Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Feminismo'

90. La ramera

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Diciembre 2010

[…]

«La ramera se encuentra en cualquier parte, no hay que molestarse en buscarla; se la halla a cualquier hora y de cualquiera clase. ¿Halaga la vanidad? Pues se la toma de relumbrón. Librada del empadronamiento por orgullosa generosidad, se la pasea como un buen caballo o una buena galga. ¿No se busca más que el espoleo del hastío? Pues no se elige, se coge si acaso. ¿El cieno ahoga? Pues se revuelve en él hasta encontrar lo más asqueroso… Después espera el banquete, la conferencia, la discusión, la biblioteca o la cátedra. La prostituta, si se tiene en casa, satisface todos los instintos del vicio, porque entroniza las inclinaciones tiránicas del hombre. ¡Es tan seductora la condición de amo! Allí está aquel montón de carne y huesos sin inteligencia ni voluntad, las dos prerrogativas de la criatura humana: allí está como animal cuidadosamente sostenido para el momento de la necesidad, y este momento ha de surgir del cansancio, no de la esperanza; este momento ha de surgir como brote podrido que arroja un árbol frondoso. Allá arriba, en el corazón, y más alto, en el cerebro, las grandes aspiraciones, la ambición del oro que proporcionará molicie y envidiosos; la ambición de la gloria que producirá delirios y aduladores; la ambición del prestigio que acarreará vanidades y víctimas; allá, en el sentimiento y en la razón, el afán de la vida mejor, más regalada, más brillante o más satisfecha; allá arriba con los extravíos de la concupiscencia, mezclados los elocuentes discursos, haciendo brotar luminosos ideales de progreso, de perfección y de cultura; el libro, profunda síntesis de sólidos conocimientos, henchido de preceptos sublimes y sabias indicaciones; el descubrimiento científico o industrial, viniendo a testificar el nombre del siglo de las luces: allá arriba, en esos dos mundos que lleva el hombre impresos en su voluntad, en el sentimiento y la inteligencia, todas las expansiones de la amistad y todas las elucubraciones de la sabiduría, y más debajo de la coba exuberante del árbol de la vida, suciamente revuelta con detritus de fermentación, la sublime y esencial necesidad del amor rebajada, envilecida, degradada en todas sus manifestaciones, huída de todos los sentimientos para brotar impura y liviana como una contracción  espasmódica de repugnante epiléptico, y producir en instantánea revulsión de encontradas tendencias, un hastío enervante y después una ferocidad impía y un rencor vil hacia la racional mitad de la humana especie, hacia la mujer. ¡He aquí el amor a la prostituta!… Pero ella libra de la humillación de amar a una mujer; ella no crea obligaciones, ni gratitudes, ni sacrificio, ni abnegación, ni siquiera molestias; no se necesita con ella más que una sola pasión, ¡la del desprecio!
»Cruel ceguedad, torpe error de nuestra envilecida época, la ramera es el veneno que roe las entrañas sociales, su influjo lo invade todo, porque infiltra en el impulso generatriz de la raza humana que es el sentimiento, una inspiración de antipatía, desconfianza y odio hacia la mujer, en su altísima, pura y redentora misión de esposa. El amante de la prostituta, es decir, el prostituido, mira el matrimonio con espanto, le teme como carga, le toma como contrato, va hacia él, pero no confiado, creyente ni decidido, sino con reservas, y siempre con premeditaciones de dominación, o cuando menos educadoras… ¡Ah! ¡error funesto! La personalidad del hombre y la de la mujer han de fundirse sobre la misma línea de respetos en los afectos del amor, si han de producir el símbolo humano en su corrección natural, compuesto del varón y la hembra. Jamás con intenciones de comprarla con intereses, con la fuerza o con la astucia, será la mujer otra cosa que verdadera concubina de su marido. La influencia de la ramera se nota, más que en nada, en este engreimiento masculino que surge así que se calman los estímulos de la posesión. En los brazos de la esposa, quise se acostumbró a los de la mujer pública, solo ve la expiación de un arrebato, el castigo de una locura de la juventud, y, en último caso se la sufre por la seguridad de la legitimación de los hijos. Pero, ¡ay! jamás elevará la esposa a compañera quien profanó los primeros anhelos del amor en los antros inmundos de la prostitución. Ellos le hicieron conocer algo más inferior que la hembra, la mecánica construcción de un artefacto vendido a toda clase de precios, desde el ínfimo de un mendrugo de pan, hasta el subido de un palacio. Nada de humano, de racional, de justo, de digno, ni de respetable verá en la mujer, quien la descubrió sin alma ni cuerpo.¡Sí! que el cuerpo de la ramera, como producto que es del arrollamiento en las leyes naturales, no ofrece las encantadoras hermosuras de la mujer, sino la deformidad repulsiva del monstruo disimulado, y el que en la atmósfera de lo monstruoso se inspira nunca llegará a apreciar lo perfecto.

Sigue…

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77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Septiembre 2010

El apoyo público que a finales de 1884 Rosario de Acuña prestó a los estudiantes de la Universidad Central  con motivo de las protestas que protagonizaron en defensa del catedrático Miguel Morayta, que había sido duramente criticado por los sectores confesionales que tildaron de herético el discurso que éste pronunciara en el acto de inauguración del curso escolar, no hizo otra cosa más que proclamar el convencimiento de la escritora de que sólo la juventud, y en especial la juventud ilustrada, podría regenerar la patria.

De ahí que no resulte extraño que cuando tres años más tarde un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— acceda gustosa.

Días más tarde, Carlos de Lamo, por entonces un joven de diecinueve años de edad que, tras haber realizado el curso anterior los Estudios Preparatorios, cursaba las materias correspondientes al primer curso de la Licenciatura en Derecho, le dirige la siguiente contestación, en su calidad de presidente del citado Ateneo:

«Señora:

Si fuese posible que os diera a conocer tal como ha sido el interés y el entusiasmo, la gratitud y la energía, que vuestra carta ha despertado en el ánimo de todos los que formamos este Ateneo, si posible fuera que os retratase tal como sucedió en la realidad aquella explosión de aplausos que al concluir su lectura, como ola impetuosa, llenó el espacio; si la naturaleza me hubiese dotado de elocuencia para hacer llegar a vuestros oídos las exclamaciones de alegría, las palabras de profunda y sincera admiración arrancadas a todas las más arraigadas convicciones de nuestra alma; si pudiese, en fin, resumir lo que fue aquella, para nosotros, memorable sesión, en que vuestro nombre sonó en todos los labios, en que la carta se leía por todos, en que las emociones se sucedían unas a otras sin interrupción: en verdad que resultaría un cuadro de maravilloso colorido, en verdad que haría una composición mágica por la luz y el movimiento de sus figuras, y llena de realidad y vida incomparables.

Pero, ¡ah!, que lejos de eso eligieron un intérprete de sus sentimientos, de sus ideas y aspiraciones, y no reúno ninguna de las brillantes cualidades que necesarias son para que esté en consonancia con la grandeza del acto, su interpretación al exterior, y por esto no es de extrañar que esta respuesta sea pálido reflejo de todo aquello.

Procuraré, sin embargo, esforzarme; procuraré dar forma real a todo lo que, como ellos, sentí yo; haré porque el sentimiento, que es lo que después de todo forma la base de nuestra vida, y que tan felizmente fue conmovido por su carta, salga tal como él es, con sus brillantes colores, con sus matices de esperanzas y sueños, idealidades y poesía, y si lo consigo, y lo que constituye lo íntimo de nuestro ser, reviste en el mundo de la realidad las mismas formas, el mismo ropaje que tiene en el puro campo de la fantasía, yo os prometo  que lo menos irá esta carta llena de tan nobles y generosas aspiraciones, que bastarán por sí solas a hacer pasar desapercibida la forma un tanto prosaica en que vayan expuestas.

Pero antes de deciros cuáles son nuestros deseos y de qué manera pensamos responder a la solicitud con que nos distinguís, voy a permitirme contestar a los primeros párrafos de vuestra carta que sólo a mí afectan.

Ese con que me habéis honrado es un nuevo motivo de orgullo, de satisfacción y complacencia, porque me prueban que son de tal modo idénticos la manera de pensar y sentir entre ambos, que llega hasta el punto, poco comprensible para la generalidad, de que en el poco tiempo que tengo el placer de tratarla, haya profundizado de tal modo en mi ser que vea en él ese algo que siempre precede al cambio de tratamiento, que como decíais muy bien en cierta ocasión, sólo lo tenía establecido la especie humana.

Y cerrando este paréntesis, voy a daros a conocer los propósitos que nos animan.

El Ateneo Familiar, formado en un momento de entusiasmo, siguió en marcha constante y progresiva, gracias a ese mismo ardor que la juventud tiene para toda clase de empresas en que ha depositado su cariño y que ella misma crea.

