Tardes de cal viva

Aurelio González Ovies

PRENSADOR

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 LO QUE CABE EN UN NOMBRE

                                                                                                                                   (A Pepe, el de La Ribera, in memóriam)

Fue pronto, muy temprano. Pero tuvimos tiempo de despedirnos (lo de los funerales, puro trámite, como afirmabas tú muy a menudo). Me cogiste la mano y me pediste que te firmara un libro y te diera las gafas. Fue tan pronto que ni yo lo creía ni tú te lo esperabas. Pero hubo unas horas todavía y mientras recordamos aventuras y trances, yo medía lo mucho que cabe en un nombre, en cuánto te llevabas o se quedaba en mí, entre tu despedida y mi existencia.

La vida entera, la vida paso a paso, la cortedad del tiempo, la longitud del frío, las noches del verano, la playa de Bañugues, el fuego y la queimada, el sol sobre Moniello, las cunetas con cherva, los retos de la infancia, las fiestas de San Jorge, tu molino y la ñora, tu cara con las pecas, los domingos del Camping, tu casa en La Ribera.

Los años de instituto, tu vocación de escuela, la luz del Rompeolas, aquel viaje a los Lagos, tu apego a las hogueras. Los Stukas y Cuélebre, las romerías que hicimos, las obras de teatro, las carrozas, el Club, la iglesia vieja. Nuestra estancia en Santiago, las uvas de O Grobe, las vistas desde Vigo; las Cíes, la juventud, los sueños, la quietud de la ría y las mejilloneras.

Tu puerta abierta siempre, los sábados del Valpa, la época del Brumel y del Andros, el pop de Ricchi e Poveri, los días de los 80. La Marina, El Tomillos, Los Panchos y Mecano, las bravas, las mistelas. La colección de pósters, los guateques del Pósito, los primeros cassettes, las pandillas de siempre, las de los veraneantes. El brillo de la edad y las verbenas.

La lanchas y el cigarro, las risas con Maruja, las tardes con Teresa. La siesta tan sagrada. El olor del salitre y el tufo de la brea. El musgo de la rampa. La voz de las gaviotas. Las grandes caminatas. El Brisamar, las rocas del Fornón, la luna en Roballera, las brasas, las sardinas, las guitarras, alguna bronca que otra, algún enfado, algún capricho y muchas, muchas confidencias.

Cabe todo en un nombre. No somos más que un nombre. Tú estabas en la cama y yo pensaba: no puede ser tan rápido, no puede ser así. Pero así fue. Ahora estarás por siempre sobrevolando el turno de las horas, ceniza entre tu casa y las mareas.


    LEJANO YO

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                                                                                                                                   (AGO. El Requexu. Bañugues. 29-04-10)

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que yo no siento tan honda y limpiamente la amplitud del verano ni me paro a observar el verdor de las hojas ni me siento tranquilo a la sombra de un árbol ni me adentro sin premuras ni heridas por los viejos caminos que tanto he caminado? ¿Cuál fue el punto de fuga, el momento preciso de tan definitivo desencuentro? ¿Queda todo perdido o subsiste incólume e inasible en las esplendorosas campiñas de la infancia?

¿Dónde me habré abandonado por vez primera, dónde me habré mudado y dejado mi ser como dejan tirada las culebras su camisa ya vieja? ¿Cuánto hace que no siento la honesta frescura de la brisa ni me asomo a la mar y lanzo piedras al eterno afán de las mareas? ¿Cuánto que no me abrazo con el cariño antiguo ni me pregunto, con sincera mirada, qué es lo que quisiera, qué busco, que no sueño, por qué me alejo tanto de mí mismo? ¿Qué espero que no haya sucedido, qué no ha sido de lo que yo esperaba?

¿Me parezco ahora en algo a aquél que cruzaba los prados protegido, agarrado a la maternal mano de Remedios; algo a aquél que andaba por entre la cintura del maíz arrancando las barbas para trenzar bigotes de mentira que pegábamos con jabón en la niñez de nuestras caras? ¿En qué a quien le entusiasmaban las charcas y los juncos y los abrevaderos, donde pasaba tardes enteras, entre tritones, musgos y renacuajos ágiles, con un colador roto y una lata?

¿Cuánta distancia queda hasta sus ojos nítidos, hasta su corazón sin desconfianza? ¿Por qué nunca más vino a trepar las higueras y a esconder las luciérnagas en cajas de cerillas? ¿Por qué jamás regresa en julio, hacia el ocaso, echado entre la hierba en lo alto de los carros tirados por las vacas? ¿Qué hay en los tendejones antiguos de su vida, qué queda de sus gomeros y de sus zancos, de sus trabucos de madera y sus chanclos gastados y sus botas de agua?

¿Qué parte de mí será más firme, qué fracción de lo que era y cuál más cierta de todas las que fueron descosiéndose o defraudé temprano o deshojaron prontas antes de que yo las desprendiera o dejara olvidadas entre cantos de cucos, manzanilla, malvises y los cables tendidos por las arañas del tronco del laurel a cualquier rama? (La Nueva España, 19-05-10)


  PALABRAS

Al menos con la voz, escribo lo que siento y no lo que me dejan sentir. Con la palabra grito más allá de lo que me está permitido con la voz. Dilato los contornos de la realidad, amplío los perfiles de lo potencial. Pido deseos imposibles, destruyo leyes ilegales, amplío la cortedad de instantes que no debieran consumirse. Con la palabra duplico los sentidos, alcanzo más que con la vista, rozo lo inalcanzable o lo marchito, paladeo encuentros íntimos, escucho las intrigas de los difuntos, husmeo la antigüedad de los estremecimientos y las cifras.

Las palabras vienen a mí con significados ajenos, con paisajes extraordinarios y espacios dóciles, con grafías extrañísimas y mensajes secretos que no confío más que a la página en blanco. Todas las palabras poseen un interior desconocido, un más allá de la apariencia, como los seres humanos y las grutas y la hondura de los pantanos y los frutos de la tierra. Cada palabra contiene infinitas evocaciones, innumerables reminiscencias, parentescos insólitos y desheredados. Las palabras, como los ríos inaprensibles, jamás nos inundan de la misma manera, jamás transcurren en idéntica orilla.

Revientan en una ocasión y para siempre, pronuncian siempre por una sola vez, así con ese ímpetu, de esa única forma irreparable. Las palabras actúan al igual que las vainas de las legumbres, abren su cáscara, esparcen su grano y nos proporcionan deleite o amargura, nos provocan complacencia o náusea. Caben en una palabra sabores desvaídos, situaciones irreconciliables, afectivas fragancias descatalogadas, rostros en ruinas, animales que nos quisieron, sueños que nos rondaron y exquisitos venenos.

Hay palabras breves, pero cruciales, que duran estaciones, sinónimas de siglos, cordiales como un abrazo, cándidas como un soplo de apego y devoción. Palabras en las que entramos y percibimos el fresco de las mañanas originarias, avistamos los haces de una luz inocente por entre las rendijas de sus sílabas, percibimos la carcoma en los marcos de sus expectativas, de sus vencidas guarniciones, de su madera odorante. Palabras que nos dan en la cara como una telaraña poderosa y nos atrapan en sus ideas malditas y caducas.

