Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Tras su rastro'

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 19 Noviembre 2010

Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

—Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

—Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

—¡El cine! ¡Qué barbaridad! —decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

—¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

—Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández

El Noroeste, Gijón, 4-5-1924

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83. Que no, que no. Que nació en Madrid

Publicado por Macrino Fernández Riera el 29 Octubre 2010

Escribo estas líneas horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia — sin haberla contrastado, se supone— a sus abonados, algunos de los cuales la publican sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra  de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para que perder tiempo contrastando una fecha, un dato… una muerte?

Si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear  las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de  la vida y obra de doña Rosario de Acuña
—hará de esto del orden unos de diez años— me sorprendió que no hubiera datos ciertos sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Tras varios años de investigaciones, en Rosario de Acuña en Asturias (2005) pude avanzar lo siguiente:  «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». Por tanto, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba algunos de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín…». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva.

No era uno, sino  varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación.  De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada Partida en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D. José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que de a partir de  entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días,  el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí.  Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.

De nuevo a las andadas.  ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado,  todo al alcance de todos… Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio en el cual  ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde…

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79. El impulso de la memoria

Publicado por Macrino Fernández Riera el 1 Octubre 2010

El pasado día 17 de septiembre asistí en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón a la presentación de El árbol del pan. No podía faltar. Por si no bastara el hecho mismo de dar a conocer aquella obra, una buena novela con la que disfruté meses atrás cuando llegó a mis manos en forma de archivo electrónico, la presencia en la tribuna de Félix Población y de Lidia Falcón era garantía suficiente de que la velada habría de ser, además de grata, útil y provechosa.

Y así fue, ciertamente. Y así lo entendieron los presentes que se lanzaron abiertamente a comentar, debatir y preguntar en cuanto el moderador declaró abierto el imprevisible colofón que suele acompañar a los actos de esta naturaleza. Al final, caras de satisfacción en unos y en otros. En mi caso quizás con más motivo habida cuenta del protagonismo que tuvo doña Rosario de Acuña en la velada, tanto que después de transcurridos unos días aún me sigo preguntando cómo es que ninguno de los presentes se sintiera lo suficientemente sorprendido como para hacer algún comentario al respecto.

¿Será que todos eran conocedores de la trama? ¿Será que todos sabían que Lidia Falcón es la sobrina-nieta de Carlos de Lamo, el hombre que convivió durante casi cuarenta años con la pensadora de El Cervigón? ¿Conocían el parentesco de Félix Población con Amaro del Rosal, el dirigente socialista que desde su exilio mejicano se afanó en recuperar la memoria de doña Rosario? ¿Sabrían que entre los presentes se encontraba uno de los hijos de Luciano Castañón, el escritor que a finales de los años sesenta del pasado siglo consiguiera, entre otras cosas, recuperar el testamento ológrafo de la escritora?

En El árbol del pan Félix Población recupera para todos nosotros la vida cotidiana de una de las familias a las que la Guerra condenó al exilio interior. También, la intrahistoria de una pequeña ciudad de provincias inundada de carencias y aterida por los violentos recuerdos, por las dolorosas ausencias. Memoria reencontrada. Lidia Falcón hizo lo propio años antes con Los hijos de los vencidos, intensa memoria de tres mujeres a las que la dura y cruel posguerra confinó en un gran cercado anegado de temor y silencio.

Ambos llevan tiempo entregados a disipar la neblina que alimenta nuestra desmemoria. Cierto es que con ello no hacen más que recoger el testigo de algunos de sus familiares más cercanos. De aquellos que como Regina de Lamo (véase el artículo «En justa respuesta» ) y Amaro del RosalEl impulso que vino de México») se empeñaron tiempo atrás en luchar contra el olvido, afanándose en mantener vivo el valioso testimonio vital, ahora en buena medida recuperado, de doña Rosario de Acuña y Villanueva.

Tal parece que la recuperación de una parte de la memoria tuviera efectos multiplicadores. Se activan nuevos resortes que impulsan nuevas búsquedas de la Verdad. Con palabras más cuidadas y precisas, así lo expresaba Félix Población entonces:

«Somos nuestra memoriaafirma también Jorge Luis Borges—, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura —pintura de la voz, según Voltaire— que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia»

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75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció

Publicado por Macrino Fernández Riera el 3 Septiembre 2010

La de los ochenta fue una década crucial en la vida de nuestra protagonista: a principios del ochenta y uno decide alejarse del bullicio urbano para instalarse en una casa situada a las afueras de un pequeño pueblo del sur de la capital; a finales de 1884, después de separarse definitivamente de su marido y de llorar la prematura muerte de su padre, proclama a los cuatro vientos que se alista en el bando de quienes defienden la causa del libre pensamiento; en 1886 ingresa en la masonería convertida en Hipatia…

En este tiempo de mudanza es cuando realiza largos viajes, de varios meses de duración por la geografía española. Según sus propias palabras, durante once años, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar, salía de Pinto a lomos de una dócil yegua, con escaso equipaje  y acompañada Gabriel, por entonces su criado fiel,  para conocer los paisajes de la vieja patria  en largas jornadas de seis a ocho leguas de recorrido (el equivalente a treinta y tantos kilómetros). Y así durante semanas, recorriendo valles y montañas, visitando aldeas y ciudades, compartiendo ilusiones y esperanzas con cuantos hasta ella se acercaban, hasta que a finales de noviembre regresaban a casa.

El que realizó en 1887 por León, Asturias y Galicia tenía un objetivo especial: «…escribir un librito sobre nuestras comarcas del Norte, sacando a luz a los hijos  del pueblo de las montañas y las costas, sobrios, sufridos, trabajadores…». Cuando esto escribía ya apuntaba que pensaba que la aventura era algo atrevida, aunque no sé si cuando lo hacía barruntaba las amenazas y persecuciones que habría de padecer a lo largo del trayecto.

El viaje había comenzado en León en el mes de junio. Doña Rosario y  Gabriel se habían trasladado hasta allí en ferrocarril. Tras comprar una yegua para  su acompañante,  pues la suya había llegado en el mismo medio de transporte, emprendieron camino hacia el  norte. A finales de mes  ya  se encuentran en Asturias, pues hay constancia de que por entonces visitó la fábrica de cañones de Trubia. Durante todo el mes de julio debió de recorrer buena parte de lo las montañas asturianas y no será hasta finales de ese mes o  cuando decida poner rumbo a Galicia, con parada obligada en Luarca.

En la villa valdesana la esperan: con entusiasmo los unos, con irritación los otros. Los primeros organizan diferentes actos de bienvenida; Los centinelas valdesanos, le envían anónimos y amenazas. De lo uno y de lo otro tenemos noticia por lo contado en la prensa. Los lectores de Las Dominicales estuvieron informados de todos los detalles, pues el semanario, además de recibir puntualmente las crónicas de Francos Rodríguez y de la propia Rosario de Acuña, copiaba cuanto a propósito publicaban  los periódicos regionales. Por una parte los agasajos:

No pudieron ser más gratas las que el numeroso público que llenaba los salones del Casino recibió  con la velada literaria musical que se celebró el sábado de la semana pasada.
Aprovechando la estancia en esta villa de la eminente escritora doña Rosario de Acuña y del joven y reputado orador y distinguido médico D. José Francos Rodríguez se organizó esta velada a beneficio de los pobres de Luarca. El celebrado poeta D. Eloy Perillan y Buxó, que se hallaba en Coaña, fue invitado a tomar parte en este festival, y como se trataba de un acto de caridad, contribuyó a la brillantez de la fiesta como no era menos de esperar de su ingenio por todos reconocido.
Era el primer espectáculo de esta índole que se celebraba en Luarca, y por consiguiente los billetes de entrada eran codiciados por todos.
[…]
Tocole el turno a doña Rosario de Acuña, y al aparecer ante el público, produjo en este general expectación.
Todas las personas que a la fiesta asistían, tenían avidez por verla y escucharla, y al disponerse a leer sus grandilocuentes producciones reinó un silencio sepulcral.
Entre las varias composiciones que leyó, recordamos las siguientes: Las dos nubes,  A unas aves, La envidia, La calumnia, Soneto a la libertad del drama Rienzi, Cantares y Lo que dice la gaviota.
La terminación de cada una de estas composiciones era saludada con una salva de aplausos y en particular los Cantares. Leyó además La mendiga, composición del señor Francos Rodríguez, quien como doña Rosario de Acuña tuvo que presentarse al público en medio de atronadores aplausos.

Por la otra, las amenazas:

«Ha llegado a nuestras manos un anónimo dirigido a la insigne escritora doña Rosario de Acuña, por unas mujerzuelas a quien todos conocemos, aun bajo el estúpido y rimbombante seudónimo de Los centinelas valdesanos

«Parece que la mano miserable y encanallada que ha redactado este anónimo se ha atrevido de amenazar de muerte a la simpar escritora, si no cesa en su propaganda de hereje, frase que quizá indica el antro en el que tales bajezas se confeccionan»

Así contaban lo sucedido quienes lo observaban desde fuera.  La protagonista de la historia lo vivió como un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. He aquí sus palabras:

Adiós, Luarca; el légamo cenagoso que ocultas bajo tus brillantes exterioridades se alborotó a mi arribo… ¡qué mejor prueba de que nuestros ideales nos hacen gigantes!…
Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!… Decidme; quien de tal modo siente la orfandad de venturas; quien de tal modo sustenta el afán de conocimientos, ¿es posible que retroceda?…¡Luarca!…»)

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74. «Recordando a Rosario de Acuña», por Rosa Canto

Publicado por Macrino Fernández Riera el 27 Agosto 2010

Uno de los primeros días de este mes de mayo, luminoso y florido, ha hecho dos años que murió, en Gijón, la escritora y poetisa madrileña Rosario de Acuña.

Su obra literaria fue admirable; su labor poética, digna de todas las alabanzas; y su gestión social y educadora tan considerable, que no debería ser olvidada. Ahora que tan difusa propaganda se hace de los preceptos higiénicos debe recordarse que ella escribió —cuando sólo los profesionales se ocupaban de ello— una serie de  artículos tratando de reglas higiénicas divulgándolas y procurando hacerlas llegar a los rústicos entendimientos, que primero en un pueblo de Santander y luego en Gijón, la rodeaban, constituyendo casi su única sociedad.

Rosario de Acuña, que a los diez y seis años escribió [en realidad tenía unos pocos más pues contaba con veinticinco] una magnífica tragedia en verso: «Rienzi el tribuno», que la crítica diputó obra maestra; que produjo otras varias obras, una de las cuales «El padre Juan» la envolvió en la aureola de  popularidad al ser prohibidas las representaciones por sus tendencias; que escribió bellos libros de versos, es una de las más relevantes figuras literarias del pasado siglo, y es un hermoso ejemplo de sencillez, triunfando al entrar en la adolescencia, y sin que su enorme éxito y la lisonja que la rodeó la hicieran conocer la fatuidad.

Pero el interés que inspira la figura literaria se ve superado al destacar la mujer sus rasgos; rasgos de tal brillantez, que deben enorgullecer a todas las mujeres que, sin distinción de matices, sientan el hondo latir de un corazón capaz de comprenderlos.

Nacida en ambiente aristocrático; educada en los mayores refinamientos; criada entre el lujo y la comodidad; cultivado su espíritu y su cerebro con los viajes y la lectura, Rosario de Acuña, con inteligencia y cultura excepcionales, parecía destinada a triunfar en la vida de un modo rotundo y absoluto… ¡y fracasó!

Fracasó por inadaptación al medio en que vivía y en que nació; fracasó por su exquisita sensibilidad que la apartaba del modo de sentir uniforme; y fracasó, sobre todo, porque su alta mentalidad la llevó a disentir de las rancias y convencionales ideas de su sociedad aristocrática, y ésta no se lo perdonó.

En vez de consideración, galantería y halagos, Rosario de Acuña tuvo, al emitir sus amplias ideas, el silencio primero, la insidia luego, el aislamiento y la persecución después.

Practicó ella —la descreída— la religión cristiana demasiado al pie de la letra; buscaba el trato de los humildes; procuraba mejorar la condición de  los trabajadores, los consideraba sus iguales… ¡Absurdo! El alma excelsa de esta mujer no estaba al alcance de las que echaban monedas en los cepillos de las parroquias.

Es caso único en la sociedad aristocrática española este de Rosario de Acuña, porque mujeres privilegiadas ha habido en España; pero han surgido al choque de una pasión, como en la defensa de la patria las heroínas y en aras de la religión las mártires; pero, fría, serena y razonadamente perder todos los privilegios que su nacimiento le daba, para dedicarse por completo a la causa de los humildes, mejorando su instrucción, atendiéndoles con amor en sus tribulaciones y renunciando ella a su propio bienestar, no ha habido más que este caso sin segundo. El temple de alma —alma de apóstol a lo Tolstoi, a lo Krotpokin— de Rosario de Acuña hay que buscarle en la psicología rusa; sólo en Rusia se han dado estos altos ejemplos de amor a la Humanidad, sacrificando las comodidades de un hogar y cambiándolas por las calamidades del destierro o la prisión.

