PALABRAS DE PROFES

Actividades de los profes fuera de clase

AÑO 2013

DE PRISCIS VIRTUTIBUS

Intervención del profesor del Dpto. de Latín, D. Francisco Rodríguez Menéndez, el día 17 de junio de 2013

     Estimados director, jefes de estudio, secretario,  colegas, alumnos y alumnas ya bachilleres (en su mayoría), estimados padres y madres y demás familiares  asistentes a este acto.

     Es un gran honor y una grave responsabilidad recibir el encargo de participar en este acto académico en representación del magnífico claustro de profesores del IES Rosario de Acuña. Es un honor porque siempre he considerado esta ceremonia como la emotiva culminación de seis largos años durante los cuales una promoción más de “jóvenes … y jóvenas” (que diría el gran Cantinflas) ha estado formándose intelectual y humanamente a nuestro lado, y bajo nuestra benévola tutela. Unos años, sin duda, decisivos en los que el carácter se forja, la inteligencia se afina y la vocación se decide.

     Y es una grave responsabilidad porque en ocasión tal se debe pensar bien qué decir en esta especie de última lección, antes de que dejéis para siempre las aulas de “este vuestro instituto“. Espero que lo que he preparado os pueda ser de interés e, incluso, de alguna utilidad.

     Al aceptar deciros unas palabras la primera duda fue la elección del tema. Me vinieron a la cabeza varios, pero ninguno me convencía… hasta que de repente tuve una revelación: se me ocurrió un tema original, poco tratado por los medios de comunicación, asunto casi olvidado, orillado, obviado, marginado.

     ¡La crisis! Sí, la crisis, pero  no  la crisis económica, tema tremendo, dolorosísimo y que está haciendo sufrir tanto a tantas familias. Yo me quería referir a otra crisis: la crisis de valores (o quizá, mejor dicho, la crisis de virtudes).

     Es un hecho reconocido por muchos pensadores  (p. e.,  el economista y escritor recientemente fallecido, José Luis Sampedro) que, en la base de esta crisis económica que nos azota está una profunda, y previa, crisis de valores o virtudes, de todos nosotros en general, y de las élites sociales, es decir, los que nos mandan, en particular. En efecto, hemos llegado a esta situación lamentable por problemas económicos complejos, es cierto,  pero que a menudo derivan de actitudes y comportamientos personales vergonzosos, cuando no delictivos.

     Ahora bien, ni es esta la ocasión, ni tengo yo cualificación bastante para analizar tema tan complejo como es el de la relación entre la crisis económica y la crisis moral. Mi propósito, como se verá, es bastante más  modesto.

 

     Una experiencia histórica de siglos nos muestra que cuando, en ocasiones similares, la civilización occidental se ha visto en una encrucijada tan grave como la presente ha recurrido a sus orígenes, a sus fuentes, … a sus clásicos.

     A lo mejor, repito, a lo mejor, parte de nuestros problemas y desconciertos actuales podrían hallar una solución recurriendo (y recurrir, como bien saben mis sufridos y heroicos alumnos de latín, significa en origen correr hacia atrás, remontarse) recurriendo, decía, al viejo catálogo de virtudes romanas, que están en la base de nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con nuestros semejantes, y que me parece están algo olvidadas.

     No quiero decir con esto que todos los romanos siguieran fielmente los dictados de este exigente conjunto de virtudes, ni mucho menos… (ya se han encargado algunas películas de Hollywood de desmentirlo, proyectándonos una Roma donde los romanos  se pasaban el día… de folixa en folixa.) (¡Ya me diréis cómo se puede crear un gran imperio con este plan de vida!)

     Ahora bien, los ideales morales de un pueblo, al actuar como guías de la conducta individual y colectiva, nos dicen mucho sobre su temple y talante vitales.

     Me propongo ahora comentar con brevedad el sentido profundo de alguna de estas virtudes, que por ser de la tradición romana lo son también de la nuestra. Para entender mejor su verdadero sentido, bucearemos en su etimología y jugaremos un poco con las lenguas - en el sentido más casto de esta ambigua expresión, naturalmente.

     Iniciemos esta breve excursión por las viejas virtudes romanas con el concepto de LABOR. Es éste un concepto central de la civilización romana.

     LABOR es el trabajo, el esfuerzo, la capacidad de sufrimiento y resistencia soportados en la realización de una tarea. Los romanos (y los españoles también, por cierto) han sido a lo largo de su historia un pueblo básicamente esforzado, capaz de soportar todo tipo de fatigas y trabajos. (Basta, para comprobarlo, mirar y admirar sus monumentos más característicos: teatros, anfiteatros, puentes, acueductos, calzadas, etc.) Esto explica la increíble gesta histórica que protagonizaron.

