Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Publicista'

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia

Publicado por Macrino Fernández Riera el 8 Octubre 2010

Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma,  serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos  y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea  de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error,  de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923

Amalia Carvia

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77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos de Lamo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Septiembre 2010

El apoyo público que a finales de 1884 Rosario de Acuña prestó a los estudiantes de la Universidad Central  con motivo de las protestas que protagonizaron en defensa del catedrático Miguel Morayta, que había sido duramente criticado por los sectores confesionales que tildaron de herético el discurso que éste pronunciara en el acto de inauguración del curso escolar, no hizo otra cosa más que proclamar el convencimiento de la escritora de que sólo la juventud, y en especial la juventud ilustrada, podría regenerar la patria.

De ahí que no resulte extraño que cuando tres años más tarde un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— acceda gustosa.

Días más tarde, Carlos de Lamo, por entonces un joven de diecinueve años de edad que, tras haber realizado el curso anterior los Estudios Preparatorios, cursaba las materias correspondientes al primer curso de la Licenciatura en Derecho, le dirige la siguiente contestación, en su calidad de presidente del citado Ateneo:

«Señora:

Si fuese posible que os diera a conocer tal como ha sido el interés y el entusiasmo, la gratitud y la energía, que vuestra carta ha despertado en el ánimo de todos los que formamos este Ateneo, si posible fuera que os retratase tal como sucedió en la realidad aquella explosión de aplausos que al concluir su lectura, como ola impetuosa, llenó el espacio; si la naturaleza me hubiese dotado de elocuencia para hacer llegar a vuestros oídos las exclamaciones de alegría, las palabras de profunda y sincera admiración arrancadas a todas las más arraigadas convicciones de nuestra alma; si pudiese, en fin, resumir lo que fue aquella, para nosotros, memorable sesión, en que vuestro nombre sonó en todos los labios, en que la carta se leía por todos, en que las emociones se sucedían unas a otras sin interrupción: en verdad que resultaría un cuadro de maravilloso colorido, en verdad que haría una composición mágica por la luz y el movimiento de sus figuras, y llena de realidad y vida incomparables.

Pero, ¡ah!, que lejos de eso eligieron un intérprete de sus sentimientos, de sus ideas y aspiraciones, y no reúno ninguna de las brillantes cualidades que necesarias son para que esté en consonancia con la grandeza del acto, su interpretación al exterior, y por esto no es de extrañar que esta respuesta sea pálido reflejo de todo aquello.

Procuraré, sin embargo, esforzarme; procuraré dar forma real a todo lo que, como ellos, sentí yo; haré porque el sentimiento, que es lo que después de todo forma la base de nuestra vida, y que tan felizmente fue conmovido por su carta, salga tal como él es, con sus brillantes colores, con sus matices de esperanzas y sueños, idealidades y poesía, y si lo consigo, y lo que constituye lo íntimo de nuestro ser, reviste en el mundo de la realidad las mismas formas, el mismo ropaje que tiene en el puro campo de la fantasía, yo os prometo  que lo menos irá esta carta llena de tan nobles y generosas aspiraciones, que bastarán por sí solas a hacer pasar desapercibida la forma un tanto prosaica en que vayan expuestas.

Pero antes de deciros cuáles son nuestros deseos y de qué manera pensamos responder a la solicitud con que nos distinguís, voy a permitirme contestar a los primeros párrafos de vuestra carta que sólo a mí afectan.

Ese con que me habéis honrado es un nuevo motivo de orgullo, de satisfacción y complacencia, porque me prueban que son de tal modo idénticos la manera de pensar y sentir entre ambos, que llega hasta el punto, poco comprensible para la generalidad, de que en el poco tiempo que tengo el placer de tratarla, haya profundizado de tal modo en mi ser que vea en él ese algo que siempre precede al cambio de tratamiento, que como decíais muy bien en cierta ocasión, sólo lo tenía establecido la especie humana.

Y cerrando este paréntesis, voy a daros a conocer los propósitos que nos animan.

El Ateneo Familiar, formado en un momento de entusiasmo, siguió en marcha constante y progresiva, gracias a ese mismo ardor que la juventud tiene para toda clase de empresas en que ha depositado su cariño y que ella misma crea.

Espera poder llevar, dentro de su círculo, la ilustración en general al mayor número, base de todos los adelantos que en el mundo se operan; tiene como uno de los más legítimos triunfos el haber admitido con los mismos derechos que al hombre a la mujer, para conseguir poco a poco la conquista, porque verdadera conquista es hoy y más en nuestra patria, la de atraer al eterno femenino a un  mundo más amplio y real del que se mueve, sacándolo de ese estrecho círculo de casa paterna, hogar e iglesia y lanzándolo en el torbellino grande y sano de la humanidad, para que piense con ella, sienta sus dolores y trate de remediarlos.

Quiere coadyuvar en lo que quepa al movimiento científico que se opera en estos momentos; en el orden científico intenta  afinar el sentimiento estético; en el filosófico, prestar su apoyo a lo que sea más verdadero; en el político trabajar porque se establezca aquel régimen bajo el cual la igualdad de hecho ante la ley, la libertad y la fraternidad constituyan sus más firmes bases; en suma, procurando realizar el fin humano que a la agrupación lo mismo que al hombre cabe y que vos sintetizáis en las palabras libertad y trabajo, sabiduría y virtud.