Rosario fue una desterrada en su patria y merced a maniobras de elementos contrarios tuvo el dolor de verse apedreada por los niños, a los que tanto amaba, y en peligro de incendio su casita por unos inexpertos muchachos movidos por la seudo patriotería, que avergonzada se reconocía en las palabras vibrantes de la ya anciana escritora, mucho más patriota, diciendo en sus artículos la verdad que los que fingiendo halagaban las vanidades nacionales.

Pocos días después de su muerte, el Ateneo, asilo de toda noble idea, dio una velada en su honor; la ausencia de varios escritores que prometieron asistir inspiró irónicos comentarios a Violeta [seudónimo utilizado por la periodista Consuelo Álvarez, redactora de El País] , que rindió entusiasta homenaje a la muerta escritora.

No faltó el elemento humilde. Los círculos obreros de distintos puntos de España telegrafiaron su adhesión al acto; muchas mujeres modestas asistieron a él, y con esto tuvo la velada el carácter sincero que se le quiso dar.

Hace algún tiempo leí que se proyectaba conservar la casita de la escritora e instalar en ella una biblioteca. Sería éste el mejor y más adecuado homenaje —en esta época de homenajes y revisiones intelectuales— a la gran escritora e insigne mujer. Que la casita donde en los últimos años pasara tantas privaciones y amarguras quedara como un refugio para la inteligencia, y que sus obras, donde palpita su alma entera, figuraran en lugar preferente en la humilde morada, que en lo alto del promontorio aparecería entonces como un faro, iluminado por el espíritu noble, abnegado y austero de Rosario de Acuña.

ROSA CANTO

Heraldo de Madrid, 19-5-1925

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72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Agosto 2010

Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

«Huérfana de padre (”un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades”) y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega…» (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña y Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales consideran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverente y herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro,  arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo Ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta que es ampliamente reproducida por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentra el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión; no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos de Lamo, un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

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69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández

Publicado por Macrino Fernández Riera el 23 Julio 2010

 Como se contaba en el artículo anterior, en el año 1924 Carlos de Lamo vende a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla una parte de la biblioteca de Rosario de Acuña. José Díaz Fernández, un joven periodista de la redacción de El Noroeste (a pesar de su juventud ya gozaba por entonces de cierto renombre en la prensa regional a raíz de las crónicas que como integrante del regimiento Tarragona enviaba desde Marruecos hasta que fue licenciado en 1922),  que de cuando en cuando subía hasta el Cervigón para compartir con doña Rosario recuerdos y esperanzas,  aprovecha la ocasión para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre contertulia. 

La biblioteca que doña Rosario de Acuña tenía en su casa de El Cervigón, allí donde vivió y murió aquella gran mujer, pasará a una humilde sociedad de cultura de un barrio de pescadores, a la Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla. El heredero de la escritora, su sobrino D. Carlos Lamo, ha preferido vender los libros a los obreros de Cimadevilla a enajenarlos por mejor precio a un particular cualquiera. De este modo, aun muerta aquella mujer que consagró su existencia a la defensa, el alivio y el magisterio de los desheredados, continuará alumbrándolos con sus libros, coleccionados y cuidados con tierno afán, con la misma delicadeza femenina con que atendía sus ropas, sus encajes, sus vajillas, pues uno de los méritos más eminentes de doña Rosario de Acuña era su exquisita feminidad dentro de la vibración y densidad de su obra literaria y de propaganda social.

Este trasplante de los libros queridos desde la risueña casa de El Cervigón —retiro de filósofo o de poeta, o de ambas cosas a la vez— a las sencillas estanterías de un local de cultura obrera me evoca la última visita que hice a la casa de doña Rosario, henchida de silencio y de recuerdos, después de la muerte de la viejecita nerviosa y severa, que aun en sus últimos días nos exhortaba a los jóvenes a derrochar nuestro ardor por los ideales inmediatos de su país. En esta visita sentí latir como nunca el corazón de doña Rosario de Acuña en aquellas estancias donde todavía quedaba el perfume de su presencia sobre los muebles empolvados, sobre las vitrinas y las consolas, los jarrones y las porcelanas, fruto de los días suntuosos de juventud, cuando la señorita de Acuña, con su aire dulce y pensativo, daba prestigio en Roma a los salones aristocráticos de su tío, el embajador Benavides.

Fue un día de agosto, en el último verano. El cronista acompañaba a una mujercita fina y bella, lectora de Goethe y de Proust, amiga de los largos diálogos y del   baño de mar, como «La bien plantada», que reunía en el bolso de piel un cuento ruso, un retrato en «maillot» y el lápiz rojo que había de avivar el carmín provocativo de la boca. Quedaba atrás la playa veraniega, donde las muchachas llevaban en la mano sus sombreros blancos, como gaviotas palpitantes, y los hombres tenían en sus labios un salado sabor de besos o de espumas. El sol se adormecía en la cómoda hamaca del mar, y a lo lejos, allá en Somió, los «chalets» y los palacetes de estío  recortaban su frágil arquitectura sobre los lomos verdes de los alcores y las praderías. Mi amiga sentía aquella tarde cierto nihilismo, que provenía quizás de su carne morena, dulce y prieta como la de una fruta, y de sus ojos marinos, ricos de pasión y de horizonte, conmovidos igual bajo la caricia de la mano o del libro. Ella no nombraba al amor; pero su palabra descontenta, ávida y celosa, condensaba una rebeldía gentil, humana y heroica, venida de una página de Andreiev, contra el privilegio, el método y la disciplina; aquella mano suya, larga y enjoyada, que se extendía en el diálogo como una flecha, parecía pedir, más que una flor, una bandera revolucionaria o la cabeza de un tirano. Yo le daba una interpretación un poco novelesca y veía a mi amiga conspirando en el «hall» de un hotel exótico para quebrar con su pie menudo la corona de un monarca. Era el mismo romanticismo de doña Rosario, romanticismo muy siglo XIX, irritado contra el clericalismo y la burguesía. Pero lo sentía entonces una muchacha del siglo XX, habituada al coqueteo intelectual con todas las ideas, mientras jugaba con su bufanda de «batik» y aspiraba el aire lujurioso del mar. Eran los mismos problemas que preocuparon a la de Acuña en sus dramas, sus poemas, sus artículos, sus peregrinaciones por España y Portugal, a pie y a caballo. Dijérase que no había transcurrido medio siglo y que la mujer que iba a mi lado era la misma que escribiera Rienzi el tribuno, entre la curiosidad y el asombro de la corte.

Por eso, cuando penetramos en la casa amplia y sencilla, cuyos planos trazara con mano firme su propia dueña para vivir sus últimos pensamientos, mi amiga tenía un andar grave y pausado, y su capa de crespón apenas estremecía los viejos espejos,  que se creyeran medio ciegos de tanto mirar al tiempo. Allí estaban las cosas de doña Rosario, como si todas guardasen aún la recóndita caricia de sus manos, tibias de inteligencia y de amor. Allí estaban las losetas del patio, que ella bruñía con manos de obrera, y los lienzos, las sedas y los encajes que envolvía con dedos de señorita. Porque la que un tiempo resplandeciera en salones famosos, como una codiciada joya humana, sintió en su vejez todo el frío del aislamiento y del olvido. Sólo de vez en cuando subían allá, a El Cervigón, mujeres del pueblo que le lloraban las hambres de las huelgas, y algún joven oscuro, que le describía tímidamente sus sueños de barricada.

 Probablemente sea éste el retrato al que se refiere José Díaz. La fotografía fue tomada cinco días antes del fallecimiento de la escritora

En un retrato reciente, bajo su cofia de lana, ingenua y expresiva como un «ex libris», la viejecita gloriosa sonreía. Mi amiga vibraba de emoción, y yo la sentí en secreto interrogar al porvenir, después que los años hayan vendimiado los frescos racimos de su juventud y todas las ilusiones de su corazón. Pero un alma de mujer había entrado en la casa, y yo oía a todas las cosas suspirar dulcemente. También los tres millares de libros de la biblioteca parecían alegres bajo las manos sutiles, iguales a las otras, que iban apresurada y gozosamente abriendo páginas y señalando dedicatorias. Un elogio ampuloso de Castelar, un juicio apasionado de Pi y Margall, una firma rechoncha y burguesa de D. Ramón de Campoamor... Era la existencia de aquella mujer, que quedaba prendida sobre las amarilleces de los volúmenes, un día fragantes. Pero lo inmortal, lo que no moría, estaba allí: eran las ideas, los pensamientos, las emociones y los desvelos perdurables, que batían, como mareas fluyentes y vivas, bajo las encuadernaciones apagadas. Allí había aprendido la viejecita su ciencia exquisita y allí, en aquellos vasos toscos, había bebido su vino de infinito. Ya mi amiga no estaba triste y desdeñaba sus guantes de piel, sus pulseras, sus propios labios encendidos.

Y al regresar, al crepúsculo, mi amiga tenía el aire más romántico, más siglo XIX. Se empeñó en no ir al «cine» y en recitar a Bécquer.

La Libertad, Madrid, 19-10-1924

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68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca

Publicado por Macrino Fernández Riera el 16 Julio 2010

El pago de los intereses de la hipoteca con que está gravada la casa de El Cervigón, fuerza a Carlos de Lamo a poner a la venta la nutrida biblioteca de Rosario de Acuña. En esa tesitura, prefiere que sea una sociedad cultural gijonesa la destinataria de aquel legado. Así fue como en 1924 la recién creada Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla se hace con una parte de  aquella biblioteca, tal y como se recoge en la crónica de la inauguración de la citada sociedad:

«En el local que ocupa en la Casa de Nava, se celebro ayer a las siete y media de la tarde, la inauguración de la nueva Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla, instalada allí por los animosos elementos del barrio alto, que no desmayaron en sus gestiones hasta ver colmada una de las más vivas aspiraciones de aquellas gentes buenas y sencillas, deseosas de incorporarse al movimiento cultural latente en un núcleo de nuestra juventud.

El local se hallaba atestado de gente, marineros en su mayoría, pues casi todos vestían el típico traje de mahón.

En la presidencia se sentaron el presidente de la nueva sociedad, don Luis Sánchez, el secretario, don Luis Fernández del Corral; el doctor don José María Gutiérrez Barreal; el abogado don Carlos de Lamo y el digno maestro de Primera enseñanza don José Trabanco García, al cual se rendía un homenaje como premio a sus cincuenta años de incesante y fructífera labor pedagógica.

[…]

A continuación, nuestro querido amigo don Carlos Lamo, dio lectura a unas cuartillas en la que, con vigoroso estilo, recordó los rasgos espirituales de doña Rosario de Acuña, aquella mujer que estuvo siempre tan cerca de las gentes humildes y supo sentir como propias las vicisitudes y las adversidades de los trabajadores todos y, principalmente, de los trabajadores de la mar.

Hizo resaltar el señor Lamo en su trabajo la trascendencia que encierra el hecho de que la biblioteca de aquella gran mujer fuese a para a un lugar que tan bien se asocia a la ideología de redención espiritual de los humildes que animó a doña Rosario en todos sus actos. Por último el señor Lamo indicó la conveniencia de gestionar la biblioteca de Jovellanos, aquel hombre que amó tanto a Asturias y a Gijón, como a la virtud y a la verdad, en vez de correr el riesgo de perecer, tal vez abandonada, fuese utilizada para difundir la cultura entre los hombres sanos de pensamiento que van a comenzar una nueva vida siguiendo la de la Sociedad inaugurada ayer.

Pues bien, como quiera que en 1928  la citada sociedad publicó un folleto en el que, entre otras cosas,  recoge el catálogo de su Biblioteca Circulante,  es de suponer que entre las cerca de setecientas referencias allí incluidas  se encontrarían las de aquellos  que la Sociedad había comprado a Carlos de Lamo cuatro años antes. Sólo hay que encontrarlos. Veamos: los libros  aparecen ordenados alfabéticamente por el apellido de su autor, lo cual, ciertamente, no nos aclara gran cosa. Mayor interés adquiere para nosotros el número de registro que se asigna a cada título, pues cabe pensar que aquellos que componían el lote comprado al heredero de la escritora debieron ser anotados correlativamente. Una vez ordenados los títulos por este concepto encontramos bloques de volúmenes en número variable que mantienen el orden alfabético de autor de forma más o menos rigurosa. Uno de ellos, el que comienza en el número 295 y termina en el 422, contiene autores que coinciden con algunos de los citados por Rosario de Acuña en diversos artículos, además de otros con títulos de temática muy querida para ella, como la Agricultura, la Gramática Francesa, la Historia Natural o la Geografía. Allí están, en efecto, Modesto Lafuente, César Cantú, Charles Darwin… y, a su lado, Pascual Madoz o el filósofo fray Ceferino González, citado por ella en más de una ocasión. Las referencias apuntan a que, probablemente, estos 129 volúmenes, entre los que no hay ninguna obra literaria, sean aquellos procedentes de su biblioteca que fueron comprados por la Sociedad de Cultura e Higiene. Es probable que más adelante la misma entidad adquiriese a Carlos de Lamo  algunas obras más, pues aún se conserva en la biblioteca Jovellanos (lugar donde fueron depositados todos los libros de la Sociedad a la terminación de la Guerra), un volumen de aquel fondo del que sí sabemos con certeza que perteneció a la escritora: se trata del que lleva por título ¡El curioso parlante!… , álbum que reunió y publicó Sebastián López Arrojo en homenaje a su suegro Ramón Mesonero Romanos y en el que se incluyó un artículo de doña Rosario: en dicho ejemplar consta la siguiente dedicatoria manuscrita: «A la Sra. Dª Rosario de Acuña. s.s.s. y afmo. amº. S. López Arrojo. Junio de 1889», que confirma la titularidad del ejemplar registrado con el número 511 en el catálogo al que me estoy refiriendo.