Palabras que se asustan de sí mismas al oír la resonancia de su significante y huyen amedrentadas y no regresan más a la sintaxis ni a las fábulas. Hay palabras con el acabado de la belleza, como hechas por la mano de un artífice, que nos unen a la benevolencia y nos sugieren sosiego y pureza. Palabras curadas al aire libre que sólo emplean las generaciones pasadas en sus salmos nocturnos y comportan efluvios medicinales y milagrosas secuelas. Que no han salido de los libros e ignoran la polución del lenguaje, la enfermedad de la morfología y el dolor de las interjecciones.

Palabras en obras, veladas por los lienzos de los restauradores, que posiblemente no serán nunca expresiones definitivas, con las que referirnos a lo repentino y olvidadizo. Desconfiadas de lo que decimos, apartadas de la ideología y los ismos gremiales de los diccionarios. Dadas de sí por el uso y las modas, traicionadas, vacías y pesarosas, arrepentidas de haber arrendado su eco. Arrepentidas de haber manifestado lo que no debieran ni representan.

Existen palabras como frascos de esencias muy vetustas, que al ser destapadas nos aturden. Como candiles, para facilitar el acceso a la noche y a los desvanes de la memoria y el abandono. Como estampidos, para acobardar a los furtivos que merodean nuestra soledad y nuestras convicciones. Como aguaceros, para los ciclos de sequía y sed. Como cielos despejados, sin nube alguna, para creer que somos verdaderamente felices. Como sangre inesperada y golpes terribles, para aceptar que nos debemos a los contratiempos y a la desdicha.

Al menos, con las palabras que suben a mi voz, muero paulatina y decididamente; vivo en frágil paz y en desorden, contrarío la voluntad de los jerarcas, desoriento suspicacias, tergiverso el automatismo, improviso rumbos y contingencias, redimo represiones, blasfemo y atento contra mi actualidad y sus desastres, contra mi existencia y su superficialidad y sus sacrílegos alfabetos. Con las palabras, al menos reflejo mínimamente la sombra de lo que soy (La Nueva España, 30-07-08).   


PRELUDIO DE PRIMAVERA  

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PRELUDIO DE PRIMAVERA 

Ojalá nunca aturdan la agilidad de tus alas y llegues siempre puntual a los terrenos de la Tierra. Y te sigas posando sobre la superficie de las flores, con la sonoridad de tus tonos silvestres, en el ramaje de los árboles, en las orillas de los ríos, en el plumaje de los pájaros más nuevos, en los comienzos de los frutos, en la blandura de los brotes, en la simplicidad del césped.Nunca se le dé al hombre por encerrarte en sus vidrios caprichosos, en sus viciosas urnas, y desglosar tu luminiscencia ni averiguar tus fértiles partículas ni analizar el polen de los repartidores dadivosos de tus trenes. No te conmuevan sus promesas, no te persuadan sus ofrendas. No quiera tutelarte para destruirte, preservarte para romperte, resguardarte para extinguirte. No envidie tu libertad y tus cíclicos aconteceres. No pretenda aniquilarte con la excusa pacífica de protegerte.Sea mayo el preludio de tu lento desenlace, abril el andén de tu simiente. Marzo, por los años de los años, el espacio de tus detonaciones en la rubia presencia de las mimosas, en la brisa que sueltas, fresca y limpia, con sabor como a sed y adolescente. Sean tuyas, tuyas sólo, las tardes más hermosas, la claridad del cielo y el canto conyugal de los jilgueros. Tuyos los repechos de prímulas y musgos en las proximidades de las límpidas fuentes. Para ti la espesura de los helechos tiernos y el silbido del mirlo en la concavidad de los amaneceres.Vengan contigo el ensueño de la rosa, tan dócilmente fugitivo; la timidez brillante de los lagartos, el «dulcemargor» del pomelo y del arándano, del níspero y de las cerezas. Seas eternamente quien fuiste y, de momento, eres: la esparcidora de orígenes y de esplendor, la iniciadora de la naturaleza. Sigas con tu empeño en las crisálidas, en las vísperas de los escarabajos y las luciérnagas. Prohíbe que te amputen, no los dejes.Ojalá no posesionen tus milagros, ojalá no estanquen tus desbordamientos, ojalá no se apropien de tus iniciaciones ni de tu voluntad ni de tu verde. Ni de tus bayas carnosísimas ni de tu maternal benevolencia ni de los cereales que disperses. No permitas jamás que los humanos manejemos tus épocas ni decidamos tus turnos ni soltemos tus reinas, tus avispas ni fabriquemos panales ni nos entrometamos en la íntima razón de tus esquejes. No lo vean ni tu independencia ni nuestras presunciones insolentes (La Nueva España, 24-03-10).


YO NO ENTENDER TI

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Yo no entender por qué vosotros aquí decir que mal. No comprender de verdad por qué vosotros sólo quejaros y quejaros y querer siempre más y nunca estar a gusto, nunca estar contentos. No entrarme en cabeza de mí. Y pocos veces sonreír y pocos veces no ir corriendo. Yo no acertar ningún día con vosotros que siempre llorar y lamentar y decir ‘estar fatal la cosa’. ¿Qué ser la cosa? ¿A qué referir cuando repetir cosa, cosa cosa?

Yo ver coches muy grandes al padre y ver coches más gigantes al hijo. Yo verlos, tú no engañarme a mí, en todos los sitios y por todos los calles. ¿Tú no verlos como yo? Yo encontrar en basura de todas las casas muchas muebles y máquinas enteras. ¿Por qué tirara así? ¿Por qué no valer armario que no roto? ¿Por qué tirar espejos y zapatos que no agujeros? Yo no poder opinar lo mismo que vosotros. Tú vivir en una casa de ti, con muchas camas y muchas ventanas. Yo esperar a levantarse amigo para yo dormir. Nosotros ser doce en casa pequeño, muy pequeño. Y bien, estar bien porque no llover dentro ni mucho frío.

Vosotros no terminar pan hoy y no valer ya porque ser duro. Yo no comprender como pan nuevo todas las mañanas, si pan de ayer valer para hoy. ¿Por qué tirar? ¿Por qué tirar comida si comida rica y no rota así pronto? Vosotros querer otros alimentos siempre. Siempre comprar y comprar lo más último y mucho carro lleno y dinero todo. ¿Por qué mal entonces? ¿Por qué no alegres con coche y casa y arroz y carne?

Mi mamá nunca desprenderse de vestidos si no rajados ni de botones. Mi papá no cambiar bicicleta si no destrozada. Los hermanos de mí no pedir nada para ir escuela. Allí cuidar suelas mucho y no cinco camisas ni marcas. Allí no colonias ricas, nosotros acariciar hierbas perfumosas y tocar cuello y frotar manos. Allí nosotros hablar y hablar con fuego y decir qué pensar nosotros de la vida y los árboles. Nosotros ser felices si poder ver la luna y no faltar lluvia. Nosotros contentos con agua. Vosotros perder agua porque sí, grifos no importar. Nosotros no grifos pero sí corrientes. Nosotros besar corrientes y besar fuentes.