Yo os prometo, por otra parte, que vuestro nombre irá grabado en el corazón de todos los que forman hoy este Ateneo, que él se repetirá de unos en otros cual reliquia preciada en donde se encuentren condensadas todas sus alegrías y todas sus tristezas porque pase durante su vida; que un sentimiento de gratitud, cada vez más profundo, irá arraigándose allá en nuestra conciencia hacia el ser valerosísimo, hacia la mujer incomparable, que dando un pasmoso ejemplo de caridad, puesto que caridad es ir estrechando las relaciones entre los hombres —corolario de todas las doctrinas que predica— y difundiendo, por el sólo motivo de hacer bien, aquellos ideales que considera como del desideratum de lo que en mucho tiempo puede desear la humanidad; a la vez que sufre grandemente, y que lejos de rendirse en esa lucha desventajosísima y terrible en que se encuentra empeñada, sigue y sigue siempre con un ardor y una energía propia de apóstoles que tratan de implantar en la humanidad nuevos ideales, al mismo tiempo que de hacer la selección de los antiguos, dejando sólo aquello que es bueno,  bello o verdadero bajo uno de los múltiples aspectos que contengan; que muestran el camino, que indican el método que la juventud debe seguir si quiere hacerse digna, no sólo de las grandes ideas que está llamada a defender y propagar, sino también de aquellos que nos han precedido en esa lucha, de los que nos han conducido al estado en que nos encontramos.

Y si todos estos cargos y condiciones os caracterizan, ¿cuál no será la memoria imperecedera que nuestra insignificante sociedad guardará por haberla con generosa protección cobijado bajo su ilustre nombre, por habernos sacado del modesto círculo en que nos encontrábamos al más ancho en que hoy nos movemos, por habernos puesto en condiciones de que nuestros deseos manifestados hoy tengan solución práctica por los que nos sigan, realizando de este modo lo que para vos pedís en vuestra carta?

Confiad, pues, en que se realizarán todos vuestros deseos, en que tendremos siempre como norma de nuestra conducta vuestro programa y en que siempre se la recordará con gratitud y entusiasmo.

Recibid, señora, el más respetuoso saludo del Ateneo Familiar, en cuyo nombre hablo, y en particular de este vuestro ferviente admirador q.s.p.b. Carlos Lamo Jiménez.

Madrid, 1º de abril de 1888

Las Dominicales del Libre Pensamiento, Madrid, 15-4-1888

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73. El Ateneo Familiar: Rosario y Carlos se encuentran

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56. Su amiga Ángeles López de Ayala

Publicado por Macrino Fernández Riera el 23 Abril 2010

En 1888, dos años después de haberse convertido en Hipatia, Rosario de Acuña pronuncia un discurso en la ceremonia de inauguración del colegio para huérfanos de padres masones que pone marcha el  Gran Oriente Nacional de España. En el mismo acto otra mujer toma la palabra: se trata de Ángeles López de Ayala,   masona como ella, combativa como ella, con quien mantendrá una larga amistad.

Para conocer un poco más de quién se trata,  permítaseme que reproduzca aquí unos párrafos que sobre ella incluyo en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato:

Ángeles López de Ayala y Molero, una sevillana nacida en 1856, que tras haber contraído matrimonio se habría trasladado a Madrid, donde  comienza a  moverse por  ambientes masónicos y librepensadores, no tardando en producirse su iniciación que tuvo lugar, al parecer, en la  logia Amantes del Progreso,   en la que desempeñará los cargos de Secretaria y Oradora,  figurando en 1894 con el grado 30, no duda en reivindicar que todas las mujeres puedan seguir sus pasos  integrándose en las logias en igualdad de condiciones con los hombres, obviando con ello  el Rito de Adopción. Participará de manera regular en las actividades organizadas por la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona, entidad íntimamente ligada a la masonería dedicada a favorecer la formación política y cultural de las mujeres, que será el germen de la Sociedad Progresiva Femenina que fundará Ayala en 1898. Dos años antes sacará a la calle El Progreso, la primera publicación de carácter librepensador y feminista de las cuatro que habrá de fundar y dirigir. Después vendrán El Gladidor (1906), El Libertador (1910) y El Gladiador del Librepensamiento (cuya segunda época se inicia en 1910), en donde aparecerán de manera habitual escritos   de Rosario de Acuña,junto a los de otras librepensadoras, espiritistas o masonas.

Parece ser que las inquietudes y la vitalidad que mostraba entonces Ángeles López de Ayala ya anunciaba el intenso batallar que desplegaría tiempo después. No sería de extrañar, por tanto, que en el verano de 1888 surgiese entre las dos mujeres una relación de complicidad que solo se habría de romper con la muerte. Y es que nos encontramos ante dos seres que no solo defendían posturas similares desde las mismas filas del republicanismo, el librepensamiento y la masonería, sino que lo hacían animadas por el mismo espíritu combativo. La complicidad que no pudo existir con Amalia Domingo Soler ni con Mercedes de Vargas, era ahora posible con esta mujer con la que, tal y como nos cuenta décadas después,  selló un pacto por el que ambas  no solo se comprometían a vivir y morir fuera de todo dogmatismo religioso,  sino que pondrían todo su empeño en despertar en  «cuantos seres pusiera a nuestro lado el destino, las ideas racionales de justicia, bondad y belleza, desligadas de todas las religiones dogmáticas»

Lo cierto es que no permaneció durante mucho tiempo en el mismo sitio, pues tras su paso por Amantes del Progreso , Lacalzada de Mateo la sitúa en 1888 en el cuadro de Amor y Ciencia y poco después, en abril del siguiente año, en la logia  femenina Hijas de los Pobres…

Pues bien, la amistad entre ambas se mantuvo hasta que la muerte las separó para siempre. Rosario tenía la mejor opinión de Ángeles, como se refleja en estas palabras escritas para ser pronunciadas en un mitin celebrado en 1917 en la Unión Progresiva Femenina de Gracia:

«Esta mujer, amiga mía, que hace 30 años viene dándose al ideal librepensador, por encima de su propio bien, porque ¡a cuántas más inferiores que ella en entendimiento, cultura y voluntad se las ve, como monigotes de feria, subir a los tablados de la vanidad social hasta conseguir, con buenas o malas artes, un sitio en los frisos de los olimpos contemporáneos!».

De la opinión que Ángeles López de Ayala tiene de Rosario de Acuña y Villanueva, sirvan estas palabras escritas con motivo de su muerte:

 

El mejor Florón

A ROSARIO DE ACUÑA

Falta ya de España. No era digna esta Nación de poseerlo; aquí, donde se han cobijado los detritus de los países más afortunados, sobraba ya la mujer fuerte, valerosa y digna, forjada en el yunque del sufrimiento, donde adquirió la diamantina dureza del granito.

