Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Literatura'

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 19 Noviembre 2010

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

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81. Quijote ortodoxo, Quijote heterodoxo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Octubre 2010

Dado lo mucho que se ha escrito sobre las actividades llevadas a cabo por la Inquisición a lo largo de su existencia, a nadie se le oculta que hubo momentos en los cuales el Tribunal del Santo Oficio ejerció un férreo control en los territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Nada se escapaba al largo brazo del Inquisidor General,  ni lo que se hacía, ni lo que se decía, ni claro está— lo que se pintaba o lo que se escribía.

Así las cosas hay quien piensa que hubo autores que utilizaron una especie de código secreto para burlar a los inquisidores, de manera tal que los objetos representados en un inocente bodegón no serían tales sino elementos de un mensaje cifrado o que en los pasajes de un libro caballeresco, publicado con el preceptivo Nihil obstat de la prelatura, se escondían toda suerte de interpretaciones  acerca de la católica España de los Austrias.

Imbuidos por esta idea, algunos creyeron ver en las páginas del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha toda suerte de mensajes que  don Miguel de Cervantes habría ocultado bajo el ropaje del simpar caballero. Noticias tenemos de que a lo largo del siglo XIX hubo quien se aplicó con afán a la tarea de descubrir la verdad del Quijote: Nicolás Díaz Benjumea, Benigno Pallol o Adolfo Saldías son algunos de ellos; también Baldomero Villegas, un cántabro, de Santoña, que se empleó a fondo en esta labor como lo demuestra la publicación de varias obras sobre este tema:

  1. Estudio tropológico sobre el D. Quijote de la Mancha del sin par Cervantes. Burgos: Imp. del Correo de Burgos, 1899.
  2. La revolución española. Estudio en que se descubre cuál y cómo fue el verdadero ingenio del Quijote y el pensamiento del simpar Cervantes. Madrid: Imp. de Fontanet, 1903.
  3. La cuestión social en el Quijote. Reto en tres cartas abiertas a D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Madrid: Imprenta Moderna, 1904.
  4. Cervantes, luz del mundo. Enseñanzas cervantinas crítico-apologético-metafísicas (Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 12 de abril de 1915). Madrid: Imp. de Fontanet, 1915.

En 1916 se conmemora el Centenario de la muerte de Cervantes. No faltan publicaciones y homenajes;  casi todos cuentan con el beneplácito oficial. Don Baldomero, insensible al desaliento, acude también a la cita y publica una nueva entrega de su peculiar visión de la obra del autor del Quijote:  Catecismo de la doctrina cervantina: homenaje al genio.  El Quijote ortodoxo y el Quijote heterodoxo.

¿Qué posición ocuparía doña Rosario de Acuña, admiradora confesa de la genial obra cervantina,  en este tema? He aquí la respuesta:

Mi distinguido amigo:

Ni una sola voz, ni incidentalmente siquiera, al menos en lo que yo he leído, se ha hecho mención en este Centenario, de sus primorosos, morales y racionales libros sobre ese evangelio de purezas y enseñanzas que se llama el Quijote. ¿Habrá míseros y ramplones en nuestra patria entre los que se llaman kultos? Y es tal mi indignación, que no puedo menos de tomar la pluma y dirigirme a usted haciendo que mi protesta le demuestre que no todos los españoles nos hemos vuelto ya cuadrumanos; a mucha honra tengo sostenerme en dos pies y dominando los instintos de la animalidad, casi enseñoreada de nuestros compatriotas…

Que conste mi protesta. Ínterin las faldas manejadas por delegados del Vaticano gobiernan a España, todos los que son como usted están sentenciados al ostracismo, cuando no al martirio. ¡Cuándo se librará la patria de esta pesadilla!

Es siempre su amiga

ROSARIO DE ACUÑA Y VILLANUEVA

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69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 23 Julio 2010

 Como se contaba en el artículo anterior, en el año 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia. 

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

 Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

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64. «Vais a llevar al porvenir algo mío, el nombre…»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 18 Junio 2010

El pasado martes 15 de junio el Instituto Rosario de Acuña ponía fin a las actividades organizadas con motivo de la celebración de su XX aniversario. Fueron ochenta y tantos  minutos deliciosos que, a buen seguro,  habrían deleitado a doña Rosario de haber podido acudir a la convocatoria. Ni el fútbol que  todo lo inunda en estos días ni la incesante lluvia que nos encharca las vidas en los últimos tiempos hubieran sido obstáculo suficiente para que ella se perdiera un espectáculo tan estimulante como éste: unos cuantos jóvenes —de los esforzados, de los trabajadores, de los que nos reconfortan con el porvenir— protagonizaron el acto de clausura trayéndonos a la memoria aquellas palabras que en ocasión similar pronunciara la ilustre pensadora que da nombre a este centro de enseñanza:

«Tengo por seguro que la regeneración española, es decir, el levantamiento de las energías laceradas y entumecidas de mi patria no se realizará sino por la juventud. […] Vuestra generación es la España del porvenir; con ella están en los códigos del Estado: la República, sin adjetivos, sin reyes y sin histriones; la Iglesia sin autoridad desbastadora, sin rentas sacadas del trabajo del pueblo contra su voluntad, y sin soberanía sobre la dignidad de los ciudadanos; en el código de las costumbres están: la ciencia imperante sobre la rutina, la moral respetada en las acciones, no en las palabras; la estimación para los leales, no para los rastreros; el trabajo llevado al solio aun envuelto en andrajos; la rufianería a la picota, aun revestida de púrpura; el oro como medio, no como fin, y el más humilde teniendo derecho a presentarse en el banquete humano con solo el título de sincero; y, por último, está el código de la conciencia el único artículo capaz de legislar en el gran mundo de la razón: artículo que se reduce a la verdad sobre todos los demás y sobre nosotros mismos, prefiriendo morir física y moralmente a que sufra la más ligera violación. La juventud nos ha de traer estos códigos del Estado, de las costumbres y de la conciencia, únicos capaces de engrandecer con grados sensibles el civilizador avance de la raza; nosotros los que ya ostentamos los arabescos plateados que la mano del tiempo traza sobre la frente humana con el buril de los años, de los pensamientos o de las desesperaciones, hemos vislumbrado este ideal en un pórtico lejano, adonde es muy difícil que lleguemos; la realidad de nuestras ilusiones está en vosotros; para nuestra generación no pasará de ideal, en la vuestra llegará al hecho…»

Comenzó el acto con la presentación de Jóvenes investigadores,  libro que recoge una selección de los trabajos que, en la categoría de estudiantes, han sido presentados en alguna de las doce ediciones de los Premios de Investigación y Divulgación Rosario de Acuña. En representación de los autores intervino Yania Suárez García quien, emocionándose y emocionándonos, alentó a los profesores a porfiar en su labor  pues, aunque pudiera parecer que la tierra es baldía, hay más semillas de las que parece que terminan germinando. Y razón tiene, basta leer los trabajos incluidos en el libro para comprobarlo.

Tras la reconfortante intervención de Yania, llegó el reconocimiento público a los galardonados en la presente edición del Premio Rosario de Acuña: Pablo Rodríguez Alonso (Gijón, 1979) y Patricia Ana Argüelles Álvarez (Gijón, 1983), otros dos  integrantes de la juventud que reconforta e ilusiona. El primero obtuvo el premio en la categoría dedicada a Gijón con «De totalitarios a demócrates», escrito en asturiano; la segunda fue la elegida en la de Asturias con su obra «El ramal de Lucus Asturum-Lucus Augusti del Ravenate».

Y como colofón a la celebración de los actos organizados para conmemorar el XX Aniversario del instituto Rosario de Acuña, un espectáculo protagonizado por los más jóvenes, seis estudiantes de cuarto curso de Educación Secundaria: «Nuestra querida escritora doña Rosario de Acuña».  María Álvarez García, Omar Casado Martínez, Estefanía Diaz Fresno, Borja Fernández Álvarez, Olaya Ferreras González y Marco González Pousada deleitaron a los presentes con el relato de los principales hitos de la biografía de la ilustre pensadora, entremezclados con la lectura de varios de sus poemas: Las cumbres, Los dos ángeles, Lo cierto, ¡Igualdad!, Mi última confesión, Casualidad, El otoño, A Gijón, Cantares, La marea, Más allá de la muerte o El soneto póstumo (A mi madre).

La dedicación de Boni Ortiz al teatro está plenamente documentada (ahí están sus artículos en La Ratonera y en Primer Acto,  sus investigaciones acerca de  la historia del teatro hecho en Asturias o su participación en numerosas iniciativas y exposiciones que tienen al teatro como protagonista),  pero es en espectáculos como éste donde más se puede apreciar la pasión que en él despierta: en apenas unas semanas ha conseguido que seis chavales sin ninguna experiencia en las tablas lleguen a hacernos disfrutar —y a disfrutar ellos mismos— con los versos de doña Rosario o con el diálogo de «La casa del diablo», aquel artículo que Manuel Álvarez Marrón publicara en 1912 en el que se atribuían poderes diabólicos a la librepensadora que vivía en la casa del Cervigón.

Gracias Boni.

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63. La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Junio 2010

La del  19 de abril de 1884 es una fecha señalada en la historia del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid: ese sábado su tribuna será ocupada por una mujer, la primera en los casi cuarenta años transcurridos desde que Ángel de Saavedra (Duque de Rivas), Salustiano Olózaga, Mesonero Romanos, Alcalá Galiano, Juan Miguel de los Ríos, Francisco Fabra y Francisco López Olavarrieta aprovecharan los nuevos aires de libertad que se respiraban en España tras la muerte de Fernando VII para abrir sus puertas.

El hecho constituyó toda una sorpresa para la mayoría de los socios, lo cual no es de extrañar pues si leemos los discursos pronunciados con motivo  de la inauguración del curso 1884 no encontramos pista alguna que pudiera llevarnos a la sospecha de que la Junta directiva de la institución tuviera en mente tal posibilidad. Si, por ejemplo, nos fijamos en el pronunciado el 31 de enero por Antonio Cánovas del Castillo, a la sazón presidente del Ateneo,  no encontramos otra alusión a las mujeres que las que utiliza para referirse a la «ordinaria liviandad de sus mujeres» (refiriéndose al teatro de Tirso) o a las «mujeres fáciles», en este caso de Quevedo.