No razón tú, verdad, no razón ninguna. Tener más de lo que deber y viajar y no andar ciudad entera con relojes que todos decir que no, que no. Tú ser como un rey y comer lo que apetecer y comprar lo que te apetecer y conseguir lo que te apetecer. Y cansarte de chaqueta y tirar y cansarte de collares y tirar y cansarte de pollo y tirar pollo. No lagrimear, no enfadar. Ir a restaurantes y colocar estufa en mal tiempo y más de una sábana y colchones muy blandos y bañarte en playas y subir aviones. No, no, no, tú no razón.

Estar aquí todos amigos de ti, todos queridos de ti. Pero siempre rápido. Nunca parar y encontrar horas buenas. Nunca tiempo, siempre correr y correr y no sentarte tranquilo. Vosotros no hacer caso a pájaros ni a nubes ni a tierra. No importar luz ni aire ni flor hermosa. No bajar de coche música muy alta y piel asientos. Y eso no bueno, no salud. No caminar ni mirar cielo ni pensar. Nosotros mucho valor en frutas y en campos y en familia. Mucho precio corazón. Mucho amor personas de muchas años. Respeto grande.

Aquí oro y rascacielos y comida amontonada supermercados y todo posible. Tú no feliz nunca entonces. Tú ya no saber qué querer, ya no tener qué desear, ya no saber ya qué pedir. No, no, no razón tú (La Voz de Asturias, 13-02-10).


DE LO QUE EL OJO AJENO IMAGINA

Lleva gorra visera, las uñas muy pintadas, lo mismo que sus labios, gruesos, de otro linaje. Va siguiendo la noche a través del cristal, a saber lo que piensa, qué paisaje imagina, qué familia recuerda. Va como quien se sabe un bicho entre la fauna, ajena a los que suben, desatenta al que baja. En el bus de las 9 siempre va mucha gente, muchas amas de casa que regresan con bolsas, obreros que retornan con cara de cansancio, jóvenes que se marchan porque es fin de semana.

Todo el mundo la observa un poco de reojo y con una mirada dicen más que un disparo. Ella sigue en silencio las luces de los pueblos, la ruta que hace a diario después de que oscurece. Sandalias de charol, ropa muy ajustada y una larga melena de trenzas tropicales. Mueve de vez en cuando los dedos de los pies, revuelve en el bolsillo, sin volver la cabeza, sin intención alguna de buscar nada. Hay mujeres que asienten y cuchichean en bajo. Machos desconocidos que levantan la ceja y se cruzan un guiño, muchachos que sonríen y apuestan en sus cábalas.

Todo el mundo le clava la vista venenosa, pendientes de si aciertan o no en la parada. Toca el timbre y se posa frente al local de luces y cartel llamativo (una copa de cóctel y una chica tumbada). Camina, indiferente, en busca de su puesto. Empiezan los murmullos, volumen y pronósticos crecen y ratifican. Carcajadas: ‘¿No te lo decía yo?’.

Nosotros sí que somos los de perversa raza. ¿Cuántos no llevaremos menos provocadora la apariencia y el gesto y mucho más corrupta la conciencia y el alma? ¿Cuántos capacitados para jurar a muerte que nos reconocemos más limpios, tan honrados? ¿Cuántos los que, tan solos y sumisos, se apearían del auto con el mismo respeto y la cabeza alta? (La Voz de Asturias, 07-11-09).


 LUANCO                                                                                                             luanco.jpg                          

                                                                                                                                                                                       (AGO. Luanco. 4-03-10) 

Luanco, el de los luanquinos, quedaba lejos para mi concepción de la distancia. A tantos kilómetros como ahora suenan los recuerdos de los nombres que rememoro. Era el destino de todos aquellos que se hacían con una segunda vivienda –yo no entendía el término– y poco a poco cerraban sus casas de Bañugues, definitiva o temporalmente. Allí estaba todo: el cine y la farmacia, la Plaza de Abastos, las mercerías, los supermercados, las grandes superficies (ahora pequeñas). Los practicantes, Pepín, y Manolito; y el frecuentado médico, aún muy joven, de apellidos sonoros, que mi madre repetía –Ramos Aparicio– y comentaba: qué apellidos más guapos.

A diez minutos en el coche de línea, pero un trayecto con personajes propios, antes y después de superar las fronteras de Balbín. Todos de Luanco, algunos del entorno. Todos conocidos. El lechero de Verdicio, el panadero, don Jesús, el maestro, en Seiscientos. Antón el de Perfecta, con la guadaña al hombro, pantalones de mahón y el zapico colgado de la correa. Ladia el Ferrerín, con su moño dorado, gafas azules, labios pintados de rojo vivo y un carrillo con berzas, tomates y bidones. Las mujeres de Viodo, con aleznas y paxas equilibradas en la cabeza chorreante.

Otro mundo, tan pronto abocar al Crucero, que olía a economato y al carbón con el que Falín trajinaba sin tregua, a paladas, a sacos o a través de la trampilla del camión con que lo repartía. La tienda de Adela la Quintana, para galletas de muchas las marcas y sabores. Casa María Paxarina, Casa Donata o Casa Pepita Echevarría, frente al frescor del ocle y La Ribera, a quien mi tía vendía los arbejos, los ajos y las fabas. La pastelería de Maruja, contenta y campechana, cuyo dulzor de almíbar se percibía a muchos metros.

Pescaderas ambulantes, gritos de ‘xardes vives, pulpos del pedreo’, marineros en el bar Misuri (churros y barquillos) y en El Aldeano, el vinatero Vidal, marañueleras con chapas, entre el bullicio y los escaparates que ofertaban variedades y ahorro. Había paradas obligadas en Casa Angelín, con un ambiente a tela y a jaboncillo de marcar. En Casa Bibiana, en la tienda de Lucrecia, o en la Librería que regentaba Josefina (a quien aún le debo un homenaje).

Cuando Luanco era no más que de luanquinos, de Mongo y del Raspa, de Casa el Guache y La Fabiana, el quiosco de Bruna, la heladería Helio, las zapaterías y los zapateros, y nosotros, los bañugueros visitantes de diario, parroquianos de enfrente. (La Nueva España, 27-05-09).


 AMPLITUD INFINITA

El infinito nace donde se esparcen las cenizas. Y en su silencio se desenvuelven víboras. Nuestras dudas son limitación del infinito. Nuestra lengua no tiene tantos adverbios como su hábitat. Hacen falta insectos para alcanzar el infinito y tambores y cúpulas y centros y fenómenos y fugas y circunstancias. El infinito es tan impersonal como la cuarta persona y comporta un sujeto de vacío centauro. Hace falta salud para entender el infinito. Y que la sintaxis asuma su nostalgia.

El infinito ruega por nosotros y se parece un poco a la noche del cuarenta y tantos de noviembre y al lejano ladrido de los perros y a la sensualidad de los veleros. El infinito es un número subjuntivo, es algo más que el dos pero no llega al tres y sobrepasa. Es número ilegítimo, fruto de la inconsciencia y los dibujos gigantes y mágicos y hermafroditas de los niños.