Era una provocación quijotesca la de aquella alma briosa sin comparación, que sola en el mundo, se atrevía a desafíar a la institución más poderosa de cuantas en el día subisten, ¡al jesuitismo!

En Oviedo [por Asturias], frente por frente de él, simbolizando las sombras de oscura noche, destruídas por el rayo de luz de la razón, edificó su hogar aquel gigante del pensamiento, aquella mujer insustituible que pasmó por sus conocimientos, por su sabiduría y su inflexibilidad.

La que siempre se mantuvo arrogante e inatacable, rindió al fin su tributo al no ser, probando con ello que hasta lo más sólido es efímero en las páginas del gran libro de la eternidad…

¡Rosario!, al pronunciar tu nombre mi labio tiembla de admiración y de respeto; tu fuiste mi maestra; la fuente cristalina donde sacié mi sed devoradora de justicia y de humanidad.

Recuerdo aquellos ratos que en compañía pasaba, sentadas las dos sobre una piel de oso; aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos, amenizadas por los destellos de tu inteligencia; aún te veo a mi lado durante mi primera conferencia, animándome con tu aplauso, que para mí era de más valía que el de los públicos todos; y… en fin, aún parece que te tengo a mi lado, inculcándome tu aliento para el bien y tu odio para el mal. ¡Qué buena y qué justa eras, Rosario inolvidable! Conservo tus cartas, en las que no hay un sólo párrafo de desperdicio, ¡qué buena eras!

Ya en Barcelona, te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la «Sociedad Progresiva Femenina», conferencia que a vuelta de correo enviaste.

También has contribuido a sostener con tu brillante pluma mi Progreso, mi Gladiador, todo lo que ha podido darme provecho y nombre.

Por desdicha, yo solo puedo pagarte dedicándote un puesto en mi memoria, que ocuparás eternamente.

Y, ahora, perdóname si no he sabido hacerte justicia. Mi voluntad es muy grande, pero ni mi inteligencia, ni mi dolor me permiten exteriorizarla.

Y tú, Carlos Lamo, que por tu generosidad y tu nobleza te consagraste a vivir para endulzar sus días, que la bendición de aquella SANTA te acompañe.

El Motín, 19-5-1923

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54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Abril 2010

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta  o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva,  Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo-Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

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50. Homenaje a Rosario de Acuña en Portugalete

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Marzo 2010

Creo que de la  lectura del artículo  «Homenaje a una mujer ilustre», publicado en El Motín en el verano de 1916 y reproducido en esta bitácora semanas pasadas, bien se puede deducir la admiración que por Rosario de Acuña sentía Volney Conde-Pelayo, miembro -como entonces se dijo- de una conocida familia de Portugalete y destacado escritor «radical».

Ignoro  si la amistad entre ambos ya existía con anterioridad, pero sí me consta que, al menos, la hubo desde entonces tanto con Volney como con su familia, pues sabemos que su hermano Ángel y su cuñado José Tejada  pasaron unos días durante el verano de 1917 en la casa que en Gijón tenía la escritora. Visita  que no sé si verían con buenos ojos las autoridades gubernativas asturianas, preocupadas como estaban ante los rumores de huelga general que corrían por entonces y que tan desagradables consecuencias habrían de depararle a la pensadora de El Cervigón, que en el mes de agosto tuvo que soportar dos registros domiciliarios.

Lo cierto es que la simpatía entre ambos debió de ser mutua pues ambos defendían puntos de vista similares, al menos en cuanto respecta a la defensa de la libertad religiosa y a su beligerancia frente al omnipotente poder que el catolicismo ostenta en España,   asunto éste en el que Rosario de Acuña tiene un ya reconocido prestigio de infatigable luchadora y Volney alguna que otra escaramuza notable, como la difundida por la prensa en el otoño de 1917:  debe comparecer ante el juzgado de Sestao «por no haberse descubierto al pasar el Viático», según denuncia el capellán del «patronato de obreros amarillos».

En el artículo que he citado al comienzo de estas líneas  proponía Volney un homenaje a Rosario de Acuña en desagravio a todas las penalidades sufridas por la escritora en su larga lucha por la libertad. «Hay que hacerlo por dignidad». Para ello solicitaba a algunos destacados propagandistas que se pusieran manos a la obra. No pudo ser, pero él no cejó en su empeño hasta conseguirlo. Fue en Portugalete, en 1920.

Los organizadores pensaron que no había mejor manera de homenajear a la librepensadora que poniendo en escena El padre Juan, su obra emblemática, cuyas representaciones fueron prohibidas en 1891 por las autoridades gubernativas. A pesar de que la autora no pudo acudir por encontrarse delicada de salud, el público que abarrotaba el Salón Cine Ideal aclamó en repetidas ocasiones a la «ilustre anciana», según cuentan las crónicas del acto, en las cuales se anuncia que la iniciativa no termina ahí, sino que «el drama será representado nuevamente en algunos peublos de las zonas fabril y minera de Vizcaya».

Rosario de Acuña, que conoce todos los pormenores del acto de Portugalete,  agradece públicamente el homenaje por medio de una carta dirigida a todos y cuantos han participado en la representación:

«A todos ustedes les mando, con esta carta, mi fraternal abrazo de afectuosa gratitud asegurándoles que lo que más que sentí al no poder asistir a la representación fue el no poder estar entre ustedes, los intérpretes del drama, guiándoles en lo que vacilaran y secundado, con mi experiencia de vieja, la hermosa actividad de sus juveniles voluntades»

Resulta lógico pensar que hiciera extensivo el agradecimiento  a Volney Conde-Pelayo, verdadero artífice del homenaje. De no haberlo hecho antes, tendría ocasión de hacerlo meses después cuando el «escritor radical»,  se trasladó a Asturias para participar en la campaña de propaganda del recién creado Partido Comunista, al que se habría incorporado tras haberse dado de baja en el P.S.O.E.,  convencido como está de que «se va apartando paulatinamente de la táctica de la lucha de clases que constituyó su brillante historia», según explica en una carta  fechada en Portugalete el 28 de mayo de 1920 y  dirigida al director de El Socialista.

