Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Hogareña'

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 19 Noviembre 2010

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

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69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 23 Julio 2010

 Como se contaba en el artículo anterior, en el año 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia. 

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

 Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

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37. Huevos para incubar

Publicado por Macrino Fernández Riera el 8 Enero 2010

A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos aparecen con cierta frecuencia en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario que junto a El Motín se sitúa a la cabeza de la «mala prensa», aquella cuya lectura tienen prohibida los fieles católicos bajo amenaza de excomunión.

Algunos reveses económicos precipitan el fin de su estancia en Pinto y el abandono de sus otrora fieles servidores, que prefieren buscar mejor acomodo. A esto hay que añadir la suspensión de las representaciones  de su obra  El padre Juan dictada por la autoridad gubernativa en la primavera de 1891 y la caquexia palúdica que  dos años más tarde la tuvo al borde de la muerte… Como bien nos cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada y en el artículo Los enfermos, se impone un cambio de aires

En aquella Castilla de clima feroz, hube de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la Corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de bibelots, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.

Tras una breve estancia en tierras gallegas, se trasladó a Cueto, una aldea cercana a Santander, lugar elegido para emular a la viuda normanda que conoció durante su juventud en la Bayona francesa. La mujer se había quedado sola con un hijo y dos hijas y sin más medios que una corta pensión. Vendió cuanto tenía y se marchó a Bayona donde tomó en arrendamiento una casa de campo donde estableció una pequeña granja avícola, que seis años después, cuando la joven Rosario la conoció, estaba a pleno rendimiento. Con este ejemplo bien presente, próxima a cumplir los cincuenta, decidió doña Rosario poner en marcha su propia granja avícola:

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria, y queriendo, a la vez, unir a mi tarea de propia salvación la salvación ajena, recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola: simultaneando la teoría y la práctica, el ideal de altísima y noble ciencia con la tradición vulgar de seculares experiencias, bajé, resueltamente, al estadio de lo sencillo, de lo popular, e incluyéndome, desde luego, en la turbamulta de nuestros campesinos, tracé mis comienzos de avicultura pasando del corral vulgar al parquecito en miniatura, con cierta coquetería adornado; y me acuerdo, ¡lo confieso sin rubor!, las vueltas y revueltas que di, encantada, al primer bebedero mecánico y el primer comedero según arte que me mandaron de las granjas de Castelló…

De todo lo que le aconteció en su experiencia como empresaria avícola nos ha dejado cumplida explicación en varios artículos ( Patos y gallinas, abril de 1901; Las especialidades en Avicultura, mayo de 1901; Avicultura popular, junio-julio de 1901; Sobre Avicultura, octubre de 1901; Avicultura, noviembre de 1916)   y en algunas cartas (como las que tienen por destinatarios al director de El Cantábrico, a Salvador Castelló, a José Ruiz Pérez o a Tomás Cuesta, hermano del conocido jurisconsulto y economista aragonés por quien Rosario sentía gran  admiración).

 Uno de los anuncios que solía publicar el diario santanderino El Cantábrico informando de las bondades que poseían  los huevos que doña Rosario tenía a la venta. El que aquí se reproduce apareció en la edición del 27 de febrero de 1902

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27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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3. Sardinas rellenas

Publicado por Macrino Fernández Riera el 22 Julio 2009

La capacidad de lucha de Rosario de Acuña y Villanueva parece que está fuera de toda duda: son numerosos los testimonios con los que contamos al respecto. De hecho, dedicó buena parte de su vida batallando por conseguir que la luz de la razón penetrara en una España entenebrecida por la superstición y el fanatismo. Y eran muchos los frentes abiertos en aquella contienda: la libertad de conciencia, la educación racionalista, la «cuestión social»… la postergación social de la mujer. Escribió artículos y dramas, pronunció conferencias, participó en mítines y manifestaciones… No había que desperdiciar ocasión alguna para esparcir la semilla de la luz y la esperanza.