El infinito a veces siente pena y llora como los monarcas en su grandeza. Y sueña con ser algo. Sueña con ser materia o forma o hebra o tren o lazarillo o fiesta o rey de espadas. O gondolero o caserón o lápiz o libro viejo o línea o filarmónica o papel de regalo. O estado infinitivo como los presos. El infinito desconoce las llaves y no recibe cartas. Y quisiera ser litro o sedimento o configuración o esfera o zapato de príncipe con cordones de oro. O una historia de amor que se acabara.

El infinito es también un pecado y un castigo y virtud de pureza. Y no duerme entre frutas como los dioses. El infinito está sobre todas las cosas. Y en las pinturas púrpura de Pompeya y en los gatos que comen el invierno y en la lentitud inasequible de las funerarias. El infinito es menos que nosotros y no posee cuerpo ni alma ni tristeza ni anillos ni mirada. El infinito vuela en escobas de palo. Y existe desde el origen como los cuentos.

El infinito tiene mitad por todas partes y vive de colores y formas infinitas. El infinito es hombre y mujer y caballo y festón y componente rítmico de los jilgueros. Pero por todas partes el infinito es sombra.Y no puede expresar sus sentimientos ni estar bajo esas noches que merecen la vida. Ni mirarse en la paz del agua de la mar del cantábrico en calma. Ni pasar por los puentes dorados del verano. Ni subirse a los trenes. Ni plantar un otoño.

Ni sufrir tan siquiera.

El infinito es menos que algún pájaro azul. Y habita en las espinas de los barcos que han muerto y en las casas cerradas para siempre. El infinito huele como los libros viejos. Y alumbra todavía con carburo. Y quisiera tocar las cuentas de un rosario.

El infinito es frágil como el amanecer y alguna tarde sube a la lenta canción de las campanas. El infinito es, pero no está. Pudiera, acaso, ser puro recuerdo. O un amante imposible de la tierra. O conjetura o perspectiva o droga dulce o palidez o compás o plumier con pinturas de cera o tajalápiz o pozo de agua o luz.

Pero es nada y es todo supersiticiosamente. Funambulista, humo, caparazón, simiente, visillo, sobredosis, meteoro, molino. El infinito siente temor algunas noches. Y quisiera que un beso le cayera en la frente o que una madrecita le dijera al oído: duerme, no temas, sueña.

Y entonces el infinito sueña que es algo pasajero, fugaz como una prenda humana. Que es algo semivivo, como un cuerpo. Que es algo susceptible, como un hilo. Sueña que es algo muy sencillo, como un día, o una historia, un lugar, una palabra, un vuelo, una tristeza. Y al soñar algo de todo un poco, comprende que de nuevo es ya lo que no quiere.

No quiere ser infinito.

Y quisiera morir en las enciclopedias o en las barbas azules de los filósofos. Y quisiera morir en su casa natal. Y quisiera morir pretendiendo un deseo. Y quisiera morir conociendo una rosa. Y quisiera morir. Morirse de infinito. (La Nueva España, 1-10-08).


TRINO ANCESTRAL

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¡Ay de lo que no se ve y no se escucha en este fabuloso jardín nuestro! Aquí, donde todo es posible y evidente: origen y acabamiento. Cuánto darían por permanecer a la sombra los artífices de la luz, los obreros de los reconocimientos y las nombradías! Porque todo se olvida igual que se nombra, y ellos lo saben.

En este fabuloso jardín nuestro existe un pájaro que en-canta, pero nadie lo ha contemplado. No se plasma en los catálogos ornitológicos ni en los inventarios acostumbrados, mas entusiasma y pervive. Dicen que a ninguna otra especie imita y que, de atardecer en atardecer, surge como una partitura de silencio e inunda los valles. Y que hay quien, a pesar de ignorarlo, lo venera.

Adivinan que no frecuenta ramas altas ni árboles autóctonos. Censuran, en términos de ave, su altivez y su insolencia. Analizan su trino, presagian su amplitud, comparan su dulzura. Escriben sobre él tratados y estadísticas. Especulan su reino y su genealogía. Y hay quien si lo apresara, sin apenas tentarlo, lo envenenaría.

Comentan que es un género adventicio. Que incomoda. Que no merece un credo ni un paisaje ni una jaula. Pero en este fabuloso jardín nuestro es todo muy puntual, a su debido tiempo; y en ocasiones transcurren miles de años, cientos de paradigmas y no suceden un módulo insólito ni un siglo (Hesperya, año 2007).


 PIEL INTENSA

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Las altas ventanas de la medianoche. El cuerpo desnudo tras unos visillos. La muchacha lánguida que acaricia ánforas. El adolescente que se baña en oro. El silencio hermoso de tu carne suave. Los labios que imanan la boca ansiosa. El gemido joven detrás de los álamos. La prenda olvidada sobre el césped cómplice. Dos lenguas de húmedo fuego prohibido. La mano que roza el pétalo intacto.

La naturaleza que descubro en ti. Los hondos paisajes con vistas al alma. La fiebre de todos nuestros afluentes. El brebaje dulce de la piel intensa. Los blandos susurros que emiten tus surcos. La melancolía del abatimiento. La senda que sube por tus pies arriba. La ingrávida sombra de la noche entera. El rayo de luz que se posa en ti. Tus visos de hespéride recién encendida. 

Las gotas de lluvia que trazan tus dedos. Las rutas fantásticas que ves en mi espalda. Lo que yo imagino que tú conjeturas. La vela que enciendes antes del amor. El olor a fruta de todos tus tramos. El mundo y la vida tan lejos y al margen. La respiración haciendo de sábana. El lento trayecto hacia la pasión. Los vertiginosos instantes. La calma. (Hesperya, primavera de 2008). 


 ¿DÓNDE EL TIEMPO?

Me confunde esta luz de primavera con que se extinguen los meses de  febrero y marzo. Me confunden las estaciones, los días y los años. La prontitud con la que todo se posa y vuela de mis manos. La distancia que me acerca o la cercanía que me aleja a quien soy, a quien he sido. Vivo en mi confusión, lo confieso. Lo que es hoy me suena muy desconocido, muy apremiante, lo que se vuelve ayer me parece muy indeterminado. Deambulo entre el vacío y la ceniza, entre lo desconocido y lo transitado, y sin embargo, tengo la certeza de que nada, en ese camino entre lo andado y lo inexplorado, nada me ha reconocido como suyo. ¿Nada? ¿Cuánta verdad cabe en nada? ¿Nada es vacío; todo lo que acontece es, al fin y al cabo, nada?

 ¿Dónde el tiempo? ¿Cuándo empieza, cuándo nos acaece, cuándo termina? ¿El olvido y la ausencia son tiempo? ¿Hay tiempo en los espejos o en las corrientes o en las sombras; o tan sólo transcurre a ritmo humano? ¿Por qué nos duele el tiempo si apenas nos atañe, por qué nos hiere? ¿Si dispusiéramos de más tiempo, de todo el tiempo, entenderíamos el amor de igual manera; esperaríamos con igual intensidad; nos afanaríamos en idénticas torpezas; erraríamos tan a menudo; mataríamos tan ligeramente? ¿Dilata el tiempo? ¿Por qué el tiempo en el dolor y en la tristeza sobreviene tan largo, tan disperso; por qué el tiempo del sufrimiento se desliza tan lento y tan abandonado? ¿Es tiempo el hielo, cómo contar su detención, cómo medir sus lapsos?   