Sin embargo, tal y como de forma más o menos discreta anuncian los periódicos,  «la eminente poetisa doña Rosario de Acuña de Laiglesia dará lectura a su último poema Sentir y pensar». La cita será a las ocho y media de la noche del día citado, y —a juzgar por los comentarios que recogerán  periódicos y revistas— la velada no dejó a nadie indiferente.

Josefa Pujol, corresponsal en Madrid de la revista La Ilustración de la Mujer que se edita en Barcelona, saludaba alborozada la llegada de la mujer a tan ilustre tribuna:

Nunca con mayor gusto que hoy corre la pluma sobre el papel para consignar un nuevo e importantísimo triunfo femenino.

Rosario [de] Acuña, la ilustre autora de Rienzi el tribuno,  sobreponiéndose a rancias preocupaciones, arrostrando las prevenciones de unos cuantos y confiando en la imparcialidad y justo criterio de muchos, ha ocupado la cátedra del primerAteneo español.

Y debemos confesar que la denodada dama e inspirada poetisa ha dejado bien sentado el pabellón femenino en nuestra primera corporación literaria.

Otros, por el contario, ven en aquella irrupción de la mujer en la tribuna del Ateneo un síntoma de la desnaturalización de la entidad. Basta leer, como ejemplo, lo publicado en las páginas de El Globo

«Gran concurrencia de socios y de señoras invitadas, notábase anoche en el Ateneo.

¿Qué ocurría?

Una novedad. Iba a leer una señora, cuyo mérito literario es generalmente reconocido.

El Ateneo abrió hace tiempo sus puertas a la ilustración y, ¿por qué no decirlo?, a la curiosidad del sexo femenino.

Ya en el local antiguo, durante la inolvidable presidencia del señor Moreno Neto, se concedió libre acceso en las noches de conferencia y de lecturas poéticas, a las alumnas y profesoras de la Escuela Normal de Maestras y más establecimientos dedicados a la instrucción del sexo femenino.

Y una vez dado el primer paso, era natural que en el Ateneo nuevo se prosiguiese la reforma con toda la amplitud facilitada por la mayor belleza del local y la construcción de tribunas propias para el caso.

Pero hasta anoche las señoras no habían pasado de ser, en calidad de espectadoras, un hermoso ornamento de la sala de sesiones.

Estaba reservada para la inspirada poetisa doña Rosario de Acuña de la Iglesia [sic], el acto de ser la primera dama que subiese a la tribuna del Ateneo y se hiciese admirar de la numerosa concurrencia con los partos… (tratándose de una señora quizá convenga no usar este sustantivo), con las producciones de su ingenio.

Y en verdad que la distinguida señora inauguró con notable éxito las lecturas del sexo femenino.

Convendrá, sin embargo, que el Ateneo use con alguna parcidad de esta atención galante en pro de las señoras.

Si ha de suceder que durante la presidencia del señor Cánovas del Castillo sea el Ateneo un lugar de amenidad y reunión placentera, a estilo de tertulia particular o soirée fashionable, no sería malo convertir el elegante salón de sesiones en sala de baile, y departir allí amigablemente, al compás de un aristocrático rigodón, sobre las excelencias del arte moderno y la mayor o menor importancia de la ciencia novísima.

Es opinión particular de algunos socios antiguos que el Ateneo se va desnaturalizando de día en día. Pase que como excepción se admita de vez en cuando la lectura de alguna mujer notable por sus trabajos en literatura. »

A lo que parece el peso específico de esos «socios antiguos» fue determinante para que debiera de pasar un tiempo hasta que Emilia Pardo-Bazán ocupara de nuevo la tribuna de tan «docta institución». La decisión debió de tomarse el mismo día en el que Rosario de Acuña recitara en el Ateneo el soneto  En la escalera de mi casa. Al menos eso es lo que puede deducirse de lo publicado en las páginas de El Imparcial:

 «No es probable, según nuestras noticias, que se repitan las lecturas por señoras. La de anteayer fue una excepción justificada por las condiciones y antecedentes de Rosario [de] Acuña. Se comprende esto muy bien. Por este camino, el bello sexo invadiría, de hecho, el Ateneo, a pesar del reglamento y de la oposición del elemento antiguo, que no podía, ni soñar, en la casa vieja de la calle de la Montera, con solemnidades como la de anoche, consagradas por completo a la más hermosa mitad del género humano

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61. Poeta o poetisa

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Mayo 2010

Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra joven poeta comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita; tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice que ya llevaba dieciocho haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta» (Ecos del alma, VI). La aprobación de los más próximos debió de estimular su largo aprendizaje que, al fin, dio sus primeros frutos con la publicación del poema En las orillas del mar, una extensa composición dividida en seis cantos que agrupan 92 estrofas con variada rima, pues si bien predominan los serventesios, tampoco faltan los quintetos, las quintillas y las octavas reales. La composición publicada en La Ilustración Española y Americana el 22 de junio de 1874, debió contar con el aprecio y la estima de sus lectores, pues en 1876 no duda en incluirla en el poemario Ecos del Alma y en publicarla, ese mismo año, en un volumen independiente que será reeditado hasta en cuatro ocasiones en los años siguientes. La experiencia, por tanto, resultó favorable y ello parece abrirle las puertas de imprentas y redacciones. De tal forma que pocas semanas después sus versos vuelven a ocupar las páginas de un periódico: El Imparcial publica en su edición del 20 de julio «A la muerte», una oda que, según propia confesión, estaba inspirada en las reflexiones surgidas ante la contemplación de un cadáver. Cualquier acontecimiento es ocasión propicia para que la pluma de la joven poeta se afane en transcribir al papel sensaciones y sentimientos. Su oda «A la memoria de Fortuny», publicada el 23 de diciembre de 1874 en La Iberia despide con enfática admiración al pintor reusense, fallecido en Roma el mes anterior: «¡Alcázar de la luz, patria del genio/ inmensa eternidad que en pabellones/ el porvenir ocultas de la vida/ entre la gasa azul de tus festones!…» En el verano siguiente, sus versos vuelven a aparecer: lo hacen el 31 de agosto en honor de Francisco Delgado Jugo, un afamado oftalmólogo de origen venezolano que se había ocupado de su enfermedad ocular en los pasados años («…Ya que libre te ves, y el pensamiento/ puede bajar al mundo donde vivo,/ deja un instante la mansión del alma,/ y entre una triste lágrima de pena / recoge aquesta palma/ que el corazón te envía;/ que gracias a tu ciencia/ gozan mis ojos de la luz del día.»).

Al principio fue, en efecto, la poesía; incluso cuando escribía de seguido hasta terminar los renglones, pues poesía había en aquel escrito fechado en 1870 con el título «Una lágrima» que fue publicado años más tarde en La Siesta, un volumen con sus primeros artículos; o en los que publicó en el semanario La Mesa Revuelta en el verano del setenta y cinco acerca de las tierras andaluzas («Correspondencia de Andalucía») o las gentes venecianas (el ya citado «Una ramilletera en Venecia»); o, incluso, en aquellas siete páginas que, dedicadas a la reina Isabel II que pasaba sus días en el exilio parisino, publicó en Bayona en 1873. Pero no fue la prosa, la poética prosa de la joven Rosario, la que le daría la entrada oficial en el parnaso madrileño. Ni siquiera aquella lírica femenina de sus primeros poemas. No; será con el verso grave y viril de un drama trágico con el que reciba el reconocimiento del público y la crítica capitalina. Su primer gran éxito: Rienzi el tribuno.

El empresario del teatro del Circo había hecho muy bien su trabajo y el sábado 12 de febrero el teatro se hallaba lleno al completo. Entre los asistentes se rumorea que la autoría de aquel drama se debe a la mano de una joven poetisa, lo que aumenta la expectación. Al finalizar el primer acto, el público «seducido por los pensamientos, que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor», según cuenta el poeta Ramón de la Huerta Posada, presente allí. Ante la insistencia mostrada por los espectadores, el actor Rafael Calvo tuvo que rogarles que fueran un poco pacientes, que aguardasen hasta el final de la obra. Sin embargo, concluido el segundo acto la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena al joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes. La cosa no acabó ahí, pues, según cuentan las crónicas, el tercer acto transcurrió entre una sucesión interminable de aplausos. Al final, una noche gloriosa que tendrá su continuidad en los siguientes días en los cuales la prensa, entre loas y alabanzas a la autora del drama, viene a coincidir a la hora de resaltar el carácter viril que Rosario, la señorita de Acuña, ha impregnado a los versos de aquel drama, muy lejos de la delicadeza y el lirismo que son atribuidos a las mujeres. Las críticas ensalzan a la joven autora, «poeta de gran aliento, de rica fantasía y alto vuelo», a la actriz Elisa Boldún, al actor Rafael Calvo y a la empresa del teatro «por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda» (IMP, 13-2-1876).

La crítica del estreno que aparece al día siguiente en El Imparcial resalta la excepcional acogida que tuvo la obra por parte de los asistentes, entre los que se encontraban gran número de autores dramáticos y literatos que «acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña». El crítico utiliza diversas expresiones para marcar diferencias con otros versos y con otras escritoras. Habla así de «versificación verdaderamente viril», de la «profunda intención de los sentimientos» y los «pensamientos siempre levantados y generosos», obra de una «verdadera poetisa» que «revela condiciones excepcionales para la escena dramática» y que recuerda la fuerza de la Avellaneda. Una semana más tarde, recibe por el crítico de La Época elogios similares. Se alaba de nuevo el vigor de los versos y de nuevo también se evoca a Gertrudis Gómez de Avellaneda como referente de la nueva dramaturga.

