Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Confrontación ideológica'

28. «Nuestras plegarias», por Fernando Dicenta

Publicado por Macrino Fernández Riera el 8 Noviembre 2009

 

El domingo 6 de mayo de 1923 muchos fueron los gijoneses que, a pesar de la persistente lluvia, decidieron dar su último adiós a Rosario de Acuña y Villanueva. Hasta  El Cervigón, donde estaba situada la que había sido su casa durante los últimos años. Así lo contó  El Noroeste en su edición del martes 8:

«numerosos elementos obreros, representaciones de sociedades y entidades democráticas y muchas personas, en fin, de todas las condiciones sociales […] Familias de labradores que vivían en aquellos contornos y que sentían gran admiración y cariño por la ilustre escritora por conocer de cerca su bondad sin límites y sus costumbres ejemplares se mostraban apenadísimos.

[…]

El cadáver, encerrado en un modestísimo féretro con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo. La carroza fúnebre, también modestísima, resultó innecesaria porque el pueblo, las gentes humildes que viven del trabajo y a las que dedicó doña Rosario el fruto de su talento y el tesoro de su innata bondad, se apoderaron del querido despojo encerrado en aquel modesto féretro y quisieron rendirle el último homenaje de su gratitud.

[…]

El cortejo fúnebre desfiló por las calles de la ciudad seguido de una imponente manifestación.»

Fernando Dicenta  fue uno de los que acompañaron a Rosario de Acuña hasta el cementerio civil de Gijón, tal y como él mismo contó en un artículo titulado Nuestras plegarias que fue publicado unas semanas más tarde.

 Nuestras plegarias

«Indagué entre aquellos millares de rostros que formaban aquel duelo insólito y no puede encontrar una huella de dolor, un rostro de lágrimas, ni un movimiento de labios musitando una plegaria». (Fray Adaneto en La semana parroquial)

Tiene razón fray Adaneto. Los que acompañábamos el cadáver de nuestra Rosario de Acuña al cementerio civil no llevábamos entre los labios el susurrar inquietante de una plegaria religiosa.

Había en esa multitud, del trabajo y de la idea, algo más hondo y más humano, siquiera porque es más real: un dolor.

Yo, preciándome de más agudo observador que el cronista católico, sé que el dolor, cuando lleva en sí una verdadera fuerza de sentimiento, es egoísta en su personal manifestación, repudiando todo acompañamiento de gala, más aún si estas galas encierran únicamente una ficción no sentida.

¡Plegaria…! ¿Para qué y por qué? No necesita indulgencias quien de una manera heroica, guiada en la acción por un noble puritanismo de amor hacia el prójimo, sacrificó su gloria, su fortuna y su egoísmo de tranquilidad, en aras de un mundo de redención.

Bondad, cariño y fe fueron en todo momento los conductores lazarillos de la vida de Rosario de Acuña. Quien tales divisas ostentó exenta está siempre de toda falta.

La plegaria es súplica, imploración de perdones. Si como asegura la práctica católica, un tribunal beligerante enjuicia los actos de la vida, esté tranquilo fray Adaneto que el alma de la que se fue lleva ligada a ella suficiente inocencia de pecado para no sentarse en el banquillo de los acusados.

Santas hay sobre altares veneradas a quienes los mismos manuscritos católicos acusan implacables de graves faltas y, sin embargo, fueron suntuosamente canonizadas.

No obstante, cuantos en días pasados  rendimos un último y mezquino tributo a la hembra gloriosa que cubrió de enseñanzas, atenuándola, la ideal incultura ajena durante los penosos días de su existencia, llevábamos todos, no luciendo en los labios, sino ocultándola en nuestras almas, una oración, una plegaria; pero una oración y una plegaria exclusivamente nuestra.

Nuestro rezo, reverendo y consecuente fray Adaneto, es de entonación vibrante, de letanía estentórea, de versículos y mandamientos, a todos aires proclamados.

Al opuesto de los que el piadoso fray practica en el ambiente tristón y lleno de penumbras de su celda, nosotros los recitamos puestos siempre nuestros ojos, pletóricos de esperanza, en una  aurora, toda llena de irradiaciones de luz.

Nuestros credos están formados de excesivas tristezas de esclavitud sufridas y reclaman demasiada claridad para musitarlos, bajo las tenebrosidades de noche de las naves de la iglesia; perfumes de primavera que renacen con elevado olor de vida anestesian nuestros sentidos huyendo de la enervación malsana del incienso; arpegios de cantos de lucha y de guerra repudian por baldíos el vibrar amargo y prolongado de los órganos; cantos de rebeldía acallan en nuestros oídos, sobreponiéndose a ellos, las voces lentas de los cantos litúrgicos.

Oramos en pie, erguidas las frentes, extendidos los brazos en continua predisposición de ayuda, no implorando en actitud doblegada con el rostro bajo por la culpa y las manos entrelazadas a fuerza y fuerza de resignación.

No pedimos perdón para nuestras culpas, exigimos justicia ante los procedimientos de esta sociedad culpable, hasta la misma desaprensión e ignorancia de sus más inhumanos crímenes.

Miramos al más allá volviendo la espalda al pasado. No agradecemos el sacrificio otorgado hacia la redención ajena porque está en nuestras convicciones cincelado reciamente como ley.

Enemigos de resucitar, en imágenes, los mártires de nuestra religión, cuando la muerte, regando sus vidas, los engrandece, no apelamos a visiones de figuras para con su continua contemplación avivar el recuerdo débil en sus raigambres.

Esparcemos la semilla sin preocuparnos del fruto, seguros de su floración, ciertos de que la siembra es buena y el grano de la simiente rebosante de savia.