¿Era yo aquel muchacho que hace tan poco ¿poco es mucho? andaba por los prados, descalzo e impreciso, enamorado de grillos y libélulas? ¿Soy yo aquél que camina de la mano de una mujer gordita y no muy alta, que sentía pavor por culebras, en busca de moras y de manzanilla? ¿El que ayuda a su padre, casi todos los domingos, entre cotón y grasa, a reparar motores y limpiar piezas, era yo, lo soy? ¿Soy yo ése de la raya al lado, el que lleva unas galletas de coco en la cartera y se dirige a la escuela como quien va a un suplicio? ¿Es el mismo viento el que me despeina, las mismas nubes las que cruzan desesperadas el cielo de esa mañana de mayo? ¿Es algo lo mismo, alguien siempre él mismo?

 ¿Quién canta, como desde muy allá pero aquí, a mi lado, ‘agora non, mio neñu, agora non’ y me acoge en su regazo y me acaricia el pelo? ¿Son tiempo de verdad, tiempo otra vez, tiempo nuevo los espacios que nutren los recuerdos; o acaso recordar es, a fin de cuentas, desperdiciar el tiempo real? ¿Realidad y tiempo coinciden, se corresponden? ¿Hay realidad al margen del tiempo? ¿Lo que ya no recuerdo para qué ha sucedido, qué volumen ocupa en los relojes de mi dimensión? ¿Cuánto mide un año; cuántos centímetros median entre la actualidad y el después? ¿Quién dice mañana, a qué amplitud se refiere? ¿Ayer depende de una noche? ¿Una sola noche nos separa definitivamente de todo este presente? ¿Qué cortedad determina el presente, cuánto pesa, cuándo pasa?  

¿Por qué persigo en los sueños el tiempo consumado, por qué retorno una y otra vez y siempre a mis muertos y los contemplo y veo cómo suben, plácidos, eternidad arriba, con sus perros antiguos, y observo cómo abren las puertas de su casa, y los llamo y me escuchan y vienen hacia mí con sus brazos abiertos, sonriendo, con salud y ropas de humo? ¿Soñar es también tiempo? ¿Permanecen en mí, más dentro, los sueños en los que acaricio ilusiones, son más míos que todo lo que pretendí atrapar inútilmente? 

Sé muy poco del tiempo. Apenas nada. Conozco su erosión, su fuga, sus lesiones. Con un paso desde ahora hacia adelante llego al futuro, que no es más que un escaso momento, un ya y un nada; un paso hacia atrás ya no es viable, menos que después, menos que nada… (La Nueva España, 26-03-08). 


SOLEDADES

Nace la soledad cuando, de espaldas al mundo, alcanzo lo que no distingo con la luz de la realidad, instalándome en situaciones sin síndrome de obediencia. Cuando sé que de todo lo que callo nada podría decirse de otra manera más que así, en solitario silencio de los signos, en apartada ausencia de objetos e imposiciones. Soledad que me aísla y me asoma a las asimetrías de lo incógnito, de donde surgen y considero los ambiguos proyectos del arte y las prefiguraciones de lo extraño, la extrañeza de lo común y la insignificancia de lo que nos espanta desde niños. Donde escucho vocablos desmedidos y resonancias catárquicas.

Necesito esa soledad que me permite querer a quienes así me aceptan y me respetan, con espacios donde me segrego del tú dominante, con propensión al egoísmo, e ingreso en mí mismo en busca de recursos que me rescatan de la sintaxis. Recorro aristas y desfiladeros de fiebre. Y entonces, soy y escribo y me agiganto: árbol toda la vida sobre la tierra pastor del páramo que rasga la escarcha con mastines de sombra no sueño apenas desde hace siglos para qué soñar mientras sobornan los jerarcas faro sobre la noche faro encendido para tan ingrato océano viento benévolo que no arrasas con todo desde que viento eres.

Esa soledad, como libertad pura, en la que se perciben riesgos de sobredosis, desprendimientos de los sentidos, pensamientos afines a la desaparición, pero también alivio, sosiego y tregua. Fuera del alcance de los atroces vasallajes, de las bridas tirantes de aquellos que entienden todo como una posesión, de las rozaduras de los yugos interesados o las llagas de la resignación y la obediencia. Solo, por voluntad y con el corazón insubordinado. Solo, sin dolor y con los espejismos de otras presencias posibles, de otras contingencias menos causales que la casualidad de un encuentro casual y una eterna costumbre.

No hablo de la soledad de los consorcios que carcome a oscuras dos cuerpos que se acompañan y se nutren y crecen de su carne, como un cáncer, ni de la que condena deseos, prohíbe comportamientos y asfixia con sus hilos invisibles más que la soga de los verdugos. Ni de la que imputa la insistente angustia de los contratos de permanencia, ni de la que se desprende de la simulada y altísima cifra de las sumisiones. Tampoco de la que inyecta falso afecto, por miedo, por comprensión, pero encubre venenosas mentiras y traiciones innecesarias.

De ésas huyo como el cachorro ingenuo que por instinto escapa de un sol insano. Ni digo tampoco de la que revienta encima de los seres como una explosión fatal y genera cuartos cerrados con aromas cordiales, aposentos apagados, recuerdos incurables para el resto de los años. A ésa renuncio mientras no sobrevenga.

Sino de la soledad fúlgida que me eleva y me transporta a la otra parte de lo factible, allí donde los límites de lo pactado se diluyen y me confieso y me equiparo al otro y percibo la razonable sinrazón del inculpado, las tretas poderosas de los acusadores, la sinceridad del mentiroso y las hábiles artimañas de los soberanos. De la que se posa en torno a mis dos ojos, que entonces acceden a lo que carece de candor y superficie, y desentrañan la sencillez de lo abstracto, la fragilidad de lo indestructible, la ligereza del sufrimiento y lo leve de la consistencia.

De la soledad que acaricio con los dedos, como un cabello adolescente que me excita. La que roza mis labios como con otros labios tiernos muy carnosos, como una droga exquisita que me prolonga y me aúna con lo infinito. De la soledad  que no rechaza el amor pero exige tolerancia para que el amor se haga viable. De la contraria a la convivencia opresiva, la que nos une tan engañosamente y por la que acumulamos rencores y matamos. (La Nueva España, 18-02-09).