Espera poder llevar, dentro de su círculo, la ilustración en general al mayor número, base de todos los adelantos que en el mundo se operan; tiene como uno de los más legítimos triunfos el haber admitido con los mismos derechos que al hombre a la mujer, para conseguir poco a poco la conquista, porque verdadera conquista es hoy y más en nuestra patria, la de atraer al eterno femenino a un  mundo más amplio y real del que se mueve, sacándolo de ese estrecho círculo de casa paterna, hogar e iglesia y lanzándolo en el torbellino grande y sano de la humanidad, para que piense con ella, sienta sus dolores y trate de remediarlos.

Quiere coadyuvar en lo que quepa al movimiento científico que se opera en estos momentos; en el orden científico intenta  afinar el sentimiento estético; en el filosófico, prestar su apoyo a lo que sea más verdadero; en el político trabajar porque se establezca aquel régimen bajo el cual la igualdad de hecho ante la ley, la libertad y la fraternidad constituyan sus más firmes bases; en suma, procurando realizar el fin humano que a la agrupación lo mismo que al hombre cabe y que vos sintetizáis en las palabras libertad y trabajo, sabiduría y virtud.

Yo os prometo, por otra parte, que vuestro nombre irá grabado en el corazón de todos los que forman hoy este Ateneo, que él se repetirá de unos en otros cual reliquia preciada en donde se encuentren condensadas todas sus alegrías y todas sus tristezas porque pase durante su vida; que un sentimiento de gratitud, cada vez más profundo, irá arraigándose allá en nuestra conciencia hacia el ser valerosísimo, hacia la mujer incomparable, que dando un pasmoso ejemplo de caridad, puesto que caridad es ir estrechando las relaciones entre los hombres —corolario de todas las doctrinas que predica— y difundiendo, por el sólo motivo de hacer bien, aquellos ideales que considera como del desideratum de lo que en mucho tiempo puede desear la humanidad; a la vez que sufre grandemente, y que lejos de rendirse en esa lucha desventajosísima y terrible en que se encuentra empeñada, sigue y sigue siempre con un ardor y una energía propia de apóstoles que tratan de implantar en la humanidad nuevos ideales, al mismo tiempo que de hacer la selección de los antiguos, dejando sólo aquello que es bueno,  bello o verdadero bajo uno de los múltiples aspectos que contengan; que muestran el camino, que indican el método que la juventud debe seguir si quiere hacerse digna, no sólo de las grandes ideas que está llamada a defender y propagar, sino también de aquellos que nos han precedido en esa lucha, de los que nos han conducido al estado en que nos encontramos.

Y si todos estos cargos y condiciones os caracterizan, ¿cuál no será la memoria imperecedera que nuestra insignificante sociedad guardará por haberla con generosa protección cobijado bajo su ilustre nombre, por habernos sacado del modesto círculo en que nos encontrábamos al más ancho en que hoy nos movemos, por habernos puesto en condiciones de que nuestros deseos manifestados hoy tengan solución práctica por los que nos sigan, realizando de este modo lo que para vos pedís en vuestra carta?

Confiad, pues, en que se realizarán todos vuestros deseos, en que tendremos siempre como norma de nuestra conducta vuestro programa y en que siempre se la recordará con gratitud y entusiasmo.

Recibid, señora, el más respetuoso saludo del Ateneo Familiar, en cuyo nombre hablo, y en particular de este vuestro ferviente admirador q.s.p.b. Carlos Lamo Jiménez.

Madrid, 1º de abril de 1888

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 15-4-1888

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73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

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76. A Pilar Sinués le resulta antipática

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Septiembre 2010

Pilar Sinués de Marco (Zaragoza, 1835- Madrid, 1893) es una de las escritoras más conocidas de la época isabelina, no tanto por sus novelas (Rosa, escrita con tan sólo 16 años,  Mis vigilias…) o  sus cuentos morales (La ley de Dios, La ley de la lámpara…), como  por su actividad periodística que llega a su apogeo con la fundación de El Ángel del hogar, revista que dirigirá desde 1864 a 1869.

Aunque algunos investigadores han encontrado ciertas similitudes entre Pilar Sinués y Rosario de Acuña,   hasta el punto de integrarlas en un mismo grupo o «generación» junto a Ángela Grassi, Faustina Sáez o Concepción Gimeno (véase Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) de Íñigo Sánchez Lama), creo que tales  semejanzas quedan muy desdibujadas a partir de la segunda mitad de los ochenta, cuando doña Rosario decide renunciar a las mieles literarias para convertirse en una activa propagandista del librepensamiento. A partir de ese momento, las diferencias entre ambas se hacen bien evidentes. Sirva como prueba la opinión que a Pilar Sinúes le merece la trayectoria de su colega momentos después del estreno  de El padre Juan:

«La señora doña Rosario de Acuña, que ha dado gallardas muestras de su talento en su magnífico drama Rienzi el tribuno, en sus artículos En el campo y en otros varios trabajos, demuestra hace años un extravío mental originado sin duda por las ideas libre pensadoras que en hora fatal para ella han penetrado en su cerebro: es asidua colaboradora del periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, cuyas páginas apenas lee nadie: es el peor camino que esta señora, de indiscutible talento,  pudiera elegir para andar decorosamente en el mundo literario, penosísimo siempre para la mujer: ésta puede ser libre-pensadora, porque nadie ha puesto límites al pensamiento, pero no puede ser libre-escritora ni aun libre-habladora, a no ser que quiera exponerse a las censuras de toda una sociedad, que estará constituida falsa e hipócritamente, pero que exige en absoluto a la mujer la apariencia siquiera de su primera y más encantadora virtud: la modestia.

Es siempre antipática la mujer irreligiosa, la que descuida sus virtudes de cristiana, pero la que hace alarde de despreciarlas sale de su esfera y queda aislada en medio  de la sociedad que la rodea y que le vuelve la espalda con horror.

¡Que lástima que una inteligencia tan hermosa se haya extraviado así!, ¡qué bellas y buenas obras  podía haber producido!, ¡cuánto bien para su sexo deja de hacer!

Confiamos en que un día se apartará de vanas utopías que sólo dejan vacío y desolación en el alma; todo un Voltaire ¿no dijo antes de morir que “si no hubiera Dios debería inventarse”?

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 20-6-1891

(Copiado de un periódico de La Habana donde fue publicado el 28 de abril)

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63. La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Junio 2010

La del  19 de abril de 1884 es una fecha señalada en la historia del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid: ese sábado su tribuna será ocupada por una mujer, la primera en los casi cuarenta años transcurridos desde que Ángel de Saavedra (Duque de Rivas), Salustiano Olózaga, Mesonero Romanos, Alcalá Galiano, Juan Miguel de los Ríos, Francisco Fabra y Francisco López Olavarrieta aprovecharan los nuevos aires de libertad que se respiraban en España tras la muerte de Fernando VII para abrir sus puertas.

El hecho constituyó toda una sorpresa para la mayoría de los socios, lo cual no es de extrañar pues si leemos los discursos pronunciados con motivo  de la inauguración del curso 1884 no encontramos pista alguna que pudiera llevarnos a la sospecha de que la Junta directiva de la institución tuviera en mente tal posibilidad. Si, por ejemplo, nos fijamos en el pronunciado el 31 de enero por Antonio Cánovas del Castillo, a la sazón presidente del Ateneo,  no encontramos otra alusión a las mujeres que las que utiliza para referirse a la «ordinaria liviandad de sus mujeres» (refiriéndose al teatro de Tirso) o a las «mujeres fáciles», en este caso de Quevedo.

Sin embargo, tal y como de forma más o menos discreta anuncian los periódicos,  «la eminente poetisa doña Rosario de Acuña de Laiglesia dará lectura a su último poema Sentir y pensar». La cita será a las ocho y media de la noche del día citado, y —a juzgar por los comentarios que recogerán  periódicos y revistas— la velada no dejó a nadie indiferente.

Josefa Pujol, corresponsal en Madrid de la revista La Ilustración de la Mujer que se edita en Barcelona, saludaba alborozada la llegada de la mujer a tan ilustre tribuna:

Nunca con mayor gusto que hoy corre la pluma sobre el papel para consignar un nuevo e importantísimo triunfo femenino.

Rosario [de] Acuña, la ilustre autora de Rienzi el tribuno,  sobreponiéndose a rancias preocupaciones, arrostrando las prevenciones de unos cuantos y confiando en la imparcialidad y justo criterio de muchos, ha ocupado la cátedra del primerAteneo español.

Y debemos confesar que la denodada dama e inspirada poetisa ha dejado bien sentado el pabellón femenino en nuestra primera corporación literaria.

Otros, por el contario, ven en aquella irrupción de la mujer en la tribuna del Ateneo un síntoma de la desnaturalización de la entidad. Basta leer, como ejemplo, lo publicado en las páginas de El Globo

«Gran concurrencia de socios y de señoras invitadas, notábase anoche en el Ateneo.