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Otros artículos relacionados:

43. El donativo de la difunta, en relación con la suscripción abierta por el Centro Democrático de Portugalete para  levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de  Juan José Conde-Pelayo.

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27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

Ahora puedes ojear el libro pulsando en el enlace CONSULTAR

 

 

ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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26. HIPATIA en el teatro Principal de Alicante

Publicado por Macrino Fernández Riera el 22 Octubre 2009

El miércoles 17 de febrero de 1886 Rosario de Acuña y Villanueva sube al escenario del teatro Principal de Alicante. El público aplaude con entusiasmo «rayano al delirio». Va a dar comienzo el recital poético.[1]

No es la primera vez que nuestra protagonista recoge los aplausos de un público entregado, pero aquella es una ocasión muy especial para ella: toma la palabra Hipatia, la nueva hermana de la Logia Constante Alona.

La Unión Democrática publica en la primera página de su edición correspondiente al viernes 19, Rafael Sevilla, su director,  hace alguna mención   al suceso:

«Nunca como ahora, siento carecer de dotes de escritor público; nunca como en esta ocasión me he sentido pequeño para reseñar lo sublime; nunca como en este instante al empuñar la pluma he experimentado desesperación, miedo, alegría, confusa mezcla de encontrados sentimientos. Y ¿por qué? Porque para elogiar al genio, para tejerle una corona, para aplaudirle se necesita, además de entusiasmo (y ese le tengo yo), el talento… ¡Que son estos pensamientos atrevidos y falsos! ¡Que me dejo llevar de la imaginación, esa losa de la casa! ¡Ah, no! Yo que nunca busco ni acepto ajenas inspiraciones, sino que prefiero juzgar por mí mismo, ¡yo que me confieso incompetente para hablar de la más ilustre de nuestras poetisas!, ¡yo que no sé mentir!, yo confieso que tengo la seguridad de no poder escribir ni un bosquejo de la velada literaria dada por D. ª Rosario de Acuña, en el teatro Principal en la noche del miércoles.

¡Lector, perdóname! Yo no tengo más norte que mi inspiración caprichosa, me encumbro aunque contadas veces en sus alas y me abandono a su versátil vuelo; me remonto o desciendo, giro por los espacios, crece y mengua a su albedrío. Me empeño en escribir, y ya lo ves, lector amigo, adopto por introducción el hablar de mi insignificante personalidad cuando debiera haber empezado este ejercicio literario o periodístico gritando:

¡Viva Rosario de Acuña!

Y después que he dado expansión a mi alma, me siento mejor, parece como que me he quitado un gran peso de encima.

Y sigo con mi reseña.

[…]

Enseguida apareció en la escena la insigne escritora doña Rosario de Acuña, la más ilustre de nuestras poetisas; la más elocuente de nuestras publicistas, la que para honra nuestra tenemos de huésped hace unos días, y al aparecer Rosario de Acuña, al destacarse su silueta del fondo del escenario que figuraba un salón cerrado por los lados, mi entusiasmo se desbordó como el del distinguido público que en gran número ocupaba el coliseo y aplaudía con entusiasmo, porque la autora de Rienzi tribuno, es para mí el tipo más perfecto del apóstol de la verdad; es para mí el ariete demoledor de las injusticias, la propagandista de la democracia; el ángel de redención que con la luz de la ciencia en la mano baja al oscuro antro donde mora el fanatismo y la ignorancia. ¡Salud ilustre poetisa! Yo te saludo en nombre de los alicantinos mis paisanos que como yo se sentían atraídos hacia ti por corriente magnética de simpatía y afecto, de admiración, de entusiasmo y de cariño.

Sobre tu frente se condensan muchas y grandes tempestades; lo sé. Jamás mujer ninguna ha conjurado contra sí tantas terribles pasiones.

¡Ah, sí! No exagero, no, Rosario de Acuña tiene enfrente a los fanáticos, a los ignorantes, a los oscurantistas que no quieren separar su corazón del quemadero, ni su mente de los antiguos ritos. Cuando leyendo sus obras, cuando saboreando sus poesías, veo los dolores, las penas que la asaltan, no puedo dejar de consagrarla algunas lágrimas como a todos los mártires de la verdad y del progreso.

Cual otro San Pablo, los paganos lanzan sus dardos, porque con sus palabra conmovía los altares de los dioses. Los judíos la persiguen, porque lleva al seno de la ley antigua un nuevo espíritu. ¡Cuántas veces en Éfeso, en Tesalónica, en Lystra, el antiguo fariseo perseguidor de los cristianos, estuvo a punto de perecer a manos de los judíos por sostener las mismas doctrinas que habían sostenido sus víctimas y las mismas ideas que había vertido Esteban, el primero de sus mártires! El fariseísmo que había creído encontrar en la nueva secta un poderosísimo auxilio para combatir el poder de las ideas griegas en la conciencia y el poder romano en la tierra, ardió en aquella desoladora ira, que tantas veces sintió San Pablo cuando pudo convencerse de que la nueva secta no buscaba en los idólatras enemigos, sino hermanos dignos de ver la eterna luz y participar del reino de Dios en los cielos.

La ilustre poetisa comenzó la lectura de sus cantares: su voz argentina y pura llevó al corazón de los oyentes armoniosísimos ecos que aplaudieron tanto esta composición como las que siguieron tituladas Las dos miradas, La ignorancia, El escepticismo, A la ciencia, Las tres flores, Una tórtola herida, Lo que dice la gaviota, El cielo, El niño muerto, La fraternidad, El ruiseñor, Las tres ilusiones, Las gotas de agua, Preguntas, El fin de un año, La desesperación, A la juventud, Cantares, Serenata morisca, Casualidad, ¡Dios!, En la escalera de mi casa, A los alicantinos.