LA VÍSPERA

Convendría dejar las luces encendidas, apagar los rencores, revisar los fogones, desconectar nostalgias, obstruir pesadumbres, grifos y soledades; y dirigirse al mundo como si nada, mirar al cielo y observar el paisaje apoyado en la noche, conscientes de que entramos en la víspera. Dedicar al teléfono unos minutos, llamar muy sutilmente, sin indicios ni datos, a aquéllos que merecen un mínimo respeto, toda nuestra confianza o esa dulce palabra que, lloraría siempre, de no ser dicha un día. Confesar cuánto han sido, cuánto han significado, rememorar momentos incomparables, contextos irrepetibles. No estaría de más abrazarse a los muebles, acariciar los libros que nos acompañaron, romper fotografías y postales, borrar lo que se escribe al borde de los versos, rasgar lo que se guarda entre sus páginas. Sería bueno también reponer la comida de los gatos y haberle dado al perro el hueso que le gusta y agradecerle, hablarle de lo hermosa y desprendida que fue su compañía.

Aconsejable y justo no dar cuerda al reloj, soltar el viejo cuco y clavar las agujas en los ojos del tiempo; vaciar almanaques y estanterías, limpiar huellas de fechas y manillas, dejar hecha la cama, recoger nombres propios, músicas muy íntimas, cajones y proyectos; regar plantas, recuerdos, deseos secos, emociones marchitas entre los diccionarios.

Oportuno, asimismo, colocar una flor frente a un portarretratos, descolgar lo que a veces oyeron las paredes, doblar entre las sábanas el aroma de un cuerpo, la magia de un encuentro. Comprobar que las puertas van a quedar abiertas, que no hay cuentas pendientes ni citas prorrogadas ni promesas en vano; vestirse con la ropa más ligera, oler el pan, destruir los contactos, tachar las direcciones; retornar a la infancia, tumbarse a la sombra de los años felices, recuperar ausencias, reconstruir los rostros de los muertos, preguntar qué posición es la más placentera. Tirar la llave al mar, sacudirse los miedos, anular los pasos y no retroceder, jamás mirar atrás. (La Voz de Asturias, 17-05-08).


SANTA PACIENCIA 

Tierra, si algún día levantaras tu resignada superficie, si pudieras erguir tu espacio horizontal y dócil, mirarte desde lo alto de la luz, desde los pozos del infinito, apenas te reconocerías. Buscarías la cerrazón del bosque, la esbeltez de tus cumbres, la dirección de los caminos, el perfil de la vida, el lomo de tus páramos. Reclamarías el recorrido de los ríos, la profundidad de los abismos, las estancias y pastos del verano. Preguntarías por los enjambres y los lirios, por pomares y charcas, por sus frágiles juncos, por laderas y vegas donde bebían abril y algunos gansos. Llorarías sobre los elevados taludes, sobre despeñaderos y barrancos, sobre la tierra de tu sangre, allá por donde el trigo refulgía, y brotaban las viñas y la espelta. Te abrazarías, abatida, al antiguo esqueleto de los espantapájaros.

Qué sagrados pulmones, aire, qué invulnerables conductos, qué obstinación y qué entereza. Qué lealtad, a pesar de la estela de las naves, del veneno de los experimentos, del los ácido de los satélites, de la cerviz oscura y vanidosa de tantas chimeneas. Qué voluntad más firme la gratuidad de tránsito para aves y sol por tus dominios, la de tu generosa transparencia. Qué extensa tu humildad ante nuestros escarnios y nuestra tóxica codicia. Qué asombroso tu derroche para nuestros ultrajes y nuestra absoluta dependencia.

Sea el secreto de tus manos, agua, fuente de sed eterna, deseo de tu frescura en nuestra piel, placer tu suavidad en mi garganta. Nunca nos des del todo la saciedad de tu mineral jugo, de tu estirpe corriente y abundante, tan sólidamente necesaria. Nunca, no lo hagas nunca; déjanos siempre sequedad en los labios, hambre de tu derretimiento, avidez de tus brazos, apetencia de tus cántaros lustrosos y de tus presurosas cataratas. Ocupe tu personalidad la lluvia hermosa, caigan tus menstruaciones sobre los pueblos últimos, en las aldeas sin cauce de poder desmedido, bañe tu bendita presencia las cuencas de sus ojos, despéñense por tus cañadas sus legañas.

Fuego, sigue prendiendo. Purifica los daños con tus lenguas indómitas y tus cobras azules. Elévate con furia en las noches cerradas, danza vehemente con tus fauces de fiebre, cauteriza la faz del firmamento, inflama tu superioridad. Nadie diseccione tu fibra ni usurpe el calor imprescindible de tu simiente.

Amedrentadnos, de vez en vez, sin infortunios, con la escasez, con vuestra doblegada hegemonía, vuestra bravura al límite, incandescente. (La Nueva España, 24-02-10). 


ASTURIAS

  

Asturias, si yo pudiera, si yo pudiera contarte. Si yo pudiera decirte, y pudieras tú escucharme… Por donde quiera que miro, por donde quiera que paso, no veo más que vacío, no piso más que pasado. Montañas que nos aíslan, caminos prejubilados, bosques enfermos de sombra, campos que ya no son pasto. Herrumbre, ruinas, raíles; carrizos, barro y barrancos. 

Aldeas donde el olvido sangra por todos sus caños, veletas desorientadas en el vano del tejado. Rosas silvestres que afirman la soledad de los marcos; gallinas que picotean del abandono los granos. Manzanos vivos de muérdago, vestigios de espantapájaros. Corredores donde esperan a sus difuntos los gatos. Bardales, zarzas, retamas; rodadas, berros y cardos.

Paneras donde agonizan las vértebras de los carros. Razas rurales que arriendan su identidad  y sus sábados. Riqueza traicionada por subvenciones y pactos. Región para cazadores y dos osos amaestrados. Linderos que no limitan sino con los avellanos. Ríos de seca corriente, por más que sigan bajando. Abrevaderos, tritones, águilas, cuervos y grajos.

Comarca ‘museizada’ en trisqueles y urogallos. Verde poeta a derroche en dípticos y calendarios. Tierra para telarañas y lamentos de venados. País con la lengua rota, trozada por artesanos. Tradiciones enristradas en vigas y diccionarios. Aire por el que ni surcan las crines de los caballos. Barrenas, frío, barbecho, terrones, cuadras y páramos.

Jóvenes aves que vuelan en pos de un cielo más claro. Espacio que no soporta su tanto espacio parado. Concejos que nadie habita más que la luz y los tábanos. Ancianos que se adormecen en los asilos urbanos. No sé, tal vez me equivoco, quizás fui siempre un romántico. Tal vez no pasan ni miran, por donde yo miro y paso. Asturias, si yo pudiera….Te vale más no escucharlo… (La Voz de Asturias, 13-09-08).


 MAÑANAS DE BIODRAMINA

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La distancia y la edad tienen mucho que ver. El universo tiene el tamaño de nuestros ojos, el mismo radio de nuestra mirada. El mundo es gigante e inabarcable sólo cuando somos niños. Luego, enseguida, todo se nos hace pequeño y cansino; cuanto más avanzamos, más retrocedemos. No existen rumbos más largos que los cortos trayectos de la infancia. Ningún recorrido tan interminable como los breves itinerarios de los primeros viajes. Ninguna víspera más emocionante que la de aquellas escapadas de ida y vuelta desde Bañugues hasta Avilés.

