Rosario de Acuña y Villanueva- Comentarios

Algunas notas acerca de la vida y obra de esta ilustre pensadora

Artículos de 'Tras su rastro'

27. Una heterodoxa en la España del Concordato

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Octubre 2009

El martes día 3 de noviembre a las 19´30 horas se celebrará en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón (calle Jovellanos, 21) la presentación del libro Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado por Zahorí Ediciones.


FERNÁNDEZ RIERA, Macrino: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Zahorí Ediciones, Asturias: 2009 - ISBN: 978-84-937459-1-2 - Medidas: 23 x 15 - Páginas: 484- P.V.P.: 25 €

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ÍNDICE

Introducción
1. Españolita que vienes al mundo te guarde Dios…
2. Literatura y propaganda
3. Esposa te doy, que no esclava
4. Del crecimiento de las ciudades y el alejamiento de la Naturaleza
5. Santa corona de domésticas virtudes
6. Amor a la patria
7. Católicos, librepensadores y masones
8. El campo de confrontación
9. …una de las dos Españas ha de helarte el corazón

 

 

INTRODUCCIÓN

I

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna. Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la historia y la literatura; de la de sus abuelos, las ciencias naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se la da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas, poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar, y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la Masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que «tienen grandes influencias en mi patria». El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que se había convertido en cuñada de un joven diputado que a su antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas… aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del décimo noveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El Padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aun habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas en apoyo a la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos, los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil…

 

II

Procede decir ahora que el concordato al que se refiere el título de esta obra es el celebrado en el año 1851 entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, un acuerdo que contribuirá a mejorar las deterioradas relaciones existentes entre los liberales y la jerarquía católica, enfrentados desde tiempo atrás acerca del papel que habría de desempeñar la Iglesia, defensora ardiente del Antiguo Régimen, en el nuevo orden institucional que se estaba configurando. En efecto, a raíz de la muerte de Fernando VII se había abierto una profunda brecha entre el clero y el nuevo poder político, que el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos puesto en marcha por los primeros gobiernos liberales no hizo más que agrandar. No obstante, a finales de la década siguiente la situación ha cambiado, pues la necesidad de legitimación de la monarquía isabelina frente a las pretensiones carlistas y el temor al contagio revolucionario que había conmocionado a las cortes europeas en 1848 propician cierto acercamiento entre las partes en litigio que dará como resultado la firma del Concordato, con lo cual la Iglesia española, a pesar de haber apoyado abiertamente a quienes seguían aferrándose a la tradición y el absolutismo, conseguirá poner un pie dentro del entramado instaurado por el nuevo Estado liberal, recuperando, en gran medida, su privilegiada situación anterior, lo cual le habrá de conferir, de nuevo, una creciente influencia social en la España decimonónica.

Sin embargo, no tardará en aflorar la semilla de la contradicción que se hallaba atollada en el articulado del acuerdo, cual es el reconocimiento del carácter hegemónico de la religión católica, apostólica y romana en un estado pretendidamente liberal. La confesionalidad de las instituciones casa bien en una sociedad teocrática, pero no soporta los nuevos aires que enaltecen la libertad individual. Una cosa va a ser, por tanto, el texto del Concordato y otra muy distinta la posición que adopten los españoles ante aquel extraño maridaje que configura un estado liberal, al tiempo que confesional: la gran mayoría de los católicos, a cuya cabeza se sitúa buena parte del clero rural, se opondrá tenazmente a todo cuanto proceda del maléfico liberalismo, acusado de errático por el propio Pío IX; por otra parte, no faltarán liberales que se obstinen en la defensa de los principios de libertad que les inspiran, postulando que todas las confesiones religiosas tengan cabida en el nuevo Estado, objetivo que al fin verán cumplido cuando el artículo 21 de la Constituciónde 1869 garantice la práctica de cualquier culto religioso.

La ruptura de la unidad religiosa de la Nación española va a movilizar a buena parte de la sociedad que se manifestará contra el precepto constitucional, intensificando el proceso de acercamiento entre los sectores confesionales y el ala conservadora del liberalismo que había auspiciado la firma del Concordato, lo cual favorecerá la aparición de un sustrato ideológico-estratégico que favorecerá el desarrollo de una mentalidad católico-conservadora en una parte importante de la población. Al mismo tiempo, como si de una necesidad ineludible se tratara, junto a ella se habrá de configurar otra, de tipo secularizador y progresista, opuesta por completo a aquella, que irá engrosando sus filas de adeptos con las sucesivas incorporaciones de todos cuantos se sienten al margen de la estructura social dominante. Ambas cosmovisiones, en una dinámica dialéctica imparable, llegarán a confrontar su tesis en todos los órdenes de la vida y con todos los medios a su alcance, incluida, andando el tiempo, la lucha armada. A un lado de la gruesa línea que el miedo de unos y la desesperación de otros terminará trazando entre los españoles, se habrán de situar quienes consideran que es imprescindible otorgar plenos poderes a la Iglesia dentro de la estructura del Estado para que ésta pueda ejercer el control de la moralidad colectiva y servir así de garante de la estabilidad social precisa para el crecimiento del nuevo orden burgués; en el otro convergerán todos los que se dan de bruces contra la poderosa alianza política-religiosa que está surgiendo y no encajan en aquella sociedad que sacraliza el orden y las buenas costumbres o, mejor dicho, su visión del orden y las buenas costumbres; allí estarán quienes profesan una religión distinta de la católica, los masones, los librepensadores, los anarquistas, los socialistas, los republicanos…

El acuerdo alcanzado con el Vaticano va a permitir que se pudieran restañar algunas de las heridas producidas en las relaciones Iglesia-Estado con ocasión de las medidas desamortizadoras tomadas en los años treinta por los primeros gobiernos liberales. La secular simbiosis establecida entre Monarquía e Iglesia, que tan buenos resultados deparó a ambas instituciones en el Antiguo Régimen, se vio entonces dañada por el entusiasmo doctrinario de algunos liberales progresistas que, aprovechando la existencia de una coyuntura favorable, se decidieron a promulgar una legislación desamortizadora que pretendía la puesta en circulación de una ingente cantidad de propiedades rurales y urbanas, las cuales, por hallarse en manos muertas, quedaban fuera del mercado y de las leyes que rigen el mismo. Los padres de aquella revolución liberal, que se abría paso lentamente al son de conspiraciones, motines y levantamientos, habían diagnosticado los males de la agricultura patria varias décadas atrás. Así, por ejemplo, El Informe sobre la Ley Agraria, que Jovellanos elaborara para la Sociedad Económica de Madrid en 1794, ya resaltaba que la carestía de los terrenos era uno de los principales “estorbos” que impedían el progreso de esta principal actividad económica. En su opinión, la causa primordial del elevado precio que alcanzan las propiedades es deudora de la escasez de oferta de las tierras de labor, consecuencia de “la enorme cantidad de ellas que está amortizada”, encadenada a la perpetua posesión de cuerpos y familias por efecto de las leyes que han venido favoreciendo la amortización, en un proceso de acumulación indefinida que excluye al resto de la población de la posibilidad de obtener las riquezas que su explotación racional depararía. Esta anómala situación merma la capacidad de crecimiento en el sector, por cuanto a los por entonces tenedores de las tierras les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el máximo rendimiento de aquellos capitales. En el citado Informe, Jovellanos, al analizar el papel que desempeñan en la economía nacional los bienes raíces en manos de la Iglesia, apunta una posible, aunque inesperable, solución: la enajenación voluntaria por parte del clero de tales bienes, con lo cual su producción pasaría a estar regulada por las leyes de eficiencia del mercado:

La Sociedad, Señor, penetrada de respeto y confianza en la sabiduría y virtud de nuestro clero, está tan lejos de temer que le sea repugnante la ley de amortización que, antes bien, cree que si su majestad se dignase de encargar a los reverendos prelados de las iglesias que promoviesen por sí mismos la enajenación de sus propiedades territoriales para volverlas a las manos del pueblo, bien fuese vendiéndolas y convirtiendo su producto en imposiciones de censos o en fondos públicos, o bien dándolas en foros o en enfiteusis perpetuos y libres de laumedio, correrían ansiosos a hacer este servicio a la patria con el mismo celo y generosidad con que la han socorrido siempre en todos sus apuros.

Como quiera que en los años siguientes, los reverendos prelados no promovieran por sí mismos la enajenación de las propiedades que se hallaban en sus manos, habrán de ser los diferentes gobiernos progresistas quienes tomen la iniciativa, poniendo en marcha a partir de 1834 un largo proceso de desamortización, el cual, fiel al proyecto liberal, pretende situar en el mercado la ingente riqueza agrícola del país que hasta entonces había estado insuficientemente aprovechada. En todo caso, la medida no obedece solo a un asunto de principios, de doctrina, sino que, como señala Germán Rueda (1986: 15), se justifica también por otras razones, de carácter más coyuntural tales como la necesidad de conseguir fondos para paliar el déficit del Estado, derivado, entre otras causas, de la guerra contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón; el deseo de crear una masa de propietarios defensores de la causa liberal; o el interés en aminorar la influencia social del clero, que en su mayoría defendía la causa carlista. Con estas motivaciones en mente, los progresistas inician el proceso con la incautación de los bienes de aquellos eclesiásticos que colaboran con los carlistas, así como de las casas de religiosos de las que hubiera constancia que hubiera huido alguno de sus moradores. Al siguiente año, se dictan diversos decretos por los que se suprimen determinadas órdenes o congregaciones poniendo sus bienes en venta. En 1837, siendo Juan Álvarez Mendizábal ministro de Hacienda, se amplían los bienes objeto de desamortización, alcanzando entonces a todas las propiedades en manos de cualquier organización eclesiástica.

