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Azar o necesidad de la guerra

 

 “Una tirada de dados, aunque lanzada en circunstancias de eternidad desde el fondo de un naufragio, jamás ABOLIRÁ el azar”.  ( “Un coup de dés”, S. Mallarmé) 

 

La guerra no se da por casualidad, tiene causa. Si hay causalidad y no casualidad hay motivos para pensar que existen responsables. Cuando se quieren crear o recrear causas se nos enseña una supuesta necesidad de los hechos Algunos esperan justificaciones, pruebas de gases y otros inventos. Pero me resulta incómodo ver éste conflicto, que no se parece en nada a anteriores intervenciones (ni genocidios, ni peligro nuclear) como el enfrentamiento entre buenos y malos, ricos o pobres, nobles-plebeyos, cowboys-indios, o para-lelos irreconciliables. Nadie pone en duda el peligro de la interminable lista de indeseables mandatarios totalitarios del mundo que ha sido, es y será; pero mayor peligro podría suponer Corea con su potencial nuclear, o Siria que lleva un largo currículo de protección a terroristas islámicos y tantos etc… En fin, que la guerra, cualquier guerra, conlleva un hilo con nudos de sinsabores y odios detenidos, reprimidos, sin oxigenar (será por eso que todas las guerras apestan y esa peste nos contagia a todos). Recuerdo las palabras de Teodor Adorno después de la masacre de la 2ª Gran guerra, 1945: “¿cómo escribir después de Hiroshima?”, que viene a decirnos cómo creer en el hombre tras tanto holocausto. A esto le respondió J. A. Valente poco después de los sucesos de Tian Men en Pekín 1989: ¿y cómo no escribir?, no nos queda más remedio que continuar a pesar de estas absurdas yagas en la conciencia general, en el inconsciente colectivo. Aquellos que no entran en la dialéctica de bandos, que no participan de los argumentos enfrentados son siempre presionados a estar en uno u otro sitio, se les ahuyenta del azar que les hace libres de la barbarie, surgen las posiciones, los dogmas, los gritos, los malos gestos. Llega la guerra. La gran Causa.Azar proviene de la voz árabe “az-zahr” que era representada por una flor dibujada en una de las caras de los dados del juego. La flor era fatal y el jugador que la sacara quedaba inmediatamente eliminado, de ahí que az-zahr pasara a designar  lo fortuito que da lugar a las desgracias, y que se convirtiera, al fin, en un símbolo de la malignidad del destino. De la mesa de juego a la mesa de la vida (en continua interacción y metáfora) el Azar, por extensión, señala todo lo casual, ya sea para bien o para mal. Creer que hay causas o necesidad para una guerra preventiva, una guerra que evite azares futuribles, significa afirmar cierta predestinación del hombre o soportar el “fatum” latino como una cruz, o erigirse en supremo protector de fines terrenales que se me escapan. Demasiado reduccionismo. Azar se opone a necesidad: sólo en el futuro se imagina uno que tal o cual acontecimiento del pasado parecía necesario, pero eso es mera consolación, una vez más justificar lo que nunca estará en nuestras manos: las consecuencias inesperadas de lo que hacemos, esta guerra santa o santa guerra o cualquier imposición a la ONU y a un supuesto TRIBUNAL de JUSTICIA que ya ha nacido herido por el poder omnívoro de los intereses creados. Como héroes ponderamos, siguiendo la tarea del héroe conquistamos lugares que no nos conciernen,  elegimos nuestros ídolos y glorificamos sus instrumentos en pos de la paz.Que la literatura tiene una correspondencia con la vida es evidente, que la dialéctica guerrera tiene también la suya con la muerte no hace falta demostrarlo. Después de tantas mutilaciones previstas e inocentes que no pudieron huir, a estos conquistadores del mercado sólo les quedará el silencio si no temen caer en absurdas motivaciones y especulaciones. El hombre se entrega a su obra hasta desposeerse, se siente responsable, muere para nacer a una vida heroica con mucha literatura. Vanidad. Después nos queda, único y absorto, el silencio (o cualquier otro abismo emocional). Callemos y que los marines o muyaidines lancen sus gritos de guerra. Pero callemos haciendo un ruido incómodo para la torpe siesta de los poderosos, los que duermen en los laureles de su soberbia electoral. Y que este mundo global que preparan no nos atropelle aún.

Simón Sandino