     Es ésta una virtud  muy relacionada con los duros trabajos del campo. No olvidemos que los romanos fueron sobre todo y ante todo un pueblo de campesinos. Por eso uno de los versos latinos más conocidos y citados es:

LABOR OMNIA VINCIT (El esfuerzo todo lo vence)

verso del gran poeta latino Virgilio en su poema “Geórgicas”, donde se canta la grandeza y dureza de los trabajos del campo, pero verso inmortal válido para toda empresa humana en todo tiempo.

   Hay en el español actual huellas que recuerdan esa relación. Todavía hoy hablamos de “tierras de labor” para referirnos a tierras apropiadas para el cultivo. Además, del verbo derivado laborare, tenemos en español labrar, una de cuyas acepciones es arar, y labranza: cultivo de los campos. Y tenemos también labrador y labriego, para nombrar a quien trabaja la tierra.

     Ahora bien, tirando un poco más de este hilo etimológico, nos topamos con collaborare, esto es, “trabajar con, trabajar en unión de otros, con los compañeros, o sea, con quienes compartimos el pan, … y las fatigas.

     Otra palabra, muy curiosa, de la misma familia es el adjetivo laborioso, que tiene un doble sentido: se refiere, por un lado, a la persona que es trabajadora y muy aplicada, y por otro, a aquello que da mucho trabajo, que es trabajoso, penoso.

     Por cierto, que, aprovechando esta doble acepción, podríamos decir aquí que el Bachillerato es una etapa laboriosa, ya que da mucho que hacer, y nuestros nuevos bachilleres han sido alumnos laboriosos, porque han hecho sudar sus neuronas para salir airosos de estos estudios.

      Otra virtud ligada a lo más íntimo del modo de ser romano es la RATIO. RATIO es el cálculo, la ponderación, la consideración racional de los pros y los contras, de las consecuencias de los propios actos. Es una virtud fundamental para hombres de acción. Es también virtud propia de campesinos, que deben llevar la cuenta, y tener en cuenta, muchos factores  para que sus cosechas y ganados no se malogren. Tenían que ser, por tanto, prudentes y previsores. Y es que, en efecto, la RATIO, la capacidad de calcular, de sopesar ventajas e inconvenientes, es virtud que fundamenta otra muy romana y digna de elogio, pero poco practicada en nuestros días: la PRUDENTIA.

     Recurramos de nuevo a la etimología para desentrañar su sentido profundo. PRUDENTIA es palabra derivada del adjetivo/participio PRUDENS, y este del verbo PRO-VIDERE, es decir “ver por delante, ver con antelación” lo que puede suceder. Si soy prudente, esto es, si soy capaz de anticipar las posibles consecuencias de mis actos, pensar las cosas dos veces antes de actuar; si soy prudente, repito, seré sensato, previsor y no un impulsivo, ni un  temerario.

     Por fortuna, estoy seguro de que la mayor parte de los alumnos aquí presentes practicaron la RATIO y la PRUDENTIA, y barrunto que calcularon los beneficios indudables de sacrificarse y dedicarle tiempo al estudio y, por eso, pueden ostentar hoy con todo merecimiento el título y tratamiento de Bachilleres.

      En este rápido repaso de algunas virtudes cardinales del modo de ser romano, examinemos ahora, (y es que esto de examinar es tentación irresistible de los profesores) examinemos, decía, otra virtud primordial: la GRAVITAS.  El término GRAVITAS deriva del adjetivo gravis (pesado, que pesa) y significa propiamente “peso, pesantez”. Este significado se puede rastrear en el nombre de una famosa ley física, la “Ley de la Gravedad” que afecta por igual a todos los entes pesados, incluidos, por supuesto, padres y profesores. A partir de este origen, el término se enriquece con un valor nuevo, que se identifica con un rasgo de la personalidad.

·       Tiene GRAVITAS la persona “de peso”, de carácter firme, constante, que no se deja arrastrar fácilmente, que no actúa de modo caprichoso, veleidoso, cual veleta inconstante.

·       Tiene GRAVITAS quien no se viene abajo con facilidad, quien no se hunde ante las dificultades que la vida le presenta, ni se pone tonto en los momentos en que la vida le sonríe.

·       Tiene GRAVITAS quien es de fiar y, como dice el diccionario de la Real Academia, “quien causa respeto y veneración”.

No tiene GRAVITAS, siguiendo con el juego metafórico, la persona leve, sin peso, frívola, o sea, “ligera de cascos”.