¿Dónde reside la clave de tan rara unanimidad?, ¿dónde se encuentran los méritos de esta primera obra dramática?, ¿cuáles son las virtudes de esta joven escritora? Después de haber leído con detenimiento los comentarios de estos afamados críticos literarios, creo que el éxito alcanzado por Rienzi se debe fundamentalmente a la sorpresa, al desconcierto producido al conocerse que aquel texto había sido escrito por una mujer que, además, era muy joven. Las críticas coinciden a la hora de atribuir a los versos de aquel drama una fuerza y un vigor que solo pueden ser obra de la recia pluma de un hombre curtido en las mil peripecias de la ruda realidad. Sin embargo, aquellas rimas vigorosas, enérgicas, que enaltecen el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad son obra de una joven mujer. El crítico de La Ilustración lo refleja con gran nitidez: los afectos que entretejen aquella obra «no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo». No; allí hay «palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril». He ahí la sorpresa; he ahí la chispa que enciende el espontáneo elogio de los espectadores: ante ellos se presenta una jovencita que no parece contentarse con el estrecho reducto de intimismo lírico que la sociedad ha asignado a las poetisas. En vez de encerrarse en el entorno doméstico para pintar con tiernos versos las bellas canciones de amor que solo la sensible alma femenina es capaz de entonar, aquella mujer se atreve a contar con pasión encendida asuntos de honor, de patriotismo, de libertad… tan alejados del papel que aquella sociedad burguesa ha asignado al ángel del hogar.

El reto parece que ha tenido un resultado feliz. Rosario de Acuña y Villanueva será desde entonces «la autora de Rienzi»; una de las escasas poetas del panorama literario español, abandonando, de esta forma, el grupo de las poetisas, que desde el apogeo del Romanticismo ha seguido nutriéndose de nuevas componentes. La diferenciación no parece que sea entonces nada sutil, sino sustancial, a juzgar por el escrito que sobre tal distinción realiza Manuel de la Revilla, por entonces catedrático de Literatura en la Universidad Central, además de escritor y uno de los más influyentes críticos del momento. En su sección habitual del número de Revista Contemporánea que ve la luz el 15 de julio de 1876, coincidiendo con la aparición de Ecos del alma, un volumen de poesías que Rosario de Acuña publica tras el estreno exitoso de Rienzi, se detiene precisamente en explicar la diferencia entre ambos términos. Nada más comenzar la reseña, lo primero que comenta es que a los versos les falta entusiasmo, no tienen el genio vigoroso y la pasión impetuosa que sí están presentes en el drama: «Rosario, poeta en su drama, es poetisa en sus obras líricas». Y abundando en la diferencia, señala: «Aquel drama parecía de un hombre, estas poesías se parecen a las de todas las mujeres». Ahí está la clave; ahí el por qué de ese empeño de los críticos en hablar de «versos vigorosos» al referirse a los de Rienzi. Diferencian, pues, muy bien entre unas y otras; entre las escritoras que son poetas y las que son poetisas.

Y a la joven señorita de Acuña parece gustarle que la incluyan entre las primeras y así lo hace saber en la poesía titulada «¡Poetisa…!» que, paradójicamente, incluye al comienzo de Ecos del alma:

Si han de ponerme nombre tan feo,

todos mis versos he de romper;

no me cuadra

tal palabra;

no la quiero;

yo prefiero

que a mi acento

lleve el viento

y cual sombra

que se aleja

y no deja

ni señal,

a mi canto,

que es mi llanto,

arrebate el vendaval.

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53. A las puertas del Parnaso

Publicado por Macrino Fernández Riera el 5 Abril 2010

Madrid,  12 de febero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra;  ópera en el Real;  teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín… Rienzi el tribuno  en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando  desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida… Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

 «La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte, 20-7-1874], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de  este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas»

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque -a decir de los críticos- en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos»

Terminado el primer acto,  los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

«Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.»

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de   El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación… Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales… Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo…»

La Época, 20-2-º876

Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:

Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario  Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo,  es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña  es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

“El cuerpo duerme, pero el alma vela.”

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

“¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor a la ambición humana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

se te busca en el hoy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros  enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la Empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término  a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876

 

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31. Tres mujeres a las puertas de la Academia

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Noviembre 2009

La Real Academia Española se fundó en 1713 con la misión  de  «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza», tarea que durante 266 años estuvo reservada exclusivamente a los hombres: hubo que esperar hasta 1979 para escuchar a Carmen Conde Abellán pronunciar el discurso de entrada que la convertiría en la primera académica de número,   la primera mujer  en la   vetusta institución. La de doña Carmen no fue la única candidatura con nombre de mujer que a lo largo de la historia de la docta corporación se debatió  en la tribuna pública. Hubo, al menos, otras tres que, con mayor o menor insistencia, se sometieron a la consideración de los académicos: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo-Bazán de la Rúa y Rosario de Acuña y Villanueva.

Primera tentativa.  Cuando en  1852 muere el  académico Juan Nicasio Gallego, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, Cuba, 1814- Madrid, 1873) cree llegado el momento de presentar su candidatura al sillón que ha quedado vacante. Méritos no le faltan, pues lleva casi veinte años contando con el favor de quienes leen sus versos y novelas  y de los que aplauden  sus románticos dramas (Leoncia, 1840; Alfonso Munio, 1844; El príncipe de Viana, 1844…);  tras el éxito cosechado por su drama Recaredo estrenado en el teatro Español (convirtiéndose en la primera mujer que alcanza tal honor; la segunda será Rosario de Acuña),  otros cinco dramas (Glorias de España, La verdad vence apariencias, Errores del corazón, El donativo del diablo, La hija de las flores) aguardan el momento de encontrarse con el público a lo largo de 1852, el año de su candidatura.

Con este brillante expediente literario como principal argumento, Gertrudis pone en marcha su campaña. Según nos cuenta Carmen Bravo-Villasante  «La Avellanada escribe cartas, solicita el puesto y organiza la defensa de su candidatura, aduciendo todas las razones poderosas que puede esgrimir quien de veras se cree con merecimiento para ocupar el sillón académico»  (Una vida romántica: la Avellaneda, 1986). Su esfuerzo es en vano: su condición de mujer, que no su talento, resultó un obstáculo infranqueable según el testimonio de uno de los académicos que defendieron su candidatura:

Muy señora mía y de todo mi aprecio: Debo a usted contestación a sus dos últimas. No la di antes porque esperé el resultado de nuestra sesión de la Academia, creyendo indudablemente sería otro del que ha sido. El señor Duque de Rivas, Pacheco, Apecechea y yo hicimos lo que pudimos. Nos derribó la mayoría. En mi juicio, casi todos valíamos menos que usted; pero, sin embargo, por la cuestión del sexo (y el talento no debe tenerlo), los partidarios de usted sufrimos todos la pena de no contarla a usted, por ahora, entre nuestros académicos, y para nadie es mayor esa pena que para su apasionado servidor q.s.p.b., El marqués de la Pezuela. Madrid, 12 de febrero de 1853.

Segunda tentativa. En 1889 el nombre de Emilia Pardo-Bazán de la Rúa (La Coruña, 1851- Madrid, 1921) suena entre los candidatos para ocupar un puesto en la Academia. A sus treinta y ocho años, cuenta con una gran reputación como novelista gracias al éxito alcanzado por alguna de sus obras como La tribuna (1883) o  Los pazos de Ulloa (1886).

Las circunstancias son ahora bien diferentes. Si a mediados de siglo la candidatura de Gertrudis fue tema que ocupó a un reducido grupo de españoles, los cuales   se dedicaron a maniobrar  en un sentido o en otro en los cenáculos madrileños,  la posible presencia de una mujer en la Academia adquiere a finales de los ochenta  mayor trascendencia social al contar con el auxilio de la prensa, que utiliza el caso de la española de Cuba para abrir el debate sobre los méritos de la española de Galicia. Además, la de doña Emilia no es la única candidatura que se baraja, pues también se habla de la de Concepción Arenal para la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y la de la duquesa de Alba para la de Historia. Evidentemente, lo que está en el fondo del debate es si las mujeres pueden ser académicas. Pardo-Bazán no rehúye la discusión y en La cuestión académica, artículos a modo de cartas dirigidas a la ya fallecida Gertrudis, en donde:

a) Proclama que el rechazo de la candidatura de Gertrudis obedeció a su condición de mujer, no a escasez de méritos.

b) Repasa las reconocidas cualidades de otras españolas a lo largo de la historia.

c) Señala que mientras en las redacciones y entre los lectores progresa la idea de que en la Academia deben entrar quienes mayores méritos posean con independencia de su sexo, el número de académicos favorables a la entrada de mujeres ha disminuido en relación a los que debatieron el asunto en los cincuenta.

d) Manifiesta que tiene conciencia de su derecho  «a no ser excluida de una distinción literaria como mujer»

A pesar de los argumentos de Pardo-Bazán y de que las circunstancias parecían haber cambiado, el resultado es tan negativo como medio siglo atrás: las puertas de la Academia siguen cerradas para las mujeres. Dos años después, en una carta dirigida a Rafael Altamira, doña Emilia  da por cerrado el tema en cuanto afecta a su persona;  se rinde en lo que a ella respecta, pero se muestra partidaria de continuar la lucha para derribar las barreras que impiden el paso de las mujeres a las academias, razón por la cual avala la candidatura de  Concepción Arenal para la  de  Ciencias Morales y Políticas.

Tercera tentativa.  El 26 de enero de 1917 El Liberal, de Madrid, pone en marcha una curiosa iniciativa: elegir mediante plebiscito popular  los miembros de la Academia, para lo cual invita a sus lectores a enviar a la redacción del periódico «la lista de los 36 escritores, oradores, poetas, dramaturgos y eruditos que, a su entender, deberían formar la Academia Española». Al día siguiente Roberto Castrovido, director de El País, hace pública su lista de académicos en la cual figuran los nombres de cuatro mujeres: Emilia Pardo-Bazán, Blanca de los Ríos («erudito de primer orden, ilustrador de la vida de Tirso de Molina»), Sofía Casanova («literata y, sobre todo, periodista de mérito extraordinario») y Rosario de Acuña y Villanueva («poetisa, autora de dramas y escritora de grandes bríos, algo parecido a D. Joaquín Costa, nada menos»).

La propuesta de Castrovido es apoyada, en lo que toca a doña Rosario, por Ramón Sánchez de Ocaña, director por entonces del  diario gijonés El NoroesteUn día después, la candidata hace pública su posición al respecto, que en nada se parece, por cierto,  a la mantenida años atrás tanto por Gertrudis Gómez de Avellaneda como por Emilia Pardo-Bazán. El título ya nos da una pista acerca del tono empleado por doña Rosario: ¡Yo, en la Academia!