¿Qué ocurría?

Una novedad. Iba a leer una señora, cuyo mérito literario es generalmente reconocido.

El Ateneo abrió hace tiempo sus puertas a la ilustración y, ¿por qué no decirlo?, a la curiosidad del sexo femenino.

Ya en el local antiguo, durante la inolvidable presidencia del señor Moreno Neto, se concedió libre acceso en las noches de conferencia y de lecturas poéticas, a las alumnas y profesoras de la Escuela Normal de Maestras y más establecimientos dedicados a la instrucción del sexo femenino.

Y una vez dado el primer paso, era natural que en el Ateneo nuevo se prosiguiese la reforma con toda la amplitud facilitada por la mayor belleza del local y la construcción de tribunas propias para el caso.

Pero hasta anoche las señoras no habían pasado de ser, en calidad de espectadoras, un hermoso ornamento de la sala de sesiones.

Estaba reservada para la inspirada poetisa doña Rosario de Acuña de la Iglesia [sic], el acto de ser la primera dama que subiese a la tribuna del Ateneo y se hiciese admirar de la numerosa concurrencia con los partos… (tratándose de una señora quizá convenga no usar este sustantivo), con las producciones de su ingenio.

Y en verdad que la distinguida señora inauguró con notable éxito las lecturas del sexo femenino.

Convendrá, sin embargo, que el Ateneo use con alguna parcidad de esta atención galante en pro de las señoras.

Si ha de suceder que durante la presidencia del señor Cánovas del Castillo sea el Ateneo un lugar de amenidad y reunión placentera, a estilo de tertulia particular o soirée fashionable, no sería malo convertir el elegante salón de sesiones en sala de baile, y departir allí amigablemente, al compás de un aristocrático rigodón, sobre las excelencias del arte moderno y la mayor o menor importancia de la ciencia novísima.

Es opinión particular de algunos socios antiguos que el Ateneo se va desnaturalizando de día en día. Pase que como excepción se admita de vez en cuando la lectura de alguna mujer notable por sus trabajos en literatura. »

A lo que parece el peso específico de esos «socios antiguos» fue determinante para que debiera de pasar un tiempo hasta que Emilia Pardo-Bazán ocupara de nuevo la tribuna de tan «docta institución». La decisión debió de tomarse el mismo día en el que Rosario de Acuña recitara en el Ateneo el soneto  En la escalera de mi casa. Al menos eso es lo que puede deducirse de lo publicado en las páginas de El Imparcial:

 «No es probable, según nuestras noticias, que se repitan las lecturas por señoras. La de anteayer fue una excepción justificada por las condiciones y antecedentes de Rosario [de] Acuña. Se comprende esto muy bien. Por este camino, el bello sexo invadiría, de hecho, el Ateneo, a pesar del reglamento y de la oposición del elemento antiguo, que no podía, ni soñar, en la casa vieja de la calle de la Montera, con solemnidades como la de anoche, consagradas por completo a la más hermosa mitad del género humano

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61. Poeta o poetisa

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Mayo 2010

Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra joven poeta comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita; tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice que ya llevaba dieciocho haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta» (Ecos del alma, VI). La aprobación de los más próximos debió de estimular su largo aprendizaje que, al fin, dio sus primeros frutos con la publicación del poema En las orillas del mar, una extensa composición dividida en seis cantos que agrupan 92 estrofas con variada rima, pues si bien predominan los serventesios, tampoco faltan los quintetos, las quintillas y las octavas reales. La composición publicada en La Ilustración Española y Americana el 22 de junio de 1874, debió contar con el aprecio y la estima de sus lectores, pues en 1876 no duda en incluirla en el poemario Ecos del Alma y en publicarla, ese mismo año, en un volumen independiente que será reeditado hasta en cuatro ocasiones en los años siguientes. La experiencia, por tanto, resultó favorable y ello parece abrirle las puertas de imprentas y redacciones. De tal forma que pocas semanas después sus versos vuelven a ocupar las páginas de un periódico: El Imparcial publica en su edición del 20 de julio «A la muerte», una oda que, según propia confesión, estaba inspirada en las reflexiones surgidas ante la contemplación de un cadáver. Cualquier acontecimiento es ocasión propicia para que la pluma de la joven poeta se afane en transcribir al papel sensaciones y sentimientos. Su oda «A la memoria de Fortuny», publicada el 23 de diciembre de 1874 en La Iberia despide con enfática admiración al pintor reusense, fallecido en Roma el mes anterior: «¡Alcázar de la luz, patria del genio/ inmensa eternidad que en pabellones/ el porvenir ocultas de la vida/ entre la gasa azul de tus festones!…» En el verano siguiente, sus versos vuelven a aparecer: lo hacen el 31 de agosto en honor de Francisco Delgado Jugo, un afamado oftalmólogo de origen venezolano que se había ocupado de su enfermedad ocular en los pasados años («…Ya que libre te ves, y el pensamiento/ puede bajar al mundo donde vivo,/ deja un instante la mansión del alma,/ y entre una triste lágrima de pena / recoge aquesta palma/ que el corazón te envía;/ que gracias a tu ciencia/ gozan mis ojos de la luz del día.»).

Al principio fue, en efecto, la poesía; incluso cuando escribía de seguido hasta terminar los renglones, pues poesía había en aquel escrito fechado en 1870 con el título «Una lágrima» que fue publicado años más tarde en La Siesta, un volumen con sus primeros artículos; o en los que publicó en el semanario La Mesa Revuelta en el verano del setenta y cinco acerca de las tierras andaluzas («Correspondencia de Andalucía») o las gentes venecianas (el ya citado «Una ramilletera en Venecia»); o, incluso, en aquellas siete páginas que, dedicadas a la reina Isabel II que pasaba sus días en el exilio parisino, publicó en Bayona en 1873. Pero no fue la prosa, la poética prosa de la joven Rosario, la que le daría la entrada oficial en el parnaso madrileño. Ni siquiera aquella lírica femenina de sus primeros poemas. No; será con el verso grave y viril de un drama trágico con el que reciba el reconocimiento del público y la crítica capitalina. Su primer gran éxito: Rienzi el tribuno.

El empresario del teatro del Circo había hecho muy bien su trabajo y el sábado 12 de febrero el teatro se hallaba lleno al completo. Entre los asistentes se rumorea que la autoría de aquel drama se debe a la mano de una joven poetisa, lo que aumenta la expectación. Al finalizar el primer acto, el público «seducido por los pensamientos, que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor», según cuenta el poeta Ramón de la Huerta Posada, presente allí. Ante la insistencia mostrada por los espectadores, el actor Rafael Calvo tuvo que rogarles que fueran un poco pacientes, que aguardasen hasta el final de la obra. Sin embargo, concluido el segundo acto la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena al joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes. La cosa no acabó ahí, pues, según cuentan las crónicas, el tercer acto transcurrió entre una sucesión interminable de aplausos. Al final, una noche gloriosa que tendrá su continuidad en los siguientes días en los cuales la prensa, entre loas y alabanzas a la autora del drama, viene a coincidir a la hora de resaltar el carácter viril que Rosario, la señorita de Acuña, ha impregnado a los versos de aquel drama, muy lejos de la delicadeza y el lirismo que son atribuidos a las mujeres. Las críticas ensalzan a la joven autora, «poeta de gran aliento, de rica fantasía y alto vuelo», a la actriz Elisa Boldún, al actor Rafael Calvo y a la empresa del teatro «por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda» (IMP, 13-2-1876).

La crítica del estreno que aparece al día siguiente en El Imparcial resalta la excepcional acogida que tuvo la obra por parte de los asistentes, entre los que se encontraban gran número de autores dramáticos y literatos que «acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña». El crítico utiliza diversas expresiones para marcar diferencias con otros versos y con otras escritoras. Habla así de «versificación verdaderamente viril», de la «profunda intención de los sentimientos» y los «pensamientos siempre levantados y generosos», obra de una «verdadera poetisa» que «revela condiciones excepcionales para la escena dramática» y que recuerda la fuerza de la Avellaneda. Una semana más tarde, recibe por el crítico de La Época elogios similares. Se alaba de nuevo el vigor de los versos y de nuevo también se evoca a Gertrudis Gómez de Avellaneda como referente de la nueva dramaturga.