Estas son nuestras plegarias, éstas y no otras son las que adornaban nuestras almas al disputarnos, con cariño, con admiración y con agradecimiento, el cuerpo sin vida de nuestra Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 31-5-1923

 

Publicado en Amigos, Confrontación ideológica | No existen comentarios »

27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

Publicado en Amigos, Biografía, Confrontación ideológica, Dicen de ella, Educación, Familia, Feminismo, General, Hogareña, La jarca, Librepensamiento, Literatura, Masonería, Naturaleza, Pinto, Publicista, Racionalismo, Religiosidad, República, Socialismo, Tras su rastro | No existen comentarios »

23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Septiembre 2009

Aunque tras su fallecimiento no faltaran quienes se dedican a enaltecer su memoria (además de Regina y Carlos de Lamo, sus familiares más allegados, es preciso destacar a Roberto Castrovido, director de El País, que no desaprovechará ocasión alguna para reclamar público reconocimiento para la escritora), no será hasta la proclamación de la Segunda República cuando empiecen a surgir voces reivindicando la figura de Rosario de Acuña y Villanueva como ejemplo de mujer comprometida con la defensa de la Verdad.

Será entonces cuando en el ayuntamiento de Madrid (al igual que sucede en otros más, como Valladolid, Tarrasa, Gijón o Santander), se empiecen a oír propuestas encaminadas a conseguir el reconocimiento público de una de sus ilustres hijas. Así, a finales de abril de 1931, los concejales socialistas solicitan que se dé el nombre de Rosario de Acuña a la calle de los Jesuitas, situada en el barrio de La Latina (curiosamente, se realiza la misma propuesta en Gerona). Año y medio más tarde, en diciembre de 1932, la Junta Municipal de Enseñanza, a propuesta de Andrés Saborit, acordó que uno de los cinco nuevos grupos escolares que se habían construido en la capital llevara el nombre de Rosario de Acuña; los otros cuatro pasarían a denominarse Pablo Iglesias, Lope de Rueda, Vicente Blasco Ibáñez y Tomás Bretón. El grupo escolar «Rosario de Acuña» está situado en la calle España, barrio de La Latina. Tiene capacidad para 300 alumnos distribuidos en seis aulas y dispone de cuarto de duchas, comedor, patio de recreo cubierto, así como con inspección médico-escolar.

Tras la apertura del pertinente plazo para que las familias pudieran inscribir a sus hijos en los nuevos colegios, todo está preparado para la ceremonia de inauguración, acto solemne que se quiere hacer coincidir con el aniversario de la proclamación de la Primera República. Para que nada falte la Junta Municipal de Enseñanza edita un folleto titulado ¿Quien fue Rosario de Acuña? destinado a los niños y a los vecinos de la barriada donde se ubica el colegio.

Coincidiendo con tan señalada celebración, el Ateneo de Madrid organiza una velada en honor de la escritora que tiene lugar el 10 de febrero de 1933, la víspera de la inauguración del colegio que lleva su nombre. En el transcurso del acto intervinieron los diputados Eduardo Barriobero y Rodolfo Llopis quienes, al igual que el resto de oradores, pronunciaron palabras de reconocimiento hacia la figura de la homenajeada: «El señor Barriobero afirmó que, si en ocasiones él hace oposición al Gobierno de la República porque desea una mayor perfección, ahora tiene que agradecer a la República que rotule un grupo escolar con el nombre de Rosario de Acuña, cuyos libros deben circular en las escuelas. Este homenaje responde a un sentimiento unánime del pueblo asturiano. El señor Barriobero lamentó que no se pueda encontrar en las enciclopedias, redactadas por jesuitas, el nombre de aquella insigne librepensadora»

Durante la velada, el escultor José María Palma hizo la presentación del busto de Rosario de Acuña, destinado a ocupar un sitio de honor en el nuevo grupo escolar y cuya fotografía se muestra a continuación.

Nota.- Concluida la Guerra Civil, las autoridades decidieron, como no, cambiar el nombre del colegio que pasó a llamarse San José de Calasanz.

Publicado en Confrontación ideológica, Educación, República, Tras su rastro | No existen comentarios »

16. «La barca de Acuña», por Luis Huerta

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Agosto 2009

Luis Huerta

 
Ofrenda fervorosa de admiración y simpatía a la excelsa mujer, sabia y buena, doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Orilla al mar de Cantabria turbulento y brumoso, se mece tranquila la barca de Acuña. Como en la estatuaria griega, dentro de su estática se descubre el maravilloso dinamismo que la impulsa. Como la barca de Pedro, príncipe de los apóstoles, es un símbolo consolador, que nos habla de una heroica avanzada española hacia la rica pesca de almas para el banquete universal de la concordia…

Tano, el fiel marinero que sabe sujetar con destreza las amarras, nos conduce -en nuestra visita- hasta el camarín del experto capitán femenino, que empuña el timón con la pulsación divina de un espíritu vidente de longincua tierra de promisión…

Estamos a bordo, en la grata compañía de dos queridos amigos: Ozalla (Nicolás) y Aguero (Santos)  [En Rosario de Acuña en la escuela aparece: «Estamos a bordo en la grata compañía de tres queridos amigos: Ozalla (Nicolás) y del Amo (Carlos) y Aguero (Santos)]Desde cubierta columbramos un dilatado horizonte de perspectivas bellas: cielo, tierra y mar nos envuelven en su seno ingente de misterio… La campiña nos brinca su polícromo paisaje de sin rival belleza y la ciudad, desnudándose a nuestra vista, nos muestra las pétreas moles de humanas construcciones multiformes…

Plácido arrobamiento nos invade, sintiendo en el fondo de nuestro ser la vibración sentimental de la belleza. Estamos en el augusto Templo de la Libertad. De labios del femenino apóstol del librepensamiento brotan sutiles pensamientos plasmados en formas impecables de lenguaje. El santo misionero de la Libertad, sincero y afectuoso, nos descubre su alma delicada, profundamente religiosa y profundamente humanitaria…

Y he aquí el prodigio del espíritu de tolerancia: Acuña y Ozalla confraternizan encantadoramente. ¡El librepensamiento y el franciscanismo fundiéndose en fraternal abrazo de espíritus!

