PALABRAS DE PROFES

Actividades de los profes fuera de clase

AÑO 2015

 Lección pronunciada por el profesor de Tecnilogía LOIS ÁLVAREZ VIANA en la despedida de la promoción de 2º de Bachillerato

Señora Directora, tutores de 2º de Bachillerato, profesoras y profesores, alumnas y alumnos de ese que siempre será vuestro Instituto, madres, padres, familiares y demás presentes.

Muy buena tarde.

Deseo comenzar no solo con recuerdos, que es lo que más fácilmente podría salir de nosotros en un acto de Graduación como este, sino también con pensamientos. No es justo recordar solo lo que habéis vivido en estos años, escaleras arriba y abajo, puertas adentro y afuera, pasillos adelante y atrás, miradas a izquierda y a derecha, pero sí lo es pensar además en lo que habéis recibido. En particular, en lo que habéis recibido en las clases.

Más en detalle, intentad que os venga a la cabeza algo que sería ideal que hubieseis captado en todas esas clases, sean de la materia que sean y también independientemente de la hora a la que las hayáis tenido. Da igual que se trate de Lengua a segunda, como de Plástica a cuarta o de Biología a sexta.

Es posible que se os esté ocurriendo alguna que otra cosa, pero para que no haya ninguna duda, vayamos centrando ya el tema alrededor del que girará este discurso: [3]resulta tremendamente productivo que en cualquier clase esté presente la cooperación. Además, esta es la palabra que mejor encaja en un acto como este, donde nos encontramos alumnos, profesores y padres.

Por eso, hoy, igual que en tantas clases, toca llegar a una conclusión, partiendo, como siempre, de un problema, que enseguida os presentaré. Pues bien, para encauzar la resolución de ese problema contaréis con la ayuda de todos los profesores que os dan clase, no por la gran dificultad que entraña, sino porque dar una solución correcta y duradera requiere la utilización de los conocimientos adquiridos en muchas áreas distintas.

¿Estáis preparados? Vamos allá.

Disponed vuestra mente y trasladaros de una forma imaginable hasta un escenario de lo más auténtico: un laboratorio, que no tiene por qué ser ni el de Ciencias, ni el de Física ni el de Química. Digamos que os encontráis en un laboratorio, a secas, en una de cuyas mesas alguien, antes de vuestra llegada, ha colocado un mantel, sobre el que podemos ver varios huevos cocidos sin cáscara, una botella de cristal destapada, papel de periódico doblado como si fuese el fuelle de un acordeón y varias cerillas.

En ese momento, entra un profesor de Matemáticas y os pide que escojáis un huevo cuyo diámetro sea solo cuatro milímetros mayor que el diámetro interno de la boca de la botella, para lo que contáis con la única ayuda de ese extraño instrumento de medida llamado calibre.

Una vez escogido el huevo, aparece, causando sorpresa, una profesora de Lengua y describe la situación, para después pediros que discurráis y expongáis ante vuestros compañeros una manera de introducir el huevo dentro de la botella sin hacer fuerza.

Mientras vais dando sugerencias, llega el de Plástica, que confía en que, puesto que sois la generación de las imágenes, no os costará generar un dibujo de la botella vista de frente, otro vista desde arriba y, por si fuera poco, también con un programa de diseño en 3D. Además, intenta convenceros de que hacer esos dibujos puede ayudar a resolver mejor el asunto.

Tras las típicas ocurrencias, habitualmente poco recomendables, empieza el momento de las pistas: viene la de Química, que os echa en cara que no busquéis soluciones más científicas y diserta sobre lo que ocurre durante la combustión de un papel. Dice que, al quemarlo, y gracias al calor, va reaccionando con el oxígeno circundante y se produce una doble transformación: por un lado, el papel es convertido en ceniza y, por otro, desaparece una parte del aire presente.

Ya está: un alumno propone prender fuego al papel, meterlo en la botella y tapar ésta con el huevo. Sí, eso es.

