Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Dicen de ella'

12. La solitaria de «El Cervigón»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 12 Agosto 2009

 Manuel Tejedor

En suerte le cupo el Primero de Mayo de este año poder holgar a nuestro viandante. Porque no siempre el que viaja con frecuencia puede festejar el día mayor de los trabajadores. Otros años nos ha sorprendido la estancia en esta fecha en pequeños pueblos donde la falta de organización obrera hacía que el Primero de Mayo pasara inadvertido y se viese uno lanzado forzosamente a su habitual trabajo.

Pero este año, no. Este año hemos tenido la dicha de poder estar al lado de la familia y de la organización a la vez. Y, verdaderamente, ¿por qué no decirlo?, ciertas expansiones que realizan los obreros organizados en este día no son de nuestro agrado. Suelen tener derivaciones que inconscientemente se traducen en consecuencias no muy prestigiosas precisamente.

He aquí un fundamento para que a los socialistas gijoneses les haya sugerido la acertada idea que ponen en práctica de hace unos años acá. Se trata, sencillamente, de una excursión agradable, a la vez que silenciosa. Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de «El Cervigón», la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama que, ya vieja, empero rompería su lanza en pro siempre de las ideas avanzadas…

Fraternizando, en grupos, hemos partido del centro de nuestra industriosa villa gijonesa a realizar la excursión. Día esplendoroso, de irradiante sol; alejándonos del bullicio de la población en donde siempre vemos la vida monótona, vulgar y cansada, empezamos bordeando la hermosa playa, respirando la brisa del mar, disfrutando a nuestras anchas… Llegamos al extrarradio de Gijón sin perder de vista el mar, expansionándonos ante el paisaje que se nos ofrece: a la izquierda, las rocas del Cantábrico, en donde el oleaje impetuoso se estrella; a la derecha, los verdes campos, pletóricos de alegría. Nos hallamos en el empalme, en la unión de la ciudad de Jovellanos y la aldea de Somió. Algo en lo alto se destaca: la mansión de la solitaria. Una modestísima casa que la circunda una tapia…

Doña Rosario de Acuña, vive en compañía de su sobrino don Carlos, el que muy atentamente nos recibe a la puerta y nos da acceso al interior. Nuestro asombro ha sido grande al apreciar el sencillo y escueto mobiliario de doña Rosario: una camilla grande, un trinchero antiguo, varias sillas, etc.; pero no el mobiliario de lujo, ni siquiera de apariencia, que hoy cualquier familia humilde posee. De ahí el contraste.

La visita ha sido breve, pero ha sido muy grata para los excursionistas. Pocas palabras se han cruzado, pero hemos dicho mucho. Claro es que ha sido el pensamiento el que todo lo ha expresado, porque en los allí reunidos era el mismo nuestro fondo, el mismo nuestro ideal

En la amigable charla con doña Rosario se ha revelado ora el optimismo, ora el pesimismo. La eximia escritora nos ha pedido un favor y nos ha referido una de las pinceladas de su amarga vida. Nos ha pedido, y nosotros aceptado, que a la par que en el día 1º de mayo rpresentemos la obra Juan José, los socialistas representemos una obra suya: El padre Juan. Nos ha ofrecido el argumento de la obra, prescindiendo de cobrar los derechos. Muy agradecidos, lo hemos estimado con distinción.

La solitaria nos ha referido lo que le acaeció al querer estrenar la citada obra en Madrid, cosa que no consiguió por la prohibición del Gobierno de aquel entonces. Pretendió que la pusieran en escena varias compañías, y, aunque con sentimiento, todas se negaron. La obra era bonita; el conjunto, los personajes, la intención, la argumentación, revelaba la verdad, la justicia…; pero hablaba muy claro. Obligada se vio doña Rosario a alquilar un teatro de Madrid por veinte días, formar la compañía, encargar el vestuario y decoraciones para su propiedad. Y cuando había invertido quince mil pesetas, el día del estreno la prohibieron las autoridades, tomando éstas las bocacalles del teatro para evitar la representación.