Doña Rosario nos cuenta pasajes divinos de su amarga Vida, de su gigante Vida, de su gloriosa Vida, hasta tal extremo emocionantes, que, en más de una ocasión, las lágrimas nublaron nuestros ojos: ¡así es de acerbo el dolor de la noble Vida de una mártir! ¡así es de sublime la existencia de esta íntegra mujer, gloria de España!…

Y ¡qué tristeza da el pensar que el ambiente levítico que nos mata, coarte inicuamente la libre emisión del pensamiento! Porque si no existiera este hórrido valladar de la España negra, la pluma varonil y genial de esta mujer nos revelaría con toda maestría el rico contenido ideológico, que como secreto oculto, llevará consigo a la tumba…

¡Algún día llorará la Patria esta irreparable pérdida!

Gijón, agosto de 1918

 

El Noroeste, lunes 26 de agosto de 1918

Publicado en Amigos, Confrontación ideológica, Dicen de ella | No existen comentarios »

15. Las explicaciones de Unamuno

Publicado por Macrino Fernández Riera el 16 Agosto 2009

Los universitarios españoles andaban algo revueltos en el otoño de 1911. En Madrid se celebra una Asamblea Escolar en la cual los representantes de los distintos distritos debaten las reivindicaciones que elevarán a las autoridades ministeriales. Alguien cree que el momento es propicio para publicar La jarca de la Universidad, un artículo que Rosario de Acuña había enviado a su amigo Luis Bonafoux quien por entonces dirige el Heraldo, un periódico editado en París en español. No hacia falta ser adivino para comprender que el artículo en cuestión, escrito con lenguaje «castizo y viril» en opinión de su autora, en el que calificaba a la  mayoría de los jóvenes españoles de engendros con «dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas», vendría a inflamar tan agitado ambiente. Y así fue.

Las protestas estudiantiles comenzaron en Barcelona, donde adquirieron cierta violencia pues alguien aprovechó la circunstancia para sacar las armas y destapar temores recientes, y se extendieron rápidamente por la geografía patria, no quedando apenas localidad en la que hubiera facultad o instituto de segunda enseñanza en la que no hubiera manifestaciones o asambleas. Rosario de Acuña se convirtió en el blanco de todas las críticas, de los estudiantes y de la mayoría de la prensa. Pero no solo ella; la ira estudiantil alcanzaba también a Bonafoux y a cuantos no condenaran abiertamente el escrito.

En estas estamos cuando en las asambleas se empieza a criticar la posición de  don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca por entonces, de quien se dice que  «se había adherido al espíritu del artículo publicado por El Progreso». Se comenta que así lo ha hecho saber en un telegrama que ha enviado a La Gaceta del Norte… En Zaragoza piden su destitución, en Granada le dan un voto de censura.

Así las cosas, a primeros de diciembre, huida Rosario de Acuña a Portugal y dado el cariz que están tomando los acontecimientos, a Unamuno no le queda otra que coger la pluma y salir a la tribuna pública con dos escritos, que por su interés, no solo en el caso que nos ocupa, sino también en cuanto pudieran evidenciar el estado de confrontación ideológica en la que el referido escrito fue publicado.

Carta al ministro de Instrucción Pública

Salamanca, 3 de diciembre de 1911

Excmo. Sr. D. Amalio Gimeno

Mi respetable jefe y querido amigo: Leo que algunos estudiantes de Zaragoza piden mi destitución, suponiendo que me he hecho solidario de un cierto artículo, o lo que sea, de la Rosario Acuña, que reprodujo El Progreso, de Barcelona. Solo tengo que decirle que ni he leído el tal artículo ni le pienso leer, y que, por tanto, mal puedo ni hacerme de él solidario, ni de él protestar. Los que le han leído me dicen que es groserísimo, y con los estudiantes de toda España, han protestado los de esta Universidad, y entre ellos dos de mis propios hijos.

Lo que hay es que, en una reunión de estudiantes aquí, denuncié el carácter marcadamente político que iba tomando el movimiento escolar, en que ya no se trataba ya ni del artículo de la Acuña, ni de El Progreso, sino de protestar de «esa Prensa» -así la llaman-, y de pedir la destitución del digno señor gobernador de Barcelona, solo para crear conflictos al actual gobierno liberal. Y esto no les ha salido bien a los que intentaban arrastrar a la siempre confiada y desprevenida clase escolar.

Le repito que no conozco ni pienso conocer el artículo origen de todo esto; pero le aseguro que por duro que sea el calificativo que merezca la Prensa que acoge cosas como dicen que es ésa, no menos duro le merece esa otra Prensa cuya arma habitual es la insidia artera y la falsificación sistemática de la verdad.

¡Pobres estudiantes, víctimas unas veces de la una y otras de la otra!

Le ruego haga públicas, si lo cree oportuno, estas manifestaciones, y una vez más se le reitera leal amigo su subordinado s.s.

Carta al director de La Gaceta del Norte

Muy señor mío: Fue mi primera intención dirigir esta carta, no al director de La Gaceta del Norte, que es, al fin, un asalariado, sino a alguno de los que se dice son consejeros de ese papel, como los en un tiempo amigos de mis mocedades Moronati, el sastre, o Lezama-Leguizamón, el minero. Mas creo preferible dirigírsela a usted.

Dícenme que el precitado papel ha acogido un telegrama de ésta, probablemente anónimo, en que se me atribuye no quiero saber qué opinión sobre el artículo ése, o lo que sea, de Rosario Acuña, artículo que desconozco. Y como ni lo he leído ni quiero leerlo, no tengo qué opinar de él ni qué protestar. Creyéndose en él ofendidos, han protestado, con los demás de España, los estudiantes de esta universidad que rijo, y entre ellos dos de mis propios hijos.

Pero aquí, como en otras partes, ciertos elementos afines a los de ese papel, han querido desviar el asunto, haciéndolo político, y ya no protestan ni del artículo de la Acuña ni del diario de Barcelona que lo reprodujo, sino de lo que llaman «esa» Prensa, y piden la destitución del gobernador de Barcelona, con la misma razón que algunos estudiantes de Zaragoza la mía. Lo único que he hecho es poner en claro en una reunión de estudiantes el carácter que toma ya este motín de jóvenes jaimistas, luises y análogos.

