(AGO. Fumu en Villaorille. 2011)
Llamábenla Morina.
Esperábalu siempre a la puerta
los chigres, a la salida misa…
Llambíalu y poníase contenta namás
velu. Movía’l rabu y lladraba.
Madrugada. Febreru. La primavera
empieza a notase na brisa.
Amarróla nel fresnu poles pates
d’atrás.
Yera pequeña y pinta.
Amarróla.
Ella taba asustada y mientres
l’amarraba, tovía lu llambía.
Pensaría que diba pelala o
enfrescala (qué sé yo lo que perramente
pensaría…).
Iñó y dos estacazos golpiaron
la mañana. Revolvióse. Mirólu
y otros dos estacazos reventaron
el día.

Nuestra costumbre: el fuego.
Somos dos seres ávidos.
Mi voluntad chispea
para vivir el día
y encontrar en su ardor
la misma causa.

(AGO. Principios de invierno. 2010)
La cocina prendida. El viento
en la ventana. La luz
a media fase.
Los calderos con agua. Madre fríe
patatas, con miedo a que tronara.
El armario, las puertas con los
cromos. La mesa. El bidón
de la leche, el bote con la nata.
La caldera que hierve, las zapatillas dentro
de la hornilla, por si padre llegaba.
La noche. El calendario. Un
tendal con la ropa encima
de la chapa. Las paredes
chorreando. Y el tiempo: aquel
olor a humo y a vida requemada.

(AGO. Nubes y ocaso. Noviembre 2010)
Mi voz sube al ocaso su mirada.
Mis ojos hoy se posan al poniente.
Mirándote percibo por qué el cielo
derrocha tanta púrpura al perderse.
Belleza que una abuela tiende al verde.
Cordales que amurallan el futuro.
Aspas que roturan el horizonte.
Sendas que peregrinan por las brañas.
Paneras donde curten los anhelos.
Colmenas donde los brezos destilan.
Siluetas de ganado entre la niebla.
Aldeas con carácter de pizarra.
El corzo joven que olfatea el mundo.
El acebal que no conoce el tiempo.
Parajes donde sólo ha entrado el eco.
Molinos que esperan un grano de agua.
Vegas que no han cansado de su sombra.
Cangas que han renunciado a distanciarse.
Ríos que jamás han retrocedido.
Montañas que nunca dieron la espalda.
Minas como mujeres ya maduras.
Viñedos que se trenzan a la vida.
Lagos donde la altura desahoga.
Pantanos donde aún suenan campanas.
Acantilados que bajan al norte.
Poblados que se apiñan en el vértigo.
Poblados con la mar hasta los hombros.
Poblados con los pies sobre las playas.
La luz indiana de la atardecida.
Los monasterios con su gesto lánguido.
La cal viva que viste el cementerio.
El corredor donde airean las sábanas.
El aroma rural del mediodía.
La plata de los peces en las lonjas.
El volumen tan viejo de los quesos.
La hora lenta en que tornan las lanchas.
Dólmenes con su soledad a cuestas.
Concejos nietos de la artesanía.
La antigua arquitectura de los campos.
El castreño solar de la esperanza.
Qué más puede pedírsele a la tierra,
qué menos esperar de esta vertiente.
Mirándote comprendo por qué el sol
quiso morir a diario en occidente.
(Texto leído en Teatro de Tineo. Noviembre de 2006)
(AGO. Diciembre de 2010)
Este ha sido un año de tempranas y
duraderas nieves.
Bajen con el deshielo por todos los afluentes
de la tierra: Amor, Ilusión, Salud
y Paz.
(Castillete del Museo de la Minería. Para E. I. y R. S.)
Quisiera erguir un verso como un túnel,
entrar en vuestra piel, con una lámpara;
quisiera descender al corazón
por alguna de tantas bocaminas.
El halo de la luna en el Nalón,
la noche que se enciende en las ventanas,
la fiambrera puesta en el alfeizar,
el bocadillo envuelto con el alba,
el humo que madruga en las cocinas.
La povisa azulada de las berzas.
El castillete oculto entre las zarzas.
El chivo atado que rumia el silencio.
Los cobertizos, el bidón del agua,
las eras a la orilla de las vías.
Los tendales frecuentes con las mudas,
el fatu de los fines de semana,
las estriadas manos que enjabonan,
la blancura gastada de las toallas.
Sirenas: doce en punto de la vida.
Las barriadas que surgían del cisco,
el vinagre y el Fóster de las chapas;
la lentitud del tren que iba al pasado,
la carretera nueva hacia la nada,
un volador y un santo y una ermita.
Las casas que no ocultan su humildad,
el privilegio grande de una casa,
sus cuartos de humedad, baldosa y friso,
la cal obrera y descascarillada,
las barriadas que crecen y se apilan.
La tierra y la mañana que retumban,
la espera, el nerviosismo, la mañana.
Las familias que llegan de muy lejos,
el cartero con la esperada carta,
las tísicas libretas de familia.
El sabor gris de los economatos.
El olor acre de las bacaladas.
El costoso jornal. El día 10:
el aceite, el azúcar, las conservas,
la palidez antigua de la harina.
La tizna de la raza de los padres,
los párpados del padre que no aclaran,
el padre que a las cuatro se despierta,
el padre libre que vive entre jaulas,
el padre que no ve la luz del día.
Los chigres donde se bebe el ahora,
el ahora, más firme que el mañana,
el ahora y el hoy de pisar suelo;
el bar-tienda, la esquela en la fachada.
El hechizo de las confiterías.
El tendido de cables. Los calderos.
Las mujeres que charlan y repasan.
El cuello ácido de las chimeneas.
Los bronquios agotados de las fábricas.
La infancia del cemento y la uralita…
Aquí dejo el candil de mi palabra,
es de carburo, alumbra al pronunciarla:
no es tarde nunca. Es siempre todavía.
(Leído en Teatro Municipal de El Entrego. Año 2007)
(AGO. Primeras nieves. Diciembre de 2010)
¡Qué nos faltaba entonces…!
Sabíamos esperar. Creíamos en todo
con la excusa de nada.
Horas largas, silencio en los caminos, las cunetas
heladas, ventanas encendidas
y motas de algodón sobre aquel pino
con pequeñas bombillas
que, a veces, nos hacía saltar los plomos.
Por una vez cenábamos más tarde y juntos,
como aquellas familias de los libros.
Después de tantos años
-qué fiel es la memoria…-,
parece que te veo posar sobre la mesa
un poco de turrón y unos piñones
-tú sonreías cómplice-
como si fuera nuestro gran tesoro.