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66. «En justa respuesta», por Regina de Lamo

Publicado por Macrino Fernández Riera el 2 Julio 2010

Con emoción hondísima he leído la bella y fiel descripción que el Sr. De la Viña ha hecho, en dos artículos publicados en LA LIBERTAD, bajo el título «La fosa de Rosario de Acuña», de la casita solitaria del Cervigón, en que mi ilustre tía vivió y murió, y de la fosa en que sepultada yace desde el año 1923.

No son tan fieles como las descripciones panorámicas del distinguido escritor, las que dedica a recordar circunstancias tristísimas de la muerta.

Aunque ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía, sé positivamente, por saberlo de labios de D. Alberto de Lera, que si bien fue trasladada al cementerio de Ceares a las diecisiete horas de la muerte, movido quien así lo dispuso por el único propósito de que los mineros y trabajadores de varias industrias que por ser domingo el 6 de mayo de 1923 habían podido acudir con el deseo de llevar en sus brazos el ataúd hasta depositarlo en la fosa, no regresasen a Oviedo, Turón, Mieres, Avilés, etc., etc., sin haber realizado aquel postrer homenaje a la que tanto habían amado, se la condujo al depósito del cementerio, en donde «quedó» veinticuatro horas más, que con las diecisiete apuntadas, suman «cuarenta y una», al fin de las cuales el Sr. Lera, una vez comprobados los síntomas de descomposición, tan evidentes que ya habían producido la ruptura de vasos sanguíneos del rostro, más la eclosión de un ojo, se procedió a sepultarla, en ese preciso lugar que se menciona en el artículo del Sr. De la Viña, aunque sin colocar encima ladrillo alguno ni cosa parecida, respetando su heredero universal, mi hermano D. Carlos Lamo, la voluntad de la ilustre yacente allí.

Después, manos guiadas por mejor deseo que acierto, se han permitido subrayar, sin conocimiento nuestro, el sitio, testificando el nombre innecesario allí, como lo será cualquier cosa que, muy agradecida por nosotros, declinamos, por ser contraria a la voluntad expresa y terminante de la que había de ser usufructuaria de tales honores pétreos y marmóreos.

Ni ella quería mausoleos ni nosotros podemos consentirlos. Hay demasiados pobres, hay demasiada miseria en España para pensar en honras fúnebres, buenas para los que carecieron de ellas en vida. Lo único que aceptaremos es la institución escolar de colonia veraniega instalada en aquella casita roja de Somió.

Desde el año 1928 vengo laborando por conseguirlo. Recabe el auxilio pecuniario de Horacio Echevarrieta. En la colección «Reflejos de El Motín» pueden leerse mis artículos relatando la entrevista que celebre con dicho financiero republicano. Hasta las gracias hube de darle en uno de ellos; tales fueron las seguridades verbales de que levantaría la hipoteca  —1000 pesetas— que pesaba sobre la modesta finca, con que mi tía hubo de gravarla a raíz de su regreso del destierro ocasionado por el proceso incoado a requerimiento de Acción Católica, de Barcelona.

Horacio Echevarrieta no cumplió nada de cuanto me ofreció.

Javier Bueno, requerido por mí, escribió un bello artículo en La Voz, en el cual, a más de mencionar mi nombre y mi postulado, se hacía solidario de éste, pidiendo ayuda para salvar de la usura aquella casita, en que debía esculpirse el nombre egregio de Rosario de Acuña, para recibir a los niños de los librepensadores pobres de España. No halló eco aquel hermoso trabajo de Bueno.

No me desalenté aún. Llamé a las puertas de la masonería. Invoqué mi derecho para hacerlo. Pedí ayuda económica y moral para la colonia escolar en el Cervigón. La pedía en nombre de Rosario de Acuña gra :. 32, Hipatia, y en mi propio nombre, hija de masón, caballero Rosa Cruz. Al mismo Sr. Lera, Venerable de una de las más importantes logias de Asturias, referí cuanto venía haciendo en este sentido.

Nada se logró, y eso que de todos era conocida la manifiesta parcialidad con que en tiempo de la monarquía se designaban los niños que habían de disfrutar puestos en las colonias veraniegas.

A Marcelino Domingo, en su época de revolucionario, al parecer auténtico, pedí campaña en LA LIBERTAD. Colaboraba semanalmente en ella. Año 1928. Me prometió hacerla. «Rosario de Acuña lo merece todo. Su postulado de usted me parece admirable y digno de las dos. Cuente usted conmigo.» Hasta hoy. Varias veces he intentado verle para recordarle su ofrecimiento, incumplido totalmente antes del cambio de régimen y después. Ha pasado al ministerio de Instrucción pública sin llevar su admiración a Rosario de Acuña a la Gaceta.

¿Qué más? Dolor. Asco. Cansancio.

Entre tanta decepción y amargura, la Sección de Pedagogía del Ateneo abre sus oídos y su corazón a mi solicitud de un homenaje a Rosario, como corolario a la inauguración del grupo escolar que lleva su nombre.

Se celebra el acto con toda la efusividad brillantísima que yo soñaba, consignándose en el programa que cuanto se recaudase con la reprise de «Rienzi» sería destinado por mí a la cantina escolar del grupo Rosario de Acuña.

Ahora me place hacer público que cuanto produzca el libro Rosario de Acuña en la escuela, ya en prensa, se dedicará a la readquisición de la casita roja en que pervivía siempre la magna figura de Rosario de Acuña, propósito el mío ya formulado por mí hace meses a los maestros con quienes he compartido mis actividades en la organización de los homenajes verificados.

Ahora bien, aceptando la buena voluntad del Sr. De la Viña en su llamamiento, que agradezco en su aspecto espiritual, debo rechazarlo en su aspecto económico.

Nada de suscripciones. Nada de óbolos. Nada de cantidades para honrar a Rosario de Acuña. Ella, por sí ante sí, dejó labor sobrada para mantener su nombre señero en la más alta albarrana del castillo interior que fue su gesta.

De ella sobrará para que se cumpla el postulado que me impuse.

Tendrá su colonia escolar en el Cervigón. Su alma gigante ganará la batalla después de muerta sin otra ayuda que la de la justicia de mi causa.

Regina Lamo de O´Neill

La Libertad, Madrid, 6 de mayo de 1933

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55. ¿Cuánto de masona?

Publicado por Macrino Fernández Riera el 16 Abril 2010

Es indudable que Rosario de Acuña es hoy bastante más conocida que hace tan solo unos años. Gracias al esfuerzo de unos cuantos investigadores, su rastro se ha vuelto más visible y —en consecuencia— cada vez son más los que se interesan por su vida y su obra.; cada vez son más los que conocen alguno de los aspectos más relevantes de su trayectoria vital. Pues bien, si todo parece indicar que esto es así (no tardando, comentaré en esta bitácora algunos aspectos de interés acerca de los millares de internautas que han visitado Rosario de Acuña. Vida y obra o han consultado Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios), no sé cuál sería el calificativo que utilizaría la mayoría para definirla, aunque me inclino a pensar que, entre los rasgos que utilizo en mi último libro sobre ella («Dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, iberista, avicultora, articulista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana…»), es muy probable que la mayoría se inclinase por «feminista» y «masona», lo cual —y en lo que se refiere a éste último—no deja de ser un tanto sorprendente, por cuanto ni existe constancia de que tuviera una participación activa —más allá de un corto periodo de su vida—, ni su pluma fue pródiga en escritos relacionados con la Masonería.

Con este pensamiento en la cabeza acudí ayer por la tarde a la sede del Ateneo Obrero de Gijón, en cuyos salones estaba programada una conferencia de gran interés para mí: Rosario de Acuña: libre y con buenas costumbres entre las logias de la Francmasonería, a cargo de María José Lacalzada de Mateo. Si el título ya era lo suficientemente sugerente, el nombre de la conferenciante, terminó por convencerme de que la tarde habría de ser muy provechosa, pues había leído algunos de los trabajos de la doctora Lacalzada, y sabía que, además de una especialista en Concepción Arenal, esta profesora de la Universidad de Zaragoza es toda una autoridad en lo que respecta a las mujeres masonas.

No me defraudó. La conferenciante, que había sido presentada por José Bolado, realizó un análisis concienzudo y pormenorizado de toda la trayectoria masónica de Rosario de Acuña: su iniciación en la Logia Constante Alona de Alicante (véase Ingreso en la Masonería); su entrevista con la Infanta María del Olvido de Borbón y Castellvi, y del artículo «Al pueblo masónico», en el que daba cuenta de la misma; de su participación en el Acto de Instalación de las Hijas del Progreso, así como del discurso que pronunció entonces; de la carta que la Logia “6 de abril del 88” dirigió en febrero de 1890 al pueblo portugués…Luego —en lo que podemos considerar la segunda parte de la conferencia— se refirió a la trayectoria seguida por otras mujeres masonas como Belén Sárraga o las hermanas Carvia…

En lo que respecta al tema que nos ocupa, María José Lacalzada de Mateo no hizo ninguna mención que hiciera referencia a una participación de Rosario de Acuña en la Masonería posterior al año 1890. Aunque aquello parecía confirmar que su participación  —al menos de manera pública y notoria— se reducía al periodo 1886-1890, no quise desaprovechar la ocasión y en el periodo de preguntas que se abrió al final de la conferencia le pregunté expresamente si en su larga investigación sobre el tema había encontrado alguna referencia posterior al año noventa. La respuesta fue negativa y entre las posibles explicaciones que se dieron me quedo con la que apuntó Víctor Guerra, un afamado estudioso de la Masonería que se encontraba entre los presentes, quien vino a decir que con el comienzo del nuevo siglo (en el caso de doña Rosario, de no encontrarse nuevos datos, habría que decir que incluso antes) se pierde el rastro de la mayoría de las mujeres masonas, las cuales parecen optar por las asociaciones civiles a la hora de participar en la vida social.

Tras la interesante conferencia de ayer, podemos concluir que ante la ausencia de nuevos datos la participación activa de Rosario de Acuña en la Masonería queda circunscrita al periodo 1886-1890. Después, probablemente defraudada por el fracasado proceso de unificación de las distintas obediencias masónicas que había liderado el Vizconde de Ros o por la propia rigidez de la estructura obediencial de la Masonería—como también apuntaba ayer Víctor Guerra —, lo cierto es que no tenemos constancia de ninguna actividad o de escrito alguno que tenga relación con la Masonería, salvo la mención que realiza al respecto en el telegrama que en 1911 envía a Galdós en apoyo de la Ley del Candado y el segundo de los artículos que con el título «¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!» dirige a los Hermanos Masones de Asturias para reclamarles su participación en las campañas contra la Guerra de Marruecos.

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54. De “señora de Laiglesia” a combativa feminista

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Abril 2010

[Texto de la conferencia pronunciada el jueves 8 de abril de 2010 en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón con motivo de la celebración del XX aniversario de la creación del Instituto Rosario de Acuña]

Buenas tardes.

A finales de los sesenta del pasado siglo, pocos eran los que podían decir cosa alguna acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que fuera enterrada  y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer, cuyo nombre permanecía incrustado en lo más profundo de los acantilados de El Cervigón. Patricio Adúriz, quien años más tarde sería nombrado cronista oficial de Gijón, lo contaba así en las páginas del diario El Comercio en febrero de 1969:

«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, éste que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.»

Entre los curiosos a los que hacía mención don Patricio se encontraba Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido Secretario Adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y Director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil [Véase « 35. El impulso que vino de México»]. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento  y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va reuniendo todo aquel  material que tuviera alguna relación  con la escritora, pues —según sus propias palabras— tenía como objetivo «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

Las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú,  quien en Tremañes recordaba su etapa de librepensadora,  militante del Partido Republicano Democrático Federal y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Ella fue quien  facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo fechado en 1907 que ahora conocemos. Gracias a esta mujer, la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época».

Los esfuerzos de Amaro del Rosal, Patricio Adúriz y   Luciano Castañón no fueron en vano. Gracias a ellos y a cuantos les sucedieron en el intento por recuperar la memoria de quien fuera una de las vecinas más ilustres de Gijón, hoy conocemos mucho mejor quién fue doña Rosario de Acuña y Villanueva. En la actualidad, cualquier persona interesada  puede consultar la práctica totalidad de sus escritos, bien sea en la edición realizada por José Bolado, bien en Internet, donde podemos encontrar una página dedicada monográficamente a nuestra protagonista, a la que nos podrá conducir cualquier buscador con tan sólo teclear «Rosario de Acuña. Vida y Obra». Contamos, además, con estudios recientes que se han ocupado de analizar  el papel que la librepensadora desempeñó en la soterrada batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano.