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29. Manuscritos a precio de oro

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Noviembre 2009

Cierto día, de esto hace ya varios años, cuando paseaba por la Red en busca de alguna pista que iluminara mi investigación, me encontré de pronto con la noticia de que se subastaban unos manuscritos inéditos de Rosario de Acuña. Podéis imaginar… Inmediatamente me puse manos a la obra. Tras enterarme de los requisitos y de las normas de participación, pujé con tiento y esperé. Unos días después me enteré de la buena nueva:   era yo el afortunado.    Los responsables de la página me facilitaron el correo electrónico de quien tenía en su poder los ansiados manuscritos: Mire, que he participado en la subasta, que me la han adjudicado, que me han dado su dirección para realizar la transacción…

Sospechaba que lo que me iba a encontrar no sería nada extraordinario  pues el lote había salido sin precio, pero, fuera lo que fuera, quizás un soneto o, tal vez, una firma, tendría para mí un gran valor. En esas estaba cuando me llegó el jarro de agua fría en forma de respuesta: Que había sido un error, que no me lo podía enviar por ese precio, que el precio de salida era de… 100.000 euros (¡¡¡ CIEN MIL EUROS!!!).

Me decían que por ese dinero podía hacerme con un diario que había pertenecido a una mujer llamada María Pedraza en el cual figuraban trece  textos escritos  por diferentes  personas , entre los que se encontraban los dos   firmados por doña Rosario: una oda dedicada al actor Rafael Calvo ( representó el papel de Rienzi en el estreno de la obra) y «una carta de desamor» titulada Adónde me arrastras. Y todo ello por 100.000 euros.

Como es de suponer,  el asunto no prosperó  y me tuve que conformar con seguir los pasos de estos manuscritos que por un error fueron durante un instante míos. Su precio fue bajando a medida que pasaba el tiempo y no aparecía comprador dispuesto a pagar lo que por ellos pedían. Los vi a 60. 000, a 20. 000 y, ya en el verano de 2007, a 6.000 euros. Todavía no hace mucho que los volví a ver a ese precio.

No fueron los únicos manuscritos que encontré. En el verano de 2005 di con un anuncio de venta de «Cinco sonetos, autógrafos e inéditos, de la insigne poetisa y feminista Rosario de Acuña». Para mayor información se precisaba que llevan los siguientes títulos: Al doctor Albitos, Sombra, Miedo,  Luz y  A la ciencia; y que estaban dedicados al doctor Santiago Albitos, el oftalmólogo que en 1885 devolvió la luz a sus lacerados ojos. Su precio: 5000 euros.

¡Quién se lo hubiera dicho a doña Rosario de Acuña y Villanueva! Sus odas a 50.000 euros cada una y los sonetos a 1.000. ¡Quién se la habría de decir! Ella que tantos sonetos escribió; ella que tantas penurias hubo de soportar en los últimos años de su vida, tantas que cuando en 1920 recibió el Premio Ayuso, dotado con  mil pesetas  (poco menos del importe de su pensión anual de viudedad) vio el cielo abierto, pues con aquel dinero pudo rescatar algunas alhajas empeñadas, pagar los reditos de la hipoteca de la casa en la que vivía y saldar algunas deudas que había contraido por la compra de algunos comestibles, tal y como le cuenta en una agradecida carta que por entonces le envía a José Nakens.

En fin, estimado lector,  no sé si con el tiempo llegaremos a disfrutar con la lectura de esos manuscritos que la ley del mercado ha convertido en innacesibles, al menos para la mayoría. De todas formas no está de más que, visto el precio que ha llegado a alcanzar el verso de tan insigne poeta, mostremos nuestra satisfacción por el tesoro nada desdeñable que se cobija en Rosario de Acuña. Vida y Obra, donde, gracias al esfuerzo colectivo de quienes hemos ido reuniendo una parte importante de los escritos de nuestra protagonista, las personas interesadas pueden consultarlas libremente.

Nota.- Permitidme un último comentario antes de finalizar. Como ya quedó escrito en otro lugar, no sé si en Rosario de Acuña. Vida y Obra o en este blog, los escritos que aparecen en la página son únicamente aquellos de los que  dispongo   copia obtenida del original publicado por doña Rosario (ya sea libro, periódico o revista). Si alguien dispone de otros que aquí no se han publicado y tiene a bien enviarme la copia, (también de la publicación original, por favor, no de la reproducción aparecida en un libro o en la web), gustosamente los publicaría en la página, citando, claro está, la procedencia. Igual trato solicito para el caso de que alguien utilice material publicado en estos dos espacios web que intento mantener actualizados: no está de más, elemental norma de cortesía,  citar el lugar  dónde se han obtenido. Estaréis conmigo que resulta  bastante ingrato comprobar, como a mí me ha sucedio,  que un artículo tuyo aparezca firmado con el nombre de otra persona.

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27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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26. HIPATIA en el teatro Principal de Alicante

Publicado por Macrino Fernández Riera el 22 Octubre 2009

El miércoles 17 de febrero de 1886 Rosario de Acuña y Villanueva sube al escenario del teatro Principal de Alicante. El público aplaude con entusiasmo «rayano al delirio». Va a dar comienzo el recital poético.[1]

No es la primera vez que nuestra protagonista recoge los aplausos de un público entregado, pero aquella es una ocasión muy especial para ella: toma la palabra Hipatia, la nueva hermana de la Logia Constante Alona.

La Unión Democrática publica en la primera página de su edición correspondiente al viernes 19, Rafael Sevilla, su director,  hace alguna mención   al suceso:

«Nunca como ahora, siento carecer de dotes de escritor público; nunca como en esta ocasión me he sentido pequeño para reseñar lo sublime; nunca como en este instante al empuñar la pluma he experimentado desesperación, miedo, alegría, confusa mezcla de encontrados sentimientos. Y ¿por qué? Porque para elogiar al genio, para tejerle una corona, para aplaudirle se necesita, además de entusiasmo (y ese le tengo yo), el talento… ¡Que son estos pensamientos atrevidos y falsos! ¡Que me dejo llevar de la imaginación, esa losa de la casa! ¡Ah, no! Yo que nunca busco ni acepto ajenas inspiraciones, sino que prefiero juzgar por mí mismo, ¡yo que me confieso incompetente para hablar de la más ilustre de nuestras poetisas!, ¡yo que no sé mentir!, yo confieso que tengo la seguridad de no poder escribir ni un bosquejo de la velada literaria dada por D. ª Rosario de Acuña, en el teatro Principal en la noche del miércoles.

¡Lector, perdóname! Yo no tengo más norte que mi inspiración caprichosa, me encumbro aunque contadas veces en sus alas y me abandono a su versátil vuelo; me remonto o desciendo, giro por los espacios, crece y mengua a su albedrío. Me empeño en escribir, y ya lo ves, lector amigo, adopto por introducción el hablar de mi insignificante personalidad cuando debiera haber empezado este ejercicio literario o periodístico gritando:

¡Viva Rosario de Acuña!

Y después que he dado expansión a mi alma, me siento mejor, parece como que me he quitado un gran peso de encima.

Y sigo con mi reseña.

[…]

Enseguida apareció en la escena la insigne escritora doña Rosario de Acuña, la más ilustre de nuestras poetisas; la más elocuente de nuestras publicistas, la que para honra nuestra tenemos de huésped hace unos días, y al aparecer Rosario de Acuña, al destacarse su silueta del fondo del escenario que figuraba un salón cerrado por los lados, mi entusiasmo se desbordó como el del distinguido público que en gran número ocupaba el coliseo y aplaudía con entusiasmo, porque la autora de Rienzi tribuno, es para mí el tipo más perfecto del apóstol de la verdad; es para mí el ariete demoledor de las injusticias, la propagandista de la democracia; el ángel de redención que con la luz de la ciencia en la mano baja al oscuro antro donde mora el fanatismo y la ignorancia. ¡Salud ilustre poetisa! Yo te saludo en nombre de los alicantinos mis paisanos que como yo se sentían atraídos hacia ti por corriente magnética de simpatía y afecto, de admiración, de entusiasmo y de cariño.

Sobre tu frente se condensan muchas y grandes tempestades; lo sé. Jamás mujer ninguna ha conjurado contra sí tantas terribles pasiones.

¡Ah, sí! No exagero, no, Rosario de Acuña tiene enfrente a los fanáticos, a los ignorantes, a los oscurantistas que no quieren separar su corazón del quemadero, ni su mente de los antiguos ritos. Cuando leyendo sus obras, cuando saboreando sus poesías, veo los dolores, las penas que la asaltan, no puedo dejar de consagrarla algunas lágrimas como a todos los mártires de la verdad y del progreso.

Cual otro San Pablo, los paganos lanzan sus dardos, porque con sus palabra conmovía los altares de los dioses. Los judíos la persiguen, porque lleva al seno de la ley antigua un nuevo espíritu. ¡Cuántas veces en Éfeso, en Tesalónica, en Lystra, el antiguo fariseo perseguidor de los cristianos, estuvo a punto de perecer a manos de los judíos por sostener las mismas doctrinas que habían sostenido sus víctimas y las mismas ideas que había vertido Esteban, el primero de sus mártires! El fariseísmo que había creído encontrar en la nueva secta un poderosísimo auxilio para combatir el poder de las ideas griegas en la conciencia y el poder romano en la tierra, ardió en aquella desoladora ira, que tantas veces sintió San Pablo cuando pudo convencerse de que la nueva secta no buscaba en los idólatras enemigos, sino hermanos dignos de ver la eterna luz y participar del reino de Dios en los cielos.

La ilustre poetisa comenzó la lectura de sus cantares: su voz argentina y pura llevó al corazón de los oyentes armoniosísimos ecos que aplaudieron tanto esta composición como las que siguieron tituladas Las dos miradas, La ignorancia, El escepticismo, A la ciencia, Las tres flores, Una tórtola herida, Lo que dice la gaviota, El cielo, El niño muerto, La fraternidad, El ruiseñor, Las tres ilusiones, Las gotas de agua, Preguntas, El fin de un año, La desesperación, A la juventud, Cantares, Serenata morisca, Casualidad, ¡Dios!, En la escalera de mi casa, A los alicantinos.

Esta fue la segunda parte de la velada que corroboró la justa fama de que venía precedida la celebrada poetisa. En las inspiradas poesías que hemos enumerado se explaya su fantasía poderosa y derrama torrentes de armonía, imágenes de singular hermosura en versos fáciles, robustos, bien sonantes.

