Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Biografía'

83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Publicado por Macrino Fernández Riera el 29 Octubre 2010

Escribo estas líneas horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

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72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Agosto 2010

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

«Huérfana de padre (”un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega…» (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales consideran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverente y herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro,  arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproducida por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

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70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens

Publicado por Macrino Fernández Riera el 30 Julio 2010

Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno, que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el  nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza, El padre Juan y Amor a la patria; libros como La siesta y Tiempo perdido; y poemas como En las orillas del mar y Ecos del alma.

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar[1], pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día [en realidad fue la misma noche del estreno], por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época [se refiere a La jarca de la Universidad], que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio.

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que puso se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde [Véase La casa del diablo]. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.

El Motín, Madrid, 12-5-1923


[1] En la misma página se publican «A mi madre» y «Más allá de la muerte».

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54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Abril 2010

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta  o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva,  Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo-Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

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53. A las puertas del Parnaso

Publicado por Macrino Fernández Riera el 5 Abril 2010

Madrid,  12 de febero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra;  ópera en el Real;  teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín… Rienzi el tribuno  en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando  desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida… Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

 «La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte, 20-7-1874], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de  este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas»

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque -a decir de los críticos- en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos»

Terminado el primer acto,  los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

«Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.»

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de   El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación… Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales… Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo…»

La Época, 20-2-º876

Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:

Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario  Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo,  es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña  es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

“El cuerpo duerme, pero el alma vela.”

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

“¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor a la ambición humana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

se te busca en el hoy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros  enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la Empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término  a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876

 

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34. Pidiendo por las calles de Pinto

Publicado por Macrino Fernández Riera el 18 Diciembre 2009

El 16 de junio de 1885 la Gaceta de Madrid publica una Real Orden en la cual se reconoce oficialmente la existencia de una epidemia de cólera en algunas provincias españolas:

«Siendo por desgracia un hecho cierto y oficial la aparición del cólera morbo asiático en las provincias de Valencia, Castellón, Murcia y en la capital del Reino, aunque en ésta todavía, por fortuna, en proporciones que permiten albergar la fundada esperanza de impedir su desarrollo, si el celo y las medidas higiénicas adoptadas por las autoridades son vigorosamente secundadas por el vecindario…»

Parece ser que fue en la tierra murciana donde la epidemia causó mayores estragos a juzgar por el elevado número  de defunciones, los aislamientos, las partidas de auxilio para los damnificados, las visitas de los ministros… La prensa se hace eco, un día sí y otro también, de la incesante lista de bajas que el mal endémico va amontonando a la vista de todos.

Como otros muchos compatriotas, Rosario de Acuña y Villanueva se muestra conmovida ante el dolor que sufren los afectados por este mal endémico:

«Es llegado el momento. Sobre los horizontes de nuestra patria se alza fatídicamente el espectro del cólera. Fuera dudas ni subterfugios: hay que mirarlo cara a cara, tal como se apareció en los años 1865 y 66, con sus palideces de cera y sus ojos vidriosos…» (Vivir para los demás, 5-7-1885)

Ni corta ni perezosa, el jueves 2 de julio de 1885 Rosario de Acuña y Villanueva se echa a las calles de la villa de Pinto, localidad en la que había fijado su residencia cuatro años atrás, para animar a sus convecinos a que colaboraran en la suscripción abierta por Las Dominicales del Libre Pensamiento para socorrer a quienes en Murcia sufrían los zarpazos del cólera.

¡Cuánto ha cambiado su vida en pocos años! Años atrás, cuando las inundaciones de 1879 (vivía por entonces en Zaragoza, era una conocida dramaturga, estaba casada con un joven militar…); cuando el 15 de octubre de 1879, en la llamada «riada de Santa Teresa»,   la mitad de la provincia murciana perdió su cosecha, a Rosario de Acuña, conmovida por la desgracia de los huertanos, sólo se le ocurrió  echar mano  de su pluma y escribir una poesía: Una limosna para Murcia.  Ahora, librepensadora confesa y a pocos meses de convertirse en masona, busca aliados entre sus convecinos y se dedica a pedir de casa en casa para conseguir dinero con que  socorrer a los desafortunados.

Había tomado la decisión días antes: «…adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea…»

Tres días después, el domingo 5 de julio, la primera página de Las Dominicales recoge la lista de donantes encabezada con las cincuenta pesetas de Rosario de Acuña y las diez de su madre: doña Bernardina Martínez (5), Gabriel Martínez (2), Tomás Pareja (5); Federico Rubín de Celis; Juliana López José Lozano (2´50), Abdón Sangrador (2), Ramón Herreros (5), Julián Ortíz de Lanzagorta (5), Compañía Colonial (50)… En total: fueron ciento veintitrés las personas que decidieron atender la petición de doña Rosario. Hubo quien no se conformó con poner unas pesetas y decidió ir más lejos:

«El Sr. D. Francisco Illescas y Baquerizo, comerciante en comestibles en esta localidad, estaba en mi casa para hacerme la siguiente petición: Deseo que, por medio de los Sres. Chíes y Demófilo, se recoja una niña de 9 ó 10 años que haya quedado huérfana y sin familia, perteneciente a la clase del pueblo, pero que sea hija de personas honradas y de buenas costumbres, y mi mujer y yo, toda vez que no tenemos hijos, la aprohijaremos con todas las formalidades que mande la ley.»

