
(AGO. Bañugues. Agosto de 2007)
SIEMPRE traían sombrilla
y maletas y perchas y los coches
muy limpios.
Veraneantes puntuales como junio.
Entraban en la casa, abrían
los balcones,
sacudían las colchas
y enseguida se iban a tomar el vermú
con un aperitivo
-qué palabras más raras-
y a jugar al parchís, a la sombra,
debajo de la parra.
Los muchachos comían, ansiosos,
gran parte de los días
en mi casa,
preguntando por qué había tanta fruta
en nuestra mesa
y potas con comida,
si mi padre era un simple
conductor
del camión de la basura.
-Y a mí qué me importaba!-
A finales de agosto,
a mi madre le daban muchas veces
las gracias.
Un año me dejaron el pájaro
y la jaula.
El pueblo oscurecía muy temprano
y caía la lluvia.
Desprendía su humo la tristeza.
Calor. Tierra mojada.
Al alejarse, las bacas de los coches
apiladas de bultos y de magia.
Me quedaba el invierno.

(AGO. Proaza. 05-07-10)
RUINAS son la memoria.
Aquí florecían tempranos
los sanjuanes
y se echaban al sol
lagartos verdes.
Por aquí se llegaba
hasta uno mismo, muy
pronto, caminando.
A cada instante soy,
he sido
bastante más pasado
que futuro o presente.
Como tantos caminos
que se fueron cerrando.

(AGO. Olimpo. 28-04-10)
JUNIO era azul y alto como los cielos de los sueños.
Chirriaban los grillos, los brezos crepitaban. Calor
a media tarde…
Y mi madre decía: no quites la visera.
Recuerdo que Ramón y Quico, con sus ponchos
de jipis, tocaban la guitarra,
debajo de la higuera
cantando a Mocedades y a Agua Viva,
y mi hermana pegaba en los brazos y piernas
calcamonías de lunas y de Camilo Sesto.
Ser feliz día a día era un corto trayecto: rastrear
las camadas de las gatas paridas,
ser el mejor tirando con gomero…
Un verano pasaba más despacio
que ahora toda mi vida.
Y mi madre decía: diviértete y sé bueno.
Y yo amaba a mi madre por encima de todo,
por encima de dios, sobre todas las cosas
y quería abrocharle al cuello un arco iris
y ella me prometía comprarme una laguna
con juncos y libélulas y renacuajos grandes
para detrás de casa.
Yo soñaba con nidos y regatos. Y Marta,
mi reina en nuestro reino,
siempre estaba conmigo, tanto si era viviendo
como si era soñando.
Y mi madre decía: la mitad para ti y la mitad para Marta.
Recuerdo el eucalipto y un bullicio de pegas
y la mar a lo lejos y su luz poderosa
entre verdad y plata
y a Juana que pelaba patatas a la puerta
y escuchaba seriales en la radio.
Por esos días, un día,
anunciaron
la muerte de Cecilia y Nino Bravo.
Y mi madre decía: qué vida más ingrata.
Muchos años después, o nada o la nostalgia.

(AGO. Desde Villaverde, Aciera, 27-06-10)
No es sólo lo que ves. Hay mucho más. Detrás de cada línea vive la espera.
Quien te ofrece este gesto vio la tarde encendida y pensó que tal vez, al trasluz de sus dudas, pudieras asomarte a la belleza.
Sobre cada espiral fluye un deseo. Al borde del azul duerme la esencia.

(AGO. Desde Valdemurio, 23-04-10)
Otras veces veníais aunque no fuera
agosto,
a encalar vuestra ausencia
y ventilar los cuartos del invierno.
Llegabais los domingos
en un seiscientos blanco- un recuerdo
que apenas sube ya las cuestas de mi mente-.
Eran días distintos, vosotros lo sabéis,
días con un sabor sin marca
que ya no vende nadie.
Inusitados gestos en vuestros rostros
niños por detrás de los árboles.

(AGO. Villaorille, 22-05-10)
Qué me importa saber
que no vendrás,
si yo te espero.
Me siento aquí, miro la tarde
y veo cómo pasa.
Y atardece
otro día de la vida
más
sin ti.

De qué nos sirve entonces
la memoria
si no tenemos fe ni percibimos
que hay algo por encima
de nosotros
que nos lleva a soñar
lo inalcanzable.
Otra edad llegará
que nos despierte
y nos haga llorar
sobre el vacío,
nos asome a su invierno
y a sus noches
de estrellas más lejanas
que el recuerdo.
De qué me vale entonces
esta voz
que nombra a veces
cosas tan queridas
y ahoga a veces
tragos tan amargos.
De qué tanta pasión
por habitar mi ser,
encontrar el silencio,
compartir ese eterno
momento en que la mar
parece que nos habla.
De qué sino para esperar
que en todo hay esperanza.
(Para Chusa, por su ser).

(AGO. Desde Caranga, 28-05-10)
Alzo los ojos. Miro
y veo vida
pero me faltas tú
para vivirla.

(AGO. Atardece en Alba, 8-05-10)
Se acercaba la hora
y empezaron a darte
tristeza los manzanos
brotando, la luz
grande de abril,
su brisa, el planear
ligero
de los primeros pájaros.
La hora, sentías el punzar
de sus agujas,
llegaba terminando.

(AGO. Las Agüeras, 15-05-10)
Cada día más lejos
de encontrarte en tu sitio.
Al principio tenía
la ligera esperanza
de que vendrías pronto.
Y todo me decía
que nada había pasado,
que no cambiaba nada:
los frascos de pastillas,
la mesita, la cama,
la ropa en el armario,
la funda de tus gafas…
Y a veces por la calle,
miraba y presentía
que iba a verte cruzando;
te oía, me llamabas.
Cada día más lejos.
De entrar un día en casa
y que me esperes dentro.
De salir y encontrarte
afuera, por la vida.