El entusiasmo que produjo en el público es indescriptible. Vimos el teatro con los ojos de la imaginación  y trasladamos in mente el lugar de la escena a orillas del mar, bajo una de esas esbeltas palmeras cuyas ramas con suaves ondulaciones parecen besar la frente de los mártires de la libertad: a la hora misteriosa del anochecer, hora sagrada para todos los pueblos, hora poética en todos los climas; la sacerdotisa vestida de lana blanca, ceñida la sien de encina, poniendo los ojos en el cielo, sonriendo, como poseída de una felicidad superior a toda felicidad humana, rodeada de los campesinos que la miran de rodillas y la ofrecen en canastillos de mimbre sazonados frutos, o en vasijas de tosco barro, blanca leche y perfumada miel; la sacerdotisa, la vestal, ora por el vuelo de la golondrina, ora por los momentos que la gaviota se mece sobre un punto del mar, y doña Rosario de Acuña, ora por la tórtola herida, por el ruiseñor, por las tres ilusiones. Y nos cuenta lo que dice la gaviota al mismo tiempo que la luna surge por el límite del horizonte, como una argentada lámpara encendida por Dios para iluminar aquel religioso cuadro.

Cuando apenas si se había extinguido el último eco de los aplausos y los «bravos», se levantó la cortina y volvió a pisar el palco escénico la heroína de la fiesta.

Serena, con ademán distinguido, dominando la situación, y la chispa del genio brillando sobre su espaciosa frente, doña Rosario de Acuña leyó con entonación apropiada sus hermosas poesías,  Décimas, intercaladas con un cuento, un cuadro de realidad asombrosa, bajo el epígrafe La igualdad, y estas otras: La justicia, La libertad, La camelia y la amapola (apólogo), Cantares, Interrogaciones, La tristeza, Madre, Lo cierto, Nubes, A la luz de la luna (poema), Cantares y Al pueblo.

¿Qué he de decir yo que no sea pálido, superficial y pobre después de tal profusión de poesías, tan esplendente gama de recuerdos y tanta riqueza de lenguaje? Me limitaré a emitir un deseo. Para gloria de Rosario de Acuña y de la literatura de España, anhelo que imprima las composiciones leídas en la velada a que me refiero. Y aquí he de hacerme cargo de la calumnia torpe que consiste en hacer de doña Rosario de Acuña un peligro para la familia. No es verdad semejante aserto, y al testimonio de cuantos asistieron en la noche del miércoles al teatro Principal apelo. Cuanto sale de su pluma puede correr en manos del tierno infante, de la casta doncella, de la honesta esposa. Si no respiraran racionalidad sus inspiraciones no serían populares; si hollaran las creencias del corazón, no lucirían portentosas. Muere la belleza donde el espiritualismo acaba: no concibo al artista, ni al poeta, sino creyente; debe inflamar su alma un átomo del celeste aliento a cuyo soberano impulso un fiat lux cubriera de esmaltes los montes, de matices las campiñas; resplandeciendo de transparencia las aguas, de excelsitud esa muchedumbre de globos que vaga por los espacios. Solo la idea de Dios arranca al hombre del polvo, que sus pies hollan; solo el convencimiento de la inmortalidad se enaltece y sublima y engendra en sus entrañas voces, cuyo eco retumba poderosos de raza en raza hasta la consumación de los siglos.

No conocen a Rosario de Acuña los que la calumnian, si la conocieran sabría que su corazón grande y generoso contiene tesoros de ternura, que su alma grande solo late a impulsos de los sentimientos más puros, que su imaginación ardiente y soñadora se deleita pensando en los grandes ideales del presente siglo, que cual otra Hypatia está dispuesta al sacrificio por no renegar de las arraigadas creencias de su alma. Fe, Dios, inmortalidad, gérmenes fructíferos y vivificadores que atesoran la mente de Rosario de Acuña; manantiales de origen puro, de raudal copioso, de salutífera influencia; anchos y ricos veneros de poesía, de santidad, de perenne gloria; reverberantes lumbreras que engalanan lo creado y enardecen los espíritus quebrantados por las tribulaciones del mundo.

[…]

Concluyo: la poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española, ha conquistado el laurel de la inmortalidad en lo mejor de su vida, y las prensas españolas han de sudar todavía mucho con las sublimes concepciones de su imaginación floreciente y creadora.

En bien de la civilización del progreso, así lo desea su admirador»

Rafael Sevilla  


[1]  El lector interesado puede encontrar alguna de las poesías en «Recital poético en el teatro Principal de Alicante»

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24. Para los asturianos de La Habana

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Octubre 2009

Cierto día encontré en la Biblioteca Asturias, más conocida como Biblioteca del Padre Patac, tres hojas fotocopiadas de un artículo titulado Recuerdos de una excursión que estaba firmado por Rosario de Acuña. La referencia del mismo señalaba que se había publicado en 1917 en la revista  Asturias. Como quiera que al final de la segunda entrega apareciera entre paréntesis la expresión «Continuará», era obligado iniciar las pertinentes pesquisas para dar con los nuevos textos que allí se anunciaban.

Para empezar había que identificar aquella publicación, dato imprescindible para   localizar el ejemplar que faltaba. Pronto obtuve la respuesta apetecida: se trataba del semanario gráfico que con ese título editó el Centro Asturiano de La Habana entre 1914 y 1922.

El siguiente paso fue algo más complicado, pero, al fin,  terminé por encontrar cierta biblioteca en la que se conservaba una colección de la revista. A poco de comenzar a hojear el tomo correspondiente a 1917 me encontré con Las brisas, un soneto publicado en la edición correspondiente al primero de abril. En el número siguiente, el suelto siguiente:

«Doña Rosario de Acuña es desde hoy colaborador de ASTURIAS. En otro lugar de este mismo número se inserta un trabajo, por su factura y concepción artística, digno del talento de la ilustre escritora española, para la que recientemente pedía El País, de Madrid, un puesto en la Academia de la lengua. [Véase la opinión de la escritora al respecto en  ¡Yo, en la Academia!]

La insigne compatriota siente en asturiano y quiere a nuestra provincia con cariño de idólatra, habiendo elegido para su residencia, desde hace años, un soberbio punto de la costa gijonesa, El Cervigón, atalaya del mar y de la villa en la que doña Rosario, voluntariamente alejada de los círculos literarios, brinda a su ancianidad gloriosa, verdadero vivir de égloga.

La saludamos con respeto y cariño. Todo lo merece por sus virtudes y por su saber: es sabia y buena. ASTURIAS, que seguirá publicando trabajos de la insigne compatriota, se honra y enorgullece con su colaboración.»

En efecto, en otro lugar del número correspondiente al 8 de abril de 1917 se publicaba el artículo La gaita emigrante, en el cual doña Rosario alababa, una vez más, las bondades de su tierra adoptiva, la que eligió para fijar en ella su definitiva residencia. Quince días después, El arroyuelo, un soneto que había escrito en el año 1908 y que, curiosamente, aparecía tras un artículo firmado por Manuel Álvarez Marrón, autor de aquel otro titulado La casa del diablo, en el cual su ahora compañera de página era tildada de bruja (cosas de la vida: ahora eran ambos colaboradores de la misma revista); en el número siguiente, otro soneto: Al Sol… Animado por estos hallazgos seguí pasando las hojas, con más avidez si cabe, a la espera de encontrar su firma tras un nuevo escrito. Pero, desilusionado y un tanto sorprendido, llegué al final del tomo sin encontrar lo que buscaba. Tomé el siguiente, ya de 1918, esperando que hubiera una confusión y que el escrito fuera de ese año, y tampoco: ni un solo escrito, ni artículo ni soneto, ni siquiera una mención. ¡Nada! No queriéndome dar por vencido («Tenía que estar allí, yo tenía las fotocopias», me dije) cogí todos los volúmenes disponibles -desde el primer número hasta el último, ya de finales de 1918- y, con paciencia, revisé página a página sin hallar lo que buscaba.

Al final, di con la  explicación a aquel misterio: faltaban varios ejemplares editados en el verano de 1917, los comprendidos entre el 10 de junio y el 19 de agosto. No se había equivocado, no, don José María Patac de las Traviesas: el artículo había sido publicado en 1917, en una fecha comprendida, casi con total seguridad, en el periodo citado.

En cuanto a la brevedad de la colaboración de Rosario de Acuña en la revista Asturias,  no me resultaba nada extraño: tras los sobresaltos que padeció en agosto (recordemos que su casa de El Cervigón fue registrada a fondo en dos ocasiones diferentes coincidiendo con la huelga general que tuvo lugar por entonces), nuestra protagonista decidió retirarse de la primera línea de batalla, reduciendo al mínimo sus colaboraciones periodísticas.

Así pues, a falta de nuevos hallazgos, los lectores de la revista que el Centro Asturiano de La Habana  publicaba cada semana recibieron tan solo unas bocanadas que, aunque escasas, estaban henchidas de amor, del amor que doña Rosario sentía por la tierra que ellos tanto añoraban.

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22. Vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda (José Martí)

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Septiembre 2009

A Rosario de Acuña

 

Poetisa cubana, autora del drama «Rienzi el tribuno», laureado en Madrid

 

 

Espíritu de llama,
del Cauto arrebatado a la corriente,
ansioso de aire, libertad y fama;
espíritu de amor, trópico ardiente;
de Anáhuac portentoso
oye el aplauso que en mi voz te envía
al hispánico pueblo el más hermoso
que mares ciñen y grandezas cría.

- - - - - -

Mas ¿cómo no te dueles,
¡oh, poetisa gentil! de que en extraña
tierra enemiga, te ornen los laureles
amarillos y pálidos de España,
si en tu patria de amor te espera fieles
y el odio allí su brillantez no empaña?
¿Cómo, cuando Madrid te coronaba,
hija sublime de la ardiente zona,
sin Cuba allí, no viste que faltaba
a tu cabeza la mejor corona?
¡Ay! cuando entre tus manos,
albas y juveniles,
sin el beso de amor de tus hermanos,
sembradoras de mayos y de abriles,
la corona española brilla y rueda,
¿no se yergue ante ti sombra de espanto,
pecadora inmortal, nube de llanto,
la sombra de la augusta Avellaneda?
- - - - - -
Y de Orgaz el potente, ¿la olvidada
memoria no te humilla,
castigo digno de su lira hollada,
alma de Heredia que encarnó en Zorrilla?