Oigo decir que el artículo de la Acuña es de incalificable grosería, mas por soez y baja que pueda ser la Prensa que acoja cosas como la que dicen, esa otra que se llama a sí misma «buena», acostumbra valerse de arteras insidias, mucho peores que aquella grosería. Ahí está, si no, La Gaceta del Norte, que, en tratándose de mí, ha empleado siempre, con su característica falta de sentido moral, todo género de torpezas, reticencias, mentiras y verdades a medias, que son peores que la mentira. El que haya insinuado que me tiene por medio loco o loco del todo, me honra, viniendo, como viene, tal insinuación de mentecatos o de ruines. Y claro es que no censuro el que haya callado cuando han podido decir algo en mi elogio, porque no es el único diario de esa mi tierra nativa, a la que honro tanto como el que más de sus hijos, donde no se puede hablar bien de mí, sino con sordina.

Lo que nunca olvidaré es la piadosa reseña que ese mismo papel hizo de una infame burla de que fue víctima persona a mí allegadísima, y cómo se complació entonces en repetir, equivocadamente y con canallesca fruición, mi siempre honrado apellido. La reseña fue más infame que la infame burla que un malvado Venerable y otros de la misma laya tramaron contra un Unamuno.

Tal es La Gaceta del Norte, albañal de las más inmundas pasiones sectarias, que no sé cómo hay personas decentes, piensen como pensaren, y si son cristianas más, que contribuyen a sostener.

Ruégole, señor director, publique en su independiente diario este doloroso desahogo de un hombre pacientísimo que viene hace años aguantando en silencio a esa canalla. Por ello le quedará agradecido su afectísmo s.s.

Publicado en Confrontación ideológica, La jarca | No existen comentarios »

12. La solitaria de «El Cervigón»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 12 Agosto 2009

 Manuel Tejedor

En suerte le cupo el Primero de Mayo de este año poder holgar a nuestro viandante. Porque no siempre el que viaja con frecuencia puede festejar el día mayor de los trabajadores. Otros años nos ha sorprendido la estancia en esta fecha en pequeños pueblos donde la falta de organización obrera hacía que el Primero de Mayo pasara inadvertido y se viese uno lanzado forzosamente a su habitual trabajo.

Pero este año, no. Este año hemos tenido la dicha de poder estar al lado de la familia y de la organización a la vez. Y, verdaderamente, ¿por qué no decirlo?, ciertas expansiones que realizan los obreros organizados en este día no son de nuestro agrado. Suelen tener derivaciones que inconscientemente se traducen en consecuencias no muy prestigiosas precisamente.

He aquí un fundamento para que a los socialistas gijoneses les haya sugerido la acertada idea que ponen en práctica de hace unos años acá. Se trata, sencillamente, de una excursión agradable, a la vez que silenciosa. Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de «El Cervigón», la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama que, ya vieja, empero rompería su lanza en pro siempre de las ideas avanzadas…

Fraternizando, en grupos, hemos partido del centro de nuestra industriosa villa gijonesa a realizar la excursión. Día esplendoroso, de irradiante sol; alejándonos del bullicio de la población en donde siempre vemos la vida monótona, vulgar y cansada, empezamos bordeando la hermosa playa, respirando la brisa del mar, disfrutando a nuestras anchas… Llegamos al extrarradio de Gijón sin perder de vista el mar, expansionándonos ante el paisaje que se nos ofrece: a la izquierda, las rocas del Cantábrico, en donde el oleaje impetuoso se estrella; a la derecha, los verdes campos, pletóricos de alegría. Nos hallamos en el empalme, en la unión de la ciudad de Jovellanos y la aldea de Somió. Algo en lo alto se destaca: la mansión de la solitaria. Una modestísima casa que la circunda una tapia…

Doña Rosario de Acuña, vive en compañía de su sobrino don Carlos, el que muy atentamente nos recibe a la puerta y nos da acceso al interior. Nuestro asombro ha sido grande al apreciar el sencillo y escueto mobiliario de doña Rosario: una camilla grande, un trinchero antiguo, varias sillas, etc.; pero no el mobiliario de lujo, ni siquiera de apariencia, que hoy cualquier familia humilde posee. De ahí el contraste.

La visita ha sido breve, pero ha sido muy grata para los excursionistas. Pocas palabras se han cruzado, pero hemos dicho mucho. Claro es que ha sido el pensamiento el que todo lo ha expresado, porque en los allí reunidos era el mismo nuestro fondo, el mismo nuestro ideal

En la amigable charla con doña Rosario se ha revelado ora el optimismo, ora el pesimismo. La eximia escritora nos ha pedido un favor y nos ha referido una de las pinceladas de su amarga vida. Nos ha pedido, y nosotros aceptado, que a la par que en el día 1º de mayo rpresentemos la obra Juan José, los socialistas representemos una obra suya: El padre Juan. Nos ha ofrecido el argumento de la obra, prescindiendo de cobrar los derechos. Muy agradecidos, lo hemos estimado con distinción.

La solitaria nos ha referido lo que le acaeció al querer estrenar la citada obra en Madrid, cosa que no consiguió por la prohibición del Gobierno de aquel entonces. Pretendió que la pusieran en escena varias compañías, y, aunque con sentimiento, todas se negaron. La obra era bonita; el conjunto, los personajes, la intención, la argumentación, revelaba la verdad, la justicia…; pero hablaba muy claro. Obligada se vio doña Rosario a alquilar un teatro de Madrid por veinte días, formar la compañía, encargar el vestuario y decoraciones para su propiedad. Y cuando había invertido quince mil pesetas, el día del estreno la prohibieron las autoridades, tomando éstas las bocacalles del teatro para evitar la representación.