A este respecto nos advertían, nos recordaba nuestra doña Rosario cómo volcó su fortuna en beneficio de las ideas avanzadas, procedimiento contrastable con el de nuestros políticos y seudorrevolucionarios de oficio, que gracias a sus prédicas han medrado.

Nos pareció acertada la forma en que calificaba a los políticos revolucionarios al uso. Nos decía de uno que sigue pasando por republicano en España el concepto que de él tenía, que no era otro que el de jefe de la policía palatina. Se nos refería a otro que lo fue, calificándole de político ingenuo a disposición de la Monarquía, como un gran colaborador y sostenedor, a pesar de su pregón constante de democratizarla.

Y, por último, vimos un gesto viril, varonil, a la solitaria de El Cervigón. Celebraba mucho, con gran alegría, la posición de nuestros diputados socialistas, de nuestros concejales socialistas de Madrid, del triunfo resonante en las últimas elecciones generales en Madrid. Vislumbraba llegada la hora de depurar las responsabilidades de Marruecos. Luchaba ella titánicamente ante nosotros. «A ver, amigos socialistas -nos decía- únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo, que aquí lo componen los jesuitas, el clero, la Acción ciudadana, los sindicatos católicos, los libres, los mauristas, los conservadores; en fin, todos los que sostienen este podrido régimen, que se tambalea, y un simple soplo sobraría para echarlo abajo…»

¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosas, en un elevado sentido de la palabra!

El Socialista, Madrid, 19-5-1923

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11. El último adiós de El Socialista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Agosto 2009

Aunque no desaprovechó ninguna ocasión para rechazar su pertenencia a cualquiera de los «ismos» que componían el grupo de los «verdaderos liberales» (ya fueran republicanos, socialistas, anarquistas o, más tarde, comunistas), bien puede decirse que  Rosario de Acuña y Villanueva- al menos en los últimos años de su vida-  mantuvo relaciones cordiales con los sectores socialistas. No faltan ejemplos que así lo parecen indicar. A la vieja amistad que le une a Isidoro Acevedo, nacida en los años en que ambos residían en Santander, hay que añadir la de Teodomiro Menéndez a quien apoya públicamente en la campaña electoral de 1919, o la de Virginia González, dirigente nacional que coincide con ella en algunos mítines celebrados en Asturias… No hay que olvidar tampoco que doña Rosario afirma en 1917 que solo lee El Socialista y algunos periódicos portugueses, ni que su figura adquiere cierto protagonismo en las celebraciones del Primero de Mayo desde que retornara a Gijón tras el exilio portugués  gracias a la iniciativa de las Juventudes Socialistas de invitarla en 1914 a los actos que organizan ese día, y  que más tarde proseguirán las sociedades obreras acudiendo hasta El Cervigón para rendirle su homenaje.

Precisamente el Primero de Mayo de 1923 tuvo lugar la última de estas visitas, pues la homenajeada fallecía cuatro días después. Pues bien,  El Socialista se despidió de la ilustre librepensadora con una necrológica publicada el 8 de mayo y con un artículo   firmado en León por Manuel Tejedor que lleva por título «La solitaria de El Cervigón» y que apareció en sus páginas el día 19.

La necrológica decía así:

 «A la avanzada edad de setenta y dos años ha fallecido en su apartado retiro de Gijón la notabilísima escritora e incansable paladín de los ideales democráticos y de libertad de conciencia doña Rosario de Acuña.

Cultivó con fortuna diversos géneros literarios, alcanzando éxitos resonantes con el estreno de algunas obras dramáticas de marcado carácter anticlerical.

Como periodista, publicó numerosos trabajos, en los que campea la brillantez de su estilo vigoroso y una sólida cultura, que acreditaba lo profundo y constante de sus estudios.

Reaccionando briosamente contra la gazmoñería dominante en la educación de las mujeres, supo mantener siempre la pureza de sus convicciones racionalistas, a las cuales ha sido fiel hasta en sus últimos momentos, disponiendo que su entierro fuera civil, como se ha celebrado, concurriendo gran número de trabajadores, entre los cuales contaba con merecidas simpatías.