- - - - - -

¡Que el campo estalla! ¿Que la voz del bardo
gloria pidiendo, el ánimo conturba?
¡También estalla en mí; yo también ardo!
Mas si en el mar de los olvidos bogo
y aire de sombra el aire me perturba,
los turbulentos cánticos ahogo,
y al hierro vuelve la domada turba.

- - - - - -

No hay gloria, no hay pasión; el mismo cielo,
la libertad espléndida es mentira,
si se la goza en extranjero suelo,
y con aire prestado
y llanto avergonzado,
huésped se llora, ¡siervo se respira!
- ¿Qué hace el cantor?
- ¡Cantar, mas de manera
que hermano el canto de la heroica azaña
prez de la tierra que mancilla España,
con su laúd sobre la espada muera!
Y tú, mujer, y yo -desventurado
con alma de mujer varon formado-,
¡perdónemelo Dios! porque a mis bríos
con su miseria el hálito han cortado
viejos y niños, carne y huesos míos.
¿Qué hacer cuando en el alma se agiganta
la divina ambición?… ¡Patria divina!
y ¿lo pregunto yo? ¡Vida mezquina
la que alienta la voz en la garganta!

- - - - - -

¡Callar! Este es un canto
de voz de mártir, de celeste duelo,
y si el cielo es verdad, en sacro espanto
me encumbrará de mi canción al cielo;
mas si al ánimo vil, de vil tributo
siervo, no basta en el lugar de luto
este silencio pálido y benigno,
calle su voz, de los infiernos fruto:
¡Morir! Esto es más digno.
¡Morir! ¡Qué gran valor! Cuando pudiera
robuesto el brazo encadenar la gloria,
y en la patri bandera
trocar la estrella en sol de la victoria,
escribir lentamente en extranjera
tierra una débil y cobarde historia;
y sentir aquel sol que arrancaría
de la melena del rugiente hispano
por dar con él la brillantez del día
a mi adorado pabellón cubano;
y andar, cuerpo viviente,
entre un pueblo a este mal indiferente;
y decir sin cesar este delirio
en un canto que el labio nunca entona,
¿qué más, que más laurel? ¿Cuándo el martirio
no fue en la frente la mejor corona?

- - - - - -

¿Quién pide gloria al enemigo hispano?
No lleve el que la pida el patrio nombre
ni le salude nunca honrada mano;
el que los ojos vuelva hacia el tirano,
nueva estatua de sal al mundo asombre.

- - - - - -

¿Qué plátano sonante,
qué palma cimbradora,
qué dulce piña de oro
al cierzo burgalés aroma dieron,
ni en castellana tierra florecieron?

- - - - - -

¿Quién vio imagen del Cauto rumoroso,
de ondas, sonoras de movible plata,
en el mísero Duero rencoroso
que entre duros guijarros se desata?

- - - - - -

Allá, Rosario, el alma se acongoja,
el cuerpo se entumece,
cubre la tierra helada la amarilla
veste que el árbol moribundo arroja,
en la noche invernal nunca amanece,
y la blanca y morada maravilla
que en la niñez ornó tu faz sencilla,
púdica y débil de temor no crece.
¿Tú, apretada en el pecho del invierno,
ardiente hermana mía?
¿Tú, presa en tierra fría,
hija de tierra del calor eterno?
Y el puerto del Caney hogar paterno
te dio, y amante halago,
dulcísima caricia,
y truecas a tu plácido Santiago
por el rudo Santiago de Galicia?

- - - - - -

Y llanos vastos de nevada espuma
que el alma tropical mira oprimida,
y ¡tú en aquellos llanos, blanca pluma
en los ingratos témpanos perdida!

- - - - - -

¡Oh, vuelve, cisne blanco,
paloma peregrina,
real garza voladora;
vuelve, tórtola parda,
a la tierra do nunca el Sol declina,
la tierra donde todo se enamora;
vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda!

- - - - - -

Y si funesto azar lauros te ofrece,
plácidos para ti, y en calma queda
la corona en tu mano, y reverdece,
piensa, ¡oh poetisa! qu ese lauro crece
en la tumba de Orgaz y Avellaneda.

- - - - - -

Si la cándida garza peregrina
de amarillo color el albo seno
en hora aciaga tiñe;
si lauros nuevos a su frente ciñe,
nueva Gertrudis y fatal Corina,
piensa que el árbol que en el patrio suelo
y el amplio tronco disentió robusto
y en las hinchadas venas sangre hervía,
hallará a su traición castigo justo,
si otro sol y otra sangre torpe ansía;
que el lauro envenenado
en la sangre de hermanos empapado,
en la frente del vil que lo ciñera
la deshonra en espinas trocaría;
que muere triste en la Germania fría
golondrina del África viajera.

- - - - - -

Y si en tu frente, seno poderoso
de los rayos del sol, la vanagloria
tendido hubiera el manto luctuoso;
si nuevo lauro España le ciñera,
y la espina del lauro no sintiera;
si plugiese a sus fáciles oídos
cuanto de amor que no es amor cubano,
y junto a sus laureles corrompidos
el cadáver no viese de un hermano,
¡arroje de su frente,
porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
¡Devuélvanos su gloria,
página hurtada de la patria historia!
y ¡arranca, oh patria, arranca
de su seno infeliz el ser perjuro,
que no es tórtola ya, ni cisne puro,
ni garza regia, ni paloma blanca!

México, agosto 1876

 

(en MARTÍ, José: Lira guerrera. Madrid: Editorial Atlántida 192…)

 

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13. Una bella poeta de rubios cabellos y azules ojos

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Agosto 2009

Parece ser que Rosario de Acuña comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita. Tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice  que ya llevaba dieciocho haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos,  que ni de ellos me daba cuenta». No será, sin embargo, hasta el año 1874 cuando aparezca publicado en las páginas de La Ilustración Española y Americana su primer poema: En las orillas del mar.  Debió de gustar, pues poco tiempo después publicó nuevas poesías en El Imparcial, La Iberia o La Crítica. Algunos ya alertaron por entonces de la valía de la nueva escritora. Tal fue el caso de Gumersindo Laverde, quien no perdió tiempo para comunicar a Menéndez Pelayo su nuevo hallazgo. En una carta fechada a primeros de enero le escribe: «Y ya que de noticias sobre escritores hablo, diré a V. que en el periódico La Crítica aparece una nueva poetisa, Dª Rosario Acuña». Unos días después le señala que la citada «suena entre los autores de poesías leídas en uno de los teatros de Madrid para solemnizar el primer aniversario de Bretón».Más extenso es el comentario que le dedica en septiembre de 1875 el poeta  Juan Tomás Salvany en el artículo titulado Escritoras madrileñas publicado en Álbum de la mujer:

«Amiga de Julia y como ella joven e inspirada, aunque más soñadora, más intrépida y menos práctica es la bella poetisa, si mal no recordamos andaluza, Rosario de Acuña y Villanueva. Tuvimos ocasión de oirla una noche en el Liceo Piquer, notabilísima tertulia artístico-literaria, de la que tal vez nos ocupemos otro día. Leyó una bella composición que supo arrancar a la selecta concurrencia aplausos espontáneos. Su voz era delicada y conmovida como sus versos; su figura ideal, y distinguidas sus maneras; sus rubios cabellos y azules ojos parecían otras tantas baladas alemanas, cayendo como benéfica lluvia del espíritu sobre los marchitos corazones. Desde entonces no hemos vuelto a verla, pero jamás la olvidaremos. Pasó como una exhalación que deslumbra y muere, y por esta circunstancia tal vez no sepamos apreciarla en su justo mérito. Encumbrada en las altas regiones de la fantasía que usurpa frecuentemente la solidez de la inteligencia, peca acaso de difusa, pero sus versos son conmovedores y fluidos siempre. Sirvan de muestra las siguientes estrofas entresacadas de una composición que titula Las aves del cielo:

 
Suave destello que la vida alumbras,
risueña imagen de hermosura extraña,
¿cuál es tu nombre, que saberlo quiero?
- Soy la esperanza
 
¿Por qué te alejas de mis turbios ojos?
¿Por qué en el cielo desplegar tus alas?
¿Dónde caminas que saberlo quiero?
- Voyme a mi patria

En esta forma sigue describiendo la gloria, el amor, las ilusiones, y termina con este suspiro consolador, arrancado a lo más profundo de su alma:

 
¡Todo se aleja del mundano suelo!
¡Todo en la tierra para siempre acaba!
¡Feliz momento cuando el alma diga!…
Voyme a mi patria

Siga Rosario de Acuña por la noble senda que ha emprendido, procure amoldar a las exigencias del arte los arranques de su rica fantasía, y la fundada esperanza de hoy se convertirá más adelante en sazonado fruto»

No contento con estas palabras, en el volumen se incluye una poesía sin título («Cuando viene la ilusión/ haciendo en la vida el nido…») de la poeta de rubios cabellos y azules ojos.

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12. La solitaria de «El Cervigón»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 12 Agosto 2009

 Manuel Tejedor

En suerte le cupo el Primero de Mayo de este año poder holgar a nuestro viandante. Porque no siempre el que viaja con frecuencia puede festejar el día mayor de los trabajadores. Otros años nos ha sorprendido la estancia en esta fecha en pequeños pueblos donde la falta de organización obrera hacía que el Primero de Mayo pasara inadvertido y se viese uno lanzado forzosamente a su habitual trabajo.

Pero este año, no. Este año hemos tenido la dicha de poder estar al lado de la familia y de la organización a la vez. Y, verdaderamente, ¿por qué no decirlo?, ciertas expansiones que realizan los obreros organizados en este día no son de nuestro agrado. Suelen tener derivaciones que inconscientemente se traducen en consecuencias no muy prestigiosas precisamente.