Si Rienzi el tribuno la situó en las estribaciones del Parnaso, esta inusitada  y tenaz actividad propagandística desarrollada a lo largo de sus últimos cuarenta años de vida la convirtió en destacada luchadora en la pública palestra.  Los suyos destacaban su espíritu vigoroso, cuando no «viril»; sus oponentes echaban mano de todo el imaginario diabólico para referirse a ella. En cualquier caso, creo no equivocarme si digo que a la mayoría de los unos y de los otros les costaría imaginársela cantando unas coplas serranas mientras realizaba las tareas domésticas.

Esto de las etiquetas es lo que tiene: podemos llegar a pensar que la persona es unidimensional y que si una es, por ejemplo, una heterodoxa combatiente, pues eso, se pasa todo el día cavilando y cavilando la manera de poner todo patas arriba. Y si es una feminista (cuidado con las etiquetas) convencida, pues no puede estar limpiando la casa cuando la muerte viene a buscarla (cosa que a nuestra protagonista le ocurrió aquel 5 de mayo de 1923).

Rosario de Acuña era muy hogareña y le gustaba todo lo que tuviera que ver con la casa (incluido el huerto), desde su diseño hasta su conservación y cuidado, de lo cual tenemos bastantes ejemplos, como en este escrito donde nos cuenta cómo fregar el suelo de madera: «Respirando a pleno pulmón aquel aire marino de salud y de fuerza, agarré el estropajo, esparcí la arena y a fregar, tabla por tabla, no de través (fregadura de sucias) sino al hilo del madero. Un cubo y otro cubo sacados de mi aljibe era llevados y traídos por mis manos…» (continúa  en Servando Bango en El Cervigón); o en este otro dedicado a La cocina, donde nos da dos recetas de  que ella solía preparar:

Perdiz deshuesada rellena.- Después de desplumada y chamuscada ligeramente, cuidando que esté sin destripar, se abre con una navaja pequeña y muy afilada, a lo largo del espinazo, y con mucho cuidado, por ser la piel de estas aves muy fina, se procede al deshueso, dejándole sólo los de las patas, con el fin de darle luego forma; con el caparazón (esternón) y costillas, salen las entrañas e intestinos, de modo que la perdiz exteriormente, excepto en el espinazo, no aparece partida; una vez así el ave, se rellena con un picado de ternera y jamón sazonado con sal y una poquita de canela, todo en crudo, y suavizando con dos yemas de huevo; rellena con tino, pues si se mete mucho se revienta al guisarla, y si poco, queda muy desigual en su forma, se la colocan las patas, según arte, y se amolda con las manos como si tuviera sus huesos, metiéndola en un lienzo fino, que se cose bien fuerte, así como la abertura por donde se rellenó, y luego se pone en una cacerola con vino blanco, dos hojas de laurel, un pedazo de cebolla y cuadraditos de tocino y como media jícara de aceite frito con un ajo, y se hace hervir a fuego lento, cuidadndo de volverla alguna vez y de que esté bien tapada; cuando se vea flojo el lienzo, se le descose y se deja a la perdiz en la cacerola, para que se vaya dorando; la salsa espesada con harina, y sazonada con  vinagre o limón, se echa sobre tostones de pan y sobre la perdiz antes de servirla y sobre setas anteriormente hervidas.

Sardinas rellenas.- Quitadas las cabezas y raspas de las sardinas, se rellenan, arrollándolas de la cabeza a la cola, con un picado de ternera o carnero, una puntita de ajo, un poquito de tocino y algunas alcaparras todo muy bien picado y en crudo; envueltas a través, como se ha dicho, sobre su relleno, se rebozan en harina y luego en huevo, y se echan en aceite bien hirviente, sirviéndose como frito; y si se quiere como guisado, después de fritas se les hace una salsa con la mitad de aceite y la mitad de caldo, unos granos enteros de pimienta, un tomate partido por en medio, y una cebolla pequeña; reducido todo a la mitad, se pasa por tamiz, se echan en ella las sardinas a que den un ligero hervor, y antes de servirlas se espesan.

La disección de la perdiz y de la sardina, puede servir de lección práctica de anatomía comparada, y cualquiera extrañeza orgánica que se encuentre en dichos animales, apuntada con cuidado, puede ser de gran interés para la observación de las leyes de la naturaleza física.

¡Que aproveche!

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