Inmediatamente, en el instante perfecto, se une al grupo el de Física, que pretende iluminaros explicando cómo se puede producir un vacío. Después de un rato, una alumna cree poder ya dar a conocer qué ha ocurrido: puesto que desaparece una parte del aire presente dentro de la botella, estamos generando un pequeño vacío, lo que da lugar a una depresión que genera una fuerza hacia abajo sobre el huevo que lo obliga a entrar.

Y cuando parece que ya se ha entendido por qué las brasas del papel son las culpables de que el huevo sea engullido, irrumpen las profesoras de idiomas, que os traen a la memoria que la mejor forma de saber si lo habéis comprendido es que expliquéis lo sucedido, y que lo hagáis en francés, en inglés, en alemán o en italiano, según sea el caso. Es más, exigen que sea de dos maneras: primero os lo contáis unos compañeros a otros y después lo quieren individualmente por escrito.

Tras esto, por fin, se os concede un descanso, que aprovechan la de Biología, el de Tecnología y la de Música para añadir nuevos elementos al caso.

Una vez que habéis vuelto al laboratorio, con la de Biología partís en dos los huevos iniciales y estudiáis los nutrientes presentes en la clara y la yema, el de Tecnología divaga sobre los criterios para elegir unos materiales u otros, justificando así, en concreto, por qué es más apropiado usar botellas de vidrio y no de plástico, y la de Música improvisa una elegante audición: llena varias de esas botellas con agua hasta distintas alturas y reclama que sopléis sobre ellas a corta distancia, para que comprobéis que, según hasta donde se llene, van llegando a los oídos de todos las distintas notas de la escala musical.

Por último, el aporte nutricional lo completa la experta profesora de Historia, que revela cómo se las ingeniaban en el antiguo Egipto para trabajar el vidrio del que después obtenían esas botellas que seguimos utilizando en la actualidad.

Pero aún hay más profesores dispuestos a hacer aportaciones.

Al de Filosofía, el amante de la sabiduría que se planta allí en el laboratorio muy seguro de sí mismo, no le importa en absoluto si primero fue el huevo o la botella y mucho menos si primero fue el huevo o la gallina; por eso, se pregunta a sí mismo por qué una piedra de igual forma y tamaño que el huevo nunca pasaría por el cuello de la botella por muchas veces que hiciésemos el mismo ensayo.

Se arma un poco de revuelo entre todos los presentes y el profesor de Física se atreve a tomar la palabra:

-Aún siendo su cuerpo, estimado compañero filósofo, semejante en forma y tamaño al de un bailarín de danza contemporánea, ¿compararía usted la elasticidad de ambos? ¿Verdad que no?

A pesar de la supuesta contundencia de la respuesta, el filósofo prosigue su reflexión preguntando a los presentes si de verdad la ciencia es la única rama del saber que puede explicar por qué el bailarín es efectivamente más elástico que él. Hay un silencio, que aprovecha para reconducir su exposición hacia un difícil interrogante que la filosofía de la ciencia todavía no ha conseguido aclarar: ¿es más eficaz construir la ciencia a partir de los resultados de los experimentos o proponer teorías científicas que después deben ser verificadas mediante la experimentación? Es decir, ¿qué fue primero: la teoría o la práctica?

En ese punto, el de Latín y la de Griego serenan el debate invitando a los alumnos a que encuentren en los clásicos una guía, como aquel sabio que tenía claro que “largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos”.

Para terminar, se presenta el de Educación Física, quien, convencido de que la mente solo puede estar sana cuando pertenece a un cuerpo sano, cree que la mejor forma de acabar la actividad es despejar las neuronas haciendo media hora de intenso ejercicio físico.

Pero ni haciendo deporte algunos descansan la mente. En concreto, una alumna, rememorando la clase que acaba de recibir, se acuerda de que existe alguien de nombre Freeman Dyson, cuya ideología no comparte en absoluto, pero que decía algo así: “me gusta la gente que está trabajando en cosas prácticas y que están trabajando en equipo. No es tan importante la gloria; es mucho más importante conseguir algo que funcione”.