Su fina sensibilidad de mujer y de ciudadana se expreso últimamente en una inflamada protesta contra la guerra de Marruecos, redactando un sentidísimo manifiesto a las madres españolas que recogimos íntegramente en las columnas de EL SOCIALISTA.  [Se refiere al primero de los tres artículos  que con el título «¡Justicia!… ¡Justicia!… ¡Justicia!» fue publicado por  El Noroeste el 7 de diciembre de 1922 y que apareció posteriormente en la edición de  El Socialista correspondiente al  21 del mismo mes].

Rendidamente tributamos a Rosario de Acuña el efusivo homenaje de nuestra admiración por su vida ejemplar y la obra de cultura que realizó entre los trabajadores»

Para completar el homenaje que le dispensa el diario de los socialistas, dos días después publica en su primera página un cuento suyo, titulado El baratero, que había escrito en el verano de 1917, aquel en el que, de nuevo, estuvo en el punto de mira de unas autoridades que no dejaban de sospechar de ella, a pesar de su edad, por las buenas relaciones que la escritora mantenía con socialistas, reformistas y anarquistas en vísperas de la huelga general que por entonces se estaba preparando.

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10. La visión de un agustino

Publicado por Macrino Fernández Riera el 2 Agosto 2009

El 28 de diciembre de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publicó en su primera página la carta en la que Rosario de Acuña hacía pública su adhesión a la causa. A partir de ese momento nada fue igual para ella. Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando, lo cual no tiene perdón de Dios.

Al principio, hubo gentes de la Iglesia que,  pensando que aquello podía ser una ofuscación pasajera, intentaron el retorno de la oveja descarriada. Esa parece que fue  la intención de José María Benito Serra y Juliá, por aquel tiempo obispo in partibus de Daulia, quien, según ella misma nos ha contado, porfió durante un tiempo con la nueva librepensadora:

«…dándome golpecitos en el hombre, me repitió muchas veces, allá por los años de mi campaña en Las Dominicales: “Con nosotros, con nosotros, debería usted estar. ¿qué ventaja hay para que esa pobre clase aldeana y popular en abrirla los ojos. Pan y catecismo es lo que necesita el pueblo para ser feliz… ¡Ah, si usted quisiera sería, entre nosotros, otra Teresa de Jesús, aunque no fuera santa”»

Más tarde, siendo evidente el fracaso, ya no hubo espacio para el diálogo: Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando.

Los elogiosos comentarios recibidos tiempo atrás, entre los que Rosario recordaba los  de su pariente el cardenal Benavides que le enviaba cartas llamándola «poeta insigne y otras lindezas» parecidas, se tornaron críticas ácidas, con escasos argumentos literarios. Sirva el ejemplo de lo escrito por el fraile agustino Francisco Blanco García en su obra La literatura española en el siglo XIX, publicada en el año 1910:

«Triunfo bien extraño fue el que consiguió Dª Rosario de Acuña con su Rienzi el tribuno (1876), obra en que resaltan más los alardes democráticos que el conocimiento de la escena. Ni el protagonista y las figuras accesorias pasan e la medianía, ni los amores de aquél están bien delineados; y por lo que hace a los desahogos de Rienzi y sus apóstrofes a la libertad, no hacía muchos años que en otro drama con el mismo tema había precedido a la poetisa el malogrado Carlos Rubio. El talento de doña Rosario ha concluido en punta, como las pirámides. Las atenciones y lisonjas que le prodigó la galantería en 1876, le hicieron concebir de sí propia una idea equivocada; y ansiando a toda costa inmortalizarse, formó una alianza ofensivo-defensiva con los herejotes cursis de Las Dominicales, escribió a destajo versos y prosas incendiarios, y anunció en los carteles un dramón archinecio que delata con elocuencia el lastimoso estado mental de la autora. »

Queda dicho.

Bien parece que a la hora de opinar sobre  la obra  de nuestra protagonista, don Francisco se deja llevar por argumentos que poco tienen que ver con la Literatura, lo cual, dicho sea de paso, tampoco resulta tan extraño si tenemos en cuenta la situación de confrontación ideológica en la que estaban inmersos algunos de los españoles de entonces.