Esta fue la segunda parte de la velada que corroboró la justa fama de que venía precedida la celebrada poetisa. En las inspiradas poesías que hemos enumerado se explaya su fantasía poderosa y derrama torrentes de armonía, imágenes de singular hermosura en versos fáciles, robustos, bien sonantes.

El entusiasmo que produjo en el público es indescriptible. Vimos el teatro con los ojos de la imaginación  y trasladamos in mente el lugar de la escena a orillas del mar, bajo una de esas esbeltas palmeras cuyas ramas con suaves ondulaciones parecen besar la frente de los mártires de la libertad: a la hora misteriosa del anochecer, hora sagrada para todos los pueblos, hora poética en todos los climas; la sacerdotisa vestida de lana blanca, ceñida la sien de encina, poniendo los ojos en el cielo, sonriendo, como poseída de una felicidad superior a toda felicidad humana, rodeada de los campesinos que la miran de rodillas y la ofrecen en canastillos de mimbre sazonados frutos, o en vasijas de tosco barro, blanca leche y perfumada miel; la sacerdotisa, la vestal, ora por el vuelo de la golondrina, ora por los momentos que la gaviota se mece sobre un punto del mar, y doña Rosario de Acuña, ora por la tórtola herida, por el ruiseñor, por las tres ilusiones. Y nos cuenta lo que dice la gaviota al mismo tiempo que la luna surge por el límite del horizonte, como una argentada lámpara encendida por Dios para iluminar aquel religioso cuadro.

Cuando apenas si se había extinguido el último eco de los aplausos y los «bravos», se levantó la cortina y volvió a pisar el palco escénico la heroína de la fiesta.

Serena, con ademán distinguido, dominando la situación, y la chispa del genio brillando sobre su espaciosa frente, doña Rosario de Acuña leyó con entonación apropiada sus hermosas poesías,  Décimas, intercaladas con un cuento, un cuadro de realidad asombrosa, bajo el epígrafe La igualdad, y estas otras: La justicia, La libertad, La camelia y la amapola (apólogo), Cantares, Interrogaciones, La tristeza, Madre, Lo cierto, Nubes, A la luz de la luna (poema), Cantares y Al pueblo.

¿Qué he de decir yo que no sea pálido, superficial y pobre después de tal profusión de poesías, tan esplendente gama de recuerdos y tanta riqueza de lenguaje? Me limitaré a emitir un deseo. Para gloria de Rosario de Acuña y de la literatura de España, anhelo que imprima las composiciones leídas en la velada a que me refiero. Y aquí he de hacerme cargo de la calumnia torpe que consiste en hacer de doña Rosario de Acuña un peligro para la familia. No es verdad semejante aserto, y al testimonio de cuantos asistieron en la noche del miércoles al teatro Principal apelo. Cuanto sale de su pluma puede correr en manos del tierno infante, de la casta doncella, de la honesta esposa. Si no respiraran racionalidad sus inspiraciones no serían populares; si hollaran las creencias del corazón, no lucirían portentosas. Muere la belleza donde el espiritualismo acaba: no concibo al artista, ni al poeta, sino creyente; debe inflamar su alma un átomo del celeste aliento a cuyo soberano impulso un fiat lux cubriera de esmaltes los montes, de matices las campiñas; resplandeciendo de transparencia las aguas, de excelsitud esa muchedumbre de globos que vaga por los espacios. Solo la idea de Dios arranca al hombre del polvo, que sus pies hollan; solo el convencimiento de la inmortalidad se enaltece y sublima y engendra en sus entrañas voces, cuyo eco retumba poderosos de raza en raza hasta la consumación de los siglos.

No conocen a Rosario de Acuña los que la calumnian, si la conocieran sabría que su corazón grande y generoso contiene tesoros de ternura, que su alma grande solo late a impulsos de los sentimientos más puros, que su imaginación ardiente y soñadora se deleita pensando en los grandes ideales del presente siglo, que cual otra Hypatia está dispuesta al sacrificio por no renegar de las arraigadas creencias de su alma. Fe, Dios, inmortalidad, gérmenes fructíferos y vivificadores que atesoran la mente de Rosario de Acuña; manantiales de origen puro, de raudal copioso, de salutífera influencia; anchos y ricos veneros de poesía, de santidad, de perenne gloria; reverberantes lumbreras que engalanan lo creado y enardecen los espíritus quebrantados por las tribulaciones del mundo.

[…]

Concluyo: la poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española, ha conquistado el laurel de la inmortalidad en lo mejor de su vida, y las prensas españolas han de sudar todavía mucho con las sublimes concepciones de su imaginación floreciente y creadora.

En bien de la civilización del progreso, así lo desea su admirador»

Rafael Sevilla  


[1]  El lector interesado puede encontrar alguna de las poesías en «Recital poético en el teatro Principal de Alicante»

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12. La solitaria de «El Cervigón»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 12 Agosto 2009

 Manuel Tejedor

En suerte le cupo el Primero de Mayo de este año poder holgar a nuestro viandante. Porque no siempre el que viaja con frecuencia puede festejar el día mayor de los trabajadores. Otros años nos ha sorprendido la estancia en esta fecha en pequeños pueblos donde la falta de organización obrera hacía que el Primero de Mayo pasara inadvertido y se viese uno lanzado forzosamente a su habitual trabajo.

Pero este año, no. Este año hemos tenido la dicha de poder estar al lado de la familia y de la organización a la vez. Y, verdaderamente, ¿por qué no decirlo?, ciertas expansiones que realizan los obreros organizados en este día no son de nuestro agrado. Suelen tener derivaciones que inconscientemente se traducen en consecuencias no muy prestigiosas precisamente.