Y con esto, ya habríamos llegado al final de esta inaudita clase, discurrida en base a un corriente huevo cocido. Es decir, el profesor de Educación Física insta a que os aseéis y esperéis a que suene el timbre de las dos y diez.

Sin embargo, eso que para algunos es el gran momento, puede convertirse en el comienzo de una particular reanudación de la lección. Me explico. Si lo que habéis visto, oído o probado en clase os ha gustado, es natural sentir la necesidad de comentarlo. Por ejemplo, de comentarlo en vuestra casa.

He escuchado, desde hace ya unos cuantos años, a muchos padres diciéndome que se apenaban porque llegaba un momento en que no podían seguir ayudándoles, puesto que se complicaban los contenidos que ven en el Instituto. Pero es fundamental vuestra referencia, el estar ahí con vuestros hijos. Tanto si es por la tarde como si es a la hora de la cena, os confortará estar a su lado justo cuando os diga que lo acompañéis o la acompañéis hasta el espacio más auténtico de la casa: la cocina.

Sin que lo supieseis, vuestro hijo o hija os ha preparado un delicioso plato de huevos cocidos con bechamel y ha apartado uno de ellos, que ha colocado junto a una botella de cristal; sin pestañear, os dice que será capaz de hacer que el huevo entre en la botella sin aplicar sobre él ninguna fuerza. Vuestra cara se llena de escepticismo, tras lo cual vuestro adolescente, del que ya no queda casi nada de adolescente, prende fuego al papel y lo introduce en la botella, que tapa con el huevo, el cual acaba entrando. Sorpresa por un lado y satisfacción por otro.

Oh, pero a algún padre ingenioso se le ocurre algo muy lógico, sobretodo si tiene hambre: ¿y ahora cómo lo sacas de ahí? Porque, desde luego, el huevo sigue siendo comestible. Con esa pregunta, habréis conseguido algo tan importante como provocar que continúe meditando, para así terminar de solucionar la cuestión. Y animarlos en esa línea es lo más importante que podéis hacer para seguir ayudándolos en sus estudios, independientemente de lo complicados que sean los contenidos que los profesores les enseñan.

La lección aprendida en el Instituto ha continuado en casa, para todos.

El caso es que en una sola jornada, queridos alumnos, ha sido posible descubrir algo admirable, como es que vuestro aprendizaje en el ámbito escolar nace y crece a partir de una colaboración natural entre los distintos profesores (lo que posibilita una comprensión global del problema), completada con la imprescindible ayuda prestada por las madres y los padres.

Dado que se supone que la educación y el aprendizaje sirven para progresar, deducimos, con enorme orgullo, que la cooperación entre personas genera progreso.

Ahora bien, no olvidéis que somos parte de la naturaleza y desde siempre se nos ha insistido en que ésta se rige por la competitividad, la selección natural, etcétera. La inmensa mayoría de los animales únicamente pretenden comer lo mismo o más que su vecino y no ser comido por sus posibles depredadores. En su estado más auténtico, el mundo natural es salvaje, y esto anima a muchos seres humanos a deducir que cada individuo debe llegar más lejos y más alto y ser más fuerte que el de al lado: en definitiva, ser más competitivo que nuestro vecino.

Desde luego, somos libres de elegir entre la abeja y el jaguar, la cooperación y la competitividad, pero, seamos lo animales que seamos, tened siempre presente que nos distinguimos del resto de seres vivos en que gozamos de una mayor capacidad de razonar.

Y es que esa capacidad, única, os ha permitido avanzar muchísimo, desde aquel día que entrasteis en el Centro con doce años, algunos once. Traíais bajo el brazo un reiterado “¿por qué?”, esa fantástica pregunta que poco a poco, al ir pasando los trimestres y los cursos, fuisteis convirtiendo en un “ya lo sé”, que no tendría necesariamente que interpretarse ni en plan despectivo ni presuponiendo que la persona se cree por encima del resto, sino que podría tratarse de una sencilla forma de indicar lo ansiosos que estáis de querer que os cuenten más.