Entusiasmada por la respuesta de sus convecinos, no puede menos de coger la pluma a las dos de la mañana, (hora inusual para ella que solía acostarse a poco de oscurecer), para pregonar a los cuatro vientos la buena nueva:

«¡Loor a Pinto! Lo confieso; jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico; sí; no hay que hacer distinciones, todos han entregado su moneda con el fervor de la caridad, ¡con el santo fervor del evangelio! que ve en los hombres que padecen a sus hermanos pobres o ricos, creyentes o escépticos, buenos o malos; todos se han apresurado a socorrer, sin preguntar siquiera muchos de ellos para quién era el socorro, algunos sin querer saberlo cuando se les iba a decir, bastándoles solo el saber que era para los desgraciados»

La carta, dirigida a Ramón Chíes y Fernando Lozano, Demófilo, directores de Las Dominicales, fue publicada íntegramente en primera página: el escrito destila satisfacción, agradecimiento y esperanza.

«¡Loor a Pinto!»

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32. Música, música: de la copla a la ópera

Publicado por Macrino Fernández Riera el 4 Diciembre 2009

No hace falta rebuscar mucho entre sus escritos para poder afirmar que a Rosario de Acuña le encataba la música, se deleitaba oyendo cantar a otros y disfrutaba cantando las coplas que ella misma  creaba sobre la marcha, mientras atendía a sus  animales o arreglaba la casa:

Los cantares que yo canto

todos se los lleva el viento…

son mariposas  del alma

cuyo jardín es el cielo.

El gusto por la música le viene de la infancia, pues sabemos que don Felipe de Acuña y doña María de los Dolores Villanueva contaban con un palco familiar en el teatro Real, privilegiado lugar desde el que la joven Rosario disfrutaría de las mejores óperas que se estrenaron en la capital, escuchando   a algunos de los más prestigiosos cantantes de la época como, por ejemplo, la malograda contralto Elena Sanz  o Enrico Tamberlick, afamado tenor a quien nuestra  poeta dedicaría en 1879 un soneto («Quiso bajar del cielo la armonía/ y al llegar a la tierra cual señora/ como don de su mano encantadora/ le otorgó al ruiseñor la melodía/…»).  Pero  no sólo fue en el selecto escenario madrileño donde la señorita de Acuña aprendió a amar la música, también lo hizo en el campo, en la serranía jienense, escuchando a los hijos del pueblo cómo arrancan del alma amores y penares a poco que empiece a sonar una guitarra:

 Estoy llorando tu ausencia

porque murió mi esperanza;

lágrimas, tened paciencia

que el tiempo todo lo alcanza.

 También allí,  en la serranía, la música   entusiasma a una joven que, quizás por estar medio ciega  buena parte del tiempo,  no pierde detalle de todo cuanto pasa a su alrededor y así nos lo cuenta en Correspondencia de Andalucía:

La copla se la llevan las auras, y los acordes melodiosos, breves y ligeros vuelven a enturbiar  los ecos perdidos de la noche; de las chozas vecinas sale alguan serrana atrída por el sonido de aquella voz: «Perico, canta», le dice a su compañera que también la escucha. «Vamos a que nos eche un fandango» «Madre grite usted a la María que se venga a bailar que nos vamos a la casa del tío Vicente». Pocos momentos después algunas parejas se mueven lánguidamente en torno al apagado hogar del cantador, o bajo el oscuro azul del firmamento. Perico ha entonado y los dos o tres del pueblo han acudido para bailar con las que pronto serán sus compañeras…

Entre óperas del Real y  cantes  de la serranía   el gusto por la música arraigó profundamente en nuestra protagonista, que no desperdició ocasión para ponerlo de manifiesto (sirva el ejemplo de Rienzi el tribuno, su primer drama, escrito coincidiendo con la presentación en Madrid de la ópera de Wagner), por más que -salvo excepciones- no hiciera públicas las coplas que inventaba para acompañar sus quehaceres:

Péinate siempre de espaldas

al espejo de tu cuarto;

que seas bonita o fea

lo mejor es olvidarlo.

Contamos, sin embargo, con varios artículos suyos que tienen por protagonistas a músicos españoles del momento:

- Rafael Ducassi (El Liberal, Madrid, 10-4-1881), donde se deshace en elogios hacia un niño violinista que conoció durante su estancia en Zaragoza.

 Rafael Ducassi y su violín fueron una sola personalidad, y sentado delante de un espejo para ver en sus ojos el fuego de la inspiración, se pasó horas enteras creando armonías desconocidas, acordes ideales; el niño no sabía otra música que la que llevaba en su alma y en vez de repetir, creaba.