A pesar de que en el pasado ya se habían tomado algunas medidas de este tipo, nunca antes habían alcanzado tal magnitud. El descalabro recibido es importante, en especial para las órdenes monásticas, que ven disminuir de manera significativa tanto el número de conventos como el de profesos, en mayor medida en el caso de las órdenes masculinas, pues las monjas, a pesar de las exclaustraciones, mantendrán la mayoría de los conventos. La incautación por parte del Estado de tan ingente cantidad de bienes acumulados por el clero durante siglos, provoca un evidente debilitamiento de la estructura eclesial que ve mermada tanto su fortaleza económica, como su influencia sobre el gran número de colonos que hasta entonces explotaban sus propiedades. Así las cosas, el recrudecimiento de la pugna entre la Iglesia española y los liberales parece inevitable. La jerarquía eclesiástica, que había defendido con ardor los postulados del absolutismo en tiempos de Fernando VII y que no duda en arremeter a la muerte del monarca contra las filas liberales, apoyando de manera decidida, al menos ideológicamente, a las huestes carlistas, pone en acción toda su capacidad de influencia contra sus adversarios, a quienes no duda en acusar de herejía y ateísmo.

No obstante, al tiempo que se mantiene esta mayoritaria actitud beligerante frente al régimen liberal, va a aparecer una corriente, desde luego con reducidos efectivos en un principio, que intentará tender puentes de acercamiento al liberalismo con el objetivo de hallar espacios de entendimiento que permitan atenuar el alcance de las nuevas medidas que los gobiernos pretendan poner en marcha en materia religiosa. La llegada al poder en 1844 de Narváez y sus seguidores, dando inicio a lo que se ha dado en llamar Década Moderada, dará alas a esta línea posibilista, de continua búsqueda de canales de entendimiento entre el poder político y religioso. Los moderados, que habían aceptado las medidas desamortizadoras tomadas por los liberales con poco entusiasmo, se mostraban más proclives a mejorar las relaciones con la Iglesia una vez que, tras el Acuerdo de Vergara, parecía que el nuevo régimen se iba consolidando. Y es que una cosa era defender al régimen liberal de los embates del clero más reaccionario, o la libre circulación de las propiedades amortizadas, o, incluso, la disminución del elevado número de clérigos que poblaban los numerosos conventos dispersos por el país, cuya existencia no se podía justificar por las necesidades del culto, y otra muy distinta mantener una posición de frontal enfrentamiento con la Iglesia, promoviendo la secularización de los cementerios, el establecimiento de una enseñanza laica o la eliminación de los presupuestos del reino de toda ayuda para el sostenimiento del culto.

Las buenas artes desarrolladas por aquellos grupos más proclives al acuerdo dieron su fruto en 1849, cuando se promulga una ley que autoriza al Gobierno para que «verifique el arreglo general del Clero y procure la solución de las cuestiones eclesiásticas pendientes», todo ello con acuerdo de la Santa Sede y conciliando las necesidades de la Iglesia y el Estado (1902: 3). La maquinaria diplomática se pone entonces en marcha con dos objetivos complementarios: por parte del Reino de España, conseguir el reconocimiento vaticano de la monarquía isabelina y, por consiguiente, la retirada del apoyo eclesiástico con que contaba el pretendiente carlista; por parte de la Santa Sede, la recuperación del poder económico y de la capacidad de influencia sobre la sociedad española. El principal escollo que encuentran los negociadores para alcanzar un acuerdo es, como no, la situación de las antiguas propiedades eclesiásticas. Al fin, tras meses de negociaciones, Juan Brunelli, Arzobispo de Tesalónica, y Manuel Bertrán de Lis, plenipotenciarios del Papa y de la Reina respectivamente, ponen su firma en Madrid al texto definitivo del acuerdo el 16 de marzo de 1851. Tras las preceptivas ratificaciones, el Concordato se convierte en Ley del Estado a raíz de su publicación en la Gaceta de Madrid el 19 de octubre de ese año. El articulado recoge los principales objetivos de ambas partes: la Santa Sede obtenía la devolución de los bienes que no habían sido vendidos a lo largo del proceso desamortizador, el control de la educación y el compromiso de que las arcas del Reino correrían con los gastos del culto. La Monarquía, por su parte, veía reconocida la legitimidad del nuevo Estado liberal a cuyo frente se encontraba la reina Isabel II, debilitándose de esta forma el apoyo con que había contado la causa del pretendiente carlista, al tiempo que ajustaba las viejas estructuras económicas y territoriales de la Iglesia del Antiguo Régimen a los nuevos postulados liberales

El texto concordatario obliga a la Iglesia a una profunda reconversión, que se torna imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos: debe asumir una nueva estructura organizativa que, al tener tan solo en cuenta las necesidades del culto, supone la aceptación de la significativa reducción del número de monjes que había tenido lugar con ocasión de la aplicación de las medidas desamortizadoras; así como la perdida de sus anteriores facultades jurisdiccionales y recaudatorias, por cuanto desde ese mismo momento le es negada la posibilidad de exigir prestaciones fiscales a los ciudadanos. No obstante, aquella Iglesia disminuida, saldrá del proceso con una base sólida bajo sus pies y con un amplio campo de actuación desde el que continuar ejerciendo su influencia sobre la sociedad, en base a lo establecido en los primeros tres artículos del Concordato, en donde se proclama la exclusividad de la religión católica apostólica romana, «la única de la Nación española» (art. 1º); el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios que sean impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud en el ejercicio de este cargo, aun en las escuelas públicas» (art. 2º); y el apoyo explícito a los obispos por parte de las autoridades civiles, especialmente de Su Majestad y su Real Gobierno, en su lucha contra la malignidad de los hombres «que intenten pervertir los ánimos de los fieles y corromper sus costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos» (art. 3º).

Por lo tanto, el Concordato de 1851 va a establecer las nuevas bases de funcionamiento, y potencial crecimiento, de la Iglesia en la España gobernada por la oligarquía liberal. Los enfrentamientos frontales que las autoridades eclesiásticas habían protagonizado frente al nuevo régimen darán paso a una actitud más posibilista, lo cual permitirá ir asumiendo los espacios de influencia abiertos en el texto concordatario. Poco a poco, y no sin algún que otro contratiempo, la jerarquía católica se va a ir encontrando más cómoda en el nuevo Estado, estableciendo sólidos lazos con un sector de la oligarquía dominante con el cual, vencidos los mutuos recelos de la primera época, constituirá una sólida estructura ideológica, con escasos márgenes de tolerancia a la disidencia, que permitirá a la Iglesia desplegar toda su influencia social y política en los años de la Restauración, durante los cuales se habrán de dirimir duras batallas frente a los sectores que se obstinan en reclamar mayores cotas de libertad de pensamiento.

 

III

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato, en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española («en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores») y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones”» o «trapera de inmundicias». Toda una personalidad llena de matices. Ella será quien nos guíe a través de esta España que, poco a poco, se va fracturando en dos mitades cada vez más irreconciliables. Su testimonio, expresado a través de los numerosos escritos que su pluma va dando a la imprenta a lo largo de cincuenta años, nos irá contando cómo se va gestando el drama; cómo aclaman, insultan o callan los figurantes; cómo desde la tribuna o el púlpito arengan los protagonistas; cómo se suceden las bambalinas… Veremos los entresijos de la acción situados en el propio escenario, a un lado del telón, cerca de las tramoyas, porque doña Rosario conoce perfectamente lo que se mueve entre bastidores; al fin y al cabo, es una mujer de teatro.

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que «dejará de ser la propiedad privada», dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, «empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!» (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).

He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

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25. También era mucho hombre esta mujer

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Octubre 2009

Roberto Castrovido

Ha descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer fuerte de las Escrituras.Sé por referencias y lecturas que Rafael Calvo estrenó en el teatro Español en la temporada 1875-76 el drama en verso Rienzi el tribuno. La autora, una jovencita bella, elegante, de familia noble, fue aclamada. La crítica la diputó poetisa insigne, reemplazadota y sucesora en el parnaso castellano de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. La madrileña Rosarito escribió en verso y prosa, siempre de triunfo en triunfo, sin que le faltara el coro de entusiastas. La audacia de su pensamiento y la sinceridad de su estilo arrancaron a comentadores tímidos esta exclamación: «¡Qué lástima de muchacha!» Hacía hasta gracia la travesura ideológica de la joven. «Ya reaccionará con los años, ya vendrá al buen camino», pensaban los hombres graves y escribía D. Manuel Cañete, expresión crítica de la gravedad.

No acertaron. La Acuña les dio un chasco tremendo el año 1881. Aparecieron Las Dominicales del Libre Pensamiento, y con sorpresa y disgusto supo la buena sociedad que Rosarito escribía en aquel semanario, con Ramón Chíes, Fernando Lozano, Francos Rodríguez, Salvador Sellés, Odón de Buen, Dorado y un cura renegado. ¡Qué horror! ¡Chitón! Desde entonces, el silencio envolvió a doña Rosario de Acuña. Y primero maliciosamente, después por costumbre, se olvidó a la grande escritora.