Así las cosas, dando por alcanzado el objetivo de rescatar del olvido a tan preclara mujer, consideré que mi intervención hoy aquí podría resultar más provechosa si,  en vez de intentar realizar una aproximación a la figura de doña Rosario, me afanaba en  focalizar la atención de los presentes hacia  uno de los aspectos más interesantes de su brillante legado: su pensamiento feminista o, si se prefiere, sus ideas sobre la situación de la mujer en la España que le tocó vivir. Asunto éste en el que, como todos ustedes pueden suponer, no mantuvo una posición única e invariable a lo largo de su vida. Antes al contrario, en su biografía nos vamos a encontrar con una fractura producida en los primeros años ochenta, cuando ella contaba treinta y pocos, que marcará un antes y un después en la posición que adopta ante la vida.  De ahí el título que he elegido para mi intervención: «De “señora de Laiglesia” a combativa feminista», que sugiere un punto de partida, otro de llegada y, entre ambos, una transformación, un profundo cambio.

Vayamos, por tanto, al momento inicial de esta historia: 22 de abril de 1876. Ese sábado un grupo de notables  de la Villa y Corte se reúne en la  parroquial de Santa Cruz para asistir a la ceremonia que habrá de unir en matrimonio a Rosario y a Rafael. Allí vemos a  doña Dolores Villanueva de Elices junto a don Felipe de Acuña y Solís arropando a su única hija, una joven que luce con garbo la hermosa juventud de sus veinticinco años; y a don Augusto de Laiglesia y Laiglesia, viudo de doña María del Rosario Auset y Pérez de Lema, haciendo lo propio con el novio, que es algo más joven, pues en enero ha cumplido los veintidós. A no dudar que entre los presentes se encontrarían destacadas personalidades de la sociedad madrileña, pues, no hay que olvidar que el hermano mayor del novio no hace mucho que se ha convertido en diputado del Partido Conservador por la circunscripción de Puerto Rico, ni que uno de sus cuñados es Emilio Gutiérrez-Gamero y Romate, quien a su faceta de afamado escritor une la de ex diputado. La novia, por su parte, es hija del Inspector Jefe de Ferrocarriles del ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña y Solís, gobernador civil cesante de Castellón, prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela, así como del marqués de Rianzuela y de la condesa de Benazuza, y cuenta entre sus parientes con el   académico, senador por la provincia de Jaén y ex ministro don Antonio Benavides y Fernández Navarrete, y con el hermano de éste, don Francisco de Paula, por entonces Patriarca de las Indias Orientales y no tardando cardenal y arzobispo de Zaragoza.

Conozcamos ahora a los protagonistas. El novio es Rafael Pedro Pablo Ramón de Laiglesia y Auset nacido en Madrid el 31 de enero de 1854.  Era el cuarto hijo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, una sevillana de padre catalán y madre gallega, y de Augusto de Laiglesia y Laiglesia, madrileño de nacimiento, aunque parte de su familia, asentada en Cádiz, procedía de la vecina Francia.  Por lo que respecta a su crianza, hay un hecho que conviene resaltar, cual es la prematura muerte de su madre, que fallece de parto cuando Rafael apenas había cumplido los ocho años. Es de suponer que la temprana ausencia de la figura materna condicionaría en alguna medida su educación, por más que su hermana María Dolores, diez años mayor que él, asumiera alguna responsabilidad en ese sentido. Lo cierto es que desde muy pronto se sintió atraído por la vida militar, influido probablemente por el peso de una tradición familiar que había comenzado su abuelo paterno, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación, al tiempo que autor de diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Tal era el interés de Rafael, que solicita el ingreso en el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería cuando tan solo contaba con trece años de edad. No obstante, las modificaciones que se introdujeron por entonces en la enseñanza militar retrasarán su ingreso en el Ejército hasta el mes de junio de 1871, momento en el que se convertirá en Caballero Cadete, aunque, curiosamente, no de la que era su primera opción, sino del Arma de Infantería. A la vista de lo anterior, bien podremos afirmar que el novio pasó su infancia preparándose para llegar a ser Cadete, que superó con discreta calificación las preguntas que sobre Gramática castellana, Elementos de Geografía de España, Elementos de Historia de España, Aritmética y Sistema métrico decimal le hizo el tribunal y que tenía un buen nivel de francés.

En cuanto a la novia, digamos que nació el primero de noviembre de 1850 de la unión de dos jóvenes vástagos de familias acomodadas, «de la alta burguesía» diría ella más tarde, razón por la cual  sus jóvenes progenitores disponen lo necesario para que  su hija, su única hija, reciba la educación que corresponde a su distinguida posición. Le espera un reputado colegio de monjas donde habría de recibir las enseñanzas acostumbradas por entonces: Lectura, Escritura, Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada, Labores propias de su sexo y alguna que otra materia de las llamadas de realce como Piano o Francés. Así está previsto y así se habría de hacer, pero algo viene a truncar el camino señalado. Cuando la pequeña apenas contaba con  cuatro años de edad,  se le diagnostica una  enfermedad ocular que le ocasiona grandes padecimientos: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. La enfermedad echa abajo todos los planes, hasta el punto que Rosario va a tener que recibir una educación alternativa, alejada de cualquier institución escolar: el padre y la madre sustituyen a las monjas; la Historia se hace sitio junto a los bordados; las Ciencias Naturales se abren de par en par ante sus doloridos ojos en el campo jienense; la Geografía se convierte en materia de estudio a lo largo de  los diversos viajes que realiza en compañía de sus progenitores…. Y así es que, cuando las llagas oculares le conceden un respiro, sus ojos se afanan en observar minuciosamente todo lo que la rodea, como si quisiera aprehenderlo todo, ansiosamente, cuando su vista se lo permite, antes de que se vuelva a nublar de nuevo. Aquella visión discontinua parece haber estimulado sus capacidades de observación y de análisis,  lo cual,  a la postre, le van a permitir alcanzar mayores conocimientos que los que estaban reservados a las jóvenes de su edad y condición. Su atípica formación se completará  con algunas estancias en el extranjero. Así, apenas cumplidos los veinte años, pasará una larga temporada en el sur de Francia, conociendo otras costumbres, otra cultura y otra lengua. Unos años más tarde residirá durante unos meses en Italia, en la residencia de su pariente Antonio Benavides, por entonces embajador de España ante la Santa Sede, tiempo este que aprovechará para satisfacer sus inquietudes artísticas.

La cita es  —como queda dicho—  en la iglesia de Santa Cruz. Observadlos. Allí está el novio: joven, instruido, miembro de una familia pudiente, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Allí, la novia: joven, instruida,  miembro de una familia pudiente,  escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, tras el celebrado estreno de Rienzi el tribuno, su primer drama. Si, con lo que hasta aquí sabemos,  tuviéramos que valorar con objetividad los méritos y capacidad de cada uno de los contrayentes nos costaría, así, de buenas a primeras, decidir cuál de los dos los posee en mayor grado. La prudencia nos obligaría a concluir que, a falta de otros datos, la valía de novio y novia son similares. Pero, claro, nuestra escala de valores no es la que existía  por entonces. Para la sociedad de la época, para los allí presentes, a Rosario le corresponde someterse a la voluntad de su marido,  a pesar de ser tres años mayor que él;  a pesar de tener, al menos, la misma capacidad que él; a pesar de poseer, al menos, los mismos recursos que él.

Y es que lo de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre  venía de muy atrás. Tan atrás que algunos se remontaban  en sus justificaciones a aquella escena bíblica en la que Yavé Dios le dijo a la mujer: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará» (Génesis: 3,16). La debilidad de Eva ante la manzana tentadora trajo consigo esta secular condena: la mujer será dominada por su marido.  Y los Padres de la Iglesia consolidarán  la sumisión de la mujer. Basta con leer este texto de San Pablo:

La mujer déjese instruir en silencio con toda sumisión.  No tolero que la mujer enseñe, ni que se tome autoridad sobre el marido, sino que ha de mantenerse tranquila. Pues Adán fue formado el primero, luego Eva. Y no fue Adán quien se dejó engañar, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará, sin embargo, por la maternidad, si persevera con sabiduría en la fe, la caridad y la santidad (I Timoteo, 2, 11-15).

La Iglesia Católica, fiel a esta interpretación bíblica, se encargará de transmitir la divina voluntad a los creyentes, convenientemente interpretada por el magisterio apostólico, y durante siglos justificará el papel secundario que la mujer ha de asumir en el matrimonio y en la sociedad. En la católica España la inferioridad de la mujer con respecto al hombre ha sido durante largo tiempo  casi un dogma y la inmensa mayoría de las españolas asumen, de mejor o peor grado, el papel que la tradición les ha asignado. Algunas, incluso, se afanan en dar consejos a sus congéneres sobre la forma en que mejor pueden desempeñar la función de buena esposa y buena madre. Ahí están revistas como El Bello Sexo,  El Periódico de las Damas, El Ángel del Hogar, La Violeta  o El Correo de la Moda, que será la que mayor presencia tendrá en los hogares españoles, pues estuvo en la calle durante buena parte de la segunda mitad del diecinueve. Ángela Grassi, Faustina Sáez, Pilar Sinués o Joaquina García Balmaseda pusieron su pluma al servicio del modelo de mujer más difundido: el ángel del hogar, esto es, buena esposa y buena madre, dueña y señora del ámbito doméstico, baluarte de los valores familiares, sustento espiritual del marido y de los hijos, avanzadilla de la regeneración patria…

Como quiera que las costumbres suelen hacer leyes, la legislación vigente por entonces, la misma que regula el matrimonio que están a punto de celebrar Rosario y Rafael, sanciona de forma clara y manifiesta la inferioridad de la esposa: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab-intestato sin licencia de su marido…».  Esto es, la plasmación legal del discurso de la domesticidad que tan bien anclado estaba en las bases ideológicas de la sociedad española, tanto de los adalides del liberalismo, como de los defensores del Antiguo Régimen. Desde el mismo momento en que la  enamorada e ilusionada Rosario, aceptaba  unir su vida a la de Rafael, estaba asumiendo el papel de subordinación que correspondía  a la Perfecta Casada, al Ángel del Hogar. Concluida la ceremonia matrimonial, salía del templo convertida en Rosario de Acuña y de Laiglesia. A los pocos días, la pareja pone rumbo a Andalucía para iniciar su viaje de novios.

Si bien  es de suponer que nuestra protagonista conocía el papel que, como señora de Laiglesia, le tocaba desempeñar a partir de entonces —aunque sólo fuera por el cercano ejemplo de su madre, primorosa mujer de su casa, a decir de su propia hija—, tengo dudas acerca de su capacidad para asumir, de buenas a primeras, las consecuencias que la asunción del subordinado papel que le tocaba representar le habían de deparar en su cotidiano vivir. Al fin y al cabo, su formación fue un tanto excepcional, en cuanto no habitual, tanto en el tipo de educación recibida como en el papel que en la misma había desempeñado su padre.

Sea como fuere, lo cierto es que Rosario ha iniciado una nueva etapa en su vida y debe ir adaptándose a su nueva condición. Al regreso de su viaje por Andalucía, tiene que enfrentarse a un nuevo cambio ya que a Rafael lo destinan a Zaragoza y ella, cómo no, debe acompañarlo.  Dada la profesión de su marido hay que pensar que la joven escritora ya contaría con la posibilidad de un traslado. De todas formas, la legislación vigente, la que por entonces regulaba el matrimonio, era muy clara al respecto: a la mujer corresponde «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde éste traslade su domicilio o residencia»: ésa es una de las consecuencias de su reciente matrimonio. No fue la única, como veremos a continuación.

A finales del mes de junio de 1876 ya se encuentra en la capital aragonesa, el escenario en el que habrá de representar su nuevo papel de mujer casada, para el que ya tiene reservado un nuevo nombre, pues,   por obra y gracia de su reciente matrimonio aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como Rosario de Acuña y Villanueva para convertirse en la esposa de, en Rosario de Acuña de Laiglesia. Con ello no hace más que imitar una costumbre que siguen muchas mujeres de su posición social, quizás porque están convencidas de que el uso de tal preposición les otorga mayor respetabilidad ante sus conciudadanos. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran.  Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido representa una clara pérdida de su identidad, lo cual  podría llegar a tener cierta trascendencia cuando, como es el caso, nos encontramos a varias mujeres que en la misma familia tienen el mismo nombre y, lógicamente, idéntico su primer apellido.