- Jiménez Manjón (El Imparcial, Madrid, 7-1-1889), loa al genial guitarrista  a quien su ceguera no impidió que alcanzara renombre, tanto en España como en el extranjero, como compositor e instrumentista:

¡La guitarra! ¿Es la guitarra lo que toca el señor Manjón o es el arpa de acentos suaves, delicados y flexibles? Seguimos oyendo, y aún se nos figura el arpa instrumento tosco para emitir las dulcísimas modulaciones que aquella guitarra emite. ¿Es el armonium, es el violín, es la cítara?… ¡Oh, no, es Jiménez Manjón tocando la guitarra!

El barítono Servando Bango, protagonista de su artículo Servando Bango en El Cervigón:

La canción terminó. «¡Bravo! ¡Bravo!», gritaba yo desde lo alto de la escalera aplaudiendo furiosamente, aun a trueque de romperme la crisma. No sabía a  quién aplaudía, pero sabía que aquella voz que subía de los rocosos acantilados, era lo más hermosamente soberbio que había oído en mi vida (y he oído a todos los grandes cantantes de un cuarto de siglo) …

No sólo los músicos son protagonistas de sus escritos, también lo son los instrumentos. Véase sino este canto a la guitarra que realiza a propósito del elogioso comentario sobre el arte de Jiménez Manjón:

Esa caja hueca, cruzada por flexibles cordones de piel y de metal, que casi todos los hijos del pueblo español tienen en sus  hogares, unas veces para cantar sus alegrías, otras para entretener sus pesares, es la guitarra que hemos oído cien veces con más o menos fe y sentimiento tocada, pero siempre cerdeando en sus cantos con un chirrido de cuerdas arrastradas sobre sus trastes; es la guitarra, en algunas pocas manos tonando sentida, melancólica, dulce y sencillamente, y en muchísimas manos, en la mayoría de ellas, gritando estridente con rascaduras terribles emitiendo voces destempladas de vieja gruñona o de chiquillo rabioso; es la guitarra española que marca el tan, tan a la triste copla del mozo caído soldado en la quinta; es la guitarra española que diluye en una cadencia monótona el ardiente suspiro de la cantaora flamenca, la copla picaresca del alcalde de monterilla y el improvisado estribillo del rondador de doncellas en las aldehuelas de Aragón.

La música en los escenarios y la música en las serranías. Mujer con gran capacidad de observación, Rosario de Acuña se ha dado cuenta  que la música tiene gran importancia para la mayoría de sus convecinos: dolor, ilusión, amor, esperanza… añoranza.  Hasta tal punto lo comprende, que sabe  cómo se siente el joven emigrante que desde Cuba hace llegar a sus padres estas palabras: «… y por Dios, padre, que no tarden en mandarme la gaita que les pedí. Háceme mucha falta la gaita»; hasta tal punto lo sabe que, siendo conocedora que los padres del joven no pueden hacer frente a semejante desembolso,  no duda en comprar una y mandársela al joven:

Un hábil tañedor vino a probarla y desde el cerro que, como atalaya desafiadora del océano sirve de cimiento a mi casa, partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecosmorían entre los rompientes del mar, coreados por los ásperos y bravíos gritos de las gaviotas… (La gaita emigrante, Asturias, La Habana, 8-4-1917)

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27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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26. HIPATIA en el teatro Principal de Alicante

Publicado por Macrino Fernández Riera el 22 Octubre 2009

El miércoles 17 de febrero de 1886 Rosario de Acuña y Villanueva sube al escenario del teatro Principal de Alicante. El público aplaude con entusiasmo «rayano al delirio». Va a dar comienzo el recital poético.[1]

No es la primera vez que nuestra protagonista recoge los aplausos de un público entregado, pero aquella es una ocasión muy especial para ella: toma la palabra Hipatia, la nueva hermana de la Logia Constante Alona.

La Unión Democrática publica en la primera página de su edición correspondiente al viernes 19, Rafael Sevilla, su director,  hace alguna mención   al suceso:

«Nunca como ahora, siento carecer de dotes de escritor público; nunca como en esta ocasión me he sentido pequeño para reseñar lo sublime; nunca como en este instante al empuñar la pluma he experimentado desesperación, miedo, alegría, confusa mezcla de encontrados sentimientos. Y ¿por qué? Porque para elogiar al genio, para tejerle una corona, para aplaudirle se necesita, además de entusiasmo (y ese le tengo yo), el talento… ¡Que son estos pensamientos atrevidos y falsos! ¡Que me dejo llevar de la imaginación, esa losa de la casa! ¡Ah, no! Yo que nunca busco ni acepto ajenas inspiraciones, sino que prefiero juzgar por mí mismo, ¡yo que me confieso incompetente para hablar de la más ilustre de nuestras poetisas!, ¡yo que no sé mentir!, yo confieso que tengo la seguridad de no poder escribir ni un bosquejo de la velada literaria dada por D. ª Rosario de Acuña, en el teatro Principal en la noche del miércoles.

¡Lector, perdóname! Yo no tengo más norte que mi inspiración caprichosa, me encumbro aunque contadas veces en sus alas y me abandono a su versátil vuelo; me remonto o desciendo, giro por los espacios, crece y mengua a su albedrío. Me empeño en escribir, y ya lo ves, lector amigo, adopto por introducción el hablar de mi insignificante personalidad cuando debiera haber empezado este ejercicio literario o periodístico gritando:

¡Viva Rosario de Acuña!