      Habrá que añadir que ésta virtud es más propia de personas adultas, que no se avergüenzan de serlo, que están orgullosas de los años vividos, que no necesitan andar imitando comportamientos juveniles ni buscan rejuvenecimientos ficticios e inútiles.

     Y a este respecto, me vienen a la memoria las palabras del ilustrado francés Voltaire cuando afirmaba que:

QUIEN NO TIENE EL ESPÍRITU DE SU EDAD, DE SU EDAD TIENE TODOS LOS INCONVENIENTES[1]

     Reflexión, por cierto, que contrasta con lo que pensaba algunos siglos antes M. Porcio Catón. Este gran romano, decía, con más comprensión y benevolencia que Voltaire que

ADMIRABA A LOS JÓVENES QUE TENÍAN ALGO DE VIEJOS Y A LOS VIEJOS QUE TENÍAN ALGO DE JÓVENES[2].

     No sé cómo, pero creo que los dos, el ilustrado y el viejo romano,  tenían mucha razón.

      El elenco de virtudes dignas de practicarse es amplio. La premura de tiempo nos obliga a dejar sin comentario la CONTINENTIA (o autodominio, tan propio de la buena educación), o la CONSTANTIA, esto es, la perseverancia necesaria para el logro de las metas que nos proponemos, o la PATIENTIA, es decir, la capacidad de aguantar, de soportar en silencio, (tan practicada por padres y profesores ante ciertos desplantes e impertinencias de algunos adolescentes), o la PARSIMONIA, el tino, la mesura a la hora de gastar el dinero, etc., etc.

      En fin, por último, diremos algo sobre una virtud que corona todas las demás y cuya primera formulación debemos también a los romanos: se trata de la HUMANITAS.

     Todas las virtudes citadas previamente hacen referencia al carácter, al temple moral. En asturiano decimos de alguien que reúne en si todas o casi todas ellas que “YE UN PAISANU, O UNA PAISANA”. Así “un paisano” ye una persona  recta, digna de confianza, trabajadora y honrada. Todo esto está muy bien, es muy importante, pero quizá no sea suficiente.

     Cuando los romanos entraron en contacto con la cultura griega - su ciencia, su filosofía, su literatura, su arte, - quedaron deslumbrados. Los mejores de entre ellos se dieron cuenta de que necesitaban asimilar todos estos saberes para alcanzar un modo más pleno, más profundo de ser hombres.  Esta asimilación de la cultura griega trajo como consecuencia cierta suavización del rigor y la severidad propias de su modo de ser tradicional.

     De ahí surgió un ideal humano, una forma ideal de ser hombre suma de  cualidades morales e intelectuales, que a pesar del desconcierto de nuestro tiempo, sigue siendo un magnífico y valioso programa de vida. (y que es, en esencia, el que intentamos inculcar, con variado éxito, a nuestros alumnos)

      Y es que, como escribía mi muy recordado y admirado profesor de latín, don Francisco Torrent, la HUMANITAS es “este enriquecimiento de la personalidad que proporcionan el estudio y la cultura, y lleva consigo un REFINAMIENTO ESPIRITUAL, que hace al hombre más apto para relacionarse con sus semejantes al incrementar su madurez, su capacidad de comprensión, su sensibilidad y facilidad de trato, es decir, humaniza más al hombre“.  (Por cierto, es lástima que los programadores de algunas televisiones no hayan oído hablar jamás de esto, ni muestren interés alguno por entenderlo.)

 

     Termino ya. No es verdad. No hay crisis de valores, lo que hay es crisis de valor, de valentía, de voluntad para practicarlos; y, a menudo, mucho “morro”, mucho de “reclamar mis derechos y escaquearme de mis obligaciones”, que es cosa muy distinta.

     Así pues, y a pesar de las dificultades actuales que estáis sufriendo también los más jóvenes, os animo a todos vosotros, integrantes de la promoción de 2º de Bachillerato del curso 2012-1013 del IES Rosario de Acuña, a seguir esforzándoos por ser cada vez mejores, en lo moral y en lo intelectual, en vuestro beneficio y en el de vuestro país.

     Ah, y no olvidéis que  seguiréis teniendo siempre abiertas las puertas de vuestro instituto  para todo aquello en que  os podamos seguir ayudando.

MUCHAS GRACIAS


[1] Qui n´a pas l´esprit de son âge, de son âge a tous les malheurs

[2] Ut enim adulescentem in quo est senile aliquid, sic senem in quo est aliquid adulescentis probo (Cic. De senectute, 38)

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