paciencia.

 

Con este bagaje se enfrenta el profesor a su tarea diaria. Ni que decir tiene que no se trata de un equipamiento moral exclusivo del docente ni que todos los profesores lo hayan adquirido en el mismo grado. Porque, ciertamente, las virtudes, o hábitos para la vida buena, se aprenden, exigen esfuerzo, aunque su ejercicio sea gratuito. La vigente Ley Orgánica de Educación, al enumerar las funciones del profesor, las presupone pero no las explicita. De manera que no serían exigibles de la misma forma en que pueda serlo el cumplimiento del horario lectivo. Sin embargo, no sólo no dejan de estar presentes en la actividad educativa sino que su ausencia la haría prácticamente imposible. Se trata, por tanto, de verdaderas condiciones de posibilidad de la educación, aunque no siempre gocen del reconocimiento que merecen.

 

Por eso, sin alterar el acertado principio pedagógico que centra en el estudiante toda enseñanza, he querido recordar estas virtudes hoy aquí en este acto de final de curso y despedida de esta nueva promoción de alumnos de Segundo de Bachillerato de nuestro instituto. Y he querido hacerlo a través de la figura del profesor en quien a lo largo de estos años habéis podido ver encarnados, o quizás traicionados, esos valores. En todo caso, constituyen una inestimable guía para que en el futuro, además de buenos estudiantes, expertos profesionales o brillantes investigadores no perdáis el camino que lleva a la Sabiduría y la Felicidad.

 

Con este deseo, en nombre de todos los que formamos parte del Instituto “Rosario de Acuña”, mi más cordial enhorabuena a todos vosotros y a vuestros padres.

 

 

Gijón, 20 de mayo de 2011

 

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