El hombre orquesta

3 01 2012

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Publicado en “La Vanguardia” por Quim Monzó, el 22/12/2011.

Enlace: http://www.lavanguardia.com/magazine/20111222/54242650278/quim-monzo-el-hombre-orquesta.html

¿Es necesario que el camarero meta tanto ruido? Coge el casquillo y, antes de cargarlo con café nuevo, para vaciarlo lo golpea una y otra vez contra el cajón del poso. Lo hace como si le fuese la vida en ello, y puede que haya que hacerlo así, pero quizá en vez de golpear el acero del cajón podría golpear la goma, que para eso está. Sólo que lo golpease contra la goma, el escándalo se amortiguaría. Pero, bueno, ese es el menor de su catálogo de ruidos, porque con lo que de verdad él disfruta es con los platos del café. Tiene el cesto del lavavajillas sobre la nevera de carga superior que hay tras la barra, y cada vez que pone algo –un plato, una taza…– lo hace con estrépito. Quizá para los clientes que están en la otra punta del bar sea un sonido lejano, soportable, pero para los que estamos ahí mismo, desayunando en el trozo de barra que está justo frente a la nevera donde él tiene el cesto, es un estruendo insufrible: desproporcionadamente agudo, una agresión chillona a todos y cada uno de nuestros tímpanos.

Y, cuando le piden un café, tras el ritual de golpear el casquillo contra el cajón, ¿no podría dejar el plato sobre el mármol? Dejarlo: simplemente dejarlo, no lanzarlo de forma que el plato empiece a bailar sobre su base –¡CLECCLCCL!, CLCCLEC!, CLECCL…, clecccc…, clec…– hasta que por fin se estabiliza. Lanza el plato con una técnica que recuerda la del juego de las herraduras. Y tampoco la taza la deja simplemente sobre el plato, sino que la incrusta contra él, con energía, para que aprenda cuál es su lugar. Con la cucharilla, en cambio, volvemos a los juegos de lanzamiento: no la deja sobre el plato sino que la tira desde cierta distancia, para que lo golpee con un tintineo penetrante.

Cuando el lavavajillas ha hecho ya su ciclo, saca el cesto entre una nube de vapor. Lo deja sobre la nevera antes mencionada y también en ese momento platos y tazas tienen un cometido estridente. Procede a ir colocándolos sobre la máquina de café, que tiene encima una generosa superficie rectangular para muchas tazas y muchos platos que, una vez dispuestos, se quedan ahí, a punto para cuando alguien pida un café, un cortado, un café con leche, o incluso un poleo-menta. Evidentemente, como platos y tazas van unos sobre otros, cada taza y cada plato que coloca es un nuevo estallido contra el cerebro de los que desayunamos en la barra. Me fijo en el camarero. Es más bien bajito, calvo. Lleva barba de tres días, tal como ahora se estila, y gafas de pasta estrechas y alargadas, que arrinconará cualquier día de estos, en cuanto descubra que ya no están de moda. Se mueve con soltura y un cierto ritmo de caderas. Tantas horas de trabajo, cada día, deben resultarle enojosas y rutinarias. Yo diría que, a él, todo ese fragor le sirve para mantenerse despierto hasta que llegue la noche y pueda, por fin, ir a la discoteca, que es donde, a base de años y decibelios, debe de haber perdido casi por completo su capacidad auditiva porque, si no, ni él mismo toleraría el estruendo constante e innecesario que monta con las tazas y los platos, y que debe percibir apenas como un rumor, musiquilla celestial.

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Un comentario a “El hombre orquesta”

9 01 2012
Segundo (11:06:04) :

Y en algunos casos, al profesional escandaloso se le suma el totum revolutum de un bar, sala, comedor etc con, paso a enumerar: televisión encendida ( sin nadie mirando), radio con música, una o dos tragaperras con sintonía musical, una cocina tecno ( no por lo avanzado de su utillaje sino por la forma y el tono de hablar y mover el trabajo, si alguien no tiene la experiencia que entre en alguna cocina donde se puede oir y hablar en susurros: acojona) y así hasta llegar a un cliente, no hacen falta más, que debate con el profesional sobre lo que sea. De colofón un: “Su tabaco gracias”.

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