A este respecto nos advertían, nos recordaba nuestra doña Rosario cómo volcó su fortuna en beneficio de las ideas avanzadas, procedimiento contrastable con el de nuestros políticos y seudorrevolucionarios de oficio, que gracias a sus prédicas han medrado.

Nos pareció acertada la forma en que calificaba a los políticos revolucionarios al uso. Nos decía de uno que sigue pasando por republicano en España el concepto que de él tenía, que no era otro que el de jefe de la policía palatina. Se nos refería a otro que lo fue, calificándole de político ingenuo a disposición de la Monarquía, como un gran colaborador y sostenedor, a pesar de su pregón constante de democratizarla.

Y, por último, vimos un gesto viril, varonil, a la solitaria de El Cervigón. Celebraba mucho, con gran alegría, la posición de nuestros diputados socialistas, de nuestros concejales socialistas de Madrid, del triunfo resonante en las últimas elecciones generales en Madrid. Vislumbraba llegada la hora de depurar las responsabilidades de Marruecos. Luchaba ella titánicamente ante nosotros. «A ver, amigos socialistas -nos decía- únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo, que aquí lo componen los jesuitas, el clero, la Acción ciudadana, los sindicatos católicos, los libres, los mauristas, los conservadores; en fin, todos los que sostienen este podrido régimen, que se tambalea, y un simple soplo sobraría para echarlo abajo…»

¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosas, en un elevado sentido de la palabra!

El Socialista, Madrid, 19-5-1923

Publicado en Confrontación ideológica, Dicen de ella, Librepensamiento, Literatura, Publicista, Socialismo | No existen comentarios »

11. El último adiós de El Socialista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Agosto 2009

Aunque no desaprovechó ninguna ocasión para rechazar su pertenencia a cualquiera de los «ismos» que componían el grupo de los «verdaderos liberales» (ya fueran republicanos, socialistas, anarquistas o, más tarde, comunistas), bien puede decirse que  Rosario de Acuña y Villanueva- al menos en los últimos años de su vida-  mantuvo relaciones cordiales con los sectores socialistas. No faltan ejemplos que así lo parecen indicar. A la vieja amistad que le une a Isidoro Acevedo, nacida en los años en que ambos residían en Santander, hay que añadir la de Teodomiro Menéndez a quien apoya públicamente en la campaña electoral de 1919, o la de Virginia González, dirigente nacional que coincide con ella en algunos mítines celebrados en Asturias… No hay que olvidar tampoco que doña Rosario afirma en 1917 que solo lee El Socialista y algunos periódicos portugueses, ni que su figura adquiere cierto protagonismo en las celebraciones del Primero de Mayo desde que retornara a Gijón tras el exilio portugués  gracias a la iniciativa de las Juventudes Socialistas de invitarla en 1914 a los actos que organizan ese día, y  que más tarde proseguirán las sociedades obreras acudiendo hasta El Cervigón para rendirle su homenaje.

Precisamente el Primero de Mayo de 1923 tuvo lugar la última de estas visitas, pues la homenajeada fallecía cuatro días después. Pues bien,  El Socialista se despidió de la ilustre librepensadora con una necrológica publicada el 8 de mayo y con un artículo   firmado en León por Manuel Tejedor que lleva por título «La solitaria de El Cervigón» y que apareció en sus páginas el día 19.

La necrológica decía así:

 «A la avanzada edad de setenta y dos años ha fallecido en su apartado retiro de Gijón la notabilísima escritora e incansable paladín de los ideales democráticos y de libertad de conciencia doña Rosario de Acuña.

Cultivó con fortuna diversos géneros literarios, alcanzando éxitos resonantes con el estreno de algunas obras dramáticas de marcado carácter anticlerical.

Como periodista, publicó numerosos trabajos, en los que campea la brillantez de su estilo vigoroso y una sólida cultura, que acreditaba lo profundo y constante de sus estudios.

Reaccionando briosamente contra la gazmoñería dominante en la educación de las mujeres, supo mantener siempre la pureza de sus convicciones racionalistas, a las cuales ha sido fiel hasta en sus últimos momentos, disponiendo que su entierro fuera civil, como se ha celebrado, concurriendo gran número de trabajadores, entre los cuales contaba con merecidas simpatías.

Su fina sensibilidad de mujer y de ciudadana se expreso últimamente en una inflamada protesta contra la guerra de Marruecos, redactando un sentidísimo manifiesto a las madres españolas que recogimos íntegramente en las columnas de EL SOCIALISTA.  [Se refiere al primero de los tres artículos  que con el título «¡Justicia!… ¡Justicia!… ¡Justicia!» fue publicado por  El Noroeste el 7 de diciembre de 1922 y que apareció posteriormente en la edición de  El Socialista correspondiente al  21 del mismo mes].

Rendidamente tributamos a Rosario de Acuña el efusivo homenaje de nuestra admiración por su vida ejemplar y la obra de cultura que realizó entre los trabajadores»

Para completar el homenaje que le dispensa el diario de los socialistas, dos días después publica en su primera página un cuento suyo, titulado El baratero, que había escrito en el verano de 1917, aquel en el que, de nuevo, estuvo en el punto de mira de unas autoridades que no dejaban de sospechar de ella, a pesar de su edad, por las buenas relaciones que la escritora mantenía con socialistas, reformistas y anarquistas en vísperas de la huelga general que por entonces se estaba preparando.

Publicado en Confrontación ideológica, Dicen de ella, Socialismo | No existen comentarios »

10. La visión de un agustino

Publicado por Macrino Fernández Riera el 2 Agosto 2009

El 28 de diciembre de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publicó en su primera página la carta en la que Rosario de Acuña hacía pública su adhesión a la causa. A partir de ese momento nada fue igual para ella. Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando, lo cual no tiene perdón de Dios.