Lunes por la mañana. Desde el sábado duermo con la ansiedad de que no llegue el lunes por la mañana. Mi madre me comentó hace unos días que no iría a la escuela porque me llevaría con ella. Va a recoger unas radiografías y a dejar unos zapatos en el zapatero, para que les ponga tapas y ‘espais’. Son las siete y media de la mañana; me lavo y me peina con raya al medio, después de mojarme la cabeza con colonia. Ella está con la ropa de los domingos y tacones. Se pintó un poco los labios y metió en el bolso de las bodas el libro de familia y un botón con un trozo de tela, porque también iremos a la mercería.

Desayuno un plátano con limón, porque ando con el estómago flojo y unos sorbos de leche para poder tomar la pastilla del mareo. Son tantas las curvas que hay hasta Avilés… Esperamos donde el poste de la luz el coche de línea; mi madre recuenta y mueve de vez en cuando las monedas que sujeta en la mano. Me coloca los cuellos del abrigo y me pregunta si estoy nervioso. Nervioso no es nada… ‘Cuidado al subir, no te pille la puerta’. Damos los buenos días, antes se daban siempre, y buscamos un asiento que no quede a la altura de la rueda, porque entonces nos mareamos más. ‘Y no mires mucho para los lados, eso es peor todavía’. Ella habla con la que va detrás, pero tampoco se gira mucho porque se le revuelven las tripas. Comentan algo de un raspado, de que ya no está tan pálida y del mal tiempo.

El autobús huele a armario, un poco a alcanfor. El cobrador se acerca dando tumbos con la billetera, que abre y cierra como si fueran dos imanes –quien tuviera una para cuando jugamos a los cobradores–. ‘Toma, guárdalos tú y no los pierdas por si monta el inspector’. Saco la cartera nueva y meto los billetes. Me siento mayor. A cada rato paramos y entran hombres con la bolsa de los juegos olímpicos ‘Múnich, 72’, en la que, al parecer, llevan ropa limpia y el bocadillo y la fiambrera. Lo peor es en Verdicio, donde paramos más de 10 minutos, pues mientras los viajeros meten en el maletero ‘paxas’ con berzas y perejil y repollos, el conductor y el cobrador entran en el bar a tomar algo.

Van muchas mujeres con cajas agujereadas y ‘pitinos’. A mi madre la saluda mucha gente y le preguntan cómo se encuentra. Yo me noto como fuera de la realidad. Todo me parece un sueño, y eso me pasa cada vez que trago la biodramina. No sé si la línea deja atrás las pilastras y las varas de hierba o son las pilastras y las varas las que nos adelantan a nosotros. El vocerío en el autobús crece y crece; y huele como la plaza, a todo junto. ‘A ver si podemos comer un pastel en la confitería’. A mi madre la vuelven loca los churros y los milhojas. A mí los bocadillos de mortadela. Si cuadra, me compra la libreta de anillas como la de casi todos mis compañeros, con recambio, o un boli de cuatro colores.

La plaza, para no variar, está abarrotada. Lo más aburrido son los tenderetes de ropa. Revuelve que te revuelve fajas, calcetines, sostenes…, para no coger nada. Pisotones, empujones. Atontado como estoy de la biodramina, el bullicio me traga. Creo que ya son las diez y sin embargo son las ocho y veinte, lo comprueboen el reloj que pongo sólo en las ocasiones especiales. En la plaza siempre vamos al baño, hay que echar el agua con un caldero, pero el tufillo a orín ya está como filtrado en las paredes.

¡Cuántas lámparas y alfombras y figuras y portarretratos en el despacho del médico! ‘No toques nada y espérame ahí sentado, que salgo yo enseguida’. Entra asustada, yo lo noto. En menos que canta un gallo me adormezco. Tal vez no he despertado todavía… (La Nueva España, 4-06-08).


A VECES NO TE ENCUENTRO 

Sé que estás, presiento que aún no te has arrepentido, que todavía derrochas luz para tanta ceguera. Lo veo en la planicie de esta bóveda inmensa. En la delicadeza de los brotes. En la beatitud de la flor del manzano. En la profundidad de las miradas limpias. En la inimaginable ingeniería de nuestro corazón. Sé que aún me escuchas cuando elevo mis súplicas y ruego a mi manera.

Pero a veces no te encuentro y te disculpo; no acudes y titubeo. ¿Dónde estarías cuando estos rostros inocentes se ahogaban sumergidos en el barro? ¿En qué relámpago, en qué biela del viento te distrajiste cuando aquellas mil madres lloraban a la par empapadas de sangre? ¿Qué contorno de nube te cautivó cuando la tierra devoraba insaciable una raza sin pan ni desnudez desde hace siglos? ¿Por qué has enviado inclemencia y granizo tan desbordadamente sobre las chozas ya encharcadas?

En ocasiones estás, pero no asistes y miro alrededor y me interrogo. ¿Qué difunto estaría entreteniéndote cuando falló el temple de tu fragua y fluyó el infortunio bajo forma de fiebre para esos infelices que fallecieron ahora, hace un momento? ¿En qué recinto de la eternidad te encontrarías desatando las gasas de las almas recientes el día en que aquí, entre nosotros, faltaban hospitales, lechos, litros de humanidad y cilindros de vendas? ¿Cómo es posible que explotara así de inesperadamente el suelo y la existencia de esos seres? ¿A qué se debe la desdicha constante de esas regiones solas, tan escuálidas?

¿Y el sufrimiento de los más clementes? ¿La ausencia de los más imprescindibles? Estás, adivino que aún no has abandonado. Sólo con contemplar el vuelo misterioso de los pájaros, la simetría espléndida del crisantemo, la dócil construcción del arco iris, vislumbro que todavía no has renunciado. Pero tanta claridad para tanto oscuro… (La Voz de Asturias, 20-o6-09).


LA ESTACIÓN DE LOS GITANOS 

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Los recuerdo como repartidores de la primavera. Como parte de un mes muy antiguo, subiendo abril arriba con sus burros tristones, el carromato, el perro ya pelado y cachivaches de todos los colores y formas. Eran como un aviso del buen tiempo y averiguaban el agua para afincarse, al abrigo, casi siempre, de algún bardal frondoso o una ruina.

Los gitanos, cuyos nombres conocíamos de un año y otro año, no poseían nada y lo tenían todo, o casi todo, al menos así me lo parecía: aire, fuego, libertad, familia. Yo los miraba desde casa y ardía por estar entre ellos, por caminar descalzo sin pincharme en los pies, por no madrugar ni preocuparme de estudiar los fenómenos atmosféricos ni los puntos cardinales. Ellos sabían más que yo y que los del pueblo de las orientaciones, del nordeste y la lluvia, de las constelaciones y las tronadas. Y pensé toda la vida que no se morían nunca, que jamás les invadía la tristeza.

Les seguía el rastro y, a escondidas, escuchaba la jerga con que hacían conjuros y marcaban sus rutas y funciones. A pedir por el pueblo salían las mujeres con los niños. A recoger chatarra, colchones y trocitos de cobre se dedicaban ellos, con traje y con chaleco y con sombrero. Todo les era útil y a mí me entusiasmaba observar cómo entraban tantas cosas en aquella carreta destartalada que servía de vehículo, de casa, de techo, de alacena.

