Desde tiempos muy antiguos las personas tenían costumbre de tener en sus “viviendas”, plantas de hoja perenne, ya que para ellos tenía un significado mágico-religioso.

 Por eso cuando se propagó el cristianismo, por Europa, los primeros cristianos adoptaron estas costumbres dando paso al “Árbol de Navidad”, dejando atrás el significado pagano para celebrar la navidad cristiana con el nacimiento de Jesús.

  La tradición  sitúa  el origen del árbol de Navidad (como tal) en el siglo  VIII. Cuenta la tradición que San Bonifacio, obispo inglés que predicó por  las tierras de Germania, al ver a la gente haciendo sacrificios humanos en el roble dedicado al dios Odín, lleno de ira cortó el roble sagrado.

 Después de una serie de avatares, el obispo señaló un pequeño abeto que como símbolo perenne del amor de Dios se mantenía firme contra las inclemencias y lo adornó con manzanas y velas.

  Después siguiendo la costumbre de tener plantas de hoja perenne en sus casas, les pidió que tuvieran un abeto pequeño ya que este árbol representa la paz, al permanecer verde representa lo eterno y su cima apunta hacia el cielo: hacia Dios. Representa la unión entre el cielo y la tierra, ya que sus raíces están en la tierra  y en su crecimiento se dirige a Dios.

 Al ser una planta conífera, su forma triangular recuerda a la Santísima Trinidad, el uso de bolas de colores (rojo, azul, dorado…) que recuerdan las oraciones del adviento

 Pero el Árbol como lo conocemos hoy sale de la región de Alsacia, propagándose a toda Europa y resto del orbe cristiano.

 Este árbol se adorna con una estrella  en la punta que recuerda la que guio a los Magos hasta Belén y que debe guiar la fe de los cristianos.

Bolas que recuerdan las manzanas de San Bonifacio y  las luces nos recuerdan las velas del santo y que son la luz de Jesús y  junto a esto tenemos  los lazos como símbolo de unión familiar

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