Al principio, hubo gentes de la Iglesia que,  pensando que aquello podía ser una ofuscación pasajera, intentaron el retorno de la oveja descarriada. Esa parece que fue  la intención de José María Benito Serra y Juliá, por aquel tiempo obispo in partibus de Daulia, quien, según ella misma nos ha contado, porfió durante un tiempo con la nueva librepensadora:

«…dándome golpecitos en el hombre, me repitió muchas veces, allá por los años de mi campaña en Las Dominicales: “Con nosotros, con nosotros, debería usted estar. ¿qué ventaja hay para que esa pobre clase aldeana y popular en abrirla los ojos. Pan y catecismo es lo que necesita el pueblo para ser feliz… ¡Ah, si usted quisiera sería, entre nosotros, otra Teresa de Jesús, aunque no fuera santa”»

Más tarde, siendo evidente el fracaso, ya no hubo espacio para el diálogo: Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando.

Los elogiosos comentarios recibidos tiempo atrás, entre los que Rosario recordaba los  de su pariente el cardenal Benavides que le enviaba cartas llamándola «poeta insigne y otras lindezas» parecidas, se tornaron críticas ácidas, con escasos argumentos literarios. Sirva el ejemplo de lo escrito por el fraile agustino Francisco Blanco García en su obra La literatura española en el siglo XIX, publicada en el año 1910:

«Triunfo bien extraño fue el que consiguió Dª Rosario de Acuña con su Rienzi el tribuno (1876), obra en que resaltan más los alardes democráticos que el conocimiento de la escena. Ni el protagonista y las figuras accesorias pasan e la medianía, ni los amores de aquél están bien delineados; y por lo que hace a los desahogos de Rienzi y sus apóstrofes a la libertad, no hacía muchos años que en otro drama con el mismo tema había precedido a la poetisa el malogrado Carlos Rubio. El talento de doña Rosario ha concluido en punta, como las pirámides. Las atenciones y lisonjas que le prodigó la galantería en 1876, le hicieron concebir de sí propia una idea equivocada; y ansiando a toda costa inmortalizarse, formó una alianza ofensivo-defensiva con los herejotes cursis de Las Dominicales, escribió a destajo versos y prosas incendiarios, y anunció en los carteles un dramón archinecio que delata con elocuencia el lastimoso estado mental de la autora. »

Queda dicho.

Bien parece que a la hora de opinar sobre  la obra  de nuestra protagonista, don Francisco se deja llevar por argumentos que poco tienen que ver con la Literatura, lo cual, dicho sea de paso, tampoco resulta tan extraño si tenemos en cuenta la situación de confrontación ideológica en la que estaban inmersos algunos de los españoles de entonces.

Publicado en Confrontación ideológica, Dicen de ella, Librepensamiento, Literatura, Masonería | No existen comentarios »

6. Una entrevista de hace cien años

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Poco a poco hemos ido recuperando el rastro dejado por  Rosario de Acuña, oculto durante varias décadas por una capa de inercia y olvido. Contamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos… ¡y una entrevista!

Apareció el 25 de septiembre de 1909 en las páginas del diario gijonés El Publicador,  y aquí queda reproducida:

«Ayer hemos tenido el honor de hablar con una de las figuras contemporáneas más prestigiosas, la insigne poetisa y pensadora doña Rosario de Acuña.

Nos hemos aprovechado de la ocasión en que doña Rosario dirigía los ensayos de su obra La Voz de la Patria, que hoy se estrena en el teatro de Jovellanos.

Precisamente, el objeto de nuestra visita era interrogar a la ilustre poetisa respecto de esta obra.

Doña Rosario estaba sentada a un lado del escenario del Jovellanos, casi borrada por la sombra, cuando nos llegamos a ella algo temblorosos, miedosos, ante tan respetuosa figura.

Una profunda inclinación hizo vacilar nuestro cuerpo, y extendiendo la mano temblona para estrechar la de doña Rosario, nos manifestamos.

- Un redactor de El Publicador…

La ilustre dama acogionos afablemente, con una sonrisa tan amiga que nosotros respiramos un momento, y proseguimos, empezando por donde debimos acabar tal vez.

Antes que nosotros expusiésemos nuestro deseo, doña Rosario se adelantó, diciéndonos:

- Ya sé, ya supongo a qué vienen ustedes…

La venerable dama pronuncia algunas palabras de amabilidad, entre las que nosotros adivinamos sólo una cosa, y es ésta: doña Rosario de Acuña prefiere que se la dé por muerta… que nadie hable de ella.

Eso quiere. Y nosotros, ahondando más, conseguirmos que la ilustre dama nos lo confirmara.

- Y dice usted…

- Sí, sí; eso es… quisiera que no dieran ustedes cuenta a nadie de nuestra conversación…

Habla silenciosamente, misteriosamente, con un dedo cruzado sobre los labios.

Nosostros bajamos los ojos, callamos ante la imposición de la venerable señora; pero, aunque con temor de molestarla, procuramos hacerla ver la necesidad de un corazón como el de ella en nuestra patria.

Con esta afirmación nuestra, hemos suscitado en los labios de doña Rosario algunas palabras de protesta, y díjonos:

- Yo amo mucho a mi patria, yo he sufrido mucho en ella; tal vez por esto la ame tanto.

La patria, «la voz de la patria…»

Esta ingeniosa frase nos ofreció campo abierto para iniciar nuestra conversación.

- «La Voz de la Patria» la estrené en el teatro Español de Madrid en 1898 [debe de tratarse de una errata de imprenta pues el estreno tuvo lugar el 20 de diciembre de 1893], en ocasión de la otra guerra de Melilla. Su sentido patrótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a «hacerla» en Gijón.

Cuando se estrenó  La Voz de la Patria en Madrid el éxito fue formidable, indescriptible. Doña Rosario recuerda aquella noche como una fecha memorable de su vida.

La modestia de nuestra interlocutora nos impide seguir hablando de su hermoso cuadro dramático, y nuestra conversación evoluciona hasta terminar por dedicarle unas palabras -todas de doña Rosario, de elogio sincero y entusiasta- a nuestra tierra, a Asturias.