La utilización del apellido del marido también es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar,  María del Pilar Sinués… de Marco o  Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que, en este caso, lo hacen para demostrar públicamente que cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Siendo esto así, no nos debería de resultar  extraño que cuando nuestra protagonista decide estrenar en Zaragoza  Amor a la patria, su segundo drama, se hubiera presentado al público como Rosario de Acuña de Laiglesia, pero —y esto es lo sorprendente— lo hace ocultándose tras un seudónimo: Remigio Andrés Delafón.  Puesto que fue ésta la única ocasión en que lo hizo, deberíamos preguntarnos acerca de las razones que le impulsaron a tomar tal decisión en ese momento: ¿tendría que ver con cierto temor a defraudar al público tras el clamoroso éxito de su primer drama  o, tal vez, habría que buscar la explicación en su nueva condición de mujer casada? ¿Tuvo el marido algo que ver en ello? No tenemos, que yo sepa, dato alguno al respecto, pero, no sería de extrañar que al joven Rafael, teniente de infantería con el grado de capitán por méritos de guerra  y a quien se le había autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil no le hiciera mucha gracia que su mujer se las diera de bachillera ante sus nuevos convecinos, no fuera a pasarle lo que años más tarde le aconteció a José Quiroga y Pérez de Deza, marido de doña Emilia Pardo-Bazán, quien, al parecer,  no pudiendo soportar las críticas con las que sus vecinos coruñeses recibieron la publicación de La cuestión palpitante, prohíbe a su mujer que continué escribiendo amparándose en lo que la legislación vigente por entonces señalaba: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente».

¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor a la patria? ¿Admitió de buen grado Rafael que su mujer se ausentara del domicilio conyugal para supervisar el estreno en Valladolid de Rienzi el tribuno o para asistir en la Corte al estreno de alguno de los dramas del momento? Ahí queda la pregunta sin que podamos darle respuesta concluyente. No obstante, en relación  con el tema que nos ocupa sí sabemos que el nombre que utiliza para firmar todos los escritos publicados entre 1876 y 1884 es el de Rosario de Acuña y de Laiglesia. También que durante el transcurso de su residencia en tierras aragonesas, la relación matrimonial quedó muy dañada  por más que aún permanecieran algún tiempo juntos.

¿Tuvo que ver en ello algo de lo que aquí estamos apuntando, esto es que el marido no aceptó  de buen grado la actividad literaria de nuestra protagonista o la ruptura se debió a la infidelidad de Rafael, tal y como apuntan algunas fuentes? Parece ser que en algún momento de su corta convivencia en común tuvo lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969, tras haberlo recogido de Aquilina Rodríguez Arbesú, una gijonesa que había mantenido fuertes lazos de amistad con la escritora. Según escribió entonces, en cierta ocasión Rosario se trasladó a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa».

Sea por un motivo, sea por otro, o —tal vez—   por ambos, lo cierto es que a finales de 1880 el matrimonio parece pasar por una crisis que  se resuelve con lo que bien pudiera ser un nuevo pacto entre ambos, a juzgar tanto por lo sucedido tiempo después como por las pistas que nos da la propia Rosario cuando —refiriéndose a este momento— nos dice: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»[«Avicultura femenina»1901]. Aislamiento campestre: esa es la condición,  y en  enero de 1881 la pareja retorna a Madrid, instalándose en Pinto, una  localidad del sur de la provincia, en donde se hacen construir una pequeña villa un tanto alejada del resto de la población.

En su residencia pinteña, en su Villa-Nueva,  Rosario inicia una nueva vida. No podía seguir viviendo como lo había hecho en sus primeros años de casada y puso sus condiciones: viven en una casa a las afueras de una pequeña localidad y Rafael cambia de trabajo, queda desligado temporalmente del Ejército, siendo nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, además de miembro del equipo responsable de Gaceta Agrícola, una publicación que desde 1876 edita el Ministerio de Fomento para divulgar entre los agricultores los nuevos avances técnicos y en la que la escritora publicará varios artículos [Por ejemplo: «Influencia de la vida del campo en la familia»,«El lujo en los pueblos rurales» o «La educación agrícola de la mujer»].

Es evidente que su visión de la sociedad ha cambiado en estos cuatro años largos que ha pasado en tierras zaragozanas. La mirada  con la que Rosario contempla ahora a sus congéneres se vuelve más crítica, más sensible a cuanto suene a huero, falso e hipócrita. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades. La patria, su querida patria, necesita una cura… España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con quienes afirman que, puesto que la semilla de todo cambio se siembra en el hogar,  es preciso involucrar a la mujer, dueña y señora del ámbito doméstico.  Rosario piensa que  todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier avance es imposible. Lo tiene claro, y ha empezado por ella misma, por enderezar el rumbo de su vida.

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que por entonces alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje en el transcurso del cual visitarán diversos lugares de España y Francia. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y así cuando  en el mes de enero de 1883 se produce la repentina muerte del padre de la escritora todo parece derrumbarse.  Antes de que acabara el mes Rafael cesa en el puesto que ocupaba en el ministerio de Fomento y en mayo ya se encuentra en Badajoz, a donde se ha trasladado para hacerse cargo de la Jefatura de la Sección de Contribuciones de la sucursal que el Banco de España tiene en la capital pacense. Rosario se queda en Pinto. Ya no volverán a estar juntos.

En la soledad de su Villa Nueva se acelera el proceso de cambio. El desengaño matrimonial y la posterior muerte de su querido padre terminan por despojarla de buena parte del equipaje que había utilizado hasta ahora: ya no le sirve para el nuevo camino que está dispuesta a emprender. Noches de insomnio y cavilaciones: una nueva visión, un profundo cambio en su vida que se hará bien visible cuando, tras un largo periodo de reflexión, decide volver a coger su pluma ya no pinta cascadas de espuma en las crestas del embravecido mar, ni tañe perdidos suspiros que escuchar pudiera una viajera golondrina, ni entona sus pobres cantares que en el espacio se pierden y en el olvido se acaban… No;  bien parece que lo que ha vivido y ha visto a lo largo de estos primeros años ochenta  le han agrietado un tanto el alma   y su pluma  —romántica y esperanzada en otro tiempo—   no está ya para dulces cantilenas. Aquella mujer que prometió amor eterno en solemne ceremonia religiosa, que aceptó las condiciones de una unión desigual  en la que la mujer quedaba subordinada al hombre por el mandato de la  ley y el imperio de las costumbres,  que dejó todo para acompañar a su marido allá donde la superioridad les había destinado…  Aquella mujer ya no era la misma. Basta leer este fragmento publicado en el mes de enero de 1885 para comprobarlo:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia… ( «Resumen», 10-1-1885)

Indudablemente, la visión que nuestra protagonista tiene ahora de la mujer y del papel que la sociedad le tiene reservado es bien diferente de la que tenía aquel sábado 22 de abril cuando en la parroquial de Santa Cruz se convirtió en señora de Laiglesia. Ahora, ocho o nueve años más tarde,  bien puede decirse que, en lo tocante a la por entonces denominada «cuestión de la mujer»,   nuestra protagonista mantiene posiciones de vanguardia,  combatiendo   —según sus propias palabras—  a cuantos se oponen a la ilustración de la mujer y a la dignificación de la compañera del hombre.  No serán pocos los escritos y las conferencias que desde mediados de los ochenta hasta el momento de su muerte tengan a las mujeres por destinatarias, cuando no por protagonistas, pero los principios fundamentales de su discurso sobre la cuestión  ya están claramente definidos en los textos que hace públicos entre 1885 y 1888.

La tesis inicial sobre la que construye su discurso feminista es  —como no podía ser de otra forma— la negación de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre, es decir, su oposición  a admitir como cierto el pensamiento dominante, según el cual el varón es superior por su propia naturaleza, por voluntad de la divinidad, tal y como viene defendiendo la Iglesia desde los primeros tiempos,  y tal como por entonces pretenden demostrar algunos frenólogos, o similares, con argumentos anatómicos y fisiológicos. Rosario de Acuña, al igual que hiciera años antes Concepción Arenal, replica a unos y a otros proclamando que  la desigualdad existente entre hombres y mujeres se debe a la postergación ancestral que ha sufrido la mujer y no a una supuesta inferioridad original:

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse, y que si desde nuestras más remotas abuelitas se vino relegándonos al pasivo papel de los irracionales, nada tiene de extraño que las nietas de tantas generaciones de necias tengan en su masa encefálica una infinitesimal cantidad de sustancia gris y un escasísimo volumen de cerebelo. («Algo sobre la mujer», 1881)

Si esto decía en 1881, años después se mostraría más concluyente cuando en el Acto de Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso afirmaba: «La mujer puede y debe pensar; ningún límite impuso la naturaleza a sus facultades racionales».  Así las cosas, dejando bien sentado que el hecho de  que sean los hombres quienes despunten socialmente no se puede justificar por razón de su superior naturaleza, sino por las favorables condiciones en que se han criado,  lo que, en coherencia,  sigue es reclamar para las mujeres el mismo trato, la misma formación. Y eso es lo que de forma reiterada hace Rosario de Acuña:

¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón

No es original en esto. Hay otras mujeres, como Concepción Arenal, Emilia Pardo-Bazán o Sofía Tartilán,   que mantienen puntos de vista semejantes en cuanto a la exigencia de igualdad  en materia de educación entre  hombres y mujeres. No ocurre lo mismo en otros puntos. Tal sucede con respecto al papel que la Iglesia ha venido ejerciendo durante siglos en el sometimiento de la mujer: he ahí uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos coincide con algunas de sus contemporáneas, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella, la Iglesia católica es la principal responsable de la postergación que sufre la mujer, y lo es por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral que avala la dominación del varón. Así de claro lo tiene y así de claro lo expone en el artículo «A las mujeres del siglo XIX»  que publica en 1887:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre…

Que las mujeres piensen por sí mismas: esa es su obsesión y su objetivo. Y para conseguirlo no sólo es de todo punto imprescindible apartarla de la nefasta influencia que sobre ella ejerce la larga sombra del confesionario sino que, además, es preciso  evitar que sucumba  a los cantos de sirena que adulan y adormecen: «No esperemos nada de la piedad de hombre, jamás seremos su mitad siendo sus libertas». La mujer es la única que con su esfuerzo puede salir de la situación de inferioridad en que se encuentra tras siglos de dominación masculina. Duda de aquellos hombres que, al calor de la disputa ideológica, se muestran partidarios de conceder en la tribuna pública lo que, en la mayoría de los casos, niegan en el hogar. Si no se dan previamente las condiciones necesarias, el espejismo de la emancipación que por entonces algunos enarbolan puede suponer un serio retroceso para la situación de la mujer y así se lo advierte en abril de 1888 a las mujeres que acuden a escucharla a la sociedad Fomento de las Artes de Madrid:

…solo en virtud de sus propios esfuerzos ha de reconquistar su sitio en el concurso social, […] todo engrandecimiento que le llegue a la mujer en el orden social por determinación del hombre, solo servirá para especificar más claramente su inferioridad, verificándose de este modo una apariencia de regeneración,[…] Nosotras no debemos esperar nada sino de nosotras mismas, no por terquedad de rebeldía orgullosa, sino por convencimiento de razones deductivas. Nosotras no podemos intentar otro valer que el alcanzado por aquellas condiciones que poseemos, bien que sean latentes, perfectamente dispuestas para nuestra progresión («Consecuencias de la degeneración femenina»,  1888).

No podemos concluir este  análisis sin mencionar otro de los rasgos distintivos de su pensamiento y es que  la lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue.  En varios de sus escritos podemos observar esa tendencia casi automática a identificar mujer con madre («en toda mujer hay una madre»), pero quizás sea en aquellos referidos a su público madrinazgo de un soldado español combatiente en la Guerra Mundial donde se vea con mayor claridad. Detengámonos, pues, en contar brevemente esta historia.   En diciembre de 1916, coincidiendo con una campaña abierta por el semanario España a favor de los voluntarios españoles que, enrolados en el ejército francés, combaten a las tropas alemanas, nuestra escritora envía un paquete conteniendo varios productos que, sin duda, habrían de reconfortar al anónimo combatiente español: una botella de Jerez, una libra de chocolate asturiano, unos cigarros, unos calcetines y un libro de Galdós, entre otros.  El envío incluía además una larga carta en la que, tras una larga presentación, se ofrece para amadrinar al desconocido soldado. En la misiva le habla de su frustrada maternidad:

«No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal» por más que en ocasiones, viendo el producto de las entrañas de otras madres, llegase a encontrar cierto consuelo en no haberlo sido: «¡Ah! ¡no! bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres…» («Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra»).

