Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Cantabria'

81. Quijote ortodoxo, Quijote heterodoxo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Octubre 2010

Dado lo mucho que se ha escrito sobre las actividades llevadas a cabo por la Inquisición a lo largo de su existencia, a nadie se le oculta que hubo momentos en los cuales el Tribunal del Santo Oficio ejerció un férreo control en los territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Nada se escapaba al largo brazo del Inquisidor General,  ni lo que se hacía, ni lo que se decía, ni claro está— lo que se pintaba o lo que se escribía.

Así las cosas hay quien piensa que hubo autores que utilizaron una especie de código secreto para burlar a los inquisidores, de manera tal que los objetos representados en un inocente bodegón no serían tales sino elementos de un mensaje cifrado o que en los pasajes de un libro caballeresco, publicado con el preceptivo Nihil obstat de la prelatura, se escondían toda suerte de interpretaciones  acerca de la católica España de los Austrias.

Imbuidos por esta idea, algunos creyeron ver en las páginas del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha toda suerte de mensajes que  don Miguel de Cervantes habría ocultado bajo el ropaje del simpar caballero. Noticias tenemos de que a lo largo del siglo XIX hubo quien se aplicó con afán a la tarea de descubrir la verdad del Quijote: Nicolás Díaz Benjumea, Benigno Pallol o Adolfo Saldías son algunos de ellos; también Baldomero Villegas, un cántabro, de Santoña, que se empleó a fondo en esta labor como lo demuestra la publicación de varias obras sobre este tema:

  1. Estudio tropológico sobre el D. Quijote de la Mancha del sin par Cervantes. Burgos: Imp. del Correo de Burgos, 1899.
  2. La revolución española. Estudio en que se descubre cuál y cómo fue el verdadero ingenio del Quijote y el pensamiento del simpar Cervantes. Madrid: Imp. de Fontanet, 1903.
  3. La cuestión social en el Quijote. Reto en tres cartas abiertas a D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Madrid: Imprenta Moderna, 1904.
  4. Cervantes, luz del mundo. Enseñanzas cervantinas crítico-apologético-metafísicas (Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 12 de abril de 1915). Madrid: Imp. de Fontanet, 1915.

En 1916 se conmemora el Centenario de la muerte de Cervantes. No faltan publicaciones y homenajes;  casi todos cuentan con el beneplácito oficial. Don Baldomero, insensible al desaliento, acude también a la cita y publica una nueva entrega de su peculiar visión de la obra del autor del Quijote:  Catecismo de la doctrina cervantina: homenaje al genio.  El Quijote ortodoxo y el Quijote heterodoxo.

¿Qué posición ocuparía doña Rosario de Acuña, admiradora confesa de la genial obra cervantina,  en este tema? He aquí la respuesta:

Mi distinguido amigo:

Ni una sola voz, ni incidentalmente siquiera, al menos en lo que yo he leído, se ha hecho mención en este Centenario, de sus primorosos, morales y racionales libros sobre ese evangelio de purezas y enseñanzas que se llama el Quijote. ¿Habrá míseros y ramplones en nuestra patria entre los que se llaman kultos? Y es tal mi indignación, que no puedo menos de tomar la pluma y dirigirme a usted haciendo que mi protesta le demuestre que no todos los españoles nos hemos vuelto ya cuadrumanos; a mucha honra tengo sostenerme en dos pies y dominando los instintos de la animalidad, casi enseñoreada de nuestros compatriotas…

Que conste mi protesta. Ínterin las faldas manejadas por delegados del Vaticano gobiernan a España, todos los que son como usted están sentenciados al ostracismo, cuando no al martirio. ¡Cuándo se librará la patria de esta pesadilla!

Es siempre su amiga

ROSARIO DE ACUÑA Y VILLANUEVA

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74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Publicado por Macrino Fernández Riera el 27 Agosto 2010

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925

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49. «La avicultura en la Montaña» por Pablo Lastra y Eterna

Publicado por Macrino Fernández Riera el 12 Marzo 2010

Pablo Lastra y Eterna[1]

Según prometimos en nuestro artículo anterior, vamos a empezar la reseña de las granjas avícolas en la Montaña por la de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.

Al otro lado del Alto, allá, en el lugar de Cueto y muy cerca del faro, tiene su acreditada granja.
En aquella soledad, dedica, de las 24 horas que el día tiene, 4 al reposo y las demás al cuidado de sus gallinas, de sus patos y a la propaganda de las aficiones avícolas, quedándola aún tiempo para proseguir sus campañas filosófico-sociales que con tanto afán son leídas en EL CANTÁBRICO.

Pero concretándonos solo a su labor avícola, como es nuestro objeto, prescindamos por un momento de la mujer eminentemente ilustrada y de grandes conocimientos científicos, para estudiar nada más lo que nos sirve para fomentar la avicultura en nuestra querida tierruca.