He aquí un fundamento para que a los socialistas gijoneses les haya sugerido la acertada idea que ponen en práctica de hace unos años acá. Se trata, sencillamente, de una excursión agradable, a la vez que silenciosa. Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de «El Cervigón», la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama que, ya vieja, empero rompería su lanza en pro siempre de las ideas avanzadas…

Fraternizando, en grupos, hemos partido del centro de nuestra industriosa villa gijonesa a realizar la excursión. Día esplendoroso, de irradiante sol; alejándonos del bullicio de la población en donde siempre vemos la vida monótona, vulgar y cansada, empezamos bordeando la hermosa playa, respirando la brisa del mar, disfrutando a nuestras anchas… Llegamos al extrarradio de Gijón sin perder de vista el mar, expansionándonos ante el paisaje que se nos ofrece: a la izquierda, las rocas del Cantábrico, en donde el oleaje impetuoso se estrella; a la derecha, los verdes campos, pletóricos de alegría. Nos hallamos en el empalme, en la unión de la ciudad de Jovellanos y la aldea de Somió. Algo en lo alto se destaca: la mansión de la solitaria. Una modestísima casa que la circunda una tapia…

Doña Rosario de Acuña, vive en compañía de su sobrino don Carlos, el que muy atentamente nos recibe a la puerta y nos da acceso al interior. Nuestro asombro ha sido grande al apreciar el sencillo y escueto mobiliario de doña Rosario: una camilla grande, un trinchero antiguo, varias sillas, etc.; pero no el mobiliario de lujo, ni siquiera de apariencia, que hoy cualquier familia humilde posee. De ahí el contraste.

La visita ha sido breve, pero ha sido muy grata para los excursionistas. Pocas palabras se han cruzado, pero hemos dicho mucho. Claro es que ha sido el pensamiento el que todo lo ha expresado, porque en los allí reunidos era el mismo nuestro fondo, el mismo nuestro ideal

En la amigable charla con doña Rosario se ha revelado ora el optimismo, ora el pesimismo. La eximia escritora nos ha pedido un favor y nos ha referido una de las pinceladas de su amarga vida. Nos ha pedido, y nosotros aceptado, que a la par que en el día 1º de mayo rpresentemos la obra Juan José, los socialistas representemos una obra suya: El padre Juan. Nos ha ofrecido el argumento de la obra, prescindiendo de cobrar los derechos. Muy agradecidos, lo hemos estimado con distinción.

La solitaria nos ha referido lo que le acaeció al querer estrenar la citada obra en Madrid, cosa que no consiguió por la prohibición del Gobierno de aquel entonces. Pretendió que la pusieran en escena varias compañías, y, aunque con sentimiento, todas se negaron. La obra era bonita; el conjunto, los personajes, la intención, la argumentación, revelaba la verdad, la justicia…; pero hablaba muy claro. Obligada se vio doña Rosario a alquilar un teatro de Madrid por veinte días, formar la compañía, encargar el vestuario y decoraciones para su propiedad. Y cuando había invertido quince mil pesetas, el día del estreno la prohibieron las autoridades, tomando éstas las bocacalles del teatro para evitar la representación.

A este respecto nos advertían, nos recordaba nuestra doña Rosario cómo volcó su fortuna en beneficio de las ideas avanzadas, procedimiento contrastable con el de nuestros políticos y seudorrevolucionarios de oficio, que gracias a sus prédicas han medrado.

Nos pareció acertada la forma en que calificaba a los políticos revolucionarios al uso. Nos decía de uno que sigue pasando por republicano en España el concepto que de él tenía, que no era otro que el de jefe de la policía palatina. Se nos refería a otro que lo fue, calificándole de político ingenuo a disposición de la Monarquía, como un gran colaborador y sostenedor, a pesar de su pregón constante de democratizarla.

Y, por último, vimos un gesto viril, varonil, a la solitaria de El Cervigón. Celebraba mucho, con gran alegría, la posición de nuestros diputados socialistas, de nuestros concejales socialistas de Madrid, del triunfo resonante en las últimas elecciones generales en Madrid. Vislumbraba llegada la hora de depurar las responsabilidades de Marruecos. Luchaba ella titánicamente ante nosotros. «A ver, amigos socialistas -nos decía- únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo, que aquí lo componen los jesuitas, el clero, la Acción ciudadana, los sindicatos católicos, los libres, los mauristas, los conservadores; en fin, todos los que sostienen este podrido régimen, que se tambalea, y un simple soplo sobraría para echarlo abajo…»

¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosas, en un elevado sentido de la palabra!

El Socialista, Madrid, 19-5-1923

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10. La visión de un agustino

Publicado por Macrino Fernández Riera el 2 Agosto 2009

El 28 de diciembre de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publicó en su primera página la carta en la que Rosario de Acuña hacía pública su adhesión a la causa. A partir de ese momento nada fue igual para ella. Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando, lo cual no tiene perdón de Dios.

Al principio, hubo gentes de la Iglesia que,  pensando que aquello podía ser una ofuscación pasajera, intentaron el retorno de la oveja descarriada. Esa parece que fue  la intención de José María Benito Serra y Juliá, por aquel tiempo obispo in partibus de Daulia, quien, según ella misma nos ha contado, porfió durante un tiempo con la nueva librepensadora:

«…dándome golpecitos en el hombre, me repitió muchas veces, allá por los años de mi campaña en Las Dominicales: “Con nosotros, con nosotros, debería usted estar. ¿qué ventaja hay para que esa pobre clase aldeana y popular en abrirla los ojos. Pan y catecismo es lo que necesita el pueblo para ser feliz… ¡Ah, si usted quisiera sería, entre nosotros, otra Teresa de Jesús, aunque no fuera santa”»

Más tarde, siendo evidente el fracaso, ya no hubo espacio para el diálogo: Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando.

Los elogiosos comentarios recibidos tiempo atrás, entre los que Rosario recordaba los  de su pariente el cardenal Benavides que le enviaba cartas llamándola «poeta insigne y otras lindezas» parecidas, se tornaron críticas ácidas, con escasos argumentos literarios. Sirva el ejemplo de lo escrito por el fraile agustino Francisco Blanco García en su obra La literatura española en el siglo XIX, publicada en el año 1910:

«Triunfo bien extraño fue el que consiguió Dª Rosario de Acuña con su Rienzi el tribuno (1876), obra en que resaltan más los alardes democráticos que el conocimiento de la escena. Ni el protagonista y las figuras accesorias pasan e la medianía, ni los amores de aquél están bien delineados; y por lo que hace a los desahogos de Rienzi y sus apóstrofes a la libertad, no hacía muchos años que en otro drama con el mismo tema había precedido a la poetisa el malogrado Carlos Rubio. El talento de doña Rosario ha concluido en punta, como las pirámides. Las atenciones y lisonjas que le prodigó la galantería en 1876, le hicieron concebir de sí propia una idea equivocada; y ansiando a toda costa inmortalizarse, formó una alianza ofensivo-defensiva con los herejotes cursis de Las Dominicales, escribió a destajo versos y prosas incendiarios, y anunció en los carteles un dramón archinecio que delata con elocuencia el lastimoso estado mental de la autora. »

Queda dicho.

Bien parece que a la hora de opinar sobre  la obra  de nuestra protagonista, don Francisco se deja llevar por argumentos que poco tienen que ver con la Literatura, lo cual, dicho sea de paso, tampoco resulta tan extraño si tenemos en cuenta la situación de confrontación ideológica en la que estaban inmersos algunos de los españoles de entonces.

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7. El padre Juan más reciente

Publicado por Macrino Fernández Riera el 30 Julio 2009

El viernes 3 de abril de 1891 se estrenaba en el teatro  Alhambra de Madrid El padre Juan, drama en tres actos de Rosario de Acuña. El público,  que llenaba el patio de butacas,  aplaudió con entusiasmo al bajarse el telón, lo cual parecía asegurar a su autora varias representaciones más de aquella obra, compensando, de alguna manera, los contratiempos con los que se había encontrado  desde el mismo momento en el que se le ocurrió representarla.   Sin embargo, la  primera función  se convirtió también en la última, pues así lo decidió   la autoridad gubernativa.

Lo que seguramente no sospechaba el gobernador de Madrid era que con su decisión iba a contribuir a la inclusión de   El padre Juan en la categoría de  títulos malditos (o emblemáticos, según para quien),  al lado de otros controvertidos dramas  como Electra de Galdós  o Daniel de Dicenta.

Para unos no era más que un panfleto irrespetuoso; para otros, un canto a la esperanza y a la libertad; para nadie, un drama sin más. Así las cosas, convertido en un panfleto propagandístico, El padre Juan se alejó de los escenarios tradicionales y se hizo un hueco en el repertorio de algunos grupos teatrales constituidos en sociedades obreras, republicanas o librepensadoras. Serán estos entusiastas actores los que de vez en cuando den vida a Isabel de Morgovejo, a Ramón de Monforte y al resto de personajes. Parece ser que la obra se representó con cierta frecuencia, aunque tan solo tengamos constancia de algunas de estas representaciones,  como la que tuvo lugar a finales de mayo de 1920 en Portugalete, con la cooperación de la Casa del Pueblo de la localidad, o la que llevó a cabo la Sección Artística Obrera en el teatro Robledo de Gijón en el mes de julio de 1923.

Sí tenemos noticia fehaciente  de la que, a falta de otros datos, podemos considerar  la representación más reciente, que tuvo lugar el miércoles 9 de mayo de 2001 en el teatro de la Universidad Laboral de Gijón y que corrió a cargo del Grupo de Teatro del instituto «Rosario de Acuña», dirigido por Luciano Maldonado Moreno,  profesor de Lengua y Literatura. Este fue el reparto:

Isabel de Morgovejo                       Marta Gómez
Doña María de Noriega                     Silvia Pescador
Consuelo                                  Olaya Suárez
Doña Braulio                              Lucía Prieto
Ramón de Monforte                         Tania Montes
Luis Bravo                                Tamara Menéndez
Diego                                     David López
Don Pedro de Morgovejo                    Ada Ruiz
Tía  Rosa                                 Cecilia Alonso
Suárez, arquitecto                        Paula Macho
Juana, aldeana joven                      Paula Morales
Manrique                                  Patricia Cañete
Roque                                     María Fernández
Manuel, aldeano joven                     Lorena Veiga
Pepa, aldeana joven                       Vanesa Buznego
Justo, aldeano joven                      Lara Rodríguez

Lo que al día de hoy ignoramos,  las crónicas no dicen nada al respecto, es si alguien encarnó el espíritu del padre Juan.