A partir de todo lo dicho hasta ahora, podemos concluir que el pensamiento feminista de Rosario de Acuña mantiene ciertos elementos coincidentes con el que por entonces expresan otras compatriotas que son reconocidas como pioneras del feminismo  en España (rechazo de la  inferioridad intelectual de la mujer, conciencia de la marginación en la que se encuentran,  imputación a los hombres de la situación de inferioridad en la que viven, importancia de la educación como medio para sacudirse la postración social…),  al tiempo que   difiere en algunos otros (otorga prioridad a la función maternal sobre cualesquier otras que la mujer pueda realizar;  imputa a la Iglesia la responsabilidad de la situación de oscurantismo, ignorancia y superstición en que vive  la mujer en España; prescribe el cultivo de la razón como  medio para lograr su emancipación…).  En cualquier caso, parece claro que la conciencia feminista arraiga en el pensamiento de Rosario de Acuña y Villanueva  —con los matices que se quieran hacer al respecto— antes de haber cumplido los cuarenta,  y que desde entonces su pluma y su voz siempre estarán prestas a defender a las mujeres   allí donde fuera necesario, sin importarle en demasía las consecuencias que tal postura pudiera ocasionarle, aunque éstas fueran graves. Así sucederá a finales de 1911, cuando no puede menos que subir a la palestra para protestar airadamente contra el comportamiento de «unos caballeros estudiantes que se pusieron en acecho, a la salida del claustro, para insultar de palabra, y hasta de obra, a unas jóvenes estudiantes de la facultad de filosofía y letras» (Véase, «21. El escrito que provocó su reacción»).  Se despachó a gusto, no cabe duda. Basta leer los dos párrafos siguientes para comprobarlo:

¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!, ¿qué van a ser ellos?, ¿amas de cría? No, no; los destinos hay que separarlos; los hombres a los doctorados, a los tribunales, a las cátedras, a las timbas y a las mancebías de machos, a ser unas veces ellas y otras veces ellos; las mujeres a la parroquia, o al locutorio, a comerse o amasar el pan de San Antonio; y luego las de la clase media, a soltar el gorro y la escarcela, a ponerse el mandil de tela de colchón, y aliñar las alubias de la cena, a echar culeras a los calzoncillos, o a curarse las llagas impuestas por la sanidad marital; si son de la clase alta, a cambiarle semanalmente de cuernos al marido, unas veces con los lacayos y otras con los obispos…Este, este es el camino verdaderamente derechito y ejemplar de las mujeres.

¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la Universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿Adónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos en el machito! ¡Pues qué! ¿Es acaso persona una mujer? ¿No andan ya los sabios a vueltas para ver si es posible sustituirlas por engendradoras artificiales?… («La jarca de la Universidad», 1911)

Por las reacciones que el artículo suscitó entre los estudiantes,  parece evidente que no se dieron por aludidos en lo que respecta al fondo de la cuestión.  Curiosamente lo que, al parecer,  les ofendió fue el hecho de que la pluma de doña Rosario hubiera puesto en entredicho el buen nombre de sus santas madres con frases como las siguientes:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho. Como la mayoría son engendros de un par de sayas  —la de la mujer y la del cura o el fraile—  y de unos solos calzones  —los del marido o querido—  resultan con dos partes de hembra, o por lo menos hermafroditas, por eso casi todos hacen a pluma y a pelo.

Y se armó una buena, ¡vaya si se armó!: manifestaciones de universitarios, huelgas, asambleas, protestas, intervención de la fiscalía…  Y la autora no tuvo más remedio que huir antes de ser detenida, convirtiéndose en la primera mujer que, por utilizar lo que ella calificó como un lenguaje viril en defensa del derecho de sus congéneres a recibir la más completa educación posible, tuvo que exiliarse, pasando dos largos años vagando por las tierras portuguesas.

A su regreso  a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto  de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando,  y ello a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del  cansancio acumulado por tanta lucha   baldía, a pesar   de la postración económica en que se encuentra tras los obligados dispendios del exilio…; a pesar de todo, no escatima esfuerzos en apoyo de sus compañeras, «pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía». Y así lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista, gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo.  La pluma será también el medio que utiliza para salir en apoyo de una convecina, una joven gijonesa que decide casarse ante un juez ignorando las presiones que recibe de su entorno para que lo haga como Dios manda, ante un sacerdote: «Usted, religiosamente o civilmente casada lo estará igual si está usted bien unida, en cuerpo y alma, al varón con quien se concordó para vivir la vida; y esto sí que es matrimonio» («A la señorita María Oliva Riestra Rubiera», 1916). Para el caso, bien podría haber echado una mirada al pasado y encontrar parecidas palabras puestas en boca de Isabel de Morgovejo, la protagonista de El padre Juan : «Ramón será mi esposo, según estaba convenido, mediante el matrimonio civil; el religioso lo hicieron nuestras almas al darse juramento de amor». Pero en vez de mirar hacia el pasado, sus ojos se fijan en el futuro, un futuro más venturoso para el porvenir de la mujer, aunque sea por coyunturas tan amargas como aquella guerra que asola el continente europeo. Así se lo transmite a las mujeres que en 1917 asisten a un mitin femenino organizado por la Unión Republicana de Gracia:

Entretanto al problema feminista, que hoy empieza a debatirse en España, y en el que estriba, acaso, la libertad de conciencia para nuestra patria, hay que dejarle andar su camino, ayudando sabiamente a que tomen interés por él el mayor número de mujeres. La revolución mundial que está iniciándose en la terrible guerra europea, traerá grandes sorpresas. La progresión creciente de la mortalidad e invalidez en los hombres europeos (tal vez de la tierra entera) va a entregar a la civilización futura a un MATRIARCADO positivo, activo, consciente, que, bien sea reconocido por las legislaciones, o bien sea abominado por ellas, nada ha de importar si se impone en los hechos; y si ya los tiempos no pueden retrogradar a que el nombre quede atado a la puerta de la choza, para asegurarse de su producción y descendencia, de tal manera la escasez de varones y la inutilidad de los más para sostener las necesidades familiares se va a imponer en la Nueva Edad que se avecina, que será la mujer una verdadera SEÑORA AMA del hogar, dirigiendo y dominando hijos y familia con soberanía indiscutible; siendo trascendental su responsabilidad como reformadora de generaciones que han de nacer dañadas y perturbadas, demostrando así, en una o más centurias, como la demostración del andar se prueba andando, que todos los raciocinios, conocimientos y energías cogen y son fecundos en el cerebro femenino, de igual manera que cogen y son fecundos en el del hombre .

Como ella anticipa en aquellas cuartillas manuscritas, los conflictos bélicos van a permitir posibilitarán que las mujeres ocupen espacios más amplios en la vida colectiva. Así ocurrió en las dos guerras calificadas como mundiales: las necesidades bélicas obligan a los países contendientes a acudir a las mujeres para sustituir a los hombres que combaten en los frentes. Ellas ocupan sus puestos de trabajo, administran sus granjas y mantienen sus familias. Su concurso se hace imprescindible para que la sociedad siga funcionando;   la victoria también es suya. Así las cosas, cuando la paz llega ¿quién osará mantener impunemente que la mujer sólo puede ser esposa y madre?   La Nueva Edad que nuestra protagonista vislumbraba al final de aquella primera guerra se encuentra más cerca, ciertamente, pero hasta ella solo llegó un lejano destello de aquel tímido avance,   pues pocos años después de escritas aquellas frases su vida se apagó para siempre.

El día de su entierro  fueron numerosas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Algunas crónicas no dejan de mostrar su sorpresa al comprobar cómo la lluvia, que incesantemente caía aquel primer sábado de mayo, no había impedido que fueran numerosas las mujeres que acompañaron su cadáver hasta el cementerio civil. Allí estaban sus convecinas, gijonesas apenadas y agradecidas,  mas, de haber podido, muchas otras, venidas de todos los rincones de su querida España, se habrían unido a aquella comitiva  para testimoniarle el dolor que sentían ante su partida, como antes muchas de ellas o habían hecho por escrito agradeciéndole  tantos años de lucha, incansable lucha,  en su misma trinchera.  Lloraban por el dolor de la partida, pero también por la orfandad en que todas ellas quedaban: se iba la luz que a muchas guiaba. Se iba, sí, aunque a todas ellas les dejaba el testimonio de su vida, largo camino de trabajo, estudio y lucha, de perseverante batallar frente a quienes habían sumido a la mujer en la oscuridad de la ignorancia y la superstición. Ahí quedaban sus discursos, sus artículos, sus lecciones, sus dudas, sus apoyos… Ahí las mujeres de sus dramas: seres fuertes, vigorosos, con esperanza.

Muchas gracias.

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52. En busca de la casa de Rosario de Acuña en Pinto

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Marzo 2010

 Mario Coronas Arquero

Con la intención de localizar la quinta Villa Nueva, residencia de la escritora Rosario de Acuña en Pinto desde 1881 hasta mediada la década de 1890, he logrado realizar diversas investigaciones y creo haber señalado dicha quinta sobre un plano del casco urbano de la villa de Pinto fechado en  1924.

Aunque el plano sea 30 años posterior a la venta de la quinta, supongo que ésta se mantendría igual que en su inauguración (1881). La casa de Pérez Escrich en Pinto se edificaría en 1865 y en el diario El Heraldo de Madrid de fecha 15 de diciembre de 1928 aparecen imágenes de la misma, y según informa el periodista, la casa permanecía en idéntico estado. Además, en el plano de 1924 existe una casa situada en una calle que coincidiría exactamente con la actual calle Pérez Escrich, que debió ser inaugurada en una fecha posterior a 1924. También en Valencia, ciudad natal del escritor, se inauguró en 1910 una lápida en la casa donde nació Pérez Escrich y se dio el nombre de éste a dicha calle.

Por tanto, siguiendo las indicaciones que tenemos sobre la Quinta Villa Nueva (que estaba justo en frente de la de Escrich, cerca de las agujas de la vía, y de la estación, a las afueras del caserío, cuya casa estaba en una esquina de la propiedad, cercada de altas tapias, y donde pasaba un camino vecinal) podría coincidir con la finca señalada en el plano.

En el sur encontramos la Fábrica de Chocolates de la Compañía Colonial, fundada en 1854 e implantada en Pinto por el banquero de origen francés Jaime Méric Saisset en 1866. Más al norte encontramos la estación de ferrocarril de Pinto (inaugurada en 1851), y después la parcela de la Fortaleza o castillo de Pinto del siglo XV, hoy llamada Torre de Éboli en honor a la Princesa de Éboli, prisionera de la torre durante seis meses. Más al norte está situado el convento de Monjas Capuchinas.  A su altura encontramos las agujas de la vía férrea  y más al norte, alejando del caserío, la quinta Villa Nueva.

También he considerado que pudiera estar al otro lado de la vía del ferrocarril, algo poco probable ya que justo en frente de la fábrica de la Compañía Colonial estaba la quinta del industrial catalán Juan Cuni (en el año 1885 tuvo problemas porque el gobernador de la provincia quería instalar en su finca un lazareto). La Casa Fúster fue inaugurada en 1912 como finca de verano para la familia de don Nicolás Fúster Romero, director gerente de la Constructora Naval.

Y en la calle Villa María existía a finales del siglo XIX un hotel llamado Villa María, en honor a la esposa de su acaudalado propietario, Antonio Pérez Torregrosa.  Pérez Torregrosa construyó en 1898 en las afueras del municipio, junto a su hotel Villa María,  un barrio de hotelitos para disfrutar del verano. En él se instaló la selecta sociedad de la llamada Colonia Veraniega.

La casa situada junto a la probable quinta Villa Nueva (al otro lado de la vía) sería la casa del doctor Félix Creus García, hijo del que fuera gloria de la cirugía española, el doctor Creus y Manso.  En 1905 Félix Creus compró varias fincas a los herederos del Sr. Gurumeta y construyó dicho hotel para su familia.

Hoy la Quinta Villanueva es en su mayor parte jardín municipal, está dividida por el Paseo de las Artes, que a su altura es un paso a nivel que cruza la vía del ferrocarril para vehículos con dirección a Parla y Fuenlabrada. También hay un bloque de edificios.

Plano de 1924

(La casa señalada con color azul es la del escritor Pérez Escrich; en amarillo aparece señalado el lugar en el que probablemente estuviera situada la casa de Rosario de Acuña)

Plano actual de Pinto

(Delimitado por líneas naranjas el espacio que antaño ocuparía la Quinta Villanueva, enfrente, en azul,  la finca de Pérez Escrich)

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51. La esquela del tercer aniversario

Publicado por Macrino Fernández Riera el 19 Marzo 2010

La tarde del fatídico cinco de mayo de 1923, la vida de Carlos de Lamo Jiménez -de quien nos tendremos que ocupar con mayor profundidad-  se quedó completamente a oscuras a sus cincuenta y cuatro años de edad pues le hurtaron  la potente luz que había guiado sus pasos desde que, hace ya más de tres décadas, decidiera unir su destino al de Rosario de Acuña y Villanueva.

Superado el estupor de los primeros momentos, era ineludible hacerse cargo de la nueva situación que, en cierta medida, ya aparecía apuntada con trazo fino por la mano ausente que ya no habría de escribir cosa alguna. Allí estaba, en el testamento del año 1907 en el que proclama su radical oposición de la Iglesia católica «y de las demás sectas» y convierte a Carlos en su único heredero.

Dese los primeros momentos, se declara decidido a dedicar el resto de sus días a rendir culto a quien fuera su compañera durante tantos años: «deber único que mi vida queda de hacer vivir mientras yo viva, y perdurar después de mí en la inmortalidad, que sus obras le darán, el nombre que será cada vez más glorioso de Rosario de Acuña».

