153 Días en Invierno

13 01 2012

ENERO 2012 

Título:153 Días de invierno

Autor: Xavier Laurent-Petit

Editorial :Edelvives (colección Alandar)

Año: 2004

Número de páginas: 150

Datos del autor

 Xavier-Laurent Petit (Paris, 1956) realizó estudios de Filosofía y fue maestro de primaria y director de colegio antes de decantarse por la escritura en 1994.

De niño le encantaba inventar vidas diferentes de la suya que sucedían en países desconocidos, llenos de peligros. Cuando aseguraba a sus padres que eran reales, estos, como es normal, le contestaban: “!Deja de contar historias!”. Afortunadamente no les hizo caso, y ahora no solo viaja de verdad, sino que sigue imaginando historias de tierras lejanas y gentes de otras culturas y las escribe, eso sí, siempre después de haberse documentado rigurosamente.

Aunque también publica para adultos, reconoce que prefiere escribir para los jóvenes. Trata de tocar temas y géneros muy variados, pero en sus obras aparecen siempre personajes llenos de fuerza y un motivo común: el aprendizaje de la vida. Su obra ha recibido varios galardones.

 Resumen de la obra:

Galshan debe ir a vivir con su abuelo, en las lejanas estepas mongolas, hasta que nazca su hermanita. Mientras cuenta cada día que falta para volver a casa aprende el duro modo de vida de su abuelo, quien descubrirá que su nieta comparte con él la afición por los caballos y un don especial para adiestrar águilas.

Pero la súbita llegada de la Muerte Blanca, el más temible temporal del invierno, lo devastará todo. Aislados y amenazados por múltiples peligros, ambos lucharán al límite por sobrevivir.

Así comienza:-Algún día te acompañaré y haremos miles de kilometros juntos.

Cuando Galshan le decía eso a su padre, Ryham le revolvía el pelo riéndose.

-El oficio de camionero no es para las niñas. Sabes que a menudo atravieso zonas peligrosas, ocupadas por rebeldes … Siempre llevo un arma al lado por si acaso.

Pero todo lo que le contaba aumentaba aún más su deseo de ir con él. La mañana menos pensada se escondería en el camión y cuando la descubriese sería demasiado tarde para dar media vuelta.

Mientras tanto, una o dos veces a la semana, Galshan montaba en los autobuses que iban al centro de la ciudad, a donde llegaban los turistas. Se paseaba por lo que quedaba del casco antiguo: un puñado de minúsculas calles escondidas detrás del viejo bazar. Todo lo demás había sido destruido para levantar grandes bloques. En las tiendas olía a madera, a carne de cordero y a incienso. Los viejos fumaban sus pipas con los ojos entrecerrados y las viejas, acuclilladas en los quicios de las puertas, vendían pequeños quesos secos como piedras. Galshan habría preferido mil veces vivir allí antes que en el distrito de Nalaïkh.

Apoyó su frente contra el frío cristal. La luna de al lado había sido reemplazada por un cartón después de que unos chicos la rompieran de un balonazo. Fuera, el espectáculo era siempre el mismo: los grandes edificios construidos por los rusos se agrietaban, las varillas de hierro del hormigón se oxidaban y los autobuses escupían nubes de gasóleo a lo largo de Ikhoiturüü.

La sobresaltó un pequeño gemido a su espalda. Apenas nada, poco más que un suspiro.

Casi no tuvo tiempo de darse la vuelta…

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