¿Dónde reside la clave de tan rara unanimidad?, ¿dónde se encuentran los méritos de esta primera obra dramática?, ¿cuáles son las virtudes de esta joven escritora? Después de haber leído con detenimiento los comentarios de estos afamados críticos literarios, creo que el éxito alcanzado por Rienzi se debe fundamentalmente a la sorpresa, al desconcierto producido al conocerse que aquel texto había sido escrito por una mujer que, además, era muy joven. Las críticas coinciden a la hora de atribuir a los versos de aquel drama una fuerza y un vigor que solo pueden ser obra de la recia pluma de un hombre curtido en las mil peripecias de la ruda realidad. Sin embargo, aquellas rimas vigorosas, enérgicas, que enaltecen el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad son obra de una joven mujer. El crítico de La Ilustración lo refleja con gran nitidez: los afectos que entretejen aquella obra «no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo». No; allí hay «palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril». He ahí la sorpresa; he ahí la chispa que enciende el espontáneo elogio de los espectadores: ante ellos se presenta una jovencita que no parece contentarse con el estrecho reducto de intimismo lírico que la sociedad ha asignado a las poetisas. En vez de encerrarse en el entorno doméstico para pintar con tiernos versos las bellas canciones de amor que solo la sensible alma femenina es capaz de entonar, aquella mujer se atreve a contar con pasión encendida asuntos de honor, de patriotismo, de libertad… tan alejados del papel que aquella sociedad burguesa ha asignado al ángel del hogar.

El reto parece que ha tenido un resultado feliz. Rosario de Acuña y Villanueva será desde entonces «la autora de Rienzi»; una de las escasas poetas del panorama literario español, abandonando, de esta forma, el grupo de las poetisas, que desde el apogeo del Romanticismo ha seguido nutriéndose de nuevas componentes. La diferenciación no parece que sea entonces nada sutil, sino sustancial, a juzgar por el escrito que sobre tal distinción realiza Manuel de la Revilla, por entonces catedrático de Literatura en la Universidad Central, además de escritor y uno de los más influyentes críticos del momento. En su sección habitual del número de Revista Contemporánea que ve la luz el 15 de julio de 1876, coincidiendo con la aparición de Ecos del alma, un volumen de poesías que Rosario de Acuña publica tras el estreno exitoso de Rienzi, se detiene precisamente en explicar la diferencia entre ambos términos. Nada más comenzar la reseña, lo primero que comenta es que a los versos les falta entusiasmo, no tienen el genio vigoroso y la pasión impetuosa que sí están presentes en el drama: «Rosario, poeta en su drama, es poetisa en sus obras líricas». Y abundando en la diferencia, señala: «Aquel drama parecía de un hombre, estas poesías se parecen a las de todas las mujeres». Ahí está la clave; ahí el por qué de ese empeño de los críticos en hablar de «versos vigorosos» al referirse a los de Rienzi. Diferencian, pues, muy bien entre unas y otras; entre las escritoras que son poetas y las que son poetisas.

Y a la joven señorita de Acuña parece gustarle que la incluyan entre las primeras y así lo hace saber en la poesía titulada «¡Poetisa…!» que, paradójicamente, incluye al comienzo de Ecos del alma:

Si han de ponerme nombre tan feo,

todos mis versos he de romper;

no me cuadra

tal palabra;

no la quiero;

yo prefiero

que a mi acento

lleve el viento

y cual sombra

que se aleja

y no deja

ni señal,

a mi canto,

que es mi llanto,

arrebate el vendaval.

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54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Abril 2010

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta  o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva,  Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo-Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

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48. El Centro Municipal Rosario de Acuña de Pinto

Publicado por Macrino Fernández Riera el 9 Marzo 2010

 El pasado mes de junio, la Concejalía de Bienestar Social, Igualdad y Mayores del Ayuntamiento de Pinto abrió un proceso de votación para decidir el nombre del nuevo centro de la Mujer. Se invitó a participar en la consulta a todos los vecinos de la localidad y se les dio a  elegir entre cuatro mujeres ejemplares: Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Rosario de Acuña y Clara Campoamor.

(Pinto. Información y ocio, nº 143, junio 2009)

Los pinteños pudieron  votar de dos maneras distintas: bien en las propias dependencias de la concejalía, bien a través de la página del Ayuntamiento. En el primer caso se obtuvo el siguiente resultado: Rosario de Acuña (36,87%), Clara Campoamor (35,75%), Concepción Arenal (13,96%), y Emilia Pardo Bazán (13,40%). En el segundo, los votantes se inclinaron mayoritariamente por el nombre de Rosario de Acuña,  que obtuvo más del 72 % de los votos.

El resultado de la votación viene a poner de manifiesto el cariño con que los habitantes de Pinto recuerdan a quien durante  más de una década fuera una de sus vecinas más ejemplares: una de las calles del municipio lleva su nombre; el Pleno ha aprobado mociones para rescatar su figura y en varias ocasiones la Semana de la Mujer contó con diversos actos en los cuales ella fue protagonista destacada.

El nuevo centro ha sido inaugurado el pasado día 6 por el alcalde de Pinto, Juan José Martín, la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, la portavoz del PSOE en la Asamblea de Madrid, miembros de la Corporación pinteña y representantes comarcales de UGT y CCOO.

El Centro Municipal Rosario de Acuña será un centro que prestará una completa atención a las mujeres de Pinto, pues, además de ofrecer información y asesoramiento, acogerá el Punto Municipal del Observatorio Regional contra la Violencia de Género y el Punto de Encuentro Familiar.

Gracias a la existencia de este Centro,  las mujeres de Pinto recuperarán para sí el testimonio de quien hace más de cien años luchó para que, al fin, alumbrara la «hora de la emancipación.»  Por méritos propios y por la decidida voluntad de sus habitantes, desde el pasado día 6 del presente mes de marzo la autora  de   «A las mujeres del siglo XIX» (1887), «La ramera» (1887),«Consecuencias de la degeneración femenina»(1888) o «Los convencionalismos» (1888) se ha convertido en el estandarte que enarbolan las pinteñas en pos de una sociedad más igualitaria.

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47. «La hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 27 Febrero 2010

Dejando al margen, que ya es  dejar,  las penalidades padecidas por  la conjuntivitis escrofulosa, bien podríamos afirmar, a la luz de sus escritos, que tanto la infancia como la mocedad de Rosario de Acuña transcurrieron por   gozosa y feliz senda. Visto desde fuera del escenario, el de 1876 fue un año para remarcar: la crítica y el público se deshacen en elogios tras el estreno de Rienzi el tribuno;  animada por el éxtio cosechado por su primer drama, publica el poemario Ecos del alma;  se casa con un joven oficial del que, según se dice, está muy enamorada… El país del sol está radiante… La ópera, el teatro, los viajes, Andalucía… La católica, burguesa y monárquica Rosario de Acuña y Villanueva, convertida en señora de Laiglesia, parte ilusionada hacia Zaragoza…

No sabemos con mucho detalle lo que suceció durante los tres años y medio que pasó en tierras aragonesas, pero lo cierto es que a principios de 1880 el matrimonio regresa a Madrid, y nuestra protagonista parece que lo hace con otra mirada. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades: la patria, su querida patria, necesita una cura… No, España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con ellos en el objetivo, pero difiere en quién ha de ser protagonista del cambio. En su opinión, todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier cambio es imposible.

Desde entonces, mediados de los ochenta, y hasta el mismo momento de su muerte, las mujeres se convertirán en las principales destinatarias de sus propuestas para regenerar la patria; junto a ellas, sus hermanas, caminará en busca de esa sociedad justa, regida por la VERDAD que, diez o veinte generaciones más adelante, habrá de alumbrar el porvenir.

No son pocos los escritos en los que Rosario de Acuña analiza la situación de la mujer, en los que anima a sus hermanas a estudiar, a trabajar o a empezar una lucha -que ella imagina durará varias generaciones- para conseguir que, al fin, la mitad de la humanidad camine al lado de la otra mitad por la senda del progreso en busca de la Verdad.