Encantadoramente nos habló de sus amores por nuestra «tierrina», por esta región incomparable -dice- única, hermosa, para mí de todas las que he visto, que no han sido pocas. Créame…

Nosostros nos emocionamos un momento y la conversación cesó breve rato, durante el cual, indudablemente, doña Rosario y nosotros pensamos en lo mismo, en Asturias nada más.

- Conozco palmo a palmo -palabras textuales- a Asturias. Sus excursiones por ella fueron frecuentísimas y largas.

Tras una reverencia, en la que solicitamos licencia para retirarnos y dar por terminada la entrevista, nos inclinamos y de nuevo extendimos la mano, segura ya, para estrechar la de la ilustre señora.

La blanca cabeza de doña Rosario se inclinó levemente, y mientras teníamos la mano estrechada por la suya nos dijo, en misterio otra vez:

- Ya sabe usted… ya no existo… ¿eh? No hablen ustedes de mí, déjenme; ocúpense, si quieren, de mis libros, que son mis hijos; alábenlos, ensálcenlos, para eso son siempre jóvenes…

Y levantando la cabeza:

-Salude usted en mi nombre a El Publicador.

Arqueamos el cuerpo reverentemente, y échandonos el sombrero a la cabeza, nos separamos de la ilustre pensadora»

A pesar de sus intenciones doña Rosario no consigue pasar inadvertida. Un mes antes El Noroeste había informado a sus lectores de la intención de la escritora de fijar su residencia en Gijón. Pero, ésa es otra historia.

Publicado en Biografía, Confrontación ideológica, Literatura, Publicista, Tras su rastro | No existen comentarios »

4. Defendiendo la propiedad intelectual

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Julio 2009

En 1876  Rosario de Acuña y Villanueva presentaba su candidatura para ingresar en el Parnaso nacional con el estreno de Rienzi el Tribuno. Tras el clamoroso éxito cosechado entonces, muchos quisieron ver en ella la continuadora de la Avellaneda. Quince años después todo ha cambiado:  la prometedora escritora aplaudida y jaleada por la clase literaria española se ha convertido en una conocida activista del librepensamiento que utiliza la pluma como hábil instrumento de propagación de sus ideales. Sus obras que tiempo atrás contaban con  la simpatía y el apoyo de la mayoría,  provocan ahora el recelo de la gente bienpensante y el aplauso incondicional de los heterodoxos. Así las cosas, en 1891 la escritora quiere poner en escena El padre Juan y no lo tiene fácil, pues muchos empresarios se niegan a acoger el drama  en sus escenarios. No se arredra, ella se hará cargo de todo. Alquila el teatro de la Alhambra, costea la producción, dirige los ensayos… A la primera representación no le siguieron otras pues el gobernador decreta la prohibición.

Ni corta ni perezosa, no duda en  salir a la palestra pública para defender lo que es suyo. He aquí el comunicado aparecido en El País el 11 de abril de aquel año:

Señor director de El País

Apreciable señor: estimaría de su bondad mandase insertar el siguiente comunicado:

Al público

Habiendo tenido en mis intereses pérdidas enormes por la disposición gubernativa que prohibió las representaciones de mi drama El Padre Juan, cuando tenía vendidas las localidades para la segunda función y, por  lo tanto, compensados en parte los gastos hechos para ponerlo en escena con el aparato requerido, he dispuesto, en beneficio mío, una función en el teatro de la Alambra, para el 12 del corriente abril, poniendo en escena mi drama Rienzi el Tribuno.

Creyendo usar de un derecho legítimo me dirijo al público imparcial, invocando a favor de mi lesionada propiedad intelectual su valiosa protección, e invitándole a que asista a mi beneficio, testificando con su presencia que aun laten almas capaces de protestar contra ciertas vejaciones.

Reconocida a la merced, queda de usted señor director S.S.Q.B.S.M.

Rosario de Acuña

Publicado en Confrontación ideológica, Librepensamiento, Literatura | No existen comentarios »

2. La casa del Diablo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Julio 2009

Sabía lo que se hacía cuando renunció a la cómoda vida que su cuna le tenía reservada. Sabía que el camino que había decidido recorrer no sería un camino de rosas. Ya lo preveía en 1884 cuando hizo pública adhesión a los ideales del librepensamiento, en una conocida carta aparecida  en Las Dominicales del Libre Pensamiento:

«Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos.»

Su activa militancia en el bando de los heterodoxos le supuso todo un rosario de penalidades: insultos, desahucios (tuvo que abandonar su granja avícola de Cueto «porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella») , procesamientos, exilio… y la inquina de algunos de sus vecinos. Detrás de muchos de estos padecimientos doña Rosario siempre vio la mano de poderosos enemigos, algunos vestidos de negro, los cuales no desaprovechaban ocasión para sembrar la insidia y la calumnia a su alrededor. Ejemplos no le faltaban para apoyar sus sospechas. Uno de ellos, quizás el más claro, es el que le refiere a José Nakens en una carta que le envía en abril de 1920, en donde le da noticias de un articulo escrito por un periodista asturiano y publicado ocho años antes en El Diario de la Marina de La Habana, «en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba».

El artículo en cuestión llevaba por título «La casa del Diablo» y «fue repartido profusamente por los caseríos del contorno con la piadosa intención que es de suponer. ¡Como ellos no se atreven todavía a quemarnos quieren que  nos quemen los embrutecidos por ellos!».

 

 

La casa del Diablo

 

Manuel Álvarez Marrón

Parece que por acá no han enterado las gentes de una carta que publicó doña Rosario de Acuña, hará unos tres meses, en un periódico de Barcelona, en la cual insultaba, en estilo genuinamente libre-pensador, a las mujeres españolas, a los niños, a los estudiantes, al clero, a la burguesía, a los marinos, a los militares, a los bomberos… En una palabra: a toda la sociedad española. Cuando una mujer librepensadora se engrifa, es implacable.