He aquí un fundamento para que a los socialistas gijoneses les haya sugerido la acertada idea que ponen en práctica de hace unos años acá. Se trata, sencillamente, de una excursión agradable, a la vez que silenciosa. Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de «El Cervigón», la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama que, ya vieja, empero rompería su lanza en pro siempre de las ideas avanzadas…

Fraternizando, en grupos, hemos partido del centro de nuestra industriosa villa gijonesa a realizar la excursión. Día esplendoroso, de irradiante sol; alejándonos del bullicio de la población en donde siempre vemos la vida monótona, vulgar y cansada, empezamos bordeando la hermosa playa, respirando la brisa del mar, disfrutando a nuestras anchas… Llegamos al extrarradio de Gijón sin perder de vista el mar, expansionándonos ante el paisaje que se nos ofrece: a la izquierda, las rocas del Cantábrico, en donde el oleaje impetuoso se estrella; a la derecha, los verdes campos, pletóricos de alegría. Nos hallamos en el empalme, en la unión de la ciudad de Jovellanos y la aldea de Somió. Algo en lo alto se destaca: la mansión de la solitaria. Una modestísima casa que la circunda una tapia…

Doña Rosario de Acuña, vive en compañía de su sobrino don Carlos, el que muy atentamente nos recibe a la puerta y nos da acceso al interior. Nuestro asombro ha sido grande al apreciar el sencillo y escueto mobiliario de doña Rosario: una camilla grande, un trinchero antiguo, varias sillas, etc.; pero no el mobiliario de lujo, ni siquiera de apariencia, que hoy cualquier familia humilde posee. De ahí el contraste.

La visita ha sido breve, pero ha sido muy grata para los excursionistas. Pocas palabras se han cruzado, pero hemos dicho mucho. Claro es que ha sido el pensamiento el que todo lo ha expresado, porque en los allí reunidos era el mismo nuestro fondo, el mismo nuestro ideal

En la amigable charla con doña Rosario se ha revelado ora el optimismo, ora el pesimismo. La eximia escritora nos ha pedido un favor y nos ha referido una de las pinceladas de su amarga vida. Nos ha pedido, y nosotros aceptado, que a la par que en el día 1º de mayo rpresentemos la obra Juan José, los socialistas representemos una obra suya: El padre Juan. Nos ha ofrecido el argumento de la obra, prescindiendo de cobrar los derechos. Muy agradecidos, lo hemos estimado con distinción.

La solitaria nos ha referido lo que le acaeció al querer estrenar la citada obra en Madrid, cosa que no consiguió por la prohibición del Gobierno de aquel entonces. Pretendió que la pusieran en escena varias compañías, y, aunque con sentimiento, todas se negaron. La obra era bonita; el conjunto, los personajes, la intención, la argumentación, revelaba la verdad, la justicia…; pero hablaba muy claro. Obligada se vio doña Rosario a alquilar un teatro de Madrid por veinte días, formar la compañía, encargar el vestuario y decoraciones para su propiedad. Y cuando había invertido quince mil pesetas, el día del estreno la prohibieron las autoridades, tomando éstas las bocacalles del teatro para evitar la representación.

A este respecto nos advertían, nos recordaba nuestra doña Rosario cómo volcó su fortuna en beneficio de las ideas avanzadas, procedimiento contrastable con el de nuestros políticos y seudorrevolucionarios de oficio, que gracias a sus prédicas han medrado.

Nos pareció acertada la forma en que calificaba a los políticos revolucionarios al uso. Nos decía de uno que sigue pasando por republicano en España el concepto que de él tenía, que no era otro que el de jefe de la policía palatina. Se nos refería a otro que lo fue, calificándole de político ingenuo a disposición de la Monarquía, como un gran colaborador y sostenedor, a pesar de su pregón constante de democratizarla.

Y, por último, vimos un gesto viril, varonil, a la solitaria de El Cervigón. Celebraba mucho, con gran alegría, la posición de nuestros diputados socialistas, de nuestros concejales socialistas de Madrid, del triunfo resonante en las últimas elecciones generales en Madrid. Vislumbraba llegada la hora de depurar las responsabilidades de Marruecos. Luchaba ella titánicamente ante nosotros. «A ver, amigos socialistas -nos decía- únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo, que aquí lo componen los jesuitas, el clero, la Acción ciudadana, los sindicatos católicos, los libres, los mauristas, los conservadores; en fin, todos los que sostienen este podrido régimen, que se tambalea, y un simple soplo sobraría para echarlo abajo…»

¡Qué mujer más santa; qué mujer más hermosas, en un elevado sentido de la palabra!

El Socialista, Madrid, 19-5-1923

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6. Una entrevista de hace cien años

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Poco a poco hemos ido recuperando el rastro dejado por  Rosario de Acuña, oculto durante varias décadas por una capa de inercia y olvido. Contamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos… ¡y una entrevista!

Apareció el 25 de septiembre de 1909 en las páginas del diario gijonés El Publicador,  y aquí queda reproducida:

«Ayer hemos tenido el honor de hablar con una de las figuras contemporáneas más prestigiosas, la insigne poetisa y pensadora doña Rosario de Acuña.

Nos hemos aprovechado de la ocasión en que doña Rosario dirigía los ensayos de su obra La Voz de la Patria, que hoy se estrena en el teatro de Jovellanos.

Precisamente, el objeto de nuestra visita era interrogar a la ilustre poetisa respecto de esta obra.

Doña Rosario estaba sentada a un lado del escenario del Jovellanos, casi borrada por la sombra, cuando nos llegamos a ella algo temblorosos, miedosos, ante tan respetuosa figura.

Una profunda inclinación hizo vacilar nuestro cuerpo, y extendiendo la mano temblona para estrechar la de doña Rosario, nos manifestamos.

- Un redactor de El Publicador…

La ilustre dama acogionos afablemente, con una sonrisa tan amiga que nosotros respiramos un momento, y proseguimos, empezando por donde debimos acabar tal vez.

Antes que nosotros expusiésemos nuestro deseo, doña Rosario se adelantó, diciéndonos:

- Ya sé, ya supongo a qué vienen ustedes…

La venerable dama pronuncia algunas palabras de amabilidad, entre las que nosotros adivinamos sólo una cosa, y es ésta: doña Rosario de Acuña prefiere que se la dé por muerta… que nadie hable de ella.