He aquí una pequeña muestra, unos párrafos del artículo A las mujeres del siglo XIX, publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento en diciembre de 1887:
«El catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a la mujer como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aún a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He ahí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre… Carga de los padres en su juventud, procuran hacerla antes bella que útil, antes sagaz que digna, antes vanidosa que honrada, antes sensual que inteligente, antes mercadera que trabajadora, viniendo a colocarla en las contrataciones sociales como deleite impuro de los sentidos, no como chispa luminosa de las inspiraciones. La sociedad la compra por su carne, o por su oro, y la esposa se levanta en un hogar maldito, de donde el amor avergonzado huyó al entrar en el la lubricidad o la avaricia; y la esposa, en el mundo católico, lleva durante su vida entera dos cadenas anudadas a la garganta: una, la del desprecio, cuando no la del odio de su marido; la otra, la de los vicios, que haciendo presa en ella, por una debilidad impuesta desde su misma cuna con una educación infame, se la enroscan en el seno, hasta dejarla sin piedad y sin conciencia: las dos más altas prerrogativas del alma humana. Y sin conciencia y sin piedad, ¡cómo ha de existir la madre! Peor que la de las fieras, pierde, con frecuencia, hasta el instinto heredado de la animalidad, que obliga a amar a los hijos más que a la propia vida, y la madre católica se alza en todo su esplendor, separando el corazón de los hijos del corazón del padre, y sosteniendo en lo más íntimo del hogar, con la tenacidad propia de una ignorancia completa, la horrible tea de la discordia, al colocar entre ella, su marido y sus hijos, esa máscara, llena de perdones, y aún de alegrías, para las más repugnantes faltas, con tal de hacer de tercera en la sublime asociación matrimonial, adonde la mujer lleva el último germen de disolución, al llevar, con vanidades de arrepentida, las absoluciones del confesionario. Y habiendo sido de virgen fatua, necia e inútil, y de esposa esclava numerada, señuelo de ambiciones, juguete de libertinos y cómplice de errores; y de madre núcleo de antipatías, semillero de rencillas y potencia de enemistades, llega a la edad más noble de la vida, cuando todas las décadas de los pasados años deberían asegurarla, con sus recuerdos, el haber sido útil, precisa y amada, como cumplía a su destino de mitad humana, y se encuentra con que sólo por excepción ha sido semejante del hombre; y que al principio, buscada por lujuria, vanidad o interés, más tarde sufrida por lástima o por cálculo, y por último, respetada por rutina o por ocasión, ha consumido su existencia toda sin llevar al engrandecimiento de la especie un átomo siquiera de trabajo fertilizante; antes bien, sirviendo de rémora incansable a la gran nave humana, que marcha sobre el océano de los siglos, con rumbo hacia Dios por la ruta de las perfecciones…¡He aquí la mujer en el seno del catolicismo!»

«…el dogma, la esencia, el alma de la libertad, lleva en su primer capítulo la consideración de la mujer como un semejante del hombre. A la doncella le dice: «No te vendas ni por oro, ni por hambre, ni por vanidad, ni por miedo, ni por holgazanería; debes darte por amor. La humanidad tiene el derecho a tu trabajo y el deber de remunerártelo. El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! Tu misión es paralela a la del hombre: entre los dos tenéis que mejorar la especie, y tan necesario es que tu cerebro piense como que  sienta el corazón masculino; la vida es una, repartida en los dos sexos, y jamás nacerá el hombre en el apogeo intelectual, sin que su mitad, que es la madre, con cuya sangre (como medio insustituible) se desarrolla, hasta llegar a ser humano el embrión de la vida orgánica, ofrezca el mayor cúmulo de perfecciones. Tienes, pues, igual sitio en las sociedades, que mal que les pese, tendrán que otorgártelo de derecho, en cuanto pongan de acuerdo sus leyes con las de la Naturaleza. Hija, no se te educará para una venta infame, sino para una existencia independiente. Esposa, serás considerada como mitad del hombre, y vuestros juramentos, tomados con igual seriedad por ambas partes, serán tenidos por valederos en el uno y en el otro, y el castigo del perjuro caerá igualmente sobre las dos cabezas. Madre, no abarcarás más fin que el mayor bien de tus hijos, y, como ni te vendiste, ni fuiste humillada, tus hijos ni podrán despreciarte ni compadecerte, viniendo a ser para ellos el tipo sublime de la dignidad femenina; y en el último instante de tu vida, dirás al morir: “Serví a la humanidad; le di primero mi trabajo y mi inspiración, después mi amor y mis hijos, por último mi inteligencia; he contribuido al glorioso triunfo de la vida sobre el planeta”»

«… protestad del pasado; del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, «vaso de inmundicias»; «escorpión de cien cabezas»; «el mayor de todos los demonios», y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados «santos padres del catolicismo»; acordaos de que hubo un concilio de eminencias de la secta, en el que, sólo por tres votos, se aprobó que el alma de la mujer era superior a la del animal, y mandad a Roma vuestra protesta. […] Algunas de vosotras, las que en repetidas ocasiones me habéis preguntado «¿Qué tenemos que hacer para llegar al vencimiento?», he aquí mi contestación: «Unirnos hoy alrededor de Las Dominicales, mañana en donde luzca a mayor altura y con mayor viveza el ideal que nos lleve a la dignificación; unirnos, y llevar a la práctica nuestra creencia. ¿Cómo?, me diréis… ¡Ay, hermanas mías! Nosotras, nuestras hijas y nuestras nietas morirán siervas; y es en vano que el alma suba, y el entendimiento crezca, y la voluntad se acrisole, y el corazón se abnegue, antes de que el astro de la nueva era comience a lucir en el rosado oriente, el sudario de la tierra envolverá con sus pliegues sombríos los despojos de nuestros huesos. ¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos! ¡Todas las amarguras, y las humillaciones, y los trabajos, y las penas, y los sacrificios, y las anulaciones, son nuestras; y todas las felicidades, y las grandezas, y los descansos, y las satisfacciones, y las glorias, y las dignidades, serán de nuestras nietas; alejad de vosotras la más efímera y leve idea de triunfo que os seduzca con sus espejismos de dicha. Esta hora nuestra es la hora del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación.»

Si quieres leer algún otro de sus escritos que tienen a la mujer por protagonista, te propongo algunos más:

La ramera (1887)

Consecuencias de la degeneración femenina (1888)

Los convencionalismos (1888)

La casa de muñecas (1888)

La jarca de la Universidad (1911)

Si todavía no tienes suficiente, puedes consultar el capítulo «Las mujeres: sus hermanas» y estos otros  textos suyos: Algo sobre la mujer (uno de sus primeros artículos sobre el tema), Carta abierta. A la señorita María Oliva Riestra Rubiera, ¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!

 

 

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44. «Memoria del olvido», por Félix Población

Publicado por Macrino Fernández Riera el 14 Febrero 2010

FÉLIX POBLACIÓN

Escritor y periodista

Se presentaron en Madrid las Obras reunidas de Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923), un acto que apenas tuvo repercusión pública, como si el olvido que por circunstancias históricas pesó tanto tiempo sobre la escritora hubiese alcanzado también al evento que culminaba la edición de sus escritos, iniciada en 2007.

Fue ese año, centenario del testamento ológrafo suscrito por Acuña para que sus obras fueran recopiladas y publicadas algún día, cuando bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Gijón y el Instituto Asturiano de la Mujer se inició la publicación (KRK) de los cinco tomos que comprenden esas Obras reunidas, en cuya profusa tarea trabajó el profesor Xose Bolado, autor asimismo de la introducción biográfica que las precede. Acerca de Acuña y su época es muy interesante el libro de reciente aparición de Macrino Fernández Riera: Rosario de Acuña y Villanueva: una heterodoxa en la España del Concordato (Zahorí Ediciones).

Esa heterodoxia se ciñe al año de nacimiento de Acuña en Madrid, uno antes de que el Estado firmara con la Santa Sede el concordato de 1851 –por el cual la religión católica continuaba siendo «la única de la nación española»–, y a la denuncia reiterada que la autora hizo del clero por su represivo control sobre la conciencia de las mujeres: «La doctrina, la esencia, el alma católica –decía Acuña– , nos lleva a ser un montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. He aquí el destino de la mujer católica. Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre».

Para llegar a esas conclusiones y pasar de escribir folletos dedicados a Isabel II a ingresar en la masonería bajo el nombre simbólico de Hipatia, Acuña va a recorrer la notable distancia que media entre la lírica romántica y moralizante de sus primeras composiciones en La Ilustración Española y Americana –donde el protagonismo femenino se reduce al consabido papel de alma del hogar en el entorno doméstico– a sus asiduas colaboraciones en Las Dominicales del Libre Pensamiento a partir de 1884 en pro de la regeneración social de la clase obrera y la conquista de los derechos civiles de la mujer. En la primavera de ese mismo año, cuando su nombre era ya sobradamente conocido como autora de un drama de mucho éxito titulado Rienzi el tribuno, Rosario de Acuña sube a la tribuna del Ateneo de Madrid para dar un recital poético. Es la primera vez que una mujer lo hace en la historia de la docta institución.

A partir de su adhesión al librepensamiento, Acuña deja atrás la mentalidad burguesa y liberal en la que se educó durante su niñez y juventud. Sus correligionarios serán tanto los fundadores de Las Dominicales, Ramón Chíes y Fernando Lozano, como los líderes socialistas Virginia González e Isidoro Acevedo. Los artículos, poemas y relatos de la escritora se prodigarán a lo largo de casi medio siglo en la citada y prestigiosa publicación masónica y en otros periódicos socialistas. La entidad literaria de esos escritos, así como la pujanza de sus ideas renovadoras, harán que un eminente periodista, Roberto Castrovido, proponga y defienda públicamente la candidatura de Rosario de Acuña a la Real Academia de la Lengua un siglo antes de que a esa institución accediera la primera mujer (Carmen Conde) en 1978. Según señalaba a comienzos del siglo XX el director del extinto diario republicano El País, la «poetisa, autora de dramas y escritora de grande bríos» podía compararse al regeneracionista Joaquín Costa.