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6. Una entrevista de hace cien años

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Poco a poco hemos ido recuperando el rastro dejado por  Rosario de Acuña, oculto durante varias décadas por una capa de inercia y olvido. Contamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos… ¡y una entrevista!

Apareció el 25 de septiembre de 1909 en las páginas del diario gijonés El Publicador,  y aquí queda reproducida:

«Ayer hemos tenido el honor de hablar con una de las figuras contemporáneas más prestigiosas, la insigne poetisa y pensadora doña Rosario de Acuña.

Nos hemos aprovechado de la ocasión en que doña Rosario dirigía los ensayos de su obra La Voz de la Patria, que hoy se estrena en el teatro de Jovellanos.

Precisamente, el objeto de nuestra visita era interrogar a la ilustre poetisa respecto de esta obra.

Doña Rosario estaba sentada a un lado del escenario del Jovellanos, casi borrada por la sombra, cuando nos llegamos a ella algo temblorosos, miedosos, ante tan respetuosa figura.

Una profunda inclinación hizo vacilar nuestro cuerpo, y extendiendo la mano temblona para estrechar la de doña Rosario, nos manifestamos.

- Un redactor de El Publicador…

La ilustre dama acogionos afablemente, con una sonrisa tan amiga que nosotros respiramos un momento, y proseguimos, empezando por donde debimos acabar tal vez.

Antes que nosotros expusiésemos nuestro deseo, doña Rosario se adelantó, diciéndonos:

- Ya sé, ya supongo a qué vienen ustedes…

La venerable dama pronuncia algunas palabras de amabilidad, entre las que nosotros adivinamos sólo una cosa, y es ésta: doña Rosario de Acuña prefiere que se la dé por muerta… que nadie hable de ella.

Eso quiere. Y nosotros, ahondando más, conseguirmos que la ilustre dama nos lo confirmara.

- Y dice usted…

- Sí, sí; eso es… quisiera que no dieran ustedes cuenta a nadie de nuestra conversación…

Habla silenciosamente, misteriosamente, con un dedo cruzado sobre los labios.

Nosostros bajamos los ojos, callamos ante la imposición de la venerable señora; pero, aunque con temor de molestarla, procuramos hacerla ver la necesidad de un corazón como el de ella en nuestra patria.

Con esta afirmación nuestra, hemos suscitado en los labios de doña Rosario algunas palabras de protesta, y díjonos:

- Yo amo mucho a mi patria, yo he sufrido mucho en ella; tal vez por esto la ame tanto.

La patria, «la voz de la patria…»

Esta ingeniosa frase nos ofreció campo abierto para iniciar nuestra conversación.

- «La Voz de la Patria» la estrené en el teatro Español de Madrid en 1898 [debe de tratarse de una errata de imprenta pues el estreno tuvo lugar el 20 de diciembre de 1893], en ocasión de la otra guerra de Melilla. Su sentido patrótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a «hacerla» en Gijón.

Cuando se estrenó  La Voz de la Patria en Madrid el éxito fue formidable, indescriptible. Doña Rosario recuerda aquella noche como una fecha memorable de su vida.

La modestia de nuestra interlocutora nos impide seguir hablando de su hermoso cuadro dramático, y nuestra conversación evoluciona hasta terminar por dedicarle unas palabras -todas de doña Rosario, de elogio sincero y entusiasta- a nuestra tierra, a Asturias.

Encantadoramente nos habló de sus amores por nuestra «tierrina», por esta región incomparable -dice- única, hermosa, para mí de todas las que he visto, que no han sido pocas. Créame…

Nosostros nos emocionamos un momento y la conversación cesó breve rato, durante el cual, indudablemente, doña Rosario y nosotros pensamos en lo mismo, en Asturias nada más.

- Conozco palmo a palmo -palabras textuales- a Asturias. Sus excursiones por ella fueron frecuentísimas y largas.

Tras una reverencia, en la que solicitamos licencia para retirarnos y dar por terminada la entrevista, nos inclinamos y de nuevo extendimos la mano, segura ya, para estrechar la de la ilustre señora.

La blanca cabeza de doña Rosario se inclinó levemente, y mientras teníamos la mano estrechada por la suya nos dijo, en misterio otra vez:

- Ya sabe usted… ya no existo… ¿eh? No hablen ustedes de mí, déjenme; ocúpense, si quieren, de mis libros, que son mis hijos; alábenlos, ensálcenlos, para eso son siempre jóvenes…

Y levantando la cabeza:

-Salude usted en mi nombre a El Publicador.

Arqueamos el cuerpo reverentemente, y échandonos el sombrero a la cabeza, nos separamos de la ilustre pensadora»

A pesar de sus intenciones doña Rosario no consigue pasar inadvertida. Un mes antes El Noroeste había informado a sus lectores de la intención de la escritora de fijar su residencia en Gijón. Pero, ésa es otra historia.

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5. Galdós, el admirado

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Aunque desde sus primeras apariciones en la arena literaria, Rosario de Acuña dedicó vítores, aplausos y alabanzas a varios de los integrantes del Parnaso hispano (Bécquer, Echegaray, Calderón, EsproncedaMesonero Romanos…), creo que no yerro al atreverme a afirmar que fue Galdós su escritor más admirado.

Y no lo digo por decir, que pruebas hay que avalan mi afirmación. Sirva como primer ejemplo  el hecho de  que a la hora de poner nombre a uno de sus  gallos  echara mano del imaginario galdosiano y le llamara Pipaón (recordemos que por tal respondía un  personaje de «Memorias de un cortesano de 1815», una de las novelas de la Segunda serie de los Episodios Nacionales que Galdós había publicado en 1875). Por cierto que el citado animal, no sé si por su contrastada habilidad gallística  o por haber recibido tan novelesco nombre, gozó en su momento de cierta fama pues su ama le dedicó, al menos, un artículo y un poema.

No solo acudió a una de sus novelas para tomar  prestado el nombre de Pipaón y así  llamar a su  gallo zaragozano de maravillosa inteligencia y especialísimo carácter,  sino que también se fijó en otra, buena excusa ciertamente,  para hacer públicas sus alabanzas al escritor. Así empieza sus comentarios sobre El amigo Manso:

«No le conozco ni de vista, pero le admiro, le venero como a un ingenio de primer orden.

Pérez Galdós es la figura más grande de nuestra literatura contemporánea.

Su nombre ha de figurar unido a los nombres que ilustran el siglo presente.

Cada una de sus novelas es un monumento de gloria para él y para la patria que tiene la honra de llamarle hijo suyo.»

¿A qué seguir?

Pero la admiración no se quedaba solo en asuntos literarios, sino que también  alcanzaba a los asuntos ideológicos, a la política que defendía el escritor-diputado canario. Doña Rosario lo aplaudía y apoyaba en cuanto la ocasión así lo requiriese. Sirva de ejemplo la carta que le envió en el mes de octubre de 1909. Dice así:

Excmo. Sr. D. Benito Pérez Galdós.

Respetable maestro:

He leído y meditado durante varios días su noble y valiente manifiesto al país; contesto el párrafo suyo que dice:

«Me lanzo a esta temeraria invocación esperando que a ella respondan todos los españoles de juicio sereno y gallarda voluntad, sin distinción de partidos, sin distinción de doctrinas y afectos, siempre que entre éstos resplandezca el amor a la patria, así los que hacen vida pública como los que viven apartados de ella»

Aunque a juicio mío, hace mucho tiempo somos el ratón que tiene el leopardo inglés entre sus garras, destinados irremisiblemente -por ser nación sin virilidad ni cultura- a colonia protegida del sajón, mi alma latina se revela contra toda desesperanza y aun imagino posible un retorno a la personalidad ibérica, aunque para ello fuese preciso nadar en sangre.

Por mi patria y por mi raza, por la justicia y por la humanidad, los grandes soles de que son satélites las almas conscientes, le ofrezco a usted mi vida y mi alma: mándeme hacer lo que sea preciso; si mi viejo cuerpo sirve para ser acribillado, dígame dónde he de ponerme; si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame dónde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y de racional.

Quedo a sus órdenes su atenta lectora.

Rosario de Acuña y Villanueva

Santander, octubre 1909

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4. Defendiendo la propiedad intelectual

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Julio 2009

En 1876  Rosario de Acuña y Villanueva presentaba su candidatura para ingresar en el Parnaso nacional con el estreno de Rienzi el Tribuno. Tras el clamoroso éxito cosechado entonces, muchos quisieron ver en ella la continuadora de la Avellaneda. Quince años después todo ha cambiado:  la prometedora escritora aplaudida y jaleada por la clase literaria española se ha convertido en una conocida activista del librepensamiento que utiliza la pluma como hábil instrumento de propagación de sus ideales. Sus obras que tiempo atrás contaban con  la simpatía y el apoyo de la mayoría,  provocan ahora el recelo de la gente bienpensante y el aplauso incondicional de los heterodoxos. Así las cosas, en 1891 la escritora quiere poner en escena El padre Juan y no lo tiene fácil, pues muchos empresarios se niegan a acoger el drama  en sus escenarios. No se arredra, ella se hará cargo de todo. Alquila el teatro de la Alhambra, costea la producción, dirige los ensayos… A la primera representación no le siguieron otras pues el gobernador decreta la prohibición.

Ni corta ni perezosa, no duda en  salir a la palestra pública para defender lo que es suyo. He aquí el comunicado aparecido en El País el 11 de abril de aquel año:

Señor director de El País

Apreciable señor: estimaría de su bondad mandase insertar el siguiente comunicado:

Al público

Habiendo tenido en mis intereses pérdidas enormes por la disposición gubernativa que prohibió las representaciones de mi drama El Padre Juan, cuando tenía vendidas las localidades para la segunda función y, por  lo tanto, compensados en parte los gastos hechos para ponerlo en escena con el aparato requerido, he dispuesto, en beneficio mío, una función en el teatro de la Alambra, para el 12 del corriente abril, poniendo en escena mi drama Rienzi el Tribuno.

Creyendo usar de un derecho legítimo me dirijo al público imparcial, invocando a favor de mi lesionada propiedad intelectual su valiosa protección, e invitándole a que asista a mi beneficio, testificando con su presencia que aun laten almas capaces de protestar contra ciertas vejaciones.

Reconocida a la merced, queda de usted señor director S.S.Q.B.S.M.

Rosario de Acuña

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