DEBERES ESCOLARES Y RELACIONES FAMILIARES

27 04 2017

DEBERES ESCOLARES Y RELACIONES FAMILIARES

 

 

              Durante este curso surgió una vez más la polémica sobre los deberes escolares. La asociación de padres y madres CEAPA inició una campaña en el pasado mes de noviembre para que se eliminen los deberes escolares a los niños que, a juicio de los padres, están saturados de tareas para  hacer en casa y éstas interfieren negativamente en su vida familiar, porque generan un conflicto con el tiempo libre que los niños deben  tener para que descansen, puedan disfrutar del ocio y se dediquen a otras cosas que no sean las estrictamente académicas.

             Con el objeto de que pueda servir para la reflexión sobre el tema, les voy a contar una anécdota que me ocurrió este verano. Paseaba por la playa y me encontré casualmente con un abuelo que durante el curso lleva a su nieta de 12 años al instituto por la mañana y al finalizar las clases pasa a recogerla. Un  abuelo jubilado que, como a tantos otros, el horario de trabajo de sus hijos aboca a cuidar a sus nietos durante casi todo el día. Después del saludo protocolario me dijo: “Eres profesor de filosofía, ¿qué crees que puedo hacer para que mi nieta no se aburra? Cuando terminó las clases fue durante quince días a un campamento de verano y a la vuelta me dice todos los días que se aburre, aunque viene conmigo a la playa, tiene teléfono móvil, ordenador y un montón de juegos en la videoconsola”. Le dije que me sorprendía su pregunta, pero a la vez me halagaba por el valor que deposita en la filosofía. Me dio la sensación que el abuelo creía que la filosofía, como saber, era capaz de ofrecernos las recetas para vivir más plenamente y acertar en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. Mi condición de profesor de filosofía no me convierte en una especie de gurú que tenga respuesta y “antídotos” para todos los tedios existenciales por los que atraviesan los jóvenes.  Le pregunté qué era lo que hacía su nieta durante el curso para no aburrirse. Me dijo que a lo largo del curso la nieta tenía todo el tiempo ocupado, iba a clase por la mañana y después por la tarde asistía dos horas a clases particulares, practicaba baloncesto y, en definitiva, tenía toda la semana ocupada. Pensé inmediatamente en la posibilidad de que la  causa del aburrimiento por el que atravesaba su nieta era el no saber gestionar  el tiempo libre que tiene en vacaciones.

         Durante el curso los niños y los adolescentes están saturados de tareas y como consecuencia tienen dificultades cuando están de vacaciones para rellenar su libertad. Sin embargo, creo que no es malo que se aburran. El aburrimiento hace que empiecen a explorar la creatividad y eso les hará buscar cantidades de cosas que pueden hacer en su tiempo de asueto. Vivimos en una sociedad que deja poco espacio y tiempo a “no tener nada que hacer”. No se trata (para que no se aburran) de comprarles lo último en nuevas tecnologías, aunque nos demanden el último móvil, el último ordenador y la última videoconsola. No debemos satisfacer continuamente sus apetencias y deseos. Si lo hacemos, puede suceder que hagamos de niños y adolescentes consumidores voraces de novedades, porque una vez que han probado todos los juguetes o dispositivos electrónicos, creerán que lo conocido ya no les distrae, aunque no sea verdad. La mayoría de las veces no sacan todo el partido posible a los programas, a las aplicaciones y a los juegos. Operan mediante el mecanismo de coger cualquier artefacto, echarle compulsivamente un vistazo, aprender su funcionamiento, comprender de qué va, pasar a otro y así sucesivamente, hasta que ya no les satisface lo que tienen, y piden otra novedad. Se convierten así en sujetos que no profundizan imaginativamente  en las posibilidades que tienen los objetos que poseen,  porque les saturamos de cosas que no necesitan. De hecho, algunos están tan saturados de juguetes que cuando reciben el aluvión de regalos en la festividad  de los Reyes Magos, no terminan de abrir los paquetes, abandonan el entusiasmo inicial, dejan de quitar los envoltorios y pasan a hacer otra cosa.  Por lo tanto, no se suelen aburrir cuando tienen todo el tiempo ocupado y carecen de ratos libres. Como correlato, cuando se liberan de todos los quehaceres y necesidades diarias que ocupan sus horas es cuando descubren lo que nuestra vida tiene de contingente, es entonces cuando aparece el aburrimiento, que puede desembocar en creatividad o estrés, que viene de estreñir, y que significa sentirse tenso, desbordado.  

         En ese sentido, creo que es muy importante que los niños no tengan todo el tiempo   ocupado para que exploren, jueguen y mantengan relaciones afectivas con la familia. Ahora bien, el problema de la falta de tiempo para dedicar a sus hijos, no se debe simplificar aludiendo a los excesivos deberes para casa que se mandan en la escuela, sino al afán de muchas familias pretendiendo hacer de sus hijos una especie de genios, de “Leonardos da Vincis”. Es obvio, que si los dos progenitores trabajan les queda poco tiempo para dedicárselo a los niños y entonces les procuran ocupar todo el tiempo con actividades por la tarde. Muchos asisten a clases de inglés, practican algún deporte, estudian música y, además, asisten a clases particulares de ciertas asignaturas para que hagan los deberes que se mandan en la escuela, etcétera. Los padres tienen que volver a dedicar tiempo a sus hijos, aunque es difícil conciliar trabajo y familia, debido a los horarios laborales que tienen los padres en nuestro país y esto es lo que hay que cambiar.  Recuerdo que Antonio Muñoz Molina escribía, en un artículo titulado “En el mundo real”, que últimamente está observando cada vez más anuncios en el metro y en las paradas de autobús de Nueva York anuncios como este: BE A PLAYER! PLAY ONE HOUR A DAY!, que incitan a los niños a jugar. Y sostenía el autor: “que alguien haya considerado necesaria una campaña oficial de publicidad animando a los niños a hacer aquello que hacen o hacían por instinto, jugar, es bastante triste”.

          En resumen, estoy de acuerdo en que hay que dejarles tiempo libre para que vuelvan a recuperar el juego imaginativo. El tiempo de la escuela, en el que pasan muchas horas, sólo debe ocupar una parte de su vida. Intentemos que jueguen y dediquemos tiempo a los niños, lo necesitan más que los objetos que les compramos. No les saturemos de actividades por las tardes. No les dejemos a la intemperie en medio de las pantallas para que no molesten. Por supuesto, no descuidemos y dejemos solos, en la crianza de los niños, a esos abuelos que intentan, como mejor pueden, hacer la vida más gratificante a sus nietos. Y no simplifiquemos, reitero, hay otros problemas por los que atraviesan las relaciones padres-hijos que van mucho más allá de que tengan más o menos deberes escolares; la solución pasa por cambiar los horarios laborales de los padres para que puedan dedicar tiempo a sus hijos.  Pero claro, eso ya no depende de la escuela, sino del sistema económico en el que estamos inmersos, y eso ya es otra historia.