Y después que he dado expansión a mi alma, me siento mejor, parece como que me he quitado un gran peso de encima.

Y sigo con mi reseña.

[…]

Enseguida apareció en la escena la insigne escritora doña Rosario de Acuña, la más ilustre de nuestras poetisas; la más elocuente de nuestras publicistas, la que para honra nuestra tenemos de huésped hace unos días, y al aparecer Rosario de Acuña, al destacarse su silueta del fondo del escenario que figuraba un salón cerrado por los lados, mi entusiasmo se desbordó como el del distinguido público que en gran número ocupaba el coliseo y aplaudía con entusiasmo, porque la autora de Rienzi tribuno, es para mí el tipo más perfecto del apóstol de la verdad; es para mí el ariete demoledor de las injusticias, la propagandista de la democracia; el ángel de redención que con la luz de la ciencia en la mano baja al oscuro antro donde mora el fanatismo y la ignorancia. ¡Salud ilustre poetisa! Yo te saludo en nombre de los alicantinos mis paisanos que como yo se sentían atraídos hacia ti por corriente magnética de simpatía y afecto, de admiración, de entusiasmo y de cariño.

Sobre tu frente se condensan muchas y grandes tempestades; lo sé. Jamás mujer ninguna ha conjurado contra sí tantas terribles pasiones.

¡Ah, sí! No exagero, no, Rosario de Acuña tiene enfrente a los fanáticos, a los ignorantes, a los oscurantistas que no quieren separar su corazón del quemadero, ni su mente de los antiguos ritos. Cuando leyendo sus obras, cuando saboreando sus poesías, veo los dolores, las penas que la asaltan, no puedo dejar de consagrarla algunas lágrimas como a todos los mártires de la verdad y del progreso.

Cual otro San Pablo, los paganos lanzan sus dardos, porque con sus palabra conmovía los altares de los dioses. Los judíos la persiguen, porque lleva al seno de la ley antigua un nuevo espíritu. ¡Cuántas veces en Éfeso, en Tesalónica, en Lystra, el antiguo fariseo perseguidor de los cristianos, estuvo a punto de perecer a manos de los judíos por sostener las mismas doctrinas que habían sostenido sus víctimas y las mismas ideas que había vertido Esteban, el primero de sus mártires! El fariseísmo que había creído encontrar en la nueva secta un poderosísimo auxilio para combatir el poder de las ideas griegas en la conciencia y el poder romano en la tierra, ardió en aquella desoladora ira, que tantas veces sintió San Pablo cuando pudo convencerse de que la nueva secta no buscaba en los idólatras enemigos, sino hermanos dignos de ver la eterna luz y participar del reino de Dios en los cielos.

La ilustre poetisa comenzó la lectura de sus cantares: su voz argentina y pura llevó al corazón de los oyentes armoniosísimos ecos que aplaudieron tanto esta composición como las que siguieron tituladas Las dos miradas, La ignorancia, El escepticismo, A la ciencia, Las tres flores, Una tórtola herida, Lo que dice la gaviota, El cielo, El niño muerto, La fraternidad, El ruiseñor, Las tres ilusiones, Las gotas de agua, Preguntas, El fin de un año, La desesperación, A la juventud, Cantares, Serenata morisca, Casualidad, ¡Dios!, En la escalera de mi casa, A los alicantinos.

Esta fue la segunda parte de la velada que corroboró la justa fama de que venía precedida la celebrada poetisa. En las inspiradas poesías que hemos enumerado se explaya su fantasía poderosa y derrama torrentes de armonía, imágenes de singular hermosura en versos fáciles, robustos, bien sonantes.

El entusiasmo que produjo en el público es indescriptible. Vimos el teatro con los ojos de la imaginación  y trasladamos in mente el lugar de la escena a orillas del mar, bajo una de esas esbeltas palmeras cuyas ramas con suaves ondulaciones parecen besar la frente de los mártires de la libertad: a la hora misteriosa del anochecer, hora sagrada para todos los pueblos, hora poética en todos los climas; la sacerdotisa vestida de lana blanca, ceñida la sien de encina, poniendo los ojos en el cielo, sonriendo, como poseída de una felicidad superior a toda felicidad humana, rodeada de los campesinos que la miran de rodillas y la ofrecen en canastillos de mimbre sazonados frutos, o en vasijas de tosco barro, blanca leche y perfumada miel; la sacerdotisa, la vestal, ora por el vuelo de la golondrina, ora por los momentos que la gaviota se mece sobre un punto del mar, y doña Rosario de Acuña, ora por la tórtola herida, por el ruiseñor, por las tres ilusiones. Y nos cuenta lo que dice la gaviota al mismo tiempo que la luna surge por el límite del horizonte, como una argentada lámpara encendida por Dios para iluminar aquel religioso cuadro.

Cuando apenas si se había extinguido el último eco de los aplausos y los «bravos», se levantó la cortina y volvió a pisar el palco escénico la heroína de la fiesta.