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8. Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano

Publicado por Macrino Fernández Riera el 31 Julio 2009

Hace más de un centenar de años, allá por los ochenta del siglo diecinueve, que las más renombradas cumbres de la cordillera Cantábrica vieron interrumpida su virginal soledad con la llegada de una mujer, una pequeña mujer, que hasta allí ascendía para rendir su particular ofrenda a la Naturaleza. Su nombre: Rosario de Acuña y Villanueva; una madrileña nacida en 1850,  que desde su juventud quiso ser asturiana: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo…»

Para los cientos de viandantes que a diario recorren el paseo que bordea el gijonés arenal de San Lorenzo, el nombre de Rosario de Acuña es uno más entre los hitos que jalonan su cotidiana caminata: el puente del Piles, les chapes, la lloca, el pulpo, los taperla casa de Rosario de Acuña.  Para los miles de visitantes que asoman su rostro  a la brisa marina en el Campo Valdés, la  blanca casa que se alza al otro extremo de la bahía supone un atractivo final para un seductor paseo. Unos y otros encuentran, tras un tramo empinado de la sinuosa senda, tras 4000 metros de placentero caminar, la que fuera su casa: «En esta casa vivió Rosario de Acuña y Villanueva, notable escritora y adelantada del movimiento feminista en España…». Escritora notable que abandonó su brillante camino para convertirse en propagandista de las ideas que defendía: libertad de pensamiento, regeneración y progreso.

Aquella niña que se crió en los alrededores de la Puerta del Sol se asfixia en la capital. Sus artículos y conferencias se convierten en una loa constante a la vida rural que la lleva a vivir en pequeñas localidades: primero Pinto, luego Cueto y Bezana (ambas en Cantabria) y finalmente, Gijón.

La pasión de doña Rosario por la Naturaleza le viene desde la cuna.  Su padre, «cazador de osos en los montes de Reinosa»,  la llevaba desde bien chica a  las monterías que  organizaban en su casa solariega por  las serranías jienenses. Al tiempo, su abuelo materno, «el famosísimo médico y naturalista, el doctor Villanueva», le explicaba los secretos de la vida a la luz de los últimos avances de la ciencia, conociendo, de forma temprana,  las teorías de Darwin cuando éstas apenas comenzaban a ser difundidas en España, para disgusto de aquellos que las tachaban de pura herejía.

Este gusto por la vida agreste, que la llevó a recorrer España de norte a sur y de este a oeste a lomos de un caballo andaluz, encontró en Asturias el escenario propicio para tan apasionado amor por la Naturaleza. Recorrió su territorio palmo a palmo, a pie y a caballo; por valles y cañadas, por la costa y por el interior más profundo.

Conservamos algunos testimonios de sus innumerables andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heleras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en el Soto del Barco»… Recorriendo Asturias   desde los quince años, cuando  sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa yodada, hasta poco antes de morir. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco años, recién vuelta de  dos largos años de exilio portugués a causa de aquel afamado artículo en el que defendía el derecho de la mujer a estudiar en la universidad,  realizó la que, probablemente, fue su última singladura por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón a los Oscos. El itinerario seguido  por nuestra librepensadora podría ser ahora rescatado para ser ofrecido a los amantes del senderismo, los  propios y los foráneos. Veamos: por la costa hasta Ribadeo; subida  a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos («¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro…»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en  tierras de Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y… vuelta a El Cervigón. ¡No está nada, pero que nada mal! A la luz de lo contado hasta aquí, podemos afirmar que la escritora tenía sobradas razones para decir aquello de «Asturias me la sé». Pero, ¡vayamos a la montaña!… que en eso habíamos quedado.

Doña Rosario, que se caracterizaba por observar sistemática y minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor, anotaba cuanto acontecía en sus andanzas por las montañas españolas. Conservamos testimonios de algunas de sus ascensiones en Sierra Morena, Guadarrama, la sierra de la Estrella, los Pirineos, picos de Mampodre, pico Cordel (en cuya cima nos cuenta que puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre»)…

Durante el verano de 1889 ó 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa en compañía de un «fiel compañero».  Se trataba, con casi total probabilidad,   de Carlos de Lamo Jiménez, con quien convivió durante los últimos treinta y tantos años de su vida; primero como separada de su marido, el militar, y después como viuda: la viuda de Laiglesia. Para acercarse a la cima, se servían de dos caballos asturcones que les facilitaban la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia… De sus escritos conocemos que son varias las cumbres por ella coronadas: Peña Ubiña, La Silla del Caballo, El Evangelista, Torrecerredo…