Eso quiere. Y nosotros, ahondando más, conseguirmos que la ilustre dama nos lo confirmara.

- Y dice usted…

- Sí, sí; eso es… quisiera que no dieran ustedes cuenta a nadie de nuestra conversación…

Habla silenciosamente, misteriosamente, con un dedo cruzado sobre los labios.

Nosostros bajamos los ojos, callamos ante la imposición de la venerable señora; pero, aunque con temor de molestarla, procuramos hacerla ver la necesidad de un corazón como el de ella en nuestra patria.

Con esta afirmación nuestra, hemos suscitado en los labios de doña Rosario algunas palabras de protesta, y díjonos:

- Yo amo mucho a mi patria, yo he sufrido mucho en ella; tal vez por esto la ame tanto.

La patria, «la voz de la patria…»

Esta ingeniosa frase nos ofreció campo abierto para iniciar nuestra conversación.

- «La Voz de la Patria» la estrené en el teatro Español de Madrid en 1898 [debe de tratarse de una errata de imprenta pues el estreno tuvo lugar el 20 de diciembre de 1893], en ocasión de la otra guerra de Melilla. Su sentido patrótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a «hacerla» en Gijón.

Cuando se estrenó  La Voz de la Patria en Madrid el éxito fue formidable, indescriptible. Doña Rosario recuerda aquella noche como una fecha memorable de su vida.

La modestia de nuestra interlocutora nos impide seguir hablando de su hermoso cuadro dramático, y nuestra conversación evoluciona hasta terminar por dedicarle unas palabras -todas de doña Rosario, de elogio sincero y entusiasta- a nuestra tierra, a Asturias.

Encantadoramente nos habló de sus amores por nuestra «tierrina», por esta región incomparable -dice- única, hermosa, para mí de todas las que he visto, que no han sido pocas. Créame…

Nosostros nos emocionamos un momento y la conversación cesó breve rato, durante el cual, indudablemente, doña Rosario y nosotros pensamos en lo mismo, en Asturias nada más.

- Conozco palmo a palmo -palabras textuales- a Asturias. Sus excursiones por ella fueron frecuentísimas y largas.

Tras una reverencia, en la que solicitamos licencia para retirarnos y dar por terminada la entrevista, nos inclinamos y de nuevo extendimos la mano, segura ya, para estrechar la de la ilustre señora.

La blanca cabeza de doña Rosario se inclinó levemente, y mientras teníamos la mano estrechada por la suya nos dijo, en misterio otra vez:

- Ya sabe usted… ya no existo… ¿eh? No hablen ustedes de mí, déjenme; ocúpense, si quieren, de mis libros, que son mis hijos; alábenlos, ensálcenlos, para eso son siempre jóvenes…

Y levantando la cabeza:

-Salude usted en mi nombre a El Publicador.

Arqueamos el cuerpo reverentemente, y échandonos el sombrero a la cabeza, nos separamos de la ilustre pensadora»

A pesar de sus intenciones doña Rosario no consigue pasar inadvertida. Un mes antes El Noroeste había informado a sus lectores de la intención de la escritora de fijar su residencia en Gijón. Pero, ésa es otra historia.

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2. La casa del Diablo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 17 Julio 2009

Sabía lo que se hacía cuando renunció a la cómoda vida que su cuna le tenía reservada. Sabía que el camino que había decidido recorrer no sería un camino de rosas. Ya lo preveía en 1884 cuando hizo pública adhesión a los ideales del librepensamiento, en una conocida carta aparecida  en Las Dominicales del Libre Pensamiento:

«Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos.»

Su activa militancia en el bando de los heterodoxos le supuso todo un rosario de penalidades: insultos, desahucios (tuvo que abandonar su granja avícola de Cueto «porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella») , procesamientos, exilio… y la inquina de algunos de sus vecinos. Detrás de muchos de estos padecimientos doña Rosario siempre vio la mano de poderosos enemigos, algunos vestidos de negro, los cuales no desaprovechaban ocasión para sembrar la insidia y la calumnia a su alrededor. Ejemplos no le faltaban para apoyar sus sospechas. Uno de ellos, quizás el más claro, es el que le refiere a José Nakens en una carta que le envía en abril de 1920, en donde le da noticias de un articulo escrito por un periodista asturiano y publicado ocho años antes en El Diario de la Marina de La Habana, «en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba».

El artículo en cuestión llevaba por título «La casa del Diablo» y «fue repartido profusamente por los caseríos del contorno con la piadosa intención que es de suponer. ¡Como ellos no se atreven todavía a quemarnos quieren que  nos quemen los embrutecidos por ellos!».

 

 

La casa del Diablo

 

Manuel Álvarez Marrón

Parece que por acá no han enterado las gentes de una carta que publicó doña Rosario de Acuña, hará unos tres meses, en un periódico de Barcelona, en la cual insultaba, en estilo genuinamente libre-pensador, a las mujeres españolas, a los niños, a los estudiantes, al clero, a la burguesía, a los marinos, a los militares, a los bomberos… En una palabra: a toda la sociedad española. Cuando una mujer librepensadora se engrifa, es implacable.

Los estudiantes de Barcelona, los de Madrid y los de todas partes celebraron manifestaciones de protesta contra dicha carta contra dicha señora, y la Prensa de todos los colores, desde el rojo hasta el amarillo, protestó también. Hasta España Nueva calificó de asquerosa la obra de doña Rosario de Acuña. Todo esto, por supuesto, no le habrá dado calor ni frío a la ilustre dama, porque en el mundo del librepensamiento se usa una moral y un cutis diferentes de los que se usan en los demás mundos.

Yo, que por entonces vivía en Gijón, acabé por prestar oído atento al alboroto y acabé por decirme:

- Pues señor… La Acuña… Este nombre me suena.

En efecto: el nombre de doña Rosario es célebre en Gijón y en toda la comarca; solo que las gentes de por allí no la conocen por su nombre cristiano, sino por el de espiritista, la librepensadora, la nigromántica, en lo cual la han hecho un gran favor, porque para ella el nombre cristiano de Rosario debe de ser una especie de sambenito.