Alejada del bullicio del mundo y buscando un retiro que oculte a su vista las pequeñeces y mentiras de la actual sociedad, cuya vida ficticia no puede halagarla, consagra su existencia al cultivo de las hermosas razas productivas que le alegran con sus cantos y la dan rendimientos económicos.

Desde luego hemos de consignar que en principio no eran sus parques lo que hoy son. Empezó por el principio, es decir, por poco, para ir desarrollando la industria con mucho acierto y presentando al mercado paulatinamente los productos finos a que el público no estaba acostumbrado.

Al revés de lo hecho por otros industriales que implantaron el negocio en las peores condiciones pues creyeron hacerse ricos con las razas del país, ella cultivó las razas más estimadas en Europa por sus condiciones de carne y postura.

Las gallinas de carne amarilla están desterradas de su casa; sólo viven en ella las de carne fina y blanca; de gusto exquisito y de gran puesta, como son: la castellana negra, andaluza propiamente dicha; la célebre y tan recomendable Prat, la gigante Brahma y la gran raza de lujo y producto andaluza azul.

Con tan escogidos elementos, con sus cuidados y con su pericia en la ciencia avícola, los resultados no se hicieron esperar. La producción fue en aumento, viose incapaz de consumir tan enormes productos y los lanzó al mercado. La aceptación que han tenido lo prueba el público, que compra constantemente los pollos y huevos de tan hermosas razas.

La verdad y la razón se han abierto paso entre la ignorancia del pueblo que no creía que una gallina de estas razas era capaz de devolver a su dueño el importe de lo que consumían en su alimentación.

Poco a poco, han ido transformándose los gallineros de toda la provincia y confiamos que en breve tiempo se desterrará de la Montaña, para siempre, esa raquítica gallina común, voraz y revoltosa incapaz de producción remuneradora de los gastos que ocasiona, para dar paso a las verdaderas razas de producto, que con tanto esmero se cultivan en los parques que nos proponemos reseñar.

Los precios algo elevados de las razas ponedoras y de sus productos, no están, sin embargo al alcance de todos los que desearan renovar sus gallineros, pues lo que vale cuesta y es natural que el precio de una gallina que pone 150 ó 170 huevos no ha de ser lo mismo que el que alcanza en la plaza una asquerosa gallina de esas que nos traen de Galicia, León y de otros pueblos los industriales que venden al menudeo.

Sin embargo, doña Rosario de Acuña ofrece raza mixta de todas las que posee, cruzadas en libertad, es decir, que la renovación de la sangre es constante y las cualidades de los productos recomendables en extremo, por reunir las mismas propiedades de las razas puras en calidad de carne y postura.

Jamás recomendara yo los cruzamientos para perfeccionar la raza, pero sí para obtener productos de gran talla y de gran producción de huevos, cuando -como es el caso presente- es tan fácil renovar la sangre, pues en esta granja puede obtenerse, sin aumento de precio, un huevo de raza pura en la docena de los de razas cruzadas.

Además de los hermosos ejemplares de gallinas que hemos descrito, existen en la granja de la señora Viuda de Laiglesia, patos del país y los gigantes de Ruen, que a su buena aclimatación y rusticidad añaden su gran postura y exquisita y abundante carne. Cruzados con los comunes producen individuos de gran talla y buena carne.

Tales son, a grandes rasgos descritos, los productos que nos ofrece esta Granja, siendo su especialidad las razas cruzadas para producción de huevos, cuyo peso oscila entre 75 y 110 gramos.

Las razas puras cultivadas con esmero y cuya producción media es de 150 a 180 huevos, pueden adquirirse con entera confianza, pues fácil es comprender que los individuos que comen y se producen nadie los conserva, y tal sucede en las granjas.

Los resultados obtenidos hasta la fecha, según la contabilidad avícola que hemos examinado, han sido de un 20 por 100 y podrá elevarse a más si se rebaja la ración diaria de alimento que es excesiva, pues a más de mermar las utilidades, perjudican al animal, porque la gallina gorda deja de poner a consecuencia de obstruir el oviducto la grasa acumulada en este órgano en grandes cantidades, siendo muy peligroso para la vida del animal.

Nada hemos de decir de la limpieza que reina en la Granja; siendo esto lo que la higiene recomienda es llevado a cabo diariamente y con gran cuidado y a ello se debe que sólo haya habido dos defunciones por enfermedad extraña, pues los ejemplares la traían consigo de Barcelona, donde los criadores no son nada escrupulosos ni formales y remiten animales enfermos y defectuosos.

Recomendamos eficazmente a las personas que deseen renovar sus gallineros, que adquieran los ejemplares aclimatados en las Granjas de la Montaña, pues en la actualidad existen las mejores razas de productos y nacidas ya aquí, por lo que la aclimatación y conservación de los ejemplares es muy fácil.