Los estudiantes de Barcelona, los de Madrid y los de todas partes celebraron manifestaciones de protesta contra dicha carta contra dicha señora, y la Prensa de todos los colores, desde el rojo hasta el amarillo, protestó también. Hasta España Nueva calificó de asquerosa la obra de doña Rosario de Acuña. Todo esto, por supuesto, no le habrá dado calor ni frío a la ilustre dama, porque en el mundo del librepensamiento se usa una moral y un cutis diferentes de los que se usan en los demás mundos.

Yo, que por entonces vivía en Gijón, acabé por prestar oído atento al alboroto y acabé por decirme:

- Pues señor… La Acuña… Este nombre me suena.

En efecto: el nombre de doña Rosario es célebre en Gijón y en toda la comarca; solo que las gentes de por allí no la conocen por su nombre cristiano, sino por el de espiritista, la librepensadora, la nigromántica, en lo cual la han hecho un gran favor, porque para ella el nombre cristiano de Rosario debe de ser una especie de sambenito.

Además de esto los tales motes tenían su razón lógica y natural, dado el extraño género de vida que llevaba doña Rosario. Hace algunos años mandó edificar una casa en la cima de un promontorio bravío a la vista de Gijón, y allí se pasaba una vida misteriosa y esquiva y apartada en absoluto del trato de sus semejantes… si es que, como dijo el otro, una librepensadora puede tener semejantes.

Pues así y todo la señora de Acuña parecía encontrarse a sus anchas en aquella soledad. Algunos que la conocían me dijeron luego que también se hallaba a gusto con que tan rara criatura viviese en lugar tan remoto. Ella, por su parte, había tomado las más eficaces medidas para huir del trato de los humanos. Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno -dije para mí- y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

Otro día volví a pasar por cerca de la Casa del Diablo, como la llamaban los campesinos de aquellos contornos. Al entrar por una senda que cruza la ería del Piles me encontré con un labrador de Cabueñes, conocido mío, y con él sostuve el diálogo siguiente:

- Dígame, Morcín, y dispense: ¿usted conoce a la persona o personas que viven en aquella casa?

- No; no la conozco ni maldita la falta que me hace.

- Hombre, ¿tan mala es?

- No sé si es mala o si es buena; lo que sé es que Dios nos libre de ella.

- Pues a mí me consta que esa persona no ha hecho mal a nadie.

- Hay quien dice eso, y, sin embargo, desde que esa mujer vive ahí con sus espíritus o sus diablos nunca jamás volvió a brotar una hierba en ese ribazo; los ganados de Cabueñes padecen enfermedades que antes no tenían, y hasta algunos niñinos se van secando, secando sin saber por qué. Nada, que esa mujerona ha venido a esparcir por estos sitios un aliento fatal.

- Pues ella bien escondida y bien sola vive, Morcín.

- Eso de vivir solos no reza con los espiritistas ni con los nigrománticos. Por de pronto no es la primera vez que le oigo hablar a grandes voces con sus gatos o sus puercos o sus gallinas o sus perros…

- ¿Qué tiene eso de particular? Es una casa de campo…

- En otra persona no lo tendría, pero en esa… ¡vaya! Dicen que es además librepensadora…

- ¿Y usted sabe lo que es un librepensador, Morcín?

- ¡Carape! Ello mismo lo dice: es el hombre que tiene la cabeza sin atadero. En cuanto a la individua esa, yo tengo la seguridad de que sus gatos y sus perros son personas que ella tiente encantadas allí convertidas en bestias.

- ¡Qué disparate!

- Encantadas, sí, señor. No hay un espiritista ni in librepensador que no sepa convertir a las personas en bestias. Por lo tocante a lo demás, en esa casa endemoniada nunca se vio cristiano viviente, y a pesar de eso, algunas noches se sienten allí una de claridades y de ladridos y de maldiciones que Dios tirita.

- ¿Usted oyó eso?

- Sí, señor, y además ruido de cadenas y aullidos de lobos y alaridos de curuxas… ¡Uy, si usted lo oyera! Pasaba yo por aquel surco a las nueve de la noche del día de difuntos cuando entre los silbidos del viento oí…

- ¡Hombre, usted delira!

- ¡Deliraban! ¡Mal rayo me coma! Entonces también deliraron Antón del Radial y Juan de Naveces…

- ¿Qué les pasó?

- ¡Me valga Dios! ¡Casi nada! Volvían a las once de la noche de allá de la Providencia… la noche de la tormenta grande, cuando al pasar por cerca del acantilado oyeron entre los ronquidos del mar y los bufidos del viento unos gritos… que… ¡La apocalipsis! Unos gritos que sonaban en el aire, entre el nublo. De pronto ábrense las nubes y entre las nubes vieron un fulgor sangriento y entre el fulgor y las nubes vieron que volaba, en medio de un gran remolino de espantables espíritus, a esa mujerona montada sobre los riñones de un gran demonio de color verde, con unas alas…

- ¡Qué barbaridad!

- Será lo que usted quiera, pero para mi gusto, esa hembra o lo que sea, tiene el alma nadando en los infiernos.

Al volver a mi casa me encontré con el puentecito de madera que atraviesa el río Piles con uno de la curia de Gijón, el cual me informó de que iba a proceder al encarcelamiento de doña Rosario de Acuña con motivo de la carta famosa. Entonces le dije:

- Amigo Tintales: sea usted clemente con esa infeliz. Ahora me acaba de contar un vecino de Cabueñes que la ha visto andar volando por entre esos riscos, como alma en pena, en noches de tempestad, y sentada ¡horrorícese usted!, sentada sobre los riñones de un demonio verde, alado, espantable… ¿Qué mayor castigo? ¿Qué mayor tormento?

- ¿Y usted lo ha creído?… ¡Hombre!…

- ¿No lo he de creer? Sépase usted que la Acuña es atea y para los espíritus sin Dios no puede haber reposo ni consuelo…

Publicada en 1912 en El Diario de la Marina de La Habana, es reproducida en 1920 en las páginas de El Motín, Madrid, (24-4-1920)

Publicado en Confrontación ideológica, Dicen de ella, Masonería, Publicista | No existen comentarios »