En un artículo suyo publicado en la primavera de 1891 en el semanario madrileño Las Dominicales del Libre Pensamiento, nos relata pormenorizadamente el peligroso descenso de Torrecerredo  que realizaría el verano anterior en compañía de su acompañante habitual y de un lugareño que actuaría como guía:

«…el lance era serio […] en aquella elevación colosal, el frío, así que cae el sol, es cruelísimo; no teníamos abrigos, el hambre nos acosaba ya, y ni la sed podíamos calmar, porque las neveras se hallaban en precipicios inabordables… Se imponía la bajada so pena de jugarnos la vida quedándonos sobre las agudísimas aristas que nos servían de pedestal, y en las cuales les pareceríamos a las águilas, que giraban en torno nuestro, tres gigantescas hormigas puestas en pie.

[…] Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos 2 km. atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 m. sobre el nivel del mar: entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…»

De confirmarse tal ascensión en el verano de 1890 (por nuestra parte seguiremos estudiando el tema), obligaría a adelantar en dos años la fecha de la primera ascensión a esta emblemática cumbre, pues la que realizó el conde de Saint-Saud  tuvo lugar en 1892. En todo caso, no sería ésta la primera vez en la que Rosario de Acuña aventajase al conde en una cumbre de los Picos. Tal parece que ocurrió con el pico El Evangelista. ¡Ah!, “El Evangelista”, la mención por la escritora de su  ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de  topónimo semejante. La tenacidad investigadora de Daniel Palacio vino a poner las cosas en su sitio. Las conclusiones de sus estudios sobre el tema  han quedado reflejadas en las páginas de Rosario de Acuña. Homenaje, publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992. En efecto,  en algunos mapas de finales del XIX aparecía con la denominación «pico El Evangelista» al que conocemos como Pica del Jierro, situado en el Macizo de Ándara, entre Asturias y Cantabria. El nombre utilizado por la escritora y montañera, objeto de la confusión, parece ser debido a la existencia en las cercanías del monte de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista. A pesar de  las dudas iniciales, aquella cima que doña Rosario dijo haber ascendido sí existía. El habitual carácter riguroso y realista de sus escritos quedaba patente una vez más. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint -Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al Pico El Evangelista;   por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El Padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Por todo lo dicho hasta aquí, creo que hay motivos suficientes para afirmar que estamos ante una verdadera pionera del montañismo asturiano no sólo por la entidad de las ascensiones que realiza, sino por la fecha en la que éstas tuvieron lugar. No debemos olvidar que ocurrieron con anterioridad a 1891, fecha en la que fueron públicamente relatadas. Y en ese momento nos encontramos en los comienzos del montañismo asturiano: no muchos años antes se habían realizado las primeras ascensiones a los picos más altos de la cordillera para colocar los vértices geodésicos; a fines del XIX, se realizan las primeras con finalidad deportiva, esto es, sin motivaciones geológicas.

En estos tiempos en los que la conmemoración del centenario de la primera ascensión al Urriellu, realizada el 5 de agosto de 1904 por Gregorio Pérez, El Cainejo, y Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, nos ha obligado a repasar la nómina de aquellos pioneros que en el montañismo asturiano han sido, no está de más que reivindiquemos la inclusión en la misma de doña Rosario… y ello a pesar de que no se hubiera atrevido con la ascensión al Naranjo de Bulnes, “por ser insuperable a mis fuerzas su escalamiento”. Si con el Urriellu no se atrevió, las que si llevó a cabo en fecha tan temprana le hacen acreedora a tal distinción. Espero que a partir de este momento el nombre de Rosario de Acuña y Villanueva figure junto a los de Gregorio Pérez, Pedro Pidal, Casiano de Prado, Loriere,  Vernuil, Frasinelli, Guillermo Schultz, el conde de Saint-Saud, Juan Suárez, Francois Salles y algunos otros, en la historia del montañismo asturiano, puesto que, no me cabe  duda alguna,  en esto de la ascensión fue una auténtica pionera.