Serena, con ademán distinguido, dominando la situación, y la chispa del genio brillando sobre su espaciosa frente, doña Rosario de Acuña leyó con entonación apropiada sus hermosas poesías,  Décimas, intercaladas con un cuento, un cuadro de realidad asombrosa, bajo el epígrafe La igualdad, y estas otras: La justicia, La libertad, La camelia y la amapola (apólogo), Cantares, Interrogaciones, La tristeza, Madre, Lo cierto, Nubes, A la luz de la luna (poema), Cantares y Al pueblo.

¿Qué he de decir yo que no sea pálido, superficial y pobre después de tal profusión de poesías, tan esplendente gama de recuerdos y tanta riqueza de lenguaje? Me limitaré a emitir un deseo. Para gloria de Rosario de Acuña y de la literatura de España, anhelo que imprima las composiciones leídas en la velada a que me refiero. Y aquí he de hacerme cargo de la calumnia torpe que consiste en hacer de doña Rosario de Acuña un peligro para la familia. No es verdad semejante aserto, y al testimonio de cuantos asistieron en la noche del miércoles al teatro Principal apelo. Cuanto sale de su pluma puede correr en manos del tierno infante, de la casta doncella, de la honesta esposa. Si no respiraran racionalidad sus inspiraciones no serían populares; si hollaran las creencias del corazón, no lucirían portentosas. Muere la belleza donde el espiritualismo acaba: no concibo al artista, ni al poeta, sino creyente; debe inflamar su alma un átomo del celeste aliento a cuyo soberano impulso un fiat lux cubriera de esmaltes los montes, de matices las campiñas; resplandeciendo de transparencia las aguas, de excelsitud esa muchedumbre de globos que vaga por los espacios. Solo la idea de Dios arranca al hombre del polvo, que sus pies hollan; solo el convencimiento de la inmortalidad se enaltece y sublima y engendra en sus entrañas voces, cuyo eco retumba poderosos de raza en raza hasta la consumación de los siglos.

No conocen a Rosario de Acuña los que la calumnian, si la conocieran sabría que su corazón grande y generoso contiene tesoros de ternura, que su alma grande solo late a impulsos de los sentimientos más puros, que su imaginación ardiente y soñadora se deleita pensando en los grandes ideales del presente siglo, que cual otra Hypatia está dispuesta al sacrificio por no renegar de las arraigadas creencias de su alma. Fe, Dios, inmortalidad, gérmenes fructíferos y vivificadores que atesoran la mente de Rosario de Acuña; manantiales de origen puro, de raudal copioso, de salutífera influencia; anchos y ricos veneros de poesía, de santidad, de perenne gloria; reverberantes lumbreras que engalanan lo creado y enardecen los espíritus quebrantados por las tribulaciones del mundo.

[…]

Concluyo: la poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española, ha conquistado el laurel de la inmortalidad en lo mejor de su vida, y las prensas españolas han de sudar todavía mucho con las sublimes concepciones de su imaginación floreciente y creadora.

En bien de la civilización del progreso, así lo desea su admirador»

Rafael Sevilla  


[1]  El lector interesado puede encontrar alguna de las poesías en «Recital poético en el teatro Principal de Alicante»

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25. También era mucho hombre esta mujer

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Octubre 2009

Roberto Castrovido

Ha descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer fuerte de las Escrituras.Sé por referencias y lecturas que Rafael Calvo estrenó en el teatro Español en la temporada 1875-76 el drama en verso Rienzi el tribuno. La autora, una jovencita bella, elegante, de familia noble, fue aclamada. La crítica la diputó poetisa insigne, reemplazadota y sucesora en el parnaso castellano de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. La madrileña Rosarito escribió en verso y prosa, siempre de triunfo en triunfo, sin que le faltara el coro de entusiastas. La audacia de su pensamiento y la sinceridad de su estilo arrancaron a comentadores tímidos esta exclamación: «¡Qué lástima de muchacha!» Hacía hasta gracia la travesura ideológica de la joven. «Ya reaccionará con los años, ya vendrá al buen camino», pensaban los hombres graves y escribía D. Manuel Cañete, expresión crítica de la gravedad.

No acertaron. La Acuña les dio un chasco tremendo el año 1881. Aparecieron Las Dominicales del Libre Pensamiento, y con sorpresa y disgusto supo la buena sociedad que Rosarito escribía en aquel semanario, con Ramón Chíes, Fernando Lozano, Francos Rodríguez, Salvador Sellés, Odón de Buen, Dorado y un cura renegado. ¡Qué horror! ¡Chitón! Desde entonces, el silencio envolvió a doña Rosario de Acuña. Y primero maliciosamente, después por costumbre, se olvidó a la grande escritora.

Estrenó antes de 1890 un drama en el teatro de la Alambra, El padre Juan,[1] muy inferior, a la verdad, a Rienzi el tribuno, y en el teatro Español estrenó en 1893 un dramita en un acto y en verso, inspirado en la campaña de Melilla. Es ahora de lamentable actualidad.

Y desapareció de Madrid doña Rosario. En las cercanías de Santander, en Cajo,[2] a la orilla del mar, vivió años y sin dejar de escribir, como si la leyeran, como si la recordaran. En El Cantábrico escribió una serie de notabilísimos artículos describiendo la vida aldeana y adoctrinando a los rústicos para que no despreciaran la higiene. [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera]. La Sociedad de ese nombre y el Consejo de Sanidad harían obra beneficiosa editando un folleto de poco coste para divulgar los artículos de doña Rosario de Acuña.