Estrenó antes de 1890 un drama en el teatro de la Alambra, El padre Juan,[1] muy inferior, a la verdad, a Rienzi el tribuno, y en el teatro Español estrenó en 1893 un dramita en un acto y en verso, inspirado en la campaña de Melilla. Es ahora de lamentable actualidad.

Y desapareció de Madrid doña Rosario. En las cercanías de Santander, en Cajo,[2] a la orilla del mar, vivió años y sin dejar de escribir, como si la leyeran, como si la recordaran. En El Cantábrico escribió una serie de notabilísimos artículos describiendo la vida aldeana y adoctrinando a los rústicos para que no despreciaran la higiene. [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera]. La Sociedad de ese nombre y el Consejo de Sanidad harían obra beneficiosa editando un folleto de poco coste para divulgar los artículos de doña Rosario de Acuña.

Escribe en un diario de Barcelona un artículo que,[3] mal comprendido y maliciosamente explicado, levanta contra la ya vieja escritora a una clase juvenil y generosa; procesada, emigra a Portugal, donde vive algún tiempo. Y después de 1909,[4] que es la fecha de esta andanza, habita una casita elevada sobre un promontorio en las cercanías de Gijón, tan cerca del mar, que en los temporales, cuando el tiempo embravece las olas, parece un islote y un barco de náufrago el palacete de doña Rosario.

En Madrid, silencio, olvido, la muerte; más allá, en Asturias, no la dejan vivir en paz. Murmuraciones, calumnias, silbas infantiles -lo que más apenó a la buena mujer-, pedreas, conatos de incendio. No retrocedió, no se abatió. La madrileñita tenía un ánimo de pórfido. Cuando la huelga general, la casa de la señora Acuña fue registrada varias veces: con las culatas golpeando en las paredes y en los suelos, buscaban escondrijos de armas. Falsas denuncias obligaban a nuevos registros y provocaban amenazas de detención. Acudió a mí doña Rosario, y escribí al señor general Burguete, con quien desde 1899 me une una buena amistad; me atendió, y por telégrafo me dijo que doña Rosario de Acuña sería sagrada para él. No se la volvió a molestar.

Vino a Madrid, y asistió, del brazo de Nakens, a la manifestación a favor de la amnistía para los del Comité de huelga. Entonces la conocí personalmente. Era una viejecita simpática, menuda, ágil, de mirada viva, juvenil, de habla suave, de modesto porte. Una señora, toda una señora.

Era muy simpática. Su charla era amena, tenía gracejo, ni sombra de petulancia, juzgaba pronto y bien, sin tapujos, sin concesiones y también sin atrevimientos groseros. Era, lo repito, toda una señora.

Asistió al mitin aliadófilo celebrado en la plaza de toros, y marchó a su sanatorio -así lo llamaba ella- de las cercanías de Gijón. Marchó para no volver.

Supe de ella con frecuencia. Nunca en sus cartas se quejaba. Su tema era la política y las letras. Amigos de ella y míos me escribían de sus enfermedades, de sus cuitas, de su miseria, de las persecuciones de que era víctima. Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y D. Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio.

Escribió en el número extraordinario de El Motín homenaje a Nakens, y El Pueblo, de Valencia, ha publicado su último artículo, hace unos meses.

Respeto, por lo menos respeto, merece una mujer que, pobre, aislada, combatida por unos y olvidada por los más, se ha mantenido fuerte y austera, sin cambiar por benevolencia, atenciones y cuidados, abdicaciones. Se comprende tal entereza en un hombre; pero es más admirable en una mujer y en una poetisa, en una literata. Cambiar por ditirambos la censura hosca cual un gruñido y el silencio desalentador es tentación muy perdonable. Resistirla llega a lo heroico.

Tan espeso ha sido el silencio envolvedor de la escritora, que para romperlo ha sido necesaria la muerte de la mujer.

La Voz, Madrid, 9-5-1923


[1] En realidad la primera, y única, representación de El padre Juan tuvo lugar el 3 de abril de 1891.[2] Yerra de nuevo el señor Castrovido, pues no fue en Cajo, sino en Cueto, primero, y en Bezana, después.

[3] Se trata de La jarca de la Universidad.

[4] Tanto la publicación del artículo en las páginas de El Progreso como las protestas estudiantiles tuvieron lugar a finales de 1911.

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24. Para los asturianos de La Habana

Publicado por Macrino Fernández Riera el 10 Octubre 2009

Cierto día encontré en la Biblioteca Asturias, más conocida como Biblioteca del Padre Patac, tres hojas fotocopiadas de un artículo titulado Recuerdos de una excursión que estaba firmado por Rosario de Acuña. La referencia del mismo señalaba que se había publicado en 1917 en la revista  Asturias. Como quiera que al final de la segunda entrega apareciera entre paréntesis la expresión «Continuará», era obligado iniciar las pertinentes pesquisas para dar con los nuevos textos que allí se anunciaban.

Para empezar había que identificar aquella publicación, dato imprescindible para   localizar el ejemplar que faltaba. Pronto obtuve la respuesta apetecida: se trataba del semanario gráfico que con ese título editó el Centro Asturiano de La Habana entre 1914 y 1922.

El siguiente paso fue algo más complicado, pero, al fin,  terminé por encontrar cierta biblioteca en la que se conservaba una colección de la revista. A poco de comenzar a hojear el tomo correspondiente a 1917 me encontré con Las brisas, un soneto publicado en la edición correspondiente al primero de abril. En el número siguiente, el suelto siguiente:

«Doña Rosario de Acuña es desde hoy colaborador de ASTURIAS. En otro lugar de este mismo número se inserta un trabajo, por su factura y concepción artística, digno del talento de la ilustre escritora española, para la que recientemente pedía El País, de Madrid, un puesto en la Academia de la lengua. [Véase la opinión de la escritora al respecto en  ¡Yo, en la Academia!]

La insigne compatriota siente en asturiano y quiere a nuestra provincia con cariño de idólatra, habiendo elegido para su residencia, desde hace años, un soberbio punto de la costa gijonesa, El Cervigón, atalaya del mar y de la villa en la que doña Rosario, voluntariamente alejada de los círculos literarios, brinda a su ancianidad gloriosa, verdadero vivir de égloga.

La saludamos con respeto y cariño. Todo lo merece por sus virtudes y por su saber: es sabia y buena. ASTURIAS, que seguirá publicando trabajos de la insigne compatriota, se honra y enorgullece con su colaboración.»

En efecto, en otro lugar del número correspondiente al 8 de abril de 1917 se publicaba el artículo La gaita emigrante, en el cual doña Rosario alababa, una vez más, las bondades de su tierra adoptiva, la que eligió para fijar en ella su definitiva residencia. Quince días después, El arroyuelo, un soneto que había escrito en el año 1908 y que, curiosamente, aparecía tras un artículo firmado por Manuel Álvarez Marrón, autor de aquel otro titulado La casa del diablo, en el cual su ahora compañera de página era tildada de bruja (cosas de la vida: ahora eran ambos colaboradores de la misma revista); en el número siguiente, otro soneto: Al Sol… Animado por estos hallazgos seguí pasando las hojas, con más avidez si cabe, a la espera de encontrar su firma tras un nuevo escrito. Pero, desilusionado y un tanto sorprendido, llegué al final del tomo sin encontrar lo que buscaba. Tomé el siguiente, ya de 1918, esperando que hubiera una confusión y que el escrito fuera de ese año, y tampoco: ni un solo escrito, ni artículo ni soneto, ni siquiera una mención. ¡Nada! No queriéndome dar por vencido («Tenía que estar allí, yo tenía las fotocopias», me dije) cogí todos los volúmenes disponibles -desde el primer número hasta el último, ya de finales de 1918- y, con paciencia, revisé página a página sin hallar lo que buscaba.

Al final, di con la  explicación a aquel misterio: faltaban varios ejemplares editados en el verano de 1917, los comprendidos entre el 10 de junio y el 19 de agosto. No se había equivocado, no, don José María Patac de las Traviesas: el artículo había sido publicado en 1917, en una fecha comprendida, casi con total seguridad, en el periodo citado.

En cuanto a la brevedad de la colaboración de Rosario de Acuña en la revista Asturias,  no me resultaba nada extraño: tras los sobresaltos que padeció en agosto (recordemos que su casa de El Cervigón fue registrada a fondo en dos ocasiones diferentes coincidiendo con la huelga general que tuvo lugar por entonces), nuestra protagonista decidió retirarse de la primera línea de batalla, reduciendo al mínimo sus colaboraciones periodísticas.

Así pues, a falta de nuevos hallazgos, los lectores de la revista que el Centro Asturiano de La Habana  publicaba cada semana recibieron tan solo unas bocanadas que, aunque escasas, estaban henchidas de amor, del amor que doña Rosario sentía por la tierra que ellos tanto añoraban.

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23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Septiembre 2009

Aunque tras su fallecimiento no faltaran quienes se dedican a enaltecer su memoria (además de Regina y Carlos de Lamo, sus familiares más allegados, es preciso destacar a Roberto Castrovido, director de El País, que no desaprovechará ocasión alguna para reclamar público reconocimiento para la escritora), no será hasta la proclamación de la Segunda República cuando empiecen a surgir voces reivindicando la figura de Rosario de Acuña y Villanueva como ejemplo de mujer comprometida con la defensa de la Verdad.