¡Que así sea!

Macrino Fernández Riera

La Nueva España, Oviedo, 6-2-2006

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2. La casa del Diablo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Julio 2009

Sabía lo que se hacía cuando renunció a la cómoda vida que su cuna le tenía reservada. Sabía que el camino que había decidido recorrer no sería un camino de rosas. Ya lo preveía en 1884 cuando hizo pública adhesión a los ideales del librepensamiento, en una conocida carta aparecida  en Las Dominicales del Libre Pensamiento:

«Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos.»

Su activa militancia en el bando de los heterodoxos le supuso todo un rosario de penalidades: insultos, desahucios (tuvo que abandonar su granja avícola de Cueto «porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella») , procesamientos, exilio… y la inquina de algunos de sus vecinos. Detrás de muchos de estos padecimientos doña Rosario siempre vio la mano de poderosos enemigos, algunos vestidos de negro, los cuales no desaprovechaban ocasión para sembrar la insidia y la calumnia a su alrededor. Ejemplos no le faltaban para apoyar sus sospechas. Uno de ellos, quizás el más claro, es el que le refiere a José Nakens en una carta que le envía en abril de 1920, en donde le da noticias de un articulo escrito por un periodista asturiano y publicado ocho años antes en El Diario de la Marina de La Habana, «en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba».

El artículo en cuestión llevaba por título «La casa del Diablo» y «fue repartido profusamente por los caseríos del contorno con la piadosa intención que es de suponer. ¡Como ellos no se atreven todavía a quemarnos quieren que  nos quemen los embrutecidos por ellos!».

 

 

La casa del Diablo

 

Manuel Álvarez Marrón

Parece que por acá no han enterado las gentes de una carta que publicó doña Rosario de Acuña, hará unos tres meses, en un periódico de Barcelona, en la cual insultaba, en estilo genuinamente libre-pensador, a las mujeres españolas, a los niños, a los estudiantes, al clero, a la burguesía, a los marinos, a los militares, a los bomberos… En una palabra: a toda la sociedad española. Cuando una mujer librepensadora se engrifa, es implacable.

Los estudiantes de Barcelona, los de Madrid y los de todas partes celebraron manifestaciones de protesta contra dicha carta contra dicha señora, y la Prensa de todos los colores, desde el rojo hasta el amarillo, protestó también. Hasta España Nueva calificó de asquerosa la obra de doña Rosario de Acuña. Todo esto, por supuesto, no le habrá dado calor ni frío a la ilustre dama, porque en el mundo del librepensamiento se usa una moral y un cutis diferentes de los que se usan en los demás mundos.

Yo, que por entonces vivía en Gijón, acabé por prestar oído atento al alboroto y acabé por decirme:

- Pues señor… La Acuña… Este nombre me suena.

En efecto: el nombre de doña Rosario es célebre en Gijón y en toda la comarca; solo que las gentes de por allí no la conocen por su nombre cristiano, sino por el de espiritista, la librepensadora, la nigromántica, en lo cual la han hecho un gran favor, porque para ella el nombre cristiano de Rosario debe de ser una especie de sambenito.

Además de esto los tales motes tenían su razón lógica y natural, dado el extraño género de vida que llevaba doña Rosario. Hace algunos años mandó edificar una casa en la cima de un promontorio bravío a la vista de Gijón, y allí se pasaba una vida misteriosa y esquiva y apartada en absoluto del trato de sus semejantes… si es que, como dijo el otro, una librepensadora puede tener semejantes.

Pues así y todo la señora de Acuña parecía encontrarse a sus anchas en aquella soledad. Algunos que la conocían me dijeron luego que también se hallaba a gusto con que tan rara criatura viviese en lugar tan remoto. Ella, por su parte, había tomado las más eficaces medidas para huir del trato de los humanos. Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno -dije para mí- y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

Otro día volví a pasar por cerca de la Casa del Diablo, como la llamaban los campesinos de aquellos contornos. Al entrar por una senda que cruza la ería del Piles me encontré con un labrador de Cabueñes, conocido mío, y con él sostuve el diálogo siguiente:

- Dígame, Morcín, y dispense: ¿usted conoce a la persona o personas que viven en aquella casa?