Escribe en un diario de Barcelona un artículo que,[3] mal comprendido y maliciosamente explicado, levanta contra la ya vieja escritora a una clase juvenil y generosa; procesada, emigra a Portugal, donde vive algún tiempo. Y después de 1909,[4] que es la fecha de esta andanza, habita una casita elevada sobre un promontorio en las cercanías de Gijón, tan cerca del mar, que en los temporales, cuando el tiempo embravece las olas, parece un islote y un barco de náufrago el palacete de doña Rosario.

En Madrid, silencio, olvido, la muerte; más allá, en Asturias, no la dejan vivir en paz. Murmuraciones, calumnias, silbas infantiles -lo que más apenó a la buena mujer-, pedreas, conatos de incendio. No retrocedió, no se abatió. La madrileñita tenía un ánimo de pórfido. Cuando la huelga general, la casa de la señora Acuña fue registrada varias veces: con las culatas golpeando en las paredes y en los suelos, buscaban escondrijos de armas. Falsas denuncias obligaban a nuevos registros y provocaban amenazas de detención. Acudió a mí doña Rosario, y escribí al señor general Burguete, con quien desde 1899 me une una buena amistad; me atendió, y por telégrafo me dijo que doña Rosario de Acuña sería sagrada para él. No se la volvió a molestar.

Vino a Madrid, y asistió, del brazo de Nakens, a la manifestación a favor de la amnistía para los del Comité de huelga. Entonces la conocí personalmente. Era una viejecita simpática, menuda, ágil, de mirada viva, juvenil, de habla suave, de modesto porte. Una señora, toda una señora.

Era muy simpática. Su charla era amena, tenía gracejo, ni sombra de petulancia, juzgaba pronto y bien, sin tapujos, sin concesiones y también sin atrevimientos groseros. Era, lo repito, toda una señora.

Asistió al mitin aliadófilo celebrado en la plaza de toros, y marchó a su sanatorio -así lo llamaba ella- de las cercanías de Gijón. Marchó para no volver.

Supe de ella con frecuencia. Nunca en sus cartas se quejaba. Su tema era la política y las letras. Amigos de ella y míos me escribían de sus enfermedades, de sus cuitas, de su miseria, de las persecuciones de que era víctima. Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y D. Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio.

Escribió en el número extraordinario de El Motín homenaje a Nakens, y El Pueblo, de Valencia, ha publicado su último artículo, hace unos meses.

Respeto, por lo menos respeto, merece una mujer que, pobre, aislada, combatida por unos y olvidada por los más, se ha mantenido fuerte y austera, sin cambiar por benevolencia, atenciones y cuidados, abdicaciones. Se comprende tal entereza en un hombre; pero es más admirable en una mujer y en una poetisa, en una literata. Cambiar por ditirambos la censura hosca cual un gruñido y el silencio desalentador es tentación muy perdonable. Resistirla llega a lo heroico.

Tan espeso ha sido el silencio envolvedor de la escritora, que para romperlo ha sido necesaria la muerte de la mujer.

La Voz, Madrid, 9-5-1923


[1] En realidad la primera, y única, representación de El padre Juan tuvo lugar el 3 de abril de 1891.[2] Yerra de nuevo el señor Castrovido, pues no fue en Cajo, sino en Cueto, primero, y en Bezana, después.

[3] Se trata de La jarca de la Universidad.

[4] Tanto la publicación del artículo en las páginas de El Progreso como las protestas estudiantiles tuvieron lugar a finales de 1911.

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20. Tocaba nadar contra corriente

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Agosto 2009

Conocedor como era de mis investigaciones, en el otoño de 2004 Francisco Alonso Llano, director entonces y ahora del instituto que en Gijón lleva el nombre de nuestra protagonista, me habló del interés que tenía en publicar un libro sobre Rosario de Acuña: el mejor recuerdo que, según sus palabras, habrían de tener los alumnos cuando, terminados los estudios de Bachillerato, abandonasen sus aulas. Me preguntó si estaba dispuesto; a lo que yo, tras agradecerle que hubiera pensado en mí para el proyecto, le contesté con una petición de tiempo para sopesarlo.

Aunque la propuesta resultaba muy estimulante, me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, no supusiera una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando; de si sería capaz de ofrecer un primer trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo.

Me tomé su tiempo. El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias: una parte de su biografía, la que más interés podía tener, ciertamente, para los alumnos del instituto que lleva su nombre, y un enfoque diferente a aquel con el que se concibió Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato.