Después de su temprana separación matrimonial y luego de haber residido en Pinto (Madrid) y Santander, Acuña pasará los últimos años de su vida en Gijón. Fue en esta ciudad donde se inició la recuperación de su memoria, mucho antes de que su obra fuera atrayente objeto de estudio a partir de los años noventa. Durante el franquismo, a finales de los sesenta, el histórico dirigente sindicalista asturiano Amaro del Rosal, que había tenido la oportunidad de conocer a la escritora, se interesó desde México por recuperar epistolarmente documentos y artículos de Acuña. Supe así, gracias a mis vínculos familiares con Amaro, [véase el artículo El impulso que vino de México, publicado en esta bitácora semanas atrás] que Rosario Acuña era algo más que un nombre con el que se identifica en Gijón el solitario paraje junto al mar donde la nombrada tuvo su modesta casa, por entonces todavía visible sobre el promontorio de El Cervigón, y de cuya inquilina nada sabíamos los escolares criados en el nacional-catolicismo.

Amaro del Rosal comparaba la figura de Acuña con la de la revolucionaria francesa Flora Tristán. Como ella, estuvo en la vanguardia de la lucha social y fue además en nuestro país una pionera en reivindicar con energía la emancipación de la mujer. Por eso fue recordada durante la Segunda Republica y por eso también pasó a formar parte del silencio y olvido con que el franquismo pretendió enterrar la significación de su nombre.

Cuenta Fernández Riera que durante muchos años, los días 6 de mayo y 1 de noviembre, había rosas rojas sobre la tumba de Acuña en el cementerio civil de Gijón. Las fechas se corresponden con el día de la muerte y el nacimiento de la escritora, y quien hacía la ofrenda, Aquilina Rodríguez Arbesú, había sido una gran amiga y admiradora suya, depositaria asimismo de su testamento ológrafo. Amaro del Rosal contactó con ella por carta desde el exilio para que «el ideario de libertad, justicia y humanismo, las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida, fuera conocido por la juventud de hoy que tanto lo necesita».

Cuarenta años después nos llegan por fin esas palabras en los cinco tomos de sus Obras reunidas para que de verdad las sigamos necesitando y cultivando.

( Público, Madrid, 14-2-2010)
Nota. Se han incluido algunos enlaces  para completar la información facilitada en el artículo

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36. Proxeneta roja, engendro sáfico, harpía laica…

Publicado por Macrino Fernández Riera el 31 Diciembre 2009

La publicación en  el diario El Progreso de «La jarca de la universidad», artículo que Rosario de Acuña había enviado a su amigo Luis Bonafoux, director por entonces de El Internacional, periódico en español que se editaba en París,  provocó una airada reacción de los universitarios españoles: huelgas, manifestaciones, denuncias… y artículos de protesta como el que sigue, escrito por Ernesto Homs, estudiante de Derecho y colaborador del semanario Cataluña. No tiene desperdicio:  «proxeneta roja», «engendro sáfico», «histérica», «alcohólica», «cretina», «degenerada», «hiena de putrefacciones», «harpía laica», «chantajista de sufragio universal»…

Los estudiantes y la Rosario…

«Estaba por llamarla chula. Pero…no. No quiero empañar el prestigio de españolismo, el colorido de raza de las ilustres nietas de aquellas eminentes bravías que hicieron palpitar la época de Goya y Lucientes en la más intensa de las exaltaciones. No quiero que la figura resuelta de la chulapa que peina su cabellera en dos bandós ungidos y cobija su busto de hembra fuerte en el pañolón de flecos y calza su pie menudo con mimo, con pulcritud, sirva de parangón para lo que motiva estas líneas. La llamaré otra cosa…

Una chulapa, sea de la condición que sea y sea en la fase de su vida que se quiera, puede ser muy bravía, pero, esencialmente es honrada, es noble. Una chulapa denuesta a quien la ofende, a quien la zahiere, a quien la desengaña, pero no hace extensiva su malquerencia a quienes son ajenos al suceso e inocentes de la ofensa que puede exasperarla, especialmente si de mujeres se trata, porque ante todo y sobre todo, es una devota de su sexo. Una chulapa, sea cual fuere la adversidad que la obceque, usa un lenguaje viril, contundente, pero nunca recurre al de aquellas que viven de la mancebía, bien como propietarias, bien como favoritas, bien como simples esclavas de prostíbulo. Una chulapa se cuida de sus defectos y de sus ventajas y no lleva estadística de las ilicitudes sociales, porque sería incompatible con su independencia fundamental ese chismorreo de fámula despechada, de cocinera de sisa, de comadre, de tasca y de buñolería. Una chulapa no se preocupa por esas escenas de adulterio de folletín en que casi siempre una duquesa refinada se deja manosear por su cochero, porque la chulapa supone que esos papeles de duende quedan encomendados a quienes por ello están de sobra cualificados. Una chulapa no se dedica a la investigación venusiana de las afrentas sexuales como base de alguno de sus improperios sino que habla siempre como mujer, como ser débil, a quien pueden torturar todas las pasiones, pero no como barragana hambrienta en trances de lamentar que el macho se acaba, se debilita o no cumple debidamente funcionalismos de erección o demasías de Priapo. Por eso queda sobradamente razonado el que no quiera usar la palabra «chula» para calificar a esa proxeneta roja, a esa amapola de campo común, a ese engendro sáfico que con tanto detalle y tanta obstinación habla de lo epiceno, de lo andrógino.

La llamaremos histérica… Su obsesión principal en rebajar el gráfico de virilidad de la juventud universitaria española hace pensar, con extrañeza, en qué fundará sus dudas acerca de esa masculinidad genital de la adolescencia de hoy.

La llamaremos alcohólica, la llamaremos cretina, irresponsable, la llamaremos degenerada y todo eso nos dará una idea rigurosa de la especialidad a que, dentro del concepto de hembra, pueda pertenecer esa hiena de putrefacciones que todavía se atreve a glorificar el papelucho que pintorreó su fachada tabernaria con semejante libelismo.

¿Qué sabe esa harpía laica lo que son las madres de la clase media española, especialmente? ¿Qué sabe de sus sacrificios, erróneos o acerados, pero sacrificios alfil, para cuidar debidamente del futuro de sus retoños? ¿Qué sabe esa chantajista de sufragio universal quién fue mi santa madre, ni el grado de destrozo en que su corazón llegó a su último latido siempre por causa nuestra, por su celo, por sus preocupaciones en pro de nuestro bienestar? Y, por ese orden, ¿qué sabe esa trapera de inmundicias de las otras madres de la clase media, como la mía heroínas, como la mía intachables?

Todo lo anterior y mucho más que podría añadir sé fríamente que es para aludir a esa buscona de estercolero social. Lo hago con serenidad, con absoluta conciencia y consciencia, porque yo creo que todas las leyes de la caballerosidad se estrellan y deben estrellarse contra episodios como el presente, sobre todo cuando quien los ocasiona no puede considerarse como la mujer que debe siempre respetarse, sino contra la fiera de quien debemos en todo caso defendernos.

La ofensa que unos escolares más o menos desenfadados hayan podido inferir en las personas de unas simpáticas sacerdotisas académicas debe ser protestada y repelida con toda la masculinidad necesaria. Pero cuiden también de recordar los indignados por ese hecho el compromiso, por ejemplo, en que muchas veces se encuentran las mujeres decentes y acomodadas cuando por esas calles se enfrentan con obreros de toda calaña, imprudentes las más veces, y en todas ellas amargados por esa prosa vividora de los libelos revolucionarios. No olviden que en un pueblo tan democrático como los Estados Unidos existe una ley severísima que castiga las ofensas a la mujer y que esa ley no es de la época constitucional de ese pueblo flamante, sino muy posterior, y eso debido a los excesos agresivos de una muchedumbre que en su inmensa mayoría pertenece a esa clase baja que tan cómodamente exceptúa en su inmundo escrito la pantera jacobina.

Muchos juzgarán imprudente o inoportuno el que, quizás en vía de serenarse el temporal de estos días, haya quien procure que el barómetro baje de nuevo. Sin embargo, como que el suceso presente no es un caso aislado sino efecto de un estado de cosas que ya va resultando demasiado permanente, hay razón de comentario. El hecho actual en el aspecto en que yo lo trato, es un reflejo del matonismo político de que va siendo víctima la mayoría honrada de los españoles en virtud de las complacencias y de las complicidades de unos cuantos fantoches políticos que, usufructuando las ventajas de las instituciones actuales, todavía vacilan en exterminar a reos del calibre de los de Cullera.