- No; no la conozco ni maldita la falta que me hace.

- Hombre, ¿tan mala es?

- No sé si es mala o si es buena; lo que sé es que Dios nos libre de ella.

- Pues a mí me consta que esa persona no ha hecho mal a nadie.

- Hay quien dice eso, y, sin embargo, desde que esa mujer vive ahí con sus espíritus o sus diablos nunca jamás volvió a brotar una hierba en ese ribazo; los ganados de Cabueñes padecen enfermedades que antes no tenían, y hasta algunos niñinos se van secando, secando sin saber por qué. Nada, que esa mujerona ha venido a esparcir por estos sitios un aliento fatal.

- Pues ella bien escondida y bien sola vive, Morcín.

- Eso de vivir solos no reza con los espiritistas ni con los nigrománticos. Por de pronto no es la primera vez que le oigo hablar a grandes voces con sus gatos o sus puercos o sus gallinas o sus perros…

- ¿Qué tiene eso de particular? Es una casa de campo…

- En otra persona no lo tendría, pero en esa… ¡vaya! Dicen que es además librepensadora…

- ¿Y usted sabe lo que es un librepensador, Morcín?

- ¡Carape! Ello mismo lo dice: es el hombre que tiene la cabeza sin atadero. En cuanto a la individua esa, yo tengo la seguridad de que sus gatos y sus perros son personas que ella tiente encantadas allí convertidas en bestias.

- ¡Qué disparate!

- Encantadas, sí, señor. No hay un espiritista ni in librepensador que no sepa convertir a las personas en bestias. Por lo tocante a lo demás, en esa casa endemoniada nunca se vio cristiano viviente, y a pesar de eso, algunas noches se sienten allí una de claridades y de ladridos y de maldiciones que Dios tirita.

- ¿Usted oyó eso?

- Sí, señor, y además ruido de cadenas y aullidos de lobos y alaridos de curuxas… ¡Uy, si usted lo oyera! Pasaba yo por aquel surco a las nueve de la noche del día de difuntos cuando entre los silbidos del viento oí…

- ¡Hombre, usted delira!

- ¡Deliraban! ¡Mal rayo me coma! Entonces también deliraron Antón del Radial y Juan de Naveces…

- ¿Qué les pasó?

- ¡Me valga Dios! ¡Casi nada! Volvían a las once de la noche de allá de la Providencia… la noche de la tormenta grande, cuando al pasar por cerca del acantilado oyeron entre los ronquidos del mar y los bufidos del viento unos gritos… que… ¡La apocalipsis! Unos gritos que sonaban en el aire, entre el nublo. De pronto ábrense las nubes y entre las nubes vieron un fulgor sangriento y entre el fulgor y las nubes vieron que volaba, en medio de un gran remolino de espantables espíritus, a esa mujerona montada sobre los riñones de un gran demonio de color verde, con unas alas…

- ¡Qué barbaridad!

- Será lo que usted quiera, pero para mi gusto, esa hembra o lo que sea, tiene el alma nadando en los infiernos.

Al volver a mi casa me encontré con el puentecito de madera que atraviesa el río Piles con uno de la curia de Gijón, el cual me informó de que iba a proceder al encarcelamiento de doña Rosario de Acuña con motivo de la carta famosa. Entonces le dije:

- Amigo Tintales: sea usted clemente con esa infeliz. Ahora me acaba de contar un vecino de Cabueñes que la ha visto andar volando por entre esos riscos, como alma en pena, en noches de tempestad, y sentada ¡horrorícese usted!, sentada sobre los riñones de un demonio verde, alado, espantable… ¿Qué mayor castigo? ¿Qué mayor tormento?

- ¿Y usted lo ha creído?… ¡Hombre!…

- ¿No lo he de creer? Sépase usted que la Acuña es atea y para los espíritus sin Dios no puede haber reposo ni consuelo…

Publicada en 1912 en El Diario de la Marina de La Habana, es reproducida en 1920 en las páginas de El Motín, Madrid, (24-4-1920)

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