Aunque no había concluido, ni mucho menos, mis investigaciones ya podía aportar algunos datos que podían clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. En aquellas páginas aparecían datos contrastados de su familia, especialmente de la paterna, rama de los Acuña, originarios de Portugal, que se había asentado en Baeza; de sus famosos parientes, que no tíos, -el uno renombrado político y académico, el otro cardenal-; de los tíos carnales, entre los que destacaba Antonio de Acuña y Solís, gobernador civil en varias provincias; de su cercanía y parentesco con la nobleza, aunque doña Rosario no hubiera ostentado el título de condesa de Acuña que tantas veces se le había adjudicado; del historial académico y profesional de su admirado padre… Se rescataba del anonimato a Rafael de Laiglesia y Auset, su marido, a quien una errónea transcripción de su segundo apellido le condenó al mundo de los no existentes (véase el testamento ológrafo de la escritora), de quien se decía que tras su paso por el ejército, actividad que se conocía, había ejercido como director de la sucursal del Banco de España en Alicante, ciudad en la que había muerto… Se documentaba la figura de Carlos de Lamo y Jiménez, quien durante casi cuarenta años fue el compañero de vida de la escritora, por más que casi siempre fuera presentado como su sobrino; también la de Regina, su hermana, quien tantas cosas tenía en común con doña Rosario; gracias todo ello a las aportaciones de Lidia Falcón O´Neill, sobrina-nieta del primero, y nieta de la segunda… Y se aportaban datos que ponían en cuestión todo lo referido a la fecha y lugar de nacimiento de la escritora.

Cuando años atrás, empecé a interesarme por la trayectoria de esta mujer, pude comprobar que existían pocos datos y que en cuanto al lugar de su nacimiento éstos eran contradictorios, pues había quien decía que lo había hecho en Bezana, en Galicia o en Cuba, aunque las localidades que más veces aparecían citadas eran las de Pinto y Madrid. En cuanto al año de nacimiento, parecía existir unanimidad: 1851. No obstante, a medida que avanzaba en mi investigación empezaron a surgir dudas, no tanto en lo que a la localidad se refiere, pues pronto di con escritos de la escritora en la que aseguraba haber nacido en la capital de España, como al año de su nacimiento. Tanto fue así, que fui fijando en un calendario las referencias que iban surgiendo al respecto y no tardé en darme cuenta de que había más datos que apuntaban hacia 1850 que los que lo hacían a un año después. En estas estaba cuando me topé con la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española… escrita por Fernández de Bethencourt en 1901. En el capítulo titulado Las casas de Acuña en Baeza leo lo siguiente:

«Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la Parroquial de San Martín; escritora y poetisa notable, autora del drama Rienzi el tribuno, y, entre otros muchos trabajos del libro titulado En el campo…»

Aquel hallazgo no hacía otra cosa que dar solidez al resto de evidencias que por entonces barajaba y que apuntaban a ese primer día de noviembre del año 1850:

a) En varios escritos suyos la escritora señala que nació en 1850: «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía» (1917); «¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!» (1920); y en una carta dirigida a José Nakens y publicada en El Motín el primer día del año 1923 (se podrían citar varios más), por más que algunos, sin duda incómodos con la incomprensible insistencia de la escritora en llevar la contaria a quienes se empeñaban en hacerla nacer un año después, llegaran a escribir en la reproducción de alguno de estos artículos una nota aclaratoria con las, para mí, intrigantes palabras siguientes : «En varios escritos del final de la vida de la autora aparece, 1850, como año de su nacimiento, en lugar de 1851. ¿Olvido, o una curiosa expresión de coquetería?»

b) Aquella fecha del primero de noviembre de 1850 no contradecía lo manifestado en el certificado de defunción, en el que se decía que la finada contaba en el momento de su muerte con «setenta y dos años de edad», pues de ser cierta mi hipótesis, los setenta y tres años los habría cumplido, en efecto, el primero de noviembre del año 1923.

c) Estaba además lo de las flores rojas que dos veces al año, el 5 de mayo y el primer día de noviembre, una admiradora fiel, de la que hablaré en otro momento, depositaba sobre su tumba. Al respecto escribía yo entonces: «Es bastante improbable que una persona de su círculo de amistades, que le profesaba respeto y cariño, que había participado en la creación de un comité para ensalzar la vida y obra de la pensadora, que conocía las penalidades que la escritora había padecido frente al clericalismo reinante, tuviese la ocurrencia de acudir al cementerio coincidiendo con una fecha señalada en el calendario litúrgico de los católicos. Por el contrario, pienso que si lo hacía, a pesar de todas estas consideraciones, es porque había una razón de peso: ese día era un día importante en la biografía de doña Rosario»

Para mí las argumentaciones eran muy convincentes. Faltaba, no obstante, la prueba irrefutable que, después de varias indagaciones, estaba próximo a recibir, pero no terminaba de llegar y todo estaba previsto para que el libro fuera presentado el 5 de mayo de 2005, coincidiendo con el aniversario de la muerte de la escritora, al objeto de que a finales de ese mismo mes pudiera ser entregado a los alumnos del instituto que terminaban entonces sus estudios.

Así que, a falta del documento definitivo, «osé» ir contra la corriente y afirmar que, a pesar de lo que machaconamente se había venido afirmando, Rosario de Acuña y Villanueva «ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la será años más tarde la Gran Vía madrileña». Poco tiempo después llegaba la documentación que había solicitado tiempo atrás, en la que figuraba la partida de bautismo de la escritora donde, en efecto, se confirma lo que ya había quedado escrito en el libro.