El hecho actual no es más que efecto también de que esas hordas, que mejoran las condiciones primitivas y selváticas de los clanes africanos, sienten despecho al ver que no se suman a sus fechorías de enmascarados los que en las aulas buscamos o debemos buscar la solución de problemas múltiples, ya en la esfera jurídica como en la esfera científica. Notan nuestro despego y desdén hacia tanta bellaquería y tanta vulgaridad, que, a la primera ocasión y a pretexto de cualquier incidente minúsculo, arremeten contra nosotros, pero no en nuestra condición de escolares, sino inmiscuyéndose calumniosamente en nuestra esfera privada y en la de nuestros mayores como ocurre en el caso actual. Es una cuestión de táctica que les dará peor resultado que la que hayan podido usar hasta ahora porque la clase escolar honrada, por progresiva que sea, siempre tendrá en cuenta con quien mezcla sus prestigios y al lado de quién debe compartir su intelectualidad y su educación sentimental. No es posible otra cosa y menos aún tratándose de carteristas de la política y de esas eminencias de barracón que, a pesar de la representación pública que quieren ostentar pretenden obtener títulos académicos por el procedimiento del artículo 29…

Por lo anterior no es posible aislar la cuestión de estos días del movimiento político, del desenfreno social que ha de llevarnos, si un remedio enérgico y pronto por parte de todos no lo evita, a las gloriosas jornadas lusitanas que se desarrollan en nuestro mismo territorio geográfico y, tal vez, no más tarde, a una cariñosa intervención extraña. Los sucesos que se desarrollan deben de servir de aviso a los escolares y no escolares para que en la ocasión propicia vayamos todos unidos a dar una batalla de cultura, de prestigio, a fin de cancelar todas las hipotecas de infamia y de deshonra con que los afrancesados y los cosmopolitas del crimen han gravado el buen nombre de España. El medio de dar esa batalla sería el de formar un partido de reintegración nacional, sin que diferencias de momento nos detuvieran, porque hay que calcular que para muchos extranjeros de buena fe y otros de índole perversa no somos los españoles ni monárquicos ni otra cosa, sino un rebaño triste de analfabetos y torturados»

Cataluña, Barcelona, 2-12-1911

 

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31. Tres mujeres a las puertas de la Academia

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Noviembre 2009

La Real Academia Española se fundó en 1713 con la misión  de  «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza», tarea que durante 266 años estuvo reservada exclusivamente a los hombres: hubo que esperar hasta 1979 para escuchar a Carmen Conde Abellán pronunciar el discurso de entrada que la convertiría en la primera académica de número,   la primera mujer  en la   vetusta institución. La de doña Carmen no fue la única candidatura con nombre de mujer que a lo largo de la historia de la docta corporación se debatió  en la tribuna pública. Hubo, al menos, otras tres que, con mayor o menor insistencia, se sometieron a la consideración de los académicos: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo-Bazán de la Rúa y Rosario de Acuña y Villanueva.

Primera tentativa.  Cuando en  1852 muere el  académico Juan Nicasio Gallego, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, Cuba, 1814- Madrid, 1873) cree llegado el momento de presentar su candidatura al sillón que ha quedado vacante. Méritos no le faltan, pues lleva casi veinte años contando con el favor de quienes leen sus versos y novelas  y de los que aplauden  sus románticos dramas (Leoncia, 1840; Alfonso Munio, 1844; El príncipe de Viana, 1844…);  tras el éxito cosechado por su drama Recaredo estrenado en el teatro Español (convirtiéndose en la primera mujer que alcanza tal honor; la segunda será Rosario de Acuña),  otros cinco dramas (Glorias de España, La verdad vence apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo, La hija de las flores) aguardan el momento de encontrarse con el público a lo largo de 1852, el año de su candidatura.

Con este brillante expediente literario como principal argumento, Gertrudis pone en marcha su campaña. Según nos cuenta Carmen Bravo-Villasante  «La Avellanada escribe cartas, solicita el puesto y organiza la defensa de su candidatura, aduciendo todas las razones poderosas que puede esgrimir quien de veras se cree con merecimiento para ocupar el sillón académico»  (Una vida romántica: la Avellaneda, 1986). Su esfuerzo es en vano: su condición de mujer, que no su talento, resultó un obstáculo infranqueable según el testimonio de uno de los académicos que defendieron su candidatura:

Muy señora mía y de todo mi aprecio: Debo a usted contestación a sus dos últimas. No la di antes porque esperé el resultado de nuestra sesión de la Academia, creyendo indudablemente sería otro del que ha sido. El señor Duque de Rivas, Pacheco, Apecechea y yo hicimos lo que pudimos. Nos derribó la mayoría. En mi juicio, casi todos valíamos menos que usted; pero, sin embargo, por la cuestión del sexo (y el talento no debe tenerlo), los partidarios de usted sufrimos todos la pena de no contarla a usted, por ahora, entre nuestros académicos, y para nadie es mayor esa pena que para su apasionado servidor q.s.p.b., El marqués de la Pezuela. Madrid, 12 de febrero de 1853.

Segunda tentativa. En 1889 el nombre de Emilia Pardo-Bazán de la Rúa (La Coruña, 1851- Madrid, 1921) suena entre los candidatos para ocupar un puesto en la Academia. A sus treinta y ocho años, cuenta con una gran reputación como novelista gracias al éxito alcanzado por alguna de sus obras como La tribuna (1883) o  Los pazos de Ulloa (1886).

Las circunstancias son ahora bien diferentes. Si a mediados de siglo la candidatura de Gertrudis fue tema que ocupó a un reducido grupo de españoles, los cuales   se dedicaron a maniobrar  en un sentido o en otro en los cenáculos madrileños,  la posible presencia de una mujer en la Academia adquiere a finales de los ochenta  mayor trascendencia social al contar con el auxilio de la prensa, que utiliza el caso de la española de Cuba para abrir el debate sobre los méritos de la española de Galicia. Además, la de doña Emilia no es la única candidatura que se baraja, pues también se habla de la de Concepción Arenal para la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y la de la duquesa de Alba para la de Historia. Evidentemente, lo que está en el fondo del debate es si las mujeres pueden ser académicas. Pardo-Bazán no rehúye la discusión y en La cuestión académica, artículos a modo de cartas dirigidas a la ya fallecida Gertrudis, en donde:

a) Proclama que el rechazo de la candidatura de Gertrudis obedeció a su condición de mujer, no a escasez de méritos.

b) Repasa las reconocidas cualidades de otras españolas a lo largo de la historia.

c) Señala que mientras en las redacciones y entre los lectores progresa la idea de que en la Academia deben entrar quienes mayores méritos posean con independencia de su sexo, el número de académicos favorables a la entrada de mujeres ha disminuido en relación a los que debatieron el asunto en los cincuenta.

d) Manifiesta que tiene conciencia de su derecho  «a no ser excluida de una distinción literaria como mujer»

A pesar de los argumentos de Pardo-Bazán y de que las circunstancias parecían haber cambiado, el resultado es tan negativo como medio siglo atrás: las puertas de la Academia siguen cerradas para las mujeres. Dos años después, en una carta dirigida a Rafael Altamira, doña Emilia  da por cerrado el tema en cuanto afecta a su persona;  se rinde en lo que a ella respecta, pero se muestra partidaria de continuar la lucha para derribar las barreras que impiden el paso de las mujeres a las academias, razón por la cual avala la candidatura de  Concepción Arenal para la  de  Ciencias Morales y Políticas.

Tercera tentativa.  El 26 de enero de 1917 El Liberal, de Madrid, pone en marcha una curiosa iniciativa: elegir mediante plebiscito popular  los miembros de la Academia, para lo cual invita a sus lectores a enviar a la redacción del periódico «la lista de los 36 escritores, oradores, poetas, dramaturgos y eruditos que, a su entender, deberían formar la Academia Española». Al día siguiente Roberto Castrovido, director de El País, hace pública su lista de académicos en la cual figuran los nombres de cuatro mujeres: Emilia Pardo-Bazán, Blanca de los Ríos («erudito de primer orden, ilustrador de la vida de Tirso de Molina»), Sofía Casanova («literata y, sobre todo, periodista de mérito extraordinario») y Rosario de Acuña y Villanueva («poetisa, autora de dramas y escritora de grandes bríos, algo parecido a D. Joaquín Costa, nada menos»).

La propuesta de Castrovido es apoyada, en lo que toca a doña Rosario, por Ramón Sánchez de Ocaña, director por entonces del  diario gijonés El NoroesteUn día después, la candidata hace pública su posición al respecto, que en nada se parece, por cierto,  a la mantenida años atrás tanto por Gertrudis Gómez de Avellaneda como por Emilia Pardo-Bazán. El título ya nos da una pista acerca del tono empleado por doña Rosario: ¡Yo, en la Academia!