Fiel a su compromiso, al acercarse la fecha del aniversario del infausto día, inicia gestiones para rendirle un homenaje a la compañera ausente. Con el apoyo del Ateneo Obrero, entidad a la que había estado muy unida la escritora, el 5 de mayo de 1924 se celebra una velada necrológica en el transcurso de la cual pronuncia unas palabras en las que justifica la sencillez del acto:

Que así como Ella se había retirado voluntariamente del  «mundanal ruido» en el que pudo brillar tanto y desdeñó, saboreando, en cambio, en un rincón aldeano su dulce paz, su mágico panorama de bellezas interiores y de esplendideces mayestáticas en las lejanías del mar infinito y en la adorable tierra asturiana que la circundaba, este aniversario pretendía yo se limitase a una comunión de vuestras almas con la suya, de los que aquí vivimos, de los que recibisteis muchas veces el eco de su pensamiento en sus escritos, y de los que en otras muchas ocasiones oísteis de sus labios palabras de aliento…

Y así sucederá en los años siguientes:  cuando se aproxima la fecha del aniversario,  El Noroeste recuerda puntualmente la cita, Roberto Castrovido envía un cariñoso escrito para que sea publicado por el periódico gijonés y en el Ateneo Obrero tiene lugar una velada  literaria en recuerdo de la que fuera ilustre socia y colaboradora.

No obstante, en 1926 Carlos no puede asistir, y se ve en la obligación de avisar  a quienes, a buen seguro, esperaban que llegase el día señalado para  rendir homenaje a la distinguida ausente.  Hasta ahí todo normal y lógico. Lo que ya resulta inhabitual es el modo que utilizó para informar a los interesados, pues el anuncio aparecido en la prensa local adopta la forma de esquela y en él se recuerda la condición de masona de la finada, lo cual no parece comulgar con el deseo de doña Rosario de que todo lo relacionado con su muerte fuera tratado con mesura y discreción.

En cualquier caso, aquí queda público testimonio de la opción tomada por quien desde el 5 de mayo de 1923 se comprometió a  exaltar la memoria de quien durante tantos años fue su compañera.

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46. Unas palabras de Regina de Lamo en memoria de su «excelsa ascendiente»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 23 Febrero 2010

En una carta enviada hace unos días al diario Público,   Lidia Falcón recordaba a su abuela  Regina de Lamo y denunciaba que su figura -al igual que sucediera con Rosario de Acuña-  «ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país».

Tiene toda la razón.  ¿Cómo puede ser posible que una mujer que «se dedicó, apasionadamente, al activismo sindical y cooperativista»,  a la lucha feminista -muy a pie de calle, al lado de las mujeres del pueblo, al estilo de Rosario de Acuña-,  a la defensa de los más desfavorecidos y a la difusión de una nueva cultura que regenerara la vieja patria sea hoy tan desconocida para la inmensa mayoría de los españoles? ¿Cómo puede ser posible que apenas sea conocido por unos pocos que esta jiennense (Úbeda, 1870), vinculada a la Federación Regional Catalana de la UGT, a la Unió de Rabassaires y a la Federación Regional de Cooperativas de Cataluña, tuvo una participación destacada en el I Congreso Nacional de Cooperativas, celebrado en Madrid en 1921; que por su iniciativa se creó  el primer banco obrero: el Banco de Crédito Popular y Cooperativo de Valencia; que, al lado de Lluís Companys, participó activamente en la implantación dela Unión de Rabassaires; que desarrolló una amplia labor propagandística en el semanario La Tierra, en el diario El Diluvio, en la revista  Acción Cooperativista o en el periódico gijonés El Noroeste? ¿Quién se acuerda que en 1928  fue elegida   vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona o que un año más tarde era la presidenta del grupo femenino de la Agrupación Socialista de Barcelona? ¿Quién conoce su Introducción a Delirios de grandeza y lujuria de Zoilo Cuéllar Chaves (1920)?, ¿quién,  su Breviario de autoeducación cooperativista (1923)? Algunos habrá que hayan oído hablar, leído quizás, su «Prólogo» en Las reivindicaciones femeninas de Santiago Valenti Camp (1927).

A qué seguir. Su figura y testimonio merecen un trabajo más exhaustivo que el que aquí podemos darle. Estoy seguro que, no tardando,  llegará. Mientras eso ocurre, aquí tiene el lector interesado un escrito suyo. Se trata de la introducción a la edición que la valenciana Editorial Guerri realizó en 1938 de El padre Juan

 

ASTURIAS

Liminares

Unas palabras

La reposición del drama EL PADRE JUAN, en este limitado escenario que es la revolución española (1933-1938), va signada con la voluntad inquebrantable de quien repone y esto escribe, hacia horizontes, si no imprevistos por los hombres que gobiernan la República, si soslayados, y hasta soterrados, pudiéramos decir, después de honda reflexión y análisis de los hechos que a diario nos abruman con su indiscutible elocuencia.

La cuestión clerical. He ahí el problema fundamental y base del movimiento subersivo, cuyas derivaciones no son otra cosa que coletazos, con que el muestro de las cien cabezas se defiende, atacando impíamente a los que en España intentaron desterrar «para siempre» -pobrecillos- aquellas cien cabezas con sus correspondientes piojeras de hermanos, hermanas, padres, madres y cofrades de hábitos de varios colores, largos o cortos, según la misión encomendada a toda esa serie de vividores ultra terrenos.

Pues bien, ese problema, cuya solución fue incrustada en la España republicana durante medio siglo, merced a la pluma de aquellos dos colosos del librepensamiento que fueron -y son- Rosario de Acuña y José Nakens, está sin resolver, y lo que es más alarmante, por sintomático, va tomando el aspecto de algo que me recuerda el título de aquel libro que costó la vida a José Rizal (a Rizal la vida y a España el archipiélago filipino): Noli me tangere.

Sí. No le toquéis. Es la consigna. Que si Euzkadi. Que si mano tendida. Que si pitos. Que si flautas… Total: con el artículo veintiséis de la Constitución de la República, dio el gran topetazo Alacalá Zamora, que por cierto no le impidió, ni le privó, como serenamente pensando debió privárselo e impedírselo, aquella espantá -y perdóneseme el taurinismo de la frase- el acceso a la presidencia de la República, desde la cual -¿y cómo no?-, se dedicó a pedirle bendiciones al Nuncio de S.S. y a trapichear con el clericalismo más audaz y militarizado, que tan caro nos cuesta. Con las consecuencias de todo esto, dio el topetazo del 33 y del 36 la República.

Así, pues, ya que ellos, los grandes -únicos pudiéramos decir- Rosario de Acuña y José Nakens, dejaron la palestra llamados por la muerte, yo, que los evoco constantemente; yo que veo, lamentándolo, vacío el lugar que ellos llenaron con la luz de sus vidas y el calor inmortal de sus obras, me complazco una vez más en actualizarla a ella, a mi excelsa ascendiente, Rosario de Acuña, colocándola en el sitio que aún no mereció de los que debieron tenerla como índice de su actuación política y social: en el sitio que mereció, merece y merecerá de cuantos amen y sientan la causa de la libertad humana, sincera y virilmente, sin miedos ni habilidades circunstanciales. Su sitio, mentor de la República laicodemocrática.

Ahí; y por eso va dedicada esta reposición a Asturias, porque en el limitado escenario de la Revolución española (1933-1938) -y volvemos al primer párrafo de este clavo que quiero remachar en las conciencias libres, de los pocos que tienen conciencia-, Asturias, la fuerte, la dura, la tenaz, la insumisa por antonomasia, es donde ella, Rosario de Acuña, ha podido ser adorada, comprendida y reverenciada.

Por aquellos riscos, en aquel acantilado que se mete en el mar desafiando sus furores, en aquel Cervigón, ungido por sus pasos de ploteraria voluntaria siempre encaminados al trabajo y a la solidaridad con cuantos sufrieron persecuciones y miserias, aún resuenan, seguros de pisar tierras de libertad y de justicia. Allí quedó su cuerpo: sembrado fue por los mieros de aquella cuenca que de cada carbón extraído a la tierra hacen, por su fe en la victoria definitiva, tizón luminoso, fuego sagrado, que en llamarada de aurora roja ilumina, desde 1933, todos los caminos del proletariado del mundo.

Y nada más. De clavo pasado es esto de la cuestión clerical, como signo evidente de esta guerra que nos exalta el alma. La República española parece olvidarlo, o sin olvidarlo, lo relega a término de postergación. Hace mal. Plinio el Viejo escribió con clarividencia notoria aquello de Latifundio perdere Italia.

Yo temo acertar al escribir aquí: La tolerancia con el clericalismo, única y verdaderamente peligrosa quinta columna, perderá a la República.

Valencia, 1938

Regina de Lamo

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45. Carta de Lidia Falcón al diario Público

Publicado por Macrino Fernández Riera el 18 Febrero 2010

Quiero agradecer a Félix Población -de cuya opinión y criterio tengo la mejor opinión- el artículo dedicado a mi tía abuela, Rosario de Acuña. Lamentablemente no pude asistir a la presentación de sus obras en el Ateneo de Madrid, pero sí presidió el acto mi marido el presidente de la entidad, el filósofo Carlos París que me describió la emoción del acto, y la asistencia numerosa al mismo, aunque no tuviera el merecido eco en los medios de comunicación. Y ya no sé si es por Rosario de Acuña o por el Ateneo. Mi tío abuelo, Carlos del Lamo Jiménez, hermano de mi abuela Regina de Lamo -música, escritora, militante anarquista, cooperativista y feminista cuya figura también ha sido silenciada por la ideología fascista que ha imperado en nuestro país- fue su compañero sentimental en los últimos 20 años de su vida en el caserón de El Cervigón en Gijón. Mi madre Enriqueta O’Neill, pasó largas temporadas en su casa y aprendió de ella tantos conocimientos como poseía. Hago referencia a ella en mi libro “Mujer y Sociedad” publicado en 1969, en donde tuve que limitar el texto dada la época que vivíamos. Después, Macrino Fernández ha tenido la amabilidad de escribirme y tener una larga correspondencia con motivo de su minucioso y brillante estudio sobre Rosario. [Se refiere a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato].  De todo ello, y de más contenidos que serían largos de reproducir aquí me gustaría hablar con Félix Población. Si tuviera la amabilidad de escribirme autorizo al periódico a proporcionarle mi email. Con las más efusivas gracias por esta recuperación de la memoria perdida de nuestras mejores mujeres, reciba el testimonio de mi afecto.

Lidia Falcón

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44. «Memoria del olvido», por Félix Población

Publicado por Macrino Fernández Riera el 14 Febrero 2010

FÉLIX POBLACIÓN

Escritor y periodista

Se presentaron en Madrid las Obras reunidas de Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923), un acto que apenas tuvo repercusión pública, como si el olvido que por circunstancias históricas pesó tanto tiempo sobre la escritora hubiese alcanzado también al evento que culminaba la edición de sus escritos, iniciada en 2007.

Fue ese año, centenario del testamento ológrafo suscrito por Acuña para que sus obras fueran recopiladas y publicadas algún día, cuando bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Gijón y el Instituto Asturiano de la Mujer se inició la publicación (KRK) de los cinco tomos que comprenden esas Obras reunidas, en cuya profusa tarea trabajó el profesor Xose Bolado, autor asimismo de la introducción biográfica que las precede. Acerca de Acuña y su época es muy interesante el libro de reciente aparición de Macrino Fernández Riera: Rosario de Acuña y Villanueva: una heterodoxa en la España del Concordato (Zahorí Ediciones).

Esa heterodoxia se ciñe al año de nacimiento de Acuña en Madrid, uno antes de que el Estado firmara con la Santa Sede el concordato de 1851 –por el cual la religión católica continuaba siendo «la única de la nación española»–, y a la denuncia reiterada que la autora hizo del clero por su represivo control sobre la conciencia de las mujeres: «La doctrina, la esencia, el alma católica –decía Acuña– , nos lleva a ser un montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. He aquí el destino de la mujer católica. Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre».

Para llegar a esas conclusiones y pasar de escribir folletos dedicados a Isabel II a ingresar en la masonería bajo el nombre simbólico de Hipatia, Acuña va a recorrer la notable distancia que media entre la lírica romántica y moralizante de sus primeras composiciones en La Ilustración Española y Americana –donde el protagonismo femenino se reduce al consabido papel de alma del hogar en el entorno doméstico– a sus asiduas colaboraciones en Las Dominicales del Libre Pensamiento a partir de 1884 en pro de la regeneración social de la clase obrera y la conquista de los derechos civiles de la mujer. En la primavera de ese mismo año, cuando su nombre era ya sobradamente conocido como autora de un drama de mucho éxito titulado Rienzi el tribuno, Rosario de Acuña sube a la tribuna del Ateneo de Madrid para dar un recital poético. Es la primera vez que una mujer lo hace en la historia de la docta institución.

A partir de su adhesión al librepensamiento, Acuña deja atrás la mentalidad burguesa y liberal en la que se educó durante su niñez y juventud. Sus correligionarios serán tanto los fundadores de Las Dominicales, Ramón Chíes y Fernando Lozano, como los líderes socialistas Virginia González e Isidoro Acevedo. Los artículos, poemas y relatos de la escritora se prodigarán a lo largo de casi medio siglo en la citada y prestigiosa publicación masónica y en otros periódicos socialistas. La entidad literaria de esos escritos, así como la pujanza de sus ideas renovadoras, harán que un eminente periodista, Roberto Castrovido, proponga y defienda públicamente la candidatura de Rosario de Acuña a la Real Academia de la Lengua un siglo antes de que a esa institución accediera la primera mujer (Carmen Conde) en 1978. Según señalaba a comienzos del siglo XX el director del extinto diario republicano El País, la «poetisa, autora de dramas y escritora de grande bríos» podía compararse al regeneracionista Joaquín Costa.

Después de su temprana separación matrimonial y luego de haber residido en Pinto (Madrid) y Santander, Acuña pasará los últimos años de su vida en Gijón. Fue en esta ciudad donde se inició la recuperación de su memoria, mucho antes de que su obra fuera atrayente objeto de estudio a partir de los años noventa. Durante el franquismo, a finales de los sesenta, el histórico dirigente sindicalista asturiano Amaro del Rosal, que había tenido la oportunidad de conocer a la escritora, se interesó desde México por recuperar epistolarmente documentos y artículos de Acuña. Supe así, gracias a mis vínculos familiares con Amaro, [véase el artículo El impulso que vino de México, publicado en esta bitácora semanas atrás] que Rosario Acuña era algo más que un nombre con el que se identifica en Gijón el solitario paraje junto al mar donde la nombrada tuvo su modesta casa, por entonces todavía visible sobre el promontorio de El Cervigón, y de cuya inquilina nada sabíamos los escolares criados en el nacional-catolicismo.

Amaro del Rosal comparaba la figura de Acuña con la de la revolucionaria francesa Flora Tristán. Como ella, estuvo en la vanguardia de la lucha social y fue además en nuestro país una pionera en reivindicar con energía la emancipación de la mujer. Por eso fue recordada durante la Segunda Republica y por eso también pasó a formar parte del silencio y olvido con que el franquismo pretendió enterrar la significación de su nombre.

Cuenta Fernández Riera que durante muchos años, los días 6 de mayo y 1 de noviembre, había rosas rojas sobre la tumba de Acuña en el cementerio civil de Gijón. Las fechas se corresponden con el día de la muerte y el nacimiento de la escritora, y quien hacía la ofrenda, Aquilina Rodríguez Arbesú, había sido una gran amiga y admiradora suya, depositaria asimismo de su testamento ológrafo. Amaro del Rosal contactó con ella por carta desde el exilio para que «el ideario de libertad, justicia y humanismo, las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida, fuera conocido por la juventud de hoy que tanto lo necesita».

Cuarenta años después nos llegan por fin esas palabras en los cinco tomos de sus Obras reunidas para que de verdad las sigamos necesitando y cultivando.

( Público, Madrid, 14-2-2010)
Nota. Se han incluido algunos enlaces  para completar la información facilitada en el artículo

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43. El donativo de la difunta

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Febrero 2010

En la España del Concordato la prensa díscola, aquella «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica,  tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. La primera no consigue superar la primera década del siglo XX; la segunda,  la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con  las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens, no habría que extrañarse por el donativo  sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924… ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la  edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para  levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de  Juan José Conde-Pelayo, padre del autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden  objetos personales suyos como si fueran reliquias… Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en La casa del diablo, que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía  en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

«Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a EL MOTÍN.

Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de EL MOTÍN, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

¡Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.

«Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de EL MOTÍN estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.»

No parece aventurado pensar que la carta de Carlo de Lamo, que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín,  puede servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al  primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título  De ultratumba, aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,

no hagáis de comparsa

en tan triste farsa;

sed más bien faros de amor infinito

que alumbre el camino de tanto hermanito.

Negamos a Dios si creemos la muerte;

tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.

Adiós hermanitos, la muerte no existe,

no hagáis de comparsas en farsa tan triste.

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42. Rosario de Acuña en «Proyecto Ensayo Hispánico»

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Febrero 2010

Si, como se dice en el prólogo de este blog o bitácora, a finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva, ahora podemos afirmar que, gracias al trabajo de unos cuantos  (Patricio Adúriz, Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Antonio Pineda Cachero, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino Fernández Riera, autor de estas líneas, de cuyos trabajos se da cuenta en la  bibliografía) las cosas han empezado a cambiar y la vida y obra de doña Rosario empieza a ser conocida, como lo prueban los centenares de visitas que cada mes recibe tanto la página «Rosario de Acuña. Vida y obra» como este mismo blog.

Pero el proceso de divulgación de la vida y obra de la ilustre pensadora no se termina aquí. En el día de hoy se da un paso adelante con su incorporación al Proyecto Ensayo Hispánico, ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por   José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia,  con el objetivo de difundir la cultura hispánica.

Desde este momento la entrada Acuña y Villanueva, Rosario de  comparte espacio con destacados ensayistas hispánicos de la talla de José Martí, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Simón Bolivar o Emilio Castelar.

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35. El impulso que vino de México

Publicado por Macrino Fernández Riera el 25 Diciembre 2009

En un acto oficial celebrado a finales del pasado mes de octubre,  el Partido Socialista Obrero Español rehabilitaba a varias decenas de militantes que habían sido expulsados en 1946 por sumisión a la Unión Soviética durante la Guerra Civil.  Al informar de la noticia los titulares de los periódicos destacaban  entre los rehabilitados al presidente Juan Negrín, pero en la lista también había otros militantes que ocuparon otros cargos de responsabilidad. Uno de ellos fue Amaro del Rosal Díaz (Gijón, 1904- Madrid, 1991),   secretario adjunto de la UGT y  director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil (véase el artículo de Félix Población: Amaro del Rosal, rehabilitado). Fue también un entusiasta defensor de doña Rosario de Acuña y Villanueva, a quien comparaba con Flora Tristán.

Hace unos días,  un familiar suyo me comentaba que llevaba tiempo interesado por nuestra protagonista, quizás desde que a los quince años supiera de su existencia por boca del propio Amaro del Rosal. No es de extrañar: el entusiasmo se contagia. Y el de don Amaro por la figura de Rosario de Acuña está fuera de toda duda.

Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como instrumento principal y gracias  a varios colaboradores que le auxilian desde España,  va reuniendo la mayor cantidad posible de material relacionado con la escritora con la finalidad de «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida…».

A finales de los sesenta, las pesquisas conducen a los investigadores hasta Aquilina Rodríguez Arbesú, una superviviente de los años difíciles que en su juventud había conocido a la escritora, de la cual conserva algunos valiosos recuerdos. Tras el hallazgo, un ilusionado Amaro del Rosal le comunica al escritor gijonés Luciano Castañón, uno de sus colaboradores en España, las gestiones que ha realizado al respecto:

Estuve ausente de México una pequeña temporada y esto hizo que retrasara mi contestación a sus cartas relacionadas con Rosario de Acuña. Para su información debo decirle que un colaborador en Madrid y otro en Barcelona, trabajan en la búsqueda de algunas de las obras de Rosario de Acuña siguiendo el guión biográfico que le adjunto… Sin embargo es obvio que donde se encuentran los mejores materiales es en Gijón, muy especialmente aquellos que puedan tener un carácter inédito, como sucede con el proyecto de testamento que usted logró. Con esta fecha estamos escribiendo a la señora Aquilina Rodríguez, de acuerdo con sus indicaciones. Le adjunto copia de la carta. Sería muy importante que  usted pudiera obtener los documentos que posee doña Aquilina…

Así fue. Aquilina Rodríguez Arbesú le facilitó a Luciano Castañón fotos, escritos, (incluso un mechón de cabello), recortes de periódicos y el proyecto de testamento ológrafo al que se refería Amaro del Rosal en su carta. Gracias a esta mujer la neblina que ocultaba el testimonio de Rosario de Acuña empezó a levantarse. Los documentos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Aduriz titulado «Rosario Acuña», que el diario gijonés El Comercio publicó en cinco entregas en la primavera de 1969; y sirvieron también para documentar el de Javier Ramos «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época», publicado por Asturias Semanal en octubre de 1973.

El libro proyectado por Amaro del Rosal -para el que contaba incluso con un prólogo escrito por Clementina B. de Bassols-   no llegó a publicarse, pero no cabe duda que el impulso que él imprimió a la investigación, el impulso que vino de México, nos facilitó el camino a los que, años más tarde, nos dispusimos a continuar la tarea emprendida.

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29. Manuscritos a precio de oro

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Noviembre 2009

Cierto día, de esto hace ya varios años, cuando paseaba por la Red en busca de alguna pista que iluminara mi investigación, me encontré de pronto con la noticia de que se subastaban unos manuscritos inéditos de Rosario de Acuña. Podéis imaginar… Inmediatamente me puse manos a la obra. Tras enterarme de los requisitos y de las normas de participación, pujé con tiento y esperé. Unos días después me enteré de la buena nueva:   era yo el afortunado.    Los responsables de la página me facilitaron el correo electrónico de quien tenía en su poder los ansiados manuscritos: Mire, que he participado en la subasta, que me la han adjudicado, que me han dado su dirección para realizar la transacción…

Sospechaba que lo que me iba a encontrar no sería nada extraordinario  pues el lote había salido sin precio, pero, fuera lo que fuera, quizás un soneto o, tal vez, una firma, tendría para mí un gran valor. En esas estaba cuando me llegó el jarro de agua fría en forma de respuesta: Que había sido un error, que no me lo podía enviar por ese precio, que el precio de salida era de… 100.000 euros (¡¡¡ CIEN MIL EUROS!!!).

Me decían que por ese dinero podía hacerme con un diario que había pertenecido a una mujer llamada María Pedraza en el cual figuraban trece  textos escritos  por diferentes  personas , entre los que se encontraban los dos   firmados por doña Rosario: una oda dedicada al actor Rafael Calvo ( representó el papel de Rienzi en el estreno de la obra) y «una carta de desamor» titulada Adónde me arrastras. Y todo ello por 100.000 euros.

Como es de suponer,  el asunto no prosperó  y me tuve que conformar con seguir los pasos de estos manuscritos que por un error fueron durante un instante míos. Su precio fue bajando a medida que pasaba el tiempo y no aparecía comprador dispuesto a pagar lo que por ellos pedían. Los vi a 60. 000, a 20. 000 y, ya en el verano de 2007, a 6.000 euros. Todavía no hace mucho que los volví a ver a ese precio.

No fueron los únicos manuscritos que encontré. En el verano de 2005 di con un anuncio de venta de «Cinco sonetos, autógrafos e inéditos, de la insigne poetisa y feminista Rosario de Acuña». Para mayor información se precisaba que llevan los siguientes títulos: Al doctor Albitos, Sombra, Miedo,  Luz y  A la ciencia; y que estaban dedicados al doctor Santiago Albitos, el oftalmólogo que en 1885 devolvió la luz a sus lacerados ojos. Su precio: 5000 euros.

¡Quién se lo hubiera dicho a doña Rosario de Acuña y Villanueva! Sus odas a 50.000 euros cada una y los sonetos a 1.000. ¡Quién se la habría de decir! Ella que tantos sonetos escribió; ella que tantas penurias hubo de soportar en los últimos años de su vida, tantas que cuando en 1920 recibió el Premio Ayuso, dotado con  mil pesetas  (poco menos del importe de su pensión anual de viudedad) vio el cielo abierto, pues con aquel dinero pudo rescatar algunas alhajas empeñadas, pagar los reditos de la hipoteca de la casa en la que vivía y saldar algunas deudas que había contraido por la compra de algunos comestibles, tal y como le cuenta en una agradecida carta que por entonces le envía a José Nakens.

En fin, estimado lector,  no sé si con el tiempo llegaremos a disfrutar con la lectura de esos manuscritos que la ley del mercado ha convertido en innacesibles, al menos para la mayoría. De todas formas no está de más que, visto el precio que ha llegado a alcanzar el verso de tan insigne poeta, mostremos nuestra satisfacción por el tesoro nada desdeñable que se cobija en Rosario de Acuña. Vida y Obra, donde, gracias al esfuerzo colectivo de quienes hemos ido reuniendo una parte importante de los escritos de nuestra protagonista, las personas interesadas pueden consultarlas libremente.

Nota.- Permitidme un último comentario antes de finalizar. Como ya quedó escrito en otro lugar, no sé si en Rosario de Acuña. Vida y Obra o en este blog, los escritos que aparecen en la página son únicamente aquellos de los que  dispongo   copia obtenida del original publicado por doña Rosario (ya sea libro, periódico o revista). Si alguien dispone de otros que aquí no se han publicado y tiene a bien enviarme la copia, (también de la publicación original, por favor, no de la reproducción aparecida en un libro o en la web), gustosamente los publicaría en la página, citando, claro está, la procedencia. Igual trato solicito para el caso de que alguien utilice material publicado en estos dos espacios web que intento mantener actualizados: no está de más, elemental norma de cortesía,  citar el lugar  dónde se han obtenido. Estaréis conmigo que resulta  bastante ingrato comprobar, como a mí me ha sucedio,  que un artículo tuyo aparezca firmado con el nombre de otra persona.

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