Hubo una persona que vivió en una época en la que nada iba tan rápido como ahora y que consiguió asimilar todo el conocimiento matemático acumulado hasta ese momento. En tan solo dos años, él sí pudo decir “ya lo sé”. Fue el gran Isaac Newton, quien avisó, seguramente ensimismado, de que los seres humanos “construimos demasiados muros y no suficientes puentes”. En la interpretación evidente de esta frase, se viene a pedir que los pueblos abandonen las batallas entre ellos y busquen puntos en común para conseguir un notorio progreso de ambos. Más en concreto, se puede también pedir que cada persona debe evitar apartarse de sus coetáneos y ha de buscar qué es lo que le une al resto, de la misma manera que un conjunto de diecisiete profesores, lejos de construir muros, han podido establecer puentes entre sus respectivas áreas de conocimiento para así intentar dar una visión global y una solución parcial al extraordinario problema del huevo que nadie imaginaba que consiguiese entrar en la botella y, sin embargo, al final lo logró.

Pero como no solo de los profesores aprende el alumno, también se ha conseguido tender un puente que comunica a quienes tenéis aquí delante con quienes tenéis ahí detrás. Y aún nos queda por señalar el elemento que completa la triple referencia adulta: el entorno, bien sea el real, que encarnan los vecinos del barrio, o también el virtual, que prácticamente está monopolizado por la televisión e Internet.

Los adultos aquí presentes somos, en mayor o menor medida, la generación de la televisión, que nos permitió enterarnos de multitud de cosas que nuestros mayores no nos querían contar de viva voz.

Con vosotros, alumnos, surge la generación de los buscadores, que se han convertido en una especie de verificación infalible de la existencia de algo. Y si me gusta lo que he visto, lo comparto, reivindicando aquello que decía el poeta de que la alegría compartida es doble alegría.

En fin, es evidente que esos tres elementos -el entorno, la casa y el Instituto- están unidos y los tres contribuyen a vuestra madurez. Supongo que, dependiendo de muchas variables, a algunos os aporta más el Instituto, a otros vuestros familiares y a otros la calle. Por si os sirve de ayuda para dilucidar qué es lo que más ha influido, a lo largo de estos años, en vuestro crecimiento, y siempre en general, sabed que uno o una de vosotras, antes de haberos convertido en lo que ahora sois, bachilleres, ha realizado de media unos diecinueve mil ejercicios escritos, tranquilamente alrededor de quinientos cincuenta exámenes y ha asistido a unas doce mil clases. Esto solo en el Centro. Además, en casa, habéis escuchado más o menos seis millones de palabras de vuestros progenitores, habéis visto la televisión aproximadamente tres mil cuatrocientas horas (casi cinco meses ininterrumpidos, aunque ya no sea tan exitosa como antes) y habéis tocado la pantalla de vuestro móvil la friolera de dos millones ochocientas mil veces.

Pero no me malinterpretéis. No es mi intención discutir sobre lo apropiado de la contradictoria circunstancia de que seres humanos reales establezcan una comunicación virtual mediante blogs, redes sociales, mensajería instantánea,… o sobre la posibilidad de explorar la ya disponible realidad aumentada, porque sería prácticamente inútil. Digamos que todo esto es una realidad muy difícil de parar.

Solo pretendo que deduzcáis que en estos años del Acuña os han ocurrido muchísimas, pero muchísimas, pequeñas y grandes cosas.

Y las que os han ocurrido en el propio Instituto portan unas señas de identidad inconfundibles: acompañaros y transmitiros nuestro deseo de que la observación, la experimentación y la cooperación se anclen en vuestra conciencia.

    Muchas felicidades a todos y ojalá tengáis una muy buena noche.

 

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