Además de esto los tales motes tenían su razón lógica y natural, dado el extraño género de vida que llevaba doña Rosario. Hace algunos años mandó edificar una casa en la cima de un promontorio bravío a la vista de Gijón, y allí se pasaba una vida misteriosa y esquiva y apartada en absoluto del trato de sus semejantes… si es que, como dijo el otro, una librepensadora puede tener semejantes.

Pues así y todo la señora de Acuña parecía encontrarse a sus anchas en aquella soledad. Algunos que la conocían me dijeron luego que también se hallaba a gusto con que tan rara criatura viviese en lugar tan remoto. Ella, por su parte, había tomado las más eficaces medidas para huir del trato de los humanos. Un día que pasé por delante de su puerta vi colgado del muro este cartel: «Es inútil llamar, no se abre a nadie» Algo parecedlo se encontró el Dante a las puertas del Infierno -dije para mí- y en esto bien se echa de ver el poco espíritu comercial que posee esta señora. Si fuera tan lépera como algunas de sus colegas podría explotar el fenómeno poniendo a peseta la entrada, lo cual la enriquecería, porque acudirían a verla y a oírla gentes de todos los vientos.

Para nadie, en efecto, se han abierto jamás aquellas puertas, ni para los ahítos ni para los hambrientos, ni para los dichosos ni para los infortunados. El que se aventurase a llamar podía correr el riesgo de ser destrozado por un perrazo enorme que de día y de noche vigilaba la entrada. Era el Cancerbero de aquella pavorosa mansión.

Otro día volví a pasar por cerca de la Casa del Diablo, como la llamaban los campesinos de aquellos contornos. Al entrar por una senda que cruza la ería del Piles me encontré con un labrador de Cabueñes, conocido mío, y con él sostuve el diálogo siguiente:

- Dígame, Morcín, y dispense: ¿usted conoce a la persona o personas que viven en aquella casa?

- No; no la conozco ni maldita la falta que me hace.

- Hombre, ¿tan mala es?

- No sé si es mala o si es buena; lo que sé es que Dios nos libre de ella.

- Pues a mí me consta que esa persona no ha hecho mal a nadie.

- Hay quien dice eso, y, sin embargo, desde que esa mujer vive ahí con sus espíritus o sus diablos nunca jamás volvió a brotar una hierba en ese ribazo; los ganados de Cabueñes padecen enfermedades que antes no tenían, y hasta algunos niñinos se van secando, secando sin saber por qué. Nada, que esa mujerona ha venido a esparcir por estos sitios un aliento fatal.

- Pues ella bien escondida y bien sola vive, Morcín.

- Eso de vivir solos no reza con los espiritistas ni con los nigrománticos. Por de pronto no es la primera vez que le oigo hablar a grandes voces con sus gatos o sus puercos o sus gallinas o sus perros…

- ¿Qué tiene eso de particular? Es una casa de campo…

- En otra persona no lo tendría, pero en esa… ¡vaya! Dicen que es además librepensadora…

- ¿Y usted sabe lo que es un librepensador, Morcín?

- ¡Carape! Ello mismo lo dice: es el hombre que tiene la cabeza sin atadero. En cuanto a la individua esa, yo tengo la seguridad de que sus gatos y sus perros son personas que ella tiente encantadas allí convertidas en bestias.

- ¡Qué disparate!

- Encantadas, sí, señor. No hay un espiritista ni in librepensador que no sepa convertir a las personas en bestias. Por lo tocante a lo demás, en esa casa endemoniada nunca se vio cristiano viviente, y a pesar de eso, algunas noches se sienten allí una de claridades y de ladridos y de maldiciones que Dios tirita.

- ¿Usted oyó eso?

- Sí, señor, y además ruido de cadenas y aullidos de lobos y alaridos de curuxas… ¡Uy, si usted lo oyera! Pasaba yo por aquel surco a las nueve de la noche del día de difuntos cuando entre los silbidos del viento oí…

- ¡Hombre, usted delira!

- ¡Deliraban! ¡Mal rayo me coma! Entonces también deliraron Antón del Radial y Juan de Naveces…

- ¿Qué les pasó?

- ¡Me valga Dios! ¡Casi nada! Volvían a las once de la noche de allá de la Providencia… la noche de la tormenta grande, cuando al pasar por cerca del acantilado oyeron entre los ronquidos del mar y los bufidos del viento unos gritos… que… ¡La apocalipsis! Unos gritos que sonaban en el aire, entre el nublo. De pronto ábrense las nubes y entre las nubes vieron un fulgor sangriento y entre el fulgor y las nubes vieron que volaba, en medio de un gran remolino de espantables espíritus, a esa mujerona montada sobre los riñones de un gran demonio de color verde, con unas alas…

- ¡Qué barbaridad!

- Será lo que usted quiera, pero para mi gusto, esa hembra o lo que sea, tiene el alma nadando en los infiernos.

Al volver a mi casa me encontré con el puentecito de madera que atraviesa el río Piles con uno de la curia de Gijón, el cual me informó de que iba a proceder al encarcelamiento de doña Rosario de Acuña con motivo de la carta famosa. Entonces le dije:

- Amigo Tintales: sea usted clemente con esa infeliz. Ahora me acaba de contar un vecino de Cabueñes que la ha visto andar volando por entre esos riscos, como alma en pena, en noches de tempestad, y sentada ¡horrorícese usted!, sentada sobre los riñones de un demonio verde, alado, espantable… ¿Qué mayor castigo? ¿Qué mayor tormento?

- ¿Y usted lo ha creído?… ¡Hombre!…

- ¿No lo he de creer? Sépase usted que la Acuña es atea y para los espíritus sin Dios no puede haber reposo ni consuelo…

Publicada en 1912 en El Diario de la Marina de La Habana, es reproducida en 1920 en las páginas de El Motín, Madrid, (24-4-1920)

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