Ellas iban de puerta en puerta, con faldones muy amplios, varias chaquetas, un pañuelo en el cuello, con un cesto de mimbre y con la prole. Y hablaban mucho rato con las vecinas. Les venían muy bien patatas y cebollas, pan duro, aceite, azúcar. Todo entraba en aquella canasta de dos tapas en la que yo daría algo por meter de lleno la cabeza. Y preguntaban a menudo si no había alguna gallina moribunda o recién enterrada. Y cuántas veces iban y escarbaban la tierra y tiraban del ala y de las patas y marchaban contentas con la presa. Y creí toda mi infancia que eran inmortales, porque comían erizos y carne sepultada y jamás enfermaban ni cogían pulmonías, a pesar de beber de los regatos y los charcos y dormir a la helada.

A ellos les gustaban los muebles rotos, los aparatos estropeados, las chapas de la cocina, las piezas que sobraban de las obras, los rodamientos, el alambre, los manillares, las varillas de los paraguas, la masilla. Y medían la pureza de los fragmentos con un imán con el que yo soñaba, que atraía arandelas, puntillas y tornillos; y andaban con navaja y con cayado. Y luego, con lo uno y con lo otro, construían artefactos rarísimos que, tal vez, no servían para nada, pero a mí se me antojaban inventos para detectar la dirección del viento o la altura del sol o la duración, a su manera, de los meses, que para ellos, como el lunes y el martes y las horas voraces y el calendario, carecían de prisas e importancia.

La ropa usada no les convencía. La cogían, con cierto recelo, la sacudían y la revisaban, como tanteando la talla y el estado, como examinando si eran trapos de muerto, malditos o contagiados; y se iban con ellos; pero a las prendas viejas no les mostraban aprecio. Aparecían siempre tirados más allá, en las cunetas, abrigos, camisas, zapatos e incluso las patatas con ‘bilto’ y arrugadas.

Olían a fogata, a verde, a tela almidonada, a choza. Pero eran libres. Como una estación con linaje muy propio, al margen del espacio. Dependían del clima, de la sombra, de los arroyos, de la naturaleza, en general, y de las brasas.  Y no necesitaban gobernantes ni médicos. La salud la heredaban del aire puro, del paisaje, de la reciedumbre de su raza: de ser independientes, soberanos; de cambiar de lugar cuando no estaban cómodos o sentían acaso el peso de la rutina, de huir sin ataduras ni remordimientos, pues con ellos erraba todo lo que era suyo, muy suyo, el perro, la familia, los burros y cuantos artilugios cabían en la caravana. Me quedé con las ganas de saber si soñaban. (La Nueva España, 27-02-07).


DEUDAS PENDIENTES

Romper lo que sucede, ir frente a lo que es así porque, no sé por qué, tiene que ser. Es el deseo, ahora más que nunca, que me corroe y me obsta y me difiere. Cambiar las horas de hora, como quien cambia los enseres de una casa y anochecer cuando la mayoría, doblegada, corre en estampida a la rutina; amanecer cuando la oscuridad arde. Desordenar la luz y desoír las cargas y anular el tranvía que me encarrila una vez y otra allí, y otra vez allí, e invariablemente allí y jamás a otra parte porque aquí está mi sitio, involuntariamente mi lugar.

Conseguir que hoy sea miércoles y sábado mañana y pasado septiembre. Y que empiece después un domingo distinto, de marzo, y acaezcan los martes cuando mueran los jueves, en plena albor de agosto, y que lunes y miércoles ensamblen su distancia. Y brote otra semana donde hoy no sea miércoles ni tarde ni temprano ni se haga ya de noche tan pronto como ayer, tan ayer de tan pronto y apenas para nada, a pesar de la luna, redonda y encendida, y estrellas hermosísimas. De tantos astros prendidos, arriba, para tanta negrura, al fin y al cabo.

Interrumpir la sucesiva duplicación de todo lo que existe, porque, de no repetirse degeneradamente, acabaría. Detenerme con prisa. Apurarme despacio. Simplificarme aún más la simpleza de mi razón, incomparablemente absurda con la nobleza de los frutos o la benevolencia de tantos animales o la evidente perfección de innumerables especies. Desacostumbrarme, pasar por alto el hecho de antes de la culpa de antes del remordimiento de antes del siempre y eterna contrición.

Entretejer el aire que a menudo me asfixia y crear una liana, como un puente gigante, que me traslade a parajes furtivos y lagunas extrañas, donde entrar en contacto con los copudos sauces y frondosos pinares y los ámbitos solos de abandonadas posesiones. Y escalar a los nombres que me habrán olvidado y posarme en los días que desaproveché, en las circunstancias que dejé pasar y quizá me hubieran llevado a otro lado.

Sacudirme el espíritu en las altas montañas, ver cómo espolvorean las antiguas pesadumbres y echar a caminar. Libre, sin adverbios que me limiten en tiempo y espacio, sin propósitos que determinen el rumbo de mis pies, sin pautas ni mandamientos ni otras contraindicaciones. Caminar y saberme, como un árbol desnudo en medio de la tierra, arraigado tan sólo al rastreo del agua para sobrevivir. (La Nueva España, 10-02-10).


LIBROS

Gracias, libros: he tenido en mis manos hasta lo inalcanzable, lo que soñé a menudo, lo que la luz no ofrece ni la sombra te acerca. He pasado las páginas de lo que me dejó o perdí en el camino. He anotado los símbolos que nunca dije a nadie, he glosado las líneas que no compartiría jamás de los jamases. He pisado las calles fangosas de Macondo, he tocado a la Eneida, creyéndola mujer, he estado muchas noches a la épica sombra de la esperanza lóbrega de la firme Penélope. Gracias, libros, por las revelaciones y por las contingencias.

Por mis dedos cruzaron las golondrinas lóbregas que no han de regresar, las aguas de los ríos que van a dar al mar, inexorablemente; el canto de los pájaros que añoraba ya en vida, en su Moguer del alma, allá en el huerto claro, junto aquel pozo blanco, el autor de Platero; las aspas y gigantes del molino que muele la espiga de utopías. Sin vosotros yo nunca sería este humano breve que me siento.

¿Dónde existe más mundo, dentro o fuera de vosotros? ¿A lomos del día a día, lema y limo, o en lo que, desleídos, os leemos? ¿Qué es más verdad, la vida engañadora o las veraces sílabas que conforman los versos, las fábulas, las hermosas mentiras de vuestros mudos párrafos? ¿En qué lugar más humo, menos ascuas, en las favilas longevas de los plisados pliegos o en la instantánea chispa de esta existencia que casi no encendemos?

Libros, por encima de todo, gracias. Gracias por tanta tinta muerta, por tanta vida en tinta. Gracias por vuestros sentimientos y la ‘carnegrafía’. Sin conocer apenas, así es de superficial el hombre de la tierra, he conocido a fondo la claridad de Ítaca, los vinos sabrosísimos del suelo del Vesubio, el viento de Orihuela, la soledad de Gloria, los campos de Castilla. Y en algunas estrofas, acaso quedará el nombre de mi madre, grana bendita. (La Voz de Asturias, 25-04-09).

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