El Cantábrico, Santander, 22-4-1902


[1] Rosario de Acuña tenía en gran estima al señor Lastra y Eterna a juzgar por los comentarios que le dedica. Tal sucede, por ejemplo, en «Preámbulo», el artículo inicial de la serie Conversaciones femeninas que publicará en El Cantábrico a lo largo de 1902, donde afirma lo que sigue:

«Considero que hay en la Montaña personalidades verdaderamente eminentes en ciencias naturales y sus derivados (que son la raíz del absentismo) y me apresuro a rendir el primer homenaje de mi admiración y mi respeto, entre los naturalistas, al señor don Augusto G. de Linares, honrosa entidad en la agrupación de nuestros sabios, y entre los avicultores al señor don Pablo Lastra y Eterna; y como de Avicultura llevo algo escrito y como aún he de tratar del asunto, aprovecho esta ocasión para reconocer en el señor Lastra preeminente en esta ciencia, pues con sus escritos sobrios y técnicos, puede hacer de Castelló montañés, es decir, de autoridad irrebatible en Avicultura, que resuelve, con sus lecciones y consejos, todos cuantos conflictos padezcan los que a la Avicultura se dediquen, guiándolos científicamente hacia todo mejoramiento en el asunto; hagamos, pues, de su apellido un lema; sea la Eterna providencia de todos los que en familia nos dediquemos a criar aves. »

Aunque la escritora sitúa a Pablo Lastra y Eterna como experto avicultor -que lo era por entonces, y como tal escribe algún que otro artículo en las páginas de El Cantábrico- será en el campo de la apicultura donde años más tarde adquirirá mayor reputación, llegando a ser director de la Granja Experimental de Guarnizo (Cantabria) y habiendo dado a la imprenta varias monografías sobre el asunto.

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« 37. Huevos para incubar»

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37. Huevos para incubar

Publicado por Macrino Fernández Riera el 8 Enero 2010

A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos aparecen con cierta frecuencia en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario que junto a El Motín se sitúa a la cabeza de la «mala prensa», aquella cuya lectura tienen prohibida los fieles católicos bajo amenaza de excomunión.

Algunos reveses económicos precipitan el fin de su estancia en Pinto y el abandono de sus otrora fieles servidores, que prefieren buscar mejor acomodo. A esto hay que añadir la suspensión de las representaciones  de su obra  El padre Juan dictada por la autoridad gubernativa en la primavera de 1891 y la caquexia palúdica que  dos años más tarde la tuvo al borde de la muerte… Como bien nos cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada y en el artículo Los enfermos, se impone un cambio de aires

En aquella Castilla de clima feroz, hube de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la Corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de bibelots, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.

Tras una breve estancia en tierras gallegas, se trasladó a Cueto, una aldea cercana a Santander, lugar elegido para emular a la viuda normanda que conoció durante su juventud en la Bayona francesa. La mujer se había quedado sola con un hijo y dos hijas y sin más medios que una corta pensión. Vendió cuanto tenía y se marchó a Bayona donde tomó en arrendamiento una casa de campo donde estableció una pequeña granja avícola, que seis años después, cuando la joven Rosario la conoció, estaba a pleno rendimiento. Con este ejemplo bien presente, próxima a cumplir los cincuenta, decidió doña Rosario poner en marcha su propia granja avícola:

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria, y queriendo, a la vez, unir a mi tarea de propia salvación la salvación ajena, recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola: simultaneando la teoría y la práctica, el ideal de altísima y noble ciencia con la tradición vulgar de seculares experiencias, bajé, resueltamente, al estadio de lo sencillo, de lo popular, e incluyéndome, desde luego, en la turbamulta de nuestros campesinos, tracé mis comienzos de avicultura pasando del corral vulgar al parquecito en miniatura, con cierta coquetería adornado; y me acuerdo, ¡lo confieso sin rubor!, las vueltas y revueltas que di, encantada, al primer bebedero mecánico y el primer comedero según arte que me mandaron de las granjas de Castelló…

De todo lo que le aconteció en su experiencia como empresaria avícola nos ha dejado cumplida explicación en varios artículos ( Patos y gallinas, abril de 1901; Las especialidades en Avicultura, mayo de 1901; Avicultura popular, junio-julio de 1901; Sobre Avicultura, octubre de 1901; Avicultura, noviembre de 1916)   y en algunas cartas (como las que tienen por destinatarios al director de El Cantábrico, a Salvador Castelló, a José Ruiz Pérez o a Tomás Cuesta, hermano del conocido jurisconsulto y economista aragonés por quien Rosario sentía gran  admiración).

 Uno de los anuncios que solía publicar el diario santanderino El Cantábrico informando de las bondades que poseían  los huevos que doña Rosario tenía a la venta. El que aquí se reproduce apareció en la edición del 27 de febrero de 1902

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