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30. El cerebro de la mujer

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Noviembre 2009


A mediados del siglo XIX las mujeres españolas saben que el hombre ostenta la hegemonía y que ellas tienen asignado un papel secundario en la sociedad, por mucho que quien rija los destinos del país sea una mujer o que los poetas engalanen a sus madres, amantes o  esposas   con guirnaldas de coloristas palabras. Mientras los hombres tienen reservado para sí el espacio público, la vida social, el mundo de los negocios y la política; a la mujer le corresponde el espacio doméstico, el cuidado del hogar,  la atención de los padres, de los hijos y del esposo. No es otro  el destino que le aguarda a Rosario de Acuña y Villanueva  cuando el viernes 1 de noviembre de 1850  ve las primeras luces de la vida.

La firma, meses después de su nacimiento, del Concordato entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas elevará a categoría de ley la interpretación bíblica acerca de la diferenciación de roles entre hombre y mujer, de la que puede ser buen ejemplo este fragmento:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

No obstante, hombres habrá que no se sentirán cómodos teniendo la Biblia como único argumento para justificar sus privilegios. Su mente, abierta e ilustrada, necesita argumentos científicos que vengan a probar la supremacía intelectual del hombre. De ahí que no duden en echar mano  de los estudios  que había realizado el doctor Franz Joseph Gall (1758-1828) que se había dedicado a estudiar la conformación externa del cráneo y las posibles relaciones que ésta pudiera tener en la configuración de las zonas cerebrales y en los procesos mentales por ellas regulados. Una de las conclusiones recogidas en su obra Recherches sur le système nerveux en général, et sur celui du cerveau en particulier (París, 1809), era que el cerebro de la mujer estaba menos desarrollado en su parte antero-posterior que el de su compañero de especie, razón por la cual sus facultades intelectuales eran, por naturaleza, inferiores a las de los hombres.

¿Qué más se podía pedir? La Frenología, la razón científica, daba carta de naturaleza a la situación. El hecho de que no hubiera mujeres en la vida pública obedecía simple y llanamente a que su cerebro estaba menos desarrollado que el del hombre, como bien probaban los voluminosos tratados del doctor Gall.

Frente a la verdad científica, que da carta de naturaleza a la Verdad religiosa, escasas son las mujeres que en España se atreven públicamente a plantear objeciones a la comúnmente aceptada inferioridad de la mujer con respecto al hombre. Ahí están los ejemplos de Inés Joyes y Blake y de Josefa Amar y Borbón, a finales del XVIII; o los de Carolina Coronado y Concepción Arenal en la segunda mitad del XIX.

Rosario de Acuña y Villanueva, que tuvo la suerte de contar con una inusual formación en todo lo relacionado con las Ciencias Naturales, dedicó un tiempo a estudiar los argumentos frenológicos:   en una carta  publicada el 5 de octubre de 1886 en el diario madrileño El Resumen afirma disponer en su biblioteca de varias obras especializadas sobre la materia, «aumentadas con las que va produciendo la ciencia europea en este género de conocimientos».  Se dedica a estudiar los argumentos frenológicos y todo lo que sobre ellos se dice en Europa y lo hace con la finalidad  «de hacer el estudio comparativo entre el hombre y la mujer y como uno de los elementos primordiales para testificar mi razón cuando del asunto se trate en límites extensos».

Analizados los argumentos del doctor Gall, no tardan en salir de su pluma respuestas contundentes. Así en Algo sobre la mujer, publicado en 1881 señala:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo.

No puede rebatir, carece de datos para ello, que el cerebro de la mujer sea más pequeño que el del hombre y echa mano de la postergación ancestral de la mujer: es pequeño porque no ha podido desarrollarlo. Argumento que vuelve a utilizar en la conferencia Consecuencias de la degeneración femenina que pronuncia en el mes de abril de 1888 en la sede de la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón; para atraer sobre ella estos elementos y no chocar de frente con las corrientes enervadoras que nos rodean, fundad el hogar campestre donde llevéis a reposar a la familia en largas temporadas; el hogar en el seno de la naturaleza en donde luz, aire, sol, espacio, ejercicio, meditación, sencillez y libertad se aúnan sobre la mujer predisponiéndola a saber pensar; el primer fundamento de todas las humanas dignidades.

«Insuficiencia por medios, no inferioridad por origen; he aquí todo»

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27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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21. El escrito que provocó su reacción

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Septiembre 2009

A finales del mes de noviembre de 1911 a Rosario de Acuña se le torció la vida. La aparición interesada en uno de los periódicos de Lerroux de La jarca de la Universidad, un artículo suyo que la escritora había enviado a su amigo Luis Bonafoux y que éste había publicado en El Internacional de París, desató las iras de los universitarios españoles que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

El origen de todo este asunto se encuentra en el escrito de Cristóbal de Castro que con el título Por honor de la Universidad publicó El Heraldo de Madrid el 14 de octubre de 1911:

«El suceso probablemente es ignorado por del claustro y de los estudiantes, ya que los mozalbetes que con él se ha envilecido, como se verá, no merecen el trato honroso de sus compañeros.

A la Universidad Central acuden -o acudían, mejor dicho- seis señoritas que cursaban en la cátedra de Literatura General y Española. Estas seis gentiles alumnas -dos francesas, dos españolas, una alemana y una yanqui- concurrieron desde el primer día a su clase sin que se les pasara por sus mientes que iba a ocurrir lo que verá el curioso lector.

No bien entraron por los claustros se promovió una expectación inusitada, que si no sorprendió bastante a las españolas -al fin y al cabo acostumbradas a los piropos y a los chicoleos del país-, sí hubo de molestar a las extranjeras, hechas a que los estudiantes de otros países miren, vean y callen prudentemente.

Dentro de clase ya, la mayoría de los alumnos se comportaron como en ellos es proverbial, descaradamente. Pero unos cuantos zamacucos de esos que están pidiendo a veces la policía del tabor, comenzaron a propasarse en términos indecorosos. Al día siguiente, una de las alumnas extranjeras dejó, indignada y ofendida, de asistir a clase, por ser en la que más innoblemente se cebaron las groserías de unos pocos.

»Esta peña de mozalbetes mal educados, tan audaz con mujeres solas o indefensas, hubo de refrenarse en días sucesivos por la enérgica intervención de varios estudiantes, dignos del nombre. Pero, tenaz en su porfía soez e hipócrita en sus artes de esquivar cuestión, decidió acechar a las alumnas en la calle, y ultrajarlas, cuando sus compañeros no lo vieran, impunemente.

»Dicho y hecho, así aconteció. El grupo de tenorios vergonzantes -conocido ya, propiamente, por la jarca- situose en la esquina y en acecho. Bien pronto una de las señoritas pasó ante el grupo, tan ajena, y en menos que se dice la rodearon, vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra. La pobre señorita -que, por añadidura, es extranjera- lloraba, con sus libros bajo el brazo, el error de venir a España a estudiar en la universidad de más renombre.

»Los de la jarca proseguían formando corro, insultando a la que lloraba, como si en vez de una mujer indefensa y sola se tratase de un batallón en pie de guerra; tales eran sus bríos y heroicidad. Y así hubiera seguido el espectáculo, cercano a la Universidad y en plena tarde, con el público testimonio de una calle tan pasajera como la calle Ancha, si no acierta a pasar arreando su carro un carretero.

»El cual, viendo a unos señoritos muy compuestos vituperar a una mujer al extremo de hacerla llorar, se entró, dando codazos y empujones, por el corro, ya que en punto a improperios e interjecciones con solo oír algunas se declaró vencido.

»Este Lohengrin de boina, que en vez de la barquilla con el cisne lleva un carro con tres mulas manchegas, es un hombre admirable que ha dado una lección inolvidable.

»Sabemos que los pocos estudiantes que conocen suceso tan bochornoso están noblemente indignados, y que cuando lo sepan los demás se indignarán por el baldón que les infirieron. Y esperamos que así el ministro de Instrucción, como el rector y el claustro, acudan al remedio de tal vergüenza.

»Parece que la señorita a quien ultrajaron ha escrito a algún periódico de su país la emoción de una escena tan infamante para el nuestro. Es, pues, indispensable un desagravio tan sincero como inmediato y patriótico. Porque el honor de la Universidad española no puede estar en manos de cuatro mostrencos»

Es de imaginar como se puso Rosario de Acuña tras leer las anteriores líneas. No debió pensar mucho qué hacer: cogió la pluma y soltó lo que soltó. Con lo que ella no contaba es que su artículo, escrito con palabras viriles como ella misma diría, sería aprovechado por personas interesadas en caldear el ambiente; tampoco con el hecho de que por entonces se celebrara en Madrid una asamblea de estudiantes con representantes de todas las universidades españolas… Total, que contar públicamente lo que pensaba de la vil agresión a que fueron sometidas aquellas mujeres, lejos de concitar el apoyo de, al menos, una parte de sus conciudadanos, lo que le acarreó fue padecer dos largos años de exilio.

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