09:00 Desayuno10:00 Excursión a Icod de los Vinos y Garachico (Drago Milenario)
Playa de San Marcos

La riqueza natural que encierra Icod de los Vinos es uno de los principales atractivos que se perciben nada más llegar a este municipio enclavado en el Noroeste de Tenerife, del que ocupa una extensión de algo más de 90 kilómetros cuadrados, y a una distancia de la capital de 56 kilómetros.
La variedad queda patente en sus cerca de 10.000 metros de costa, mientras que el resto está compuesto por un continuo talud. Sus lindes están situados en las laderas del Teide-Pico Viejo y el mar. Por el este lo separan de La Guancha los barrancos de Las Ánimas, La Gotera y El Pino; por el Oeste limita con Garachico y al Norte lo baña el Océano Atlántico, lo que le permite una de las mejores vistas del pico del Teide.
Sus moradores conocidos por su amabilidad y nobleza, conforman un censo cercano a los 24.000 habitantes que se reparten entre el casco y sus 27 barrios y pagos con nombres que reflejan la pervivencia de sus tradiciones: El Amparo, Santa Bárbara, La Florida, La Vega, Las Canales, La Mancha, Buen Paso, San Felipe, Playa San Marcos, La Centinela, Los Piquetes, La Patita, Llanito Perera, Cueva del Viento, San Antonio, Campino, La Coronela, La Candelaria, El Paredón, La Cruz del Camino, Las Lajas, Hoya Nadía, Las Abiertas, Redondo, La Cruz del Tronco, El Lance y Pueblo Nuevo. La agricultura constituye una de sus fuentes productivas, en la que predomina el cultivo del plátano, viñedos y la pesca en la costa, y el policultivo de secano en las medianías y zonas altas.
La agricultura constituye una de sus fuentes productivas, en la que predomina el cultivo del plátano, viñedos y la pesca en la costa, y el policultivo de secano en las medianías y zonas altas.
No obstante es la calidad de sus vinos lo que ha dado a la ciudad fama mundial, mientras que el comercio es la actividad reinante en el casco urbano, hasta el punto de que se concibe como el centro de servicios de la zona Noroeste.
El recorrido por el vasto patrimonio natural de Icod, debe comenzar, inevitablemente, por su símbolo primordial y uno de los elementos más representativos de la isla: el Drago Milenario.
Este ejemplar de Dracaena Draco está considerado como uno de los seres vivos más ancianos del mundo, con una edad estimada en 1.000 años. Se eleva a una altura de más de 16 metros y se sostiene sobre una base de 20 metros de perímetro, con un peso total cercano a las 140 toneladas - 80 de las cuales corresponden a la copa-.
Esta muestra de la flora antidiluviana no ha estado exenta de leyendas y misterios y ha sido admirado por los guanches para quienes eras sagrado, ya que según su creencia, su savia “sangre del Drago” posee cualidades curativas de enfermedades. Figuras históricas como Aristóteles o Carlo Magno, han ensalzado su belleza al tiempo que ha servido de inspiración a pintores como El Bosco que lo inmortalizó en su célebre ” El jardín de las delicias”.
A lo largo de la historia ha recibido recomendaciones de todo tipo como el decreto del 23 de febrero de 1917 en el que se proclama como “digno del cuidado”. Su figura está intimamente ligada a la historia de Icod no en vano constituye, junto al Teide, el motivo del Escudo Heráldico de la ciudad, cuyo ayuntamiento ha solicitado a la UNESCO su declaración como Patrimonio de la Humanidad.
El Drago está rodeado del parque que lleva su nombre, que se extiende en tres hectáreas y está formado por una representación de diversas especies de vegetación termófila, tabaibal-cardonal y monteverde, que se adentran en el Barranco Caforiño.

La villa tinerfeña de Garachico fue fundada por el banquero genovés Cristóbal de Ponte, en 1496, y se convirtió en el primer puerto de Tenerife y uno de los más importantes de Canarias. En 1996 ha cumplido quinientos años y los está celebrando por todo lo alto.
Las mercancías que partían de su puerto, especialmente el vino, iban destinadas a las Américas, meta de muchos colonos cuyos descendientes regresarían después a la tierra de sus antecesores.
Es fácil encontrar entre los garachiquenses a descendientes de Cuba o Venezuela (Simón Bolívar tiene su estatua preferente en esta villa, ya que sus antepasados eran de Garachico). Con este ir y venir de Garachico a las Américas, al final no se sabe si fueron los tinerfeños quienes emigraron (el fenómeno alcanzó su punto culminante en los años 20 y 40), o si fueron las Américas que vinieron a Garachico. Lo cierto es que sus gentes son una exquisita amalgama de isleños y centroamericanos, que no han olvidado el auténtico espíritu y origen guanche que impregna todo el archipiélago. No es de extrañar, pues, que la palabra “guagua” (autobús) sea comúnmente utilizada en Cuba, las Canarias e incluso en Cádiz.
Garachico se puso bajo la advocación de San Roque a causa de la peste que asoló a sus gentes a lo largo de cinco años (agosto de 1601 a 1606). Tal es la devoción al santo que ya no sorprende a quien conoce a los garachiquenses cómo suelen persignarse jóvenes y mayores al pasar por delante de la ermita del santo, justamente a la entrada del pueblo. Y no es casual que sea Roque uno de los dos nombres más comunes en el municipio. No sólo porque alude al santo patrón sino porque así ha sido también bautizada la inmensa roca que desde el mar preside su costa.
Otro nombre popular es Daute, como se llamaba el territorio en la época de los menceys guanches. El esplendor y florecimiento de la villa durante la época del genovés Cristóbal de Ponte fue tal que, recuerda el historiador garachiquense Carlos Acosta, había incluso una calle hecha de mármol de Carrara en la cual solamente los nobles podían poner el pie, exceptuando los viernes, día en que se permitía a los pobres pisar el mármol para pedir limosna. Desafortunadamente, no sólo la calle sino el pueblo entero fueron sepultados por la erupción del Teide en la primavera del 1706. El río de lava que descendió por las laderas del gigante ocultó y destruyó para siempre ese suntuoso pasado arquitectónico, engullendo en un sepulcro de magma todo un pueblo, sus gentes, sus monumentos, e incluso un galeón que estaba anclado en su puerto cargado de preciosas joyas y oro. Los garachiquenses no renuncian a la esperanza de rescatar de su prisión de piedra esa nave casi legendaria. Como el ave fénix, Garachico resurgió de su desgracia, convirtiéndose en insólito paraíso construido sobre lava negra. Su casco antiguo ha sido declarado de interés cultural como lo fue en su día Santillana del Mar en Cantabria. La medalla de Oro a las Bellas Artes (concedida en 1980) es también un elocuente reconocimiento de su recuperada belleza y de la inquietud cultural de sus habitantes, que se está revelando en su dimensión más plena con motivo de la celebración del 500 aniversario de su fundación.

14:30 Regreso al hotel y COMIDA
tarde libre en Puerto de la Cruz
21:00 Cena
23:00 Descanso