Aunque algunos ya han rectificado, todavía podrá encontrar el lector interesado el año equivocado en muchas reseñas de la escritora. Si resulta lógico en manuales y enciclopedias, no lo es tanto en el caso de bibliotecas y páginas web. Esperemos, no obstante, que el tiempo juegue al final su papel.

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6. Una entrevista de hace cien años

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Poco a poco hemos ido recuperando el rastro dejado por  Rosario de Acuña, oculto durante varias décadas por una capa de inercia y olvido. Contamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos… ¡y una entrevista!

Apareció el 25 de septiembre de 1909 en las páginas del diario gijonés El Publicador,  y aquí queda reproducida:

«Ayer hemos tenido el honor de hablar con una de las figuras contemporáneas más prestigiosas, la insigne poetisa y pensadora doña Rosario de Acuña.

Nos hemos aprovechado de la ocasión en que doña Rosario dirigía los ensayos de su obra La Voz de la Patria, que hoy se estrena en el teatro de Jovellanos.

Precisamente, el objeto de nuestra visita era interrogar a la ilustre poetisa respecto de esta obra.

Doña Rosario estaba sentada a un lado del escenario del Jovellanos, casi borrada por la sombra, cuando nos llegamos a ella algo temblorosos, miedosos, ante tan respetuosa figura.

Una profunda inclinación hizo vacilar nuestro cuerpo, y extendiendo la mano temblona para estrechar la de doña Rosario, nos manifestamos.

- Un redactor de El Publicador…

La ilustre dama acogionos afablemente, con una sonrisa tan amiga que nosotros respiramos un momento, y proseguimos, empezando por donde debimos acabar tal vez.

Antes que nosotros expusiésemos nuestro deseo, doña Rosario se adelantó, diciéndonos:

- Ya sé, ya supongo a qué vienen ustedes…

La venerable dama pronuncia algunas palabras de amabilidad, entre las que nosotros adivinamos sólo una cosa, y es ésta: doña Rosario de Acuña prefiere que se la dé por muerta… que nadie hable de ella.

Eso quiere. Y nosotros, ahondando más, conseguirmos que la ilustre dama nos lo confirmara.

- Y dice usted…

- Sí, sí; eso es… quisiera que no dieran ustedes cuenta a nadie de nuestra conversación…

Habla silenciosamente, misteriosamente, con un dedo cruzado sobre los labios.

Nosostros bajamos los ojos, callamos ante la imposición de la venerable señora; pero, aunque con temor de molestarla, procuramos hacerla ver la necesidad de un corazón como el de ella en nuestra patria.

Con esta afirmación nuestra, hemos suscitado en los labios de doña Rosario algunas palabras de protesta, y díjonos:

- Yo amo mucho a mi patria, yo he sufrido mucho en ella; tal vez por esto la ame tanto.

La patria, «la voz de la patria…»

Esta ingeniosa frase nos ofreció campo abierto para iniciar nuestra conversación.

- «La Voz de la Patria» la estrené en el teatro Español de Madrid en 1898 [debe de tratarse de una errata de imprenta pues el estreno tuvo lugar el 20 de diciembre de 1893], en ocasión de la otra guerra de Melilla. Su sentido patrótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a «hacerla» en Gijón.

Cuando se estrenó  La Voz de la Patria en Madrid el éxito fue formidable, indescriptible. Doña Rosario recuerda aquella noche como una fecha memorable de su vida.

La modestia de nuestra interlocutora nos impide seguir hablando de su hermoso cuadro dramático, y nuestra conversación evoluciona hasta terminar por dedicarle unas palabras -todas de doña Rosario, de elogio sincero y entusiasta- a nuestra tierra, a Asturias.

Encantadoramente nos habló de sus amores por nuestra «tierrina», por esta región incomparable -dice- única, hermosa, para mí de todas las que he visto, que no han sido pocas. Créame…

Nosostros nos emocionamos un momento y la conversación cesó breve rato, durante el cual, indudablemente, doña Rosario y nosotros pensamos en lo mismo, en Asturias nada más.

- Conozco palmo a palmo -palabras textuales- a Asturias. Sus excursiones por ella fueron frecuentísimas y largas.

Tras una reverencia, en la que solicitamos licencia para retirarnos y dar por terminada la entrevista, nos inclinamos y de nuevo extendimos la mano, segura ya, para estrechar la de la ilustre señora.

La blanca cabeza de doña Rosario se inclinó levemente, y mientras teníamos la mano estrechada por la suya nos dijo, en misterio otra vez:

- Ya sabe usted… ya no existo… ¿eh? No hablen ustedes de mí, déjenme; ocúpense, si quieren, de mis libros, que son mis hijos; alábenlos, ensálcenlos, para eso son siempre jóvenes…

Y levantando la cabeza:

-Salude usted en mi nombre a El Publicador.

Arqueamos el cuerpo reverentemente, y échandonos el sombrero a la cabeza, nos separamos de la ilustre pensadora»

A pesar de sus intenciones doña Rosario no consigue pasar inadvertida. Un mes antes El Noroeste había informado a sus lectores de la intención de la escritora de fijar su residencia en Gijón. Pero, ésa es otra historia.

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