(AGO. Torre del Reló. Luanco. Verano 2010)
Hora-
cio…: Qué
nombre más puntual
para perpetuar,
-como nunca lo hizo ya un segundo-
por qué se escapa el tiempo.

(AGO. Llueve en Aciera. Noviembre de 2010)
No puede terminarse todo aquí.
Dime que no. Que tendré un momento para verte
de nuevo,
para conocerte de nuevo,
para vivirte de nuevo.
Dime que volverás, que nos encontraremos
bajo esta misma tarde
y buscaremos otra vez donde atecharnos
y miraremos detrás de unos cristales
y encenderemos el alma hasta la noche.
Dime que no es un viaje en vano el que hemos hecho
ni un viaje encaminado hacia la sola muerte.

(Bañugues. Casa de máquinas y oficina de las minas de Llumeres. Agosto de 2010)
Qué vergüenza decir que nuestros padres
trabajaban el campo,
cuando nos preguntaban de quién éramos hijos
y qué curso estudiábamos.
El pueblo se llenaba de vacíos veraneantes
con dinero
que nos daban galletas de marcas extranjeras
por jugar con sus niños, pálidos y amedrentados,
y enseñarles un árbol
o una hormiga.
‘Somos hijos, señora…
(Somos de esa mujer que canta,
del hombre que la sigue tirando de una mula,
ya ve cómo nos sabe el corazón a monte y tierra…)’.
(De La Edad del saúco. 1987)