Será entonces cuando en el ayuntamiento de Madrid (al igual que sucede en otros más, como Valladolid, Tarrasa, Gijón o Santander), se empiecen a oír propuestas encaminadas a conseguir el reconocimiento público de una de sus ilustres hijas. Así, a finales de abril de 1931, los concejales socialistas solicitan que se dé el nombre de Rosario de Acuña a la calle de los Jesuitas, situada en el barrio de La Latina (curiosamente, se realiza la misma propuesta en Gerona). Año y medio más tarde, en diciembre de 1932, la Junta Municipal de Enseñanza, a propuesta de Andrés Saborit, acordó que uno de los cinco nuevos grupos escolares que se habían construido en la capital llevara el nombre de Rosario de Acuña; los otros cuatro pasarían a denominarse Pablo Iglesias, Lope de Rueda, Vicente Blasco Ibáñez y Tomás Bretón. El grupo escolar «Rosario de Acuña» está situado en la calle España, barrio de La Latina. Tiene capacidad para 300 alumnos distribuidos en seis aulas y dispone de cuarto de duchas, comedor, patio de recreo cubierto, así como con inspección médico-escolar.

Tras la apertura del pertinente plazo para que las familias pudieran inscribir a sus hijos en los nuevos colegios, todo está preparado para la ceremonia de inauguración, acto solemne que se quiere hacer coincidir con el aniversario de la proclamación de la Primera República. Para que nada falte la Junta Municipal de Enseñanza edita un folleto titulado ¿Quien fue Rosario de Acuña? destinado a los niños y a los vecinos de la barriada donde se ubica el colegio.

Coincidiendo con tan señalada celebración, el Ateneo de Madrid organiza una velada en honor de la escritora que tiene lugar el 10 de febrero de 1933, la víspera de la inauguración del colegio que lleva su nombre. En el transcurso del acto intervinieron los diputados Eduardo Barriobero y Rodolfo Llopis quienes, al igual que el resto de oradores, pronunciaron palabras de reconocimiento hacia la figura de la homenajeada: «El señor Barriobero afirmó que, si en ocasiones él hace oposición al Gobierno de la República porque desea una mayor perfección, ahora tiene que agradecer a la República que rotule un grupo escolar con el nombre de Rosario de Acuña, cuyos libros deben circular en las escuelas. Este homenaje responde a un sentimiento unánime del pueblo asturiano. El señor Barriobero lamentó que no se pueda encontrar en las enciclopedias, redactadas por jesuitas, el nombre de aquella insigne librepensadora»

Durante la velada, el escultor José María Palma hizo la presentación del busto de Rosario de Acuña, destinado a ocupar un sitio de honor en el nuevo grupo escolar y cuya fotografía se muestra a continuación.

Nota.- Concluida la Guerra Civil, las autoridades decidieron, como no, cambiar el nombre del colegio que pasó a llamarse San José de Calasanz.

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22. Vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda (José Martí)

Publicado por Macrino Fernández Riera el 13 Septiembre 2009

A Rosario de Acuña

 

Poetisa cubana, autora del drama «Rienzi el tribuno», laureado en Madrid

 

 

Espíritu de llama,
del Cauto arrebatado a la corriente,
ansioso de aire, libertad y fama;
espíritu de amor, trópico ardiente;
de Anáhuac portentoso
oye el aplauso que en mi voz te envía
al hispánico pueblo el más hermoso
que mares ciñen y grandezas cría.

- - - - - -

Mas ¿cómo no te dueles,
¡oh, poetisa gentil! de que en extraña
tierra enemiga, te ornen los laureles
amarillos y pálidos de España,
si en tu patria de amor te espera fieles
y el odio allí su brillantez no empaña?
¿Cómo, cuando Madrid te coronaba,
hija sublime de la ardiente zona,
sin Cuba allí, no viste que faltaba
a tu cabeza la mejor corona?
¡Ay! cuando entre tus manos,
albas y juveniles,
sin el beso de amor de tus hermanos,
sembradoras de mayos y de abriles,
la corona española brilla y rueda,
¿no se yergue ante ti sombra de espanto,
pecadora inmortal, nube de llanto,
la sombra de la augusta Avellaneda?
- - - - - -
Y de Orgaz el potente, ¿la olvidada
memoria no te humilla,
castigo digno de su lira hollada,
alma de Heredia que encarnó en Zorrilla?

- - - - - -

¡Que el campo estalla! ¿Que la voz del bardo
gloria pidiendo, el ánimo conturba?
¡También estalla en mí; yo también ardo!
Mas si en el mar de los olvidos bogo
y aire de sombra el aire me perturba,
los turbulentos cánticos ahogo,
y al hierro vuelve la domada turba.

- - - - - -

No hay gloria, no hay pasión; el mismo cielo,
la libertad espléndida es mentira,
si se la goza en extranjero suelo,
y con aire prestado
y llanto avergonzado,
huésped se llora, ¡siervo se respira!
- ¿Qué hace el cantor?
- ¡Cantar, mas de manera
que hermano el canto de la heroica azaña
prez de la tierra que mancilla España,
con su laúd sobre la espada muera!
Y tú, mujer, y yo -desventurado
con alma de mujer varon formado-,
¡perdónemelo Dios! porque a mis bríos
con su miseria el hálito han cortado
viejos y niños, carne y huesos míos.
¿Qué hacer cuando en el alma se agiganta
la divina ambición?… ¡Patria divina!
y ¿lo pregunto yo? ¡Vida mezquina
la que alienta la voz en la garganta!

- - - - - -

¡Callar! Este es un canto
de voz de mártir, de celeste duelo,
y si el cielo es verdad, en sacro espanto
me encumbrará de mi canción al cielo;
mas si al ánimo vil, de vil tributo
siervo, no basta en el lugar de luto
este silencio pálido y benigno,
calle su voz, de los infiernos fruto:
¡Morir! Esto es más digno.
¡Morir! ¡Qué gran valor! Cuando pudiera
robuesto el brazo encadenar la gloria,
y en la patri bandera
trocar la estrella en sol de la victoria,
escribir lentamente en extranjera
tierra una débil y cobarde historia;
y sentir aquel sol que arrancaría
de la melena del rugiente hispano
por dar con él la brillantez del día
a mi adorado pabellón cubano;
y andar, cuerpo viviente,
entre un pueblo a este mal indiferente;
y decir sin cesar este delirio
en un canto que el labio nunca entona,
¿qué más, que más laurel? ¿Cuándo el martirio
no fue en la frente la mejor corona?

- - - - - -

¿Quién pide gloria al enemigo hispano?
No lleve el que la pida el patrio nombre
ni le salude nunca honrada mano;
el que los ojos vuelva hacia el tirano,
nueva estatua de sal al mundo asombre.

- - - - - -

¿Qué plátano sonante,
qué palma cimbradora,
qué dulce piña de oro
al cierzo burgalés aroma dieron,
ni en castellana tierra florecieron?

- - - - - -

¿Quién vio imagen del Cauto rumoroso,
de ondas, sonoras de movible plata,
en el mísero Duero rencoroso
que entre duros guijarros se desata?

- - - - - -

Allá, Rosario, el alma se acongoja,
el cuerpo se entumece,
cubre la tierra helada la amarilla
veste que el árbol moribundo arroja,
en la noche invernal nunca amanece,
y la blanca y morada maravilla
que en la niñez ornó tu faz sencilla,
púdica y débil de temor no crece.
¿Tú, apretada en el pecho del invierno,
ardiente hermana mía?
¿Tú, presa en tierra fría,
hija de tierra del calor eterno?
Y el puerto del Caney hogar paterno
te dio, y amante halago,
dulcísima caricia,
y truecas a tu plácido Santiago
por el rudo Santiago de Galicia?

- - - - - -

Y llanos vastos de nevada espuma
que el alma tropical mira oprimida,
y ¡tú en aquellos llanos, blanca pluma
en los ingratos témpanos perdida!

- - - - - -

¡Oh, vuelve, cisne blanco,
paloma peregrina,
real garza voladora;
vuelve, tórtola parda,
a la tierra do nunca el Sol declina,
la tierra donde todo se enamora;
vuelve a Cuba, mi tórtola gallarda!

- - - - - -

Y si funesto azar lauros te ofrece,
plácidos para ti, y en calma queda
la corona en tu mano, y reverdece,
piensa, ¡oh poetisa! qu ese lauro crece
en la tumba de Orgaz y Avellaneda.

- - - - - -

Si la cándida garza peregrina
de amarillo color el albo seno
en hora aciaga tiñe;
si lauros nuevos a su frente ciñe,
nueva Gertrudis y fatal Corina,
piensa que el árbol que en el patrio suelo
y el amplio tronco disentió robusto
y en las hinchadas venas sangre hervía,
hallará a su traición castigo justo,
si otro sol y otra sangre torpe ansía;
que el lauro envenenado
en la sangre de hermanos empapado,
en la frente del vil que lo ciñera
la deshonra en espinas trocaría;
que muere triste en la Germania fría
golondrina del África viajera.

- - - - - -

Y si en tu frente, seno poderoso
de los rayos del sol, la vanagloria
tendido hubiera el manto luctuoso;
si nuevo lauro España le ciñera,
y la espina del lauro no sintiera;
si plugiese a sus fáciles oídos
cuanto de amor que no es amor cubano,
y junto a sus laureles corrompidos
el cadáver no viese de un hermano,
¡arroje de su frente,
porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
¡Devuélvanos su gloria,
página hurtada de la patria historia!
y ¡arranca, oh patria, arranca
de su seno infeliz el ser perjuro,
que no es tórtola ya, ni cisne puro,
ni garza regia, ni paloma blanca!

México, agosto 1876

 

(en MARTÍ, José: Lira guerrera. Madrid: Editorial Atlántida 192…)

 

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20. Tocaba nadar contra corriente

Publicado por Macrino Fernández Riera el 24 Agosto 2009

Conocedor como era de mis investigaciones, en el otoño de 2004 Francisco Alonso Llano, director entonces y ahora del instituto que en Gijón lleva el nombre de nuestra protagonista, me habló del interés que tenía en publicar un libro sobre Rosario de Acuña: el mejor recuerdo que, según sus palabras, habrían de tener los alumnos cuando, terminados los estudios de Bachillerato, abandonasen sus aulas. Me preguntó si estaba dispuesto; a lo que yo, tras agradecerle que hubiera pensado en mí para el proyecto, le contesté con una petición de tiempo para sopesarlo.

Aunque la propuesta resultaba muy estimulante, me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, no supusiera una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando; de si sería capaz de ofrecer un primer trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo.

Me tomé su tiempo. El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias: una parte de su biografía, la que más interés podía tener, ciertamente, para los alumnos del instituto que lleva su nombre, y un enfoque diferente a aquel con el que se concibió Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato.

Aunque no había concluido, ni mucho menos, mis investigaciones ya podía aportar algunos datos que podían clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. En aquellas páginas aparecían datos contrastados de su familia, especialmente de la paterna, rama de los Acuña, originarios de Portugal, que se había asentado en Baeza; de sus famosos parientes, que no tíos, -el uno renombrado político y académico, el otro cardenal-; de los tíos carnales, entre los que destacaba Antonio de Acuña y Solís, gobernador civil en varias provincias; de su cercanía y parentesco con la nobleza, aunque doña Rosario no hubiera ostentado el título de condesa de Acuña que tantas veces se le había adjudicado; del historial académico y profesional de su admirado padre… Se rescataba del anonimato a Rafael de Laiglesia y Auset, su marido, a quien una errónea transcripción de su segundo apellido le condenó al mundo de los no existentes (véase el testamento ológrafo de la escritora), de quien se decía que tras su paso por el ejército, actividad que se conocía, había ejercido como director de la sucursal del Banco de España en Alicante, ciudad en la que había muerto… Se documentaba la figura de Carlos de Lamo y Jiménez, quien durante casi cuarenta años fue el compañero de vida de la escritora, por más que casi siempre fuera presentado como su sobrino; también la de Regina, su hermana, quien tantas cosas tenía en común con doña Rosario; gracias todo ello a las aportaciones de Lidia Falcón O´Neill, sobrina-nieta del primero, y nieta de la segunda… Y se aportaban datos que ponían en cuestión todo lo referido a la fecha y lugar de nacimiento de la escritora.

Cuando años atrás, empecé a interesarme por la trayectoria de esta mujer, pude comprobar que existían pocos datos y que en cuanto al lugar de su nacimiento éstos eran contradictorios, pues había quien decía que lo había hecho en Bezana, en Galicia o en Cuba, aunque las localidades que más veces aparecían citadas eran las de Pinto y Madrid. En cuanto al año de nacimiento, parecía existir unanimidad: 1851. No obstante, a medida que avanzaba en mi investigación empezaron a surgir dudas, no tanto en lo que a la localidad se refiere, pues pronto di con escritos de la escritora en la que aseguraba haber nacido en la capital de España, como al año de su nacimiento. Tanto fue así, que fui fijando en un calendario las referencias que iban surgiendo al respecto y no tardé en darme cuenta de que había más datos que apuntaban hacia 1850 que los que lo hacían a un año después. En estas estaba cuando me topé con la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española… escrita por Fernández de Bethencourt en 1901. En el capítulo titulado Las casas de Acuña en Baeza leo lo siguiente:

«Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la Parroquial de San Martín; escritora y poetisa notable, autora del drama Rienzi el tribuno, y, entre otros muchos trabajos del libro titulado En el campo…»

Aquel hallazgo no hacía otra cosa que dar solidez al resto de evidencias que por entonces barajaba y que apuntaban a ese primer día de noviembre del año 1850:

a) En varios escritos suyos la escritora señala que nació en 1850: «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía» (1917); «¡Justicia!…¡Justicia!…¡Justicia!» (1920); y en una carta dirigida a José Nakens y publicada en El Motín el primer día del año 1923 (se podrían citar varios más), por más que algunos, sin duda incómodos con la incomprensible insistencia de la escritora en llevar la contaria a quienes se empeñaban en hacerla nacer un año después, llegaran a escribir en la reproducción de alguno de estos artículos una nota aclaratoria con las, para mí, intrigantes palabras siguientes : «En varios escritos del final de la vida de la autora aparece, 1850, como año de su nacimiento, en lugar de 1851. ¿Olvido, o una curiosa expresión de coquetería?»

b) Aquella fecha del primero de noviembre de 1850 no contradecía lo manifestado en el certificado de defunción, en el que se decía que la finada contaba en el momento de su muerte con «setenta y dos años de edad», pues de ser cierta mi hipótesis, los setenta y tres años los habría cumplido, en efecto, el primero de noviembre del año 1923.

c) Estaba además lo de las flores rojas que dos veces al año, el 5 de mayo y el primer día de noviembre, una admiradora fiel, de la que hablaré en otro momento, depositaba sobre su tumba. Al respecto escribía yo entonces: «Es bastante improbable que una persona de su círculo de amistades, que le profesaba respeto y cariño, que había participado en la creación de un comité para ensalzar la vida y obra de la pensadora, que conocía las penalidades que la escritora había padecido frente al clericalismo reinante, tuviese la ocurrencia de acudir al cementerio coincidiendo con una fecha señalada en el calendario litúrgico de los católicos. Por el contrario, pienso que si lo hacía, a pesar de todas estas consideraciones, es porque había una razón de peso: ese día era un día importante en la biografía de doña Rosario»

Para mí las argumentaciones eran muy convincentes. Faltaba, no obstante, la prueba irrefutable que, después de varias indagaciones, estaba próximo a recibir, pero no terminaba de llegar y todo estaba previsto para que el libro fuera presentado el 5 de mayo de 2005, coincidiendo con el aniversario de la muerte de la escritora, al objeto de que a finales de ese mismo mes pudiera ser entregado a los alumnos del instituto que terminaban entonces sus estudios.

Así que, a falta del documento definitivo, «osé» ir contra la corriente y afirmar que, a pesar de lo que machaconamente se había venido afirmando, Rosario de Acuña y Villanueva «ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la será años más tarde la Gran Vía madrileña». Poco tiempo después llegaba la documentación que había solicitado tiempo atrás, en la que figuraba la partida de bautismo de la escritora donde, en efecto, se confirma lo que ya había quedado escrito en el libro.

Aunque algunos ya han rectificado, todavía podrá encontrar el lector interesado el año equivocado en muchas reseñas de la escritora. Si resulta lógico en manuales y enciclopedias, no lo es tanto en el caso de bibliotecas y páginas web. Esperemos, no obstante, que el tiempo juegue al final su papel.

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18. «Rosario de Acuña» por Fernando Dicenta

Publicado por Macrino Fernández Riera el 20 Agosto 2009

Niño aún conocí a Rosario de Acuña. Fue entonces, cuando su voz preñada de infinitas dulzuras hubo de salir de sus labios, entonando las estrofas viriles, pletóricas de fe, de uno de sus versos:

Ya se escucha en las orillas

el rumor de la marea:

Traen sus olas turbulentas

vendavales de dolores.

Son lamentos y sollozos

de incontables muchedumbres,

que murieron asfixiadas

bajo el yugo de la fuerza.

¡Bien henchida de agonía!

¡Ya se acerca! (1)

Centelleantes los ojos azulinos, las mas veces inquietos en las órbitas, guardaban a intervalos extática fijeza; bajo el fruncimiento gallardo y expresivo de las canosas cejas, eran en esos momentos escalpelo potente y despiadado, que, rasgando corrompida carne de mundo presentes, tenaz y atrevido descubría para la sangrienta herida el alma nueva, virgen aún, de futuras generaciones.

No eran sus decires evocación baldía hacia  rielar de luna sobre jardines de vida muerta, sepulturas abandonas de princesas exentas de emoción; eran sus palabras, sacudimientos bruscos hacia pasiones y romanticismos dormidos.

No era su lira arpegio de música sonora, sólo para el deleite compuesta: vibraciones de cantos de guerra tenían sus cuerdas que poesía no es evocación única de Naturaleza, sino de vida donde la arteria palpite y el corazón se engrandezca, donde las almas se levanten, donde se esclarezcan los cerebros como sostén de puros entusiasmos, de fes arriesgadas y de creencias nobles.

Es hoy, transcurrido el pasar del tiempo, cuando en su albergue solitario, en su cárcel honrada, se ha erguido ante mí la augusta imagen de Rosario de Acuña; más níveos los cabellos, escapándose a mechones de entre la cofia de lana, más empequeñecida la figura ante el encorvamiento de los años, más tenebrosa y muriente la mirada, más temblorosas las pequeñas manos, claro espejo de grandezas pasadas. Pero aún cuando el viejo idiota de luenga barba blanca que simboliza el tiempo, grabó sobre su cuerpo con trazo inhumano los sacros cincelazos de la vejez, tuvo que rendir su potencia al querer transformar en caducos los entusiasmos y la pureza de alma de esta noble anciana.

Sudario santo de su vida serán estas ilusiones que desengaños y amarguras formaron y que siempre prevalecerán, aunque temperamentos enclenques, incapaces de comprenderlas, pretendan ridiculizarla y aunque inteligencias de baja atrofia quieran aminorar su grandeza.

¡Qué importa! Sobre mártires se cimentan las religiones. ¡Ay de ellas si no tienen la fuera de crearlos!

Cuando las humanidades presentes se derrumben, cuando las pasiones del latir insano rompan las venas de enfermizos cuerpos y su sangre corrompida se derrame, sobre el montón de estos cadáveres morales se erguirá altanera, como bandera de triunfo ondeando en los aires, la excelsa, la magna figura de Rosario de Acuña; que si católicos y creyentes elevaron a santa Teresa de Jesús, creyentes únicamente alzaran sobre altares de justicia la firmeza y valentía de esta hembra que supo enlazar la varonil pujanza con los refinamientos de piedad y amor cuidados en su sensible corazón de mujer.

Con amarga ironía supo decirme:

«¡A qué pelear! En campos infecundos, es tarea vana voltear simiente. Cuando la tierra se resiste a la azada del que siembra y aprieta sus terrones resecos, ennegrecidos por soles invernales, es esfuerzo inútil esparcir germen en matrices dormidas a la procreación. No quiero al mundo; no quiero ser una víctima más de sus temperamentos desquiciados, de sus fiebres de anemia. Al igual de Diógenes, quiero vivir encerrada en mi tonel, sin otra aspiración que no me quiten el sol»

Enmudeció la mártir; al fulgor de un sol muriente sobre el lecho de las verdosas aguas del Cantábrico, sus ojos parecieron tener mayor brillantez, coronando su frunce, al cerrarlos, dos lágrimas perlinas, heraldos, no de una renunciación, sino de un sentir intenso, de una compasión femenina ante la amargura del dolor ajeno. Marcando después en sus ya descoloridos labios una mueca de impuesta resignación, envolvió la tristeza de ellos con el velo blanco de una sonrisa de bondad y de amor; apoyó su mano cariñosamente sobre mi hombro, y con voz sonora, a la que las brisas marinas pusieron virtuoso acompañamiento, repitió la estrofa rimada, la misma que hace años hube de escucharla:

¡Bien henchida de agonía!

¡Ya se acerca!

Envolvían las sombras el verdor fuerte de las campiñas, el color esmeralda de la mar, cuando hube de abandonar la casona de blancos tapiales, de cerradas ventanas con barrotes de hierro, en que , altaneras, las enredaderas, cansadas quizás de arrastrarse sobre la tierra, pretendían escalar las alturas. El portón de madera cerrose a mis espaldas como muro insondable entre un mundo de tinglado y un alma pura, de pujanzas de fiera y enternecimiento de madre.

Gijón, 25-3-1918

Fernando Dicenta

El Noroeste, Gijón,  1-4-1918


(1) Primera estrofa de  La marea publicada en  ¡Avante!, Granada, 3-8-1902

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14. Tras la pista inglesa

Publicado por Macrino Fernández Riera el 15 Agosto 2009

Quienes como yo decidimos hace ya unos cuantos años indagar acerca de la vida y obra de esta mujer, no podemos menos que agradecer a cuantos nos han precedido en la labor, de manera especial a María del Carmen Simón Palmer (que puso a nuestra disposición las referencias bibliográficas de buena parte de su obra, en torno al 60-70% de lo que ahora conocemos),  pero también a Regina de Lamo, Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Elvira Pérez-Manso.  La investigación es una tarea colectiva, una suma de sucesivas contribuciones individuales que mejoran y consolidan lo que otros nos han legado.

Cuando yo me puse a la labor busqué en cuantos catálogos de archivos y bibliotecas tuve a mi alcance las obras de las cuales tenía alguna referencia.

Había una que, buscara por donde buscara, no aparecía por sitio alguno: El crimen de la calle de Fuencarral. Odia el delito y compadece al delincuente. Un día surgió una esperanzadora pista: la obra figuraba en el catálogo de la British Library con la siguiente referencia:

Title: El Crimen de la Calle Fuencarral. Odia el delito y compadece al delincuente

Author/editor: Acuña, Rosario de

Place of publication: pp.48. Madrid, (1888) Holdings (BL) D-6006.a.38.(5.)

Shelfmark: D-6006.a.38.(5.)

¡Al fin! La tenía a mi alcance, solo había que hacerse con una copia, lo cual, dicho sea de paso,  sabía que no iba a ser  nada fácil, pues era conocedor de que según sus normas de funcionamiento solo facilitan una parte del total de la obra. Pero claro, una vez que la tenía a mi alcance no iba a desistir de buenas a primeras, así que me puse en contacto con la Consejería de Cultura de la Embajada de España en Londres, donde fui atendido con prontitud (aprovecho para agradecer  a Isabel M. Mateos el empeño que puso en el asunto)  y  José Antonio del Tejo, Consejero de Cultura de la Embajada, se puso en contacto con  el Director del Departamento Español de la British Library.

Todo parecía ir perfectamente encaminado  (ya acariciaba las fotocopias de aquella obra esquiva), cuando recibo un inesperado correo que, poco más o menos, venía a decir que lamentablemente aquella obra había sido destruida durante los bombardeos alemanes que padeció Londres en la Segunda Guerra Mundial. Que así se indicaba ya en la signatura, pues, la “D” que allí figura no quiere indicar otra cosa que destroyed, y la llevan todos los fondos que fueron destruidos.

¡Qué se le va a hacer! Ni fue la primera, ni será la última. Lo bueno del asunto fue que aquel fracaso me obligó a replantearme toda la investigación que había llevado hasta entonces, gracias a lo cual alcancé a ver que la solución estaba más cerca de lo que pensaba: poco tiempo después la copia estaba en mis manos.

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9. Su suegro, estafador convicto y confeso

Publicado por Macrino Fernández Riera el 1 Agosto 2009

Rosario de Acuña y Villanueva y Rafael de Laiglesia y Auset contraen matrimonio en la parroquia de Santa Cruz de Madrid el  22 de abril de 1876. Pertenecen ambos a lo más selecto de la sociedad madrileña, pues si  la familia de Rosario está presente en la nobleza y los altos puestos de la Administración, la de Rafael cuenta con cierta raigambre en la milicia  y en la política, no en vano Francisco de Laiglesia,  el mayor de los hermanos,  acude a la boda como flamante diputado por la circunscripción de Puerto Rico.

Aunque en aquel ambiente tan distinguido, a los presentes -diputados, marqueses, literatos, altos funcionarios, gobernadores y otra gente de postín-  no se les ocurriera  sacar los trapos sucios a relucir por respeto a los anfitriones, nosotros sí que podemos caer en esa tentación eximidos como estamos del deber de discreción por el largo tiempo transcurrido desde entonces. Veamos:

Augusto de Laiglesia y Laiglesia, padre de Rafael y, por tanto, suegro de Rosario de Acuña, fue condenado en 1862 (catorce años antes de la boda) por un delito de estafa y falsificación  «en cuatro años de prisión menor, con suspensión de todo cargo y derecho político durante el tiempo de la condena». ¡Y todo por un caballo!

El gusto por los caballos lo había heredado Augusto supuestamente  de su padre,  el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac (1771-1852), Caballero de la Real Orden de Carlos III, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación y autor de   diversos textos sobre el caballo y las ventajas de su utilización en los ejércitos. Pues bien, el conocimiento de los equinos debió de ser el motivo que habría movido a los superiores de don Augusto, por entonces alto empleado del Ministerio de Fomento, (donde,  por cierto,  habría de coincidir  con don Felipe de Acuña y Solís, padre de nuestra escritora) a nombrarle Delegado del Depósito Central de Sementales situado en Leganés. Y fue en el desempeño de esta misión donde le sobrevino la tentación  que lo llevó al delito, el cual  se perpetró, más o menos, como a continuación se relata:

Encargado de la compra de cinco caballos sementales para los Depósitos del Estado, compró seis, aunque para ello tuviera que falsificar la Real Orden que autorizaba la adquisición con cargo al erario público. El sexto  lo compró «a un amigo suyo que le había encargado la venta de dicho caballo». Enterados los superiores del asunto, fue apresado don Augusto en Cádiz a pesar de que negara conocer al vendedor ni recordar haberle garantizado en la Tesorería Central.

Celebrado el juicio, fue condenado a la pena que más arriba se dijo, poco tiempo después conmutada por la de «confinamiento menor» en la ciudad de Segovia (¡no hay color!), que no terminó de cumplir, pues en 1866 «la Reina (q. D. g.) de acuerdo con el Consejo de Ministros» tuvo a bien indultarle del resto de la pena.

Aquí termina el relato del desliz de don Augusto, padre de don Francisco -primero diputado y más tarde presidente del Banco Hipotecario de España- y  de don Rafael -que terminó sus días como director de la sucursal del Banco de España en Alicante, y suegro de doña Rosario de Acuña y Villanueva.

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8. Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano

Publicado por Macrino Fernández Riera el 31 Julio 2009

Hace más de un centenar de años, allá por los ochenta del siglo diecinueve, que las más renombradas cumbres de la cordillera Cantábrica vieron interrumpida su virginal soledad con la llegada de una mujer, una pequeña mujer, que hasta allí ascendía para rendir su particular ofrenda a la Naturaleza. Su nombre: Rosario de Acuña y Villanueva; una madrileña nacida en 1850,  que desde su juventud quiso ser asturiana: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo…»

Para los cientos de viandantes que a diario recorren el paseo que bordea el gijonés arenal de San Lorenzo, el nombre de Rosario de Acuña es uno más entre los hitos que jalonan su cotidiana caminata: el puente del Piles, les chapes, la lloca, el pulpo, los taperla casa de Rosario de Acuña.  Para los miles de visitantes que asoman su rostro  a la brisa marina en el Campo Valdés, la  blanca casa que se alza al otro extremo de la bahía supone un atractivo final para un seductor paseo. Unos y otros encuentran, tras un tramo empinado de la sinuosa senda, tras 4000 metros de placentero caminar, la que fuera su casa: «En esta casa vivió Rosario de Acuña y Villanueva, notable escritora y adelantada del movimiento feminista en España…». Escritora notable que abandonó su brillante camino para convertirse en propagandista de las ideas que defendía: libertad de pensamiento, regeneración y progreso.

Aquella niña que se crió en los alrededores de la Puerta del Sol se asfixia en la capital. Sus artículos y conferencias se convierten en una loa constante a la vida rural que la lleva a vivir en pequeñas localidades: primero Pinto, luego Cueto y Bezana (ambas en Cantabria) y finalmente, Gijón.

La pasión de doña Rosario por la Naturaleza le viene desde la cuna.  Su padre, «cazador de osos en los montes de Reinosa»,  la llevaba desde bien chica a  las monterías que  organizaban en su casa solariega por  las serranías jienenses. Al tiempo, su abuelo materno, «el famosísimo médico y naturalista, el doctor Villanueva», le explicaba los secretos de la vida a la luz de los últimos avances de la ciencia, conociendo, de forma temprana,  las teorías de Darwin cuando éstas apenas comenzaban a ser difundidas en España, para disgusto de aquellos que las tachaban de pura herejía.

Este gusto por la vida agreste, que la llevó a recorrer España de norte a sur y de este a oeste a lomos de un caballo andaluz, encontró en Asturias el escenario propicio para tan apasionado amor por la Naturaleza. Recorrió su territorio palmo a palmo, a pie y a caballo; por valles y cañadas, por la costa y por el interior más profundo.

Conservamos algunos testimonios de sus innumerables andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heleras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en el Soto del Barco»… Recorriendo Asturias   desde los quince años, cuando  sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa yodada, hasta poco antes de morir. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco años, recién vuelta de  dos largos años de exilio portugués a causa de aquel afamado artículo en el que defendía el derecho de la mujer a estudiar en la universidad,  realizó la que, probablemente, fue su última singladura por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón a los Oscos. El itinerario seguido  por nuestra librepensadora podría ser ahora rescatado para ser ofrecido a los amantes del senderismo, los  propios y los foráneos. Veamos: por la costa hasta Ribadeo; subida  a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos («¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro…»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en  tierras de Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y… vuelta a El Cervigón. ¡No está nada, pero que nada mal! A la luz de lo contado hasta aquí, podemos afirmar que la escritora tenía sobradas razones para decir aquello de «Asturias me la sé». Pero, ¡vayamos a la montaña!… que en eso habíamos quedado.

Doña Rosario, que se caracterizaba por observar sistemática y minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor, anotaba cuanto acontecía en sus andanzas por las montañas españolas. Conservamos testimonios de algunas de sus ascensiones en Sierra Morena, Guadarrama, la sierra de la Estrella, los Pirineos, picos de Mampodre, pico Cordel (en cuya cima nos cuenta que puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre»)…

Durante el verano de 1889 ó 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa en compañía de un «fiel compañero».  Se trataba, con casi total probabilidad,   de Carlos de Lamo Jiménez, con quien convivió durante los últimos treinta y tantos años de su vida; primero como separada de su marido, el militar, y después como viuda: la viuda de Laiglesia. Para acercarse a la cima, se servían de dos caballos asturcones que les facilitaban la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia… De sus escritos conocemos que son varias las cumbres por ella coronadas: Peña Ubiña, La Silla del Caballo, El Evangelista, Torrecerredo…

En un artículo suyo publicado en la primavera de 1891 en el semanario madrileño Las Dominicales del Libre Pensamiento, nos relata pormenorizadamente el peligroso descenso de Torrecerredo  que realizaría el verano anterior en compañía de su acompañante habitual y de un lugareño que actuaría como guía:

«…el lance era serio […] en aquella elevación colosal, el frío, así que cae el sol, es cruelísimo; no teníamos abrigos, el hambre nos acosaba ya, y ni la sed podíamos calmar, porque las neveras se hallaban en precipicios inabordables… Se imponía la bajada so pena de jugarnos la vida quedándonos sobre las agudísimas aristas que nos servían de pedestal, y en las cuales les pareceríamos a las águilas, que giraban en torno nuestro, tres gigantescas hormigas puestas en pie.

[…] Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos 2 km. atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 m. sobre el nivel del mar: entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…»

De confirmarse tal ascensión en el verano de 1890 (por nuestra parte seguiremos estudiando el tema), obligaría a adelantar en dos años la fecha de la primera ascensión a esta emblemática cumbre, pues la que realizó el conde de Saint-Saud  tuvo lugar en 1892. En todo caso, no sería ésta la primera vez en la que Rosario de Acuña aventajase al conde en una cumbre de los Picos. Tal parece que ocurrió con el pico El Evangelista. ¡Ah!, “El Evangelista”, la mención por la escritora de su  ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de  topónimo semejante. La tenacidad investigadora de Daniel Palacio vino a poner las cosas en su sitio. Las conclusiones de sus estudios sobre el tema  han quedado reflejadas en las páginas de Rosario de Acuña. Homenaje, publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992. En efecto,  en algunos mapas de finales del XIX aparecía con la denominación «pico El Evangelista» al que conocemos como Pica del Jierro, situado en el Macizo de Ándara, entre Asturias y Cantabria. El nombre utilizado por la escritora y montañera, objeto de la confusión, parece ser debido a la existencia en las cercanías del monte de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista. A pesar de  las dudas iniciales, aquella cima que doña Rosario dijo haber ascendido sí existía. El habitual carácter riguroso y realista de sus escritos quedaba patente una vez más. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint -Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al Pico El Evangelista;   por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El Padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Por todo lo dicho hasta aquí, creo que hay motivos suficientes para afirmar que estamos ante una verdadera pionera del montañismo asturiano no sólo por la entidad de las ascensiones que realiza, sino por la fecha en la que éstas tuvieron lugar. No debemos olvidar que ocurrieron con anterioridad a 1891, fecha en la que fueron públicamente relatadas. Y en ese momento nos encontramos en los comienzos del montañismo asturiano: no muchos años antes se habían realizado las primeras ascensiones a los picos más altos de la cordillera para colocar los vértices geodésicos; a fines del XIX, se realizan las primeras con finalidad deportiva, esto es, sin motivaciones geológicas.

En estos tiempos en los que la conmemoración del centenario de la primera ascensión al Urriellu, realizada el 5 de agosto de 1904 por Gregorio Pérez, El Cainejo, y Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, nos ha obligado a repasar la nómina de aquellos pioneros que en el montañismo asturiano han sido, no está de más que reivindiquemos la inclusión en la misma de doña Rosario… y ello a pesar de que no se hubiera atrevido con la ascensión al Naranjo de Bulnes, “por ser insuperable a mis fuerzas su escalamiento”. Si con el Urriellu no se atrevió, las que si llevó a cabo en fecha tan temprana le hacen acreedora a tal distinción. Espero que a partir de este momento el nombre de Rosario de Acuña y Villanueva figure junto a los de Gregorio Pérez, Pedro Pidal, Casiano de Prado, Loriere,  Vernuil, Frasinelli, Guillermo Schultz, el conde de Saint-Saud, Juan Suárez, Francois Salles y algunos otros, en la historia del montañismo asturiano, puesto que, no me cabe  duda alguna,  en esto de la ascensión fue una auténtica pionera.

¡Que así sea!

Macrino Fernández Riera

La Nueva España, Oviedo, 6-2-2006

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7. El padre Juan más reciente

Publicado por Macrino Fernández Riera el 30 Julio 2009

El viernes 3 de abril de 1891 se estrenaba en el teatro  Alhambra de Madrid El padre Juan, drama en tres actos de Rosario de Acuña. El público,  que llenaba el patio de butacas,  aplaudió con entusiasmo al bajarse el telón, lo cual parecía asegurar a su autora varias representaciones más de aquella obra, compensando, de alguna manera, los contratiempos con los que se había encontrado  desde el mismo momento en el que se le ocurrió representarla.   Sin embargo, la  primera función  se convirtió también en la última, pues así lo decidió   la autoridad gubernativa.

Lo que seguramente no sospechaba el gobernador de Madrid era que con su decisión iba a contribuir a la inclusión de   El padre Juan en la categoría de  títulos malditos (o emblemáticos, según para quien),  al lado de otros controvertidos dramas  como Electra de Galdós  o Daniel de Dicenta.

Para unos no era más que un panfleto irrespetuoso; para otros, un canto a la esperanza y a la libertad; para nadie, un drama sin más. Así las cosas, convertido en un panfleto propagandístico, El padre Juan se alejó de los escenarios tradicionales y se hizo un hueco en el repertorio de algunos grupos teatrales constituidos en sociedades obreras, republicanas o librepensadoras. Serán estos entusiastas actores los que de vez en cuando den vida a Isabel de Morgovejo, a Ramón de Monforte y al resto de personajes. Parece ser que la obra se representó con cierta frecuencia, aunque tan solo tengamos constancia de algunas de estas representaciones,  como la que tuvo lugar a finales de mayo de 1920 en Portugalete, con la cooperación de la Casa del Pueblo de la localidad, o la que llevó a cabo la Sección Artística Obrera en el teatro Robledo de Gijón en el mes de julio de 1923.

Sí tenemos noticia fehaciente  de la que, a falta de otros datos, podemos considerar  la representación más reciente, que tuvo lugar el miércoles 9 de mayo de 2001 en el teatro de la Universidad Laboral de Gijón y que corrió a cargo del Grupo de Teatro del instituto «Rosario de Acuña», dirigido por Luciano Maldonado Moreno,  profesor de Lengua y Literatura. Este fue el reparto:

Isabel de Morgovejo                       Marta Gómez
Doña María de Noriega                     Silvia Pescador
Consuelo                                  Olaya Suárez
Doña Braulio                              Lucía Prieto
Ramón de Monforte                         Tania Montes
Luis Bravo                                Tamara Menéndez
Diego                                     David López
Don Pedro de Morgovejo                    Ada Ruiz
Tía  Rosa                                 Cecilia Alonso
Suárez, arquitecto                        Paula Macho
Juana, aldeana joven                      Paula Morales
Manrique                                  Patricia Cañete
Roque                                     María Fernández
Manuel, aldeano joven                     Lorena Veiga
Pepa, aldeana joven                       Vanesa Buznego
Justo, aldeano joven                      Lara Rodríguez

Lo que al día de hoy ignoramos,  las crónicas no dicen nada al respecto, es si alguien encarnó el espíritu del padre Juan.

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6. Una entrevista de hace cien años

Publicado por Macrino Fernández Riera el 28 Julio 2009

Poco a poco hemos ido recuperando el rastro dejado por  Rosario de Acuña, oculto durante varias décadas por una capa de inercia y olvido. Contamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos… ¡y una entrevista!

Apareció el 25 de septiembre de 1909 en las páginas del diario gijonés El Publicador,  y aquí queda reproducida:

«Ayer hemos tenido el honor de hablar con una de las figuras contemporáneas más prestigiosas, la insigne poetisa y pensadora doña Rosario de Acuña.

Nos hemos aprovechado de la ocasión en que doña Rosario dirigía los ensayos de su obra La Voz de la Patria, que hoy se estrena en el teatro de Jovellanos.

Precisamente, el objeto de nuestra visita era interrogar a la ilustre poetisa respecto de esta obra.

Doña Rosario estaba sentada a un lado del escenario del Jovellanos, casi borrada por la sombra, cuando nos llegamos a ella algo temblorosos, miedosos, ante tan respetuosa figura.

Una profunda inclinación hizo vacilar nuestro cuerpo, y extendiendo la mano temblona para estrechar la de doña Rosario, nos manifestamos.

- Un redactor de El Publicador…

La ilustre dama acogionos afablemente, con una sonrisa tan amiga que nosotros respiramos un momento, y proseguimos, empezando por donde debimos acabar tal vez.

Antes que nosotros expusiésemos nuestro deseo, doña Rosario se adelantó, diciéndonos:

- Ya sé, ya supongo a qué vienen ustedes…

La venerable dama pronuncia algunas palabras de amabilidad, entre las que nosotros adivinamos sólo una cosa, y es ésta: doña Rosario de Acuña prefiere que se la dé por muerta… que nadie hable de ella.

Eso quiere. Y nosotros, ahondando más, conseguirmos que la ilustre dama nos lo confirmara.

- Y dice usted…

- Sí, sí; eso es… quisiera que no dieran ustedes cuenta a nadie de nuestra conversación…

Habla silenciosamente, misteriosamente, con un dedo cruzado sobre los labios.

Nosostros bajamos los ojos, callamos ante la imposición de la venerable señora; pero, aunque con temor de molestarla, procuramos hacerla ver la necesidad de un corazón como el de ella en nuestra patria.

Con esta afirmación nuestra, hemos suscitado en los labios de doña Rosario algunas palabras de protesta, y díjonos:

- Yo amo mucho a mi patria, yo he sufrido mucho en ella; tal vez por esto la ame tanto.

La patria, «la voz de la patria…»

Esta ingeniosa frase nos ofreció campo abierto para iniciar nuestra conversación.

- «La Voz de la Patria» la estrené en el teatro Español de Madrid en 1898 [debe de tratarse de una errata de imprenta pues el estreno tuvo lugar el 20 de diciembre de 1893], en ocasión de la otra guerra de Melilla. Su sentido patrótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a «hacerla» en Gijón.

Cuando se estrenó  La Voz de la Patria en Madrid el éxito fue formidable, indescriptible. Doña Rosario recuerda aquella noche como una fecha memorable de su vida.

La modestia de nuestra interlocutora nos impide seguir hablando de su hermoso cuadro dramático, y nuestra conversación evoluciona hasta terminar por dedicarle unas palabras -todas de doña Rosario, de elogio sincero y entusiasta- a nuestra tierra, a Asturias.

Encantadoramente nos habló de sus amores por nuestra «tierrina», por esta región incomparable -dice- única, hermosa, para mí de todas las que he visto, que no han sido pocas. Créame…

Nosostros nos emocionamos un momento y la conversación cesó breve rato, durante el cual, indudablemente, doña Rosario y nosotros pensamos en lo mismo, en Asturias nada más.

- Conozco palmo a palmo -palabras textuales- a Asturias. Sus excursiones por ella fueron frecuentísimas y largas.

Tras una reverencia, en la que solicitamos licencia para retirarnos y dar por terminada la entrevista, nos inclinamos y de nuevo extendimos la mano, segura ya, para estrechar la de la ilustre señora.

La blanca cabeza de doña Rosario se inclinó levemente, y mientras teníamos la mano estrechada por la suya nos dijo, en misterio otra vez:

- Ya sabe usted… ya no existo… ¿eh? No hablen ustedes de mí, déjenme; ocúpense, si quieren, de mis libros, que son mis hijos; alábenlos, ensálcenlos, para eso son siempre jóvenes…

Y levantando la cabeza:

-Salude usted en mi nombre a El Publicador.

Arqueamos el cuerpo reverentemente, y échandonos el sombrero a la cabeza, nos separamos de la ilustre pensadora»

A pesar de sus intenciones doña Rosario no consigue pasar inadvertida. Un mes antes El Noroeste había informado a sus lectores de la intención de la escritora de fijar su residencia en Gijón. Pero, ésa es otra historia.

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1. María del Carmen Simón Palmer: el impulso en la investigación

Publicado por Macrino Fernández Riera el 11 Julio 2009

Las labores de investigación sobre  Rosario de Acuña van a experimentar a finales de los ochenta un fuerte impulso   gracias a los trabajos de divulgación que realiza por entonces María del Carmen Simón Palmer,  Profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ella será la responsable de la edición de dos obras emblemáticas de nuestra escritora: en 1989 el Instituto de la Mujer publica Rienzi el Tribuno - El padre Juan. Teatro. Dos años más tarde edita  Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio-bibliográfico, en cuyas páginas se facilita información detallada sobre el paradero de un centenar de obras de Rosario de Acuña (bibliotecas donde se encuentran, periódicos o revistas en cuyas páginas se publicaron…)
Es de justicia reconocer que a partir de entonces se incrementó el número de investigadores interesados en la vida y obra de doña Rosario y, en consecuencia, también se incrementó la publicación de artículos a ella referidos; recuperó espacio en las historias de la literatura, especialmente en los apartados referidos al teatro,  que aparecieron desde entonces; y empezó a figurar como tema de debate en algunos congresos especializados.

Para hacerse una idea acerca de lo que supuso el trabajo de la profesora Simón Palmer para la investigación sobre la obra de Rosario de Acuña baste citar algunas de las referencias publicadas en su manual Bio-bibliográfico  arriba referido:

A la memoria de Fortuny. Oda. La Iberia, 23-12-1874

A la memoria de mi inolvidable amigo el señor Delgado y Jugo. La Iberia, 31-8-1875

En las orillas del mar. Poesía. La Ilustración Española y Americana, 22-6-1874

A Calderón. La Ilustración Española y Americana, 22-5-1881

Las dos auroras. La Ilustración Española y Americana, 8-8-1881

Correspondencia de Andalucía. La Mesa Revuelta, 7 y 15- 6- 1875

Las aves del cielo. La Mesa Revuelta, 15-6-1875

Y así hasta cerca de cien detalladas referencias, algunas de ellas con la cita de las críticas de la prensa.

Parece evidente que el trabajo de María del Carmen Simón Palmer dejó abiertas muchas puertas a cuantos